Bañado por moteros
I
Aparqué el camión en
la zona de servicio que me había indicado Sebastián por wasap y esperé en la
cabina en la total oscuridad. Llevaba los últimos kilómetros súper empalmao.
Iba a cumplir mi sueño de ser lefado hasta los ojos.
Pocos minutos después
vi aparecer las luces de la moto de Sebastián a lo lejos. Sentí cosquillas en
el ano y mi polla se mojó. Soltó un buen precumazo de anticipación.
Bajé del camión.
Había esperado ver aparecer cincuenta motos pero Sebastián venía solo. Aparcó
la moto en el arcén, se quitó el casco y vino hacia mí con su chaqueta de
cuero. El tío era enorme. Impresionaba.
—¿Dónde están los
otros? —Le pregunté.
—Tranquilo. Ya han
empezado. Cuando lleguemos estarán a puntito de caramelo. Pero antes...
—¿Qué?
—Antes me vas a comer
la polla.
Sebastián me arrastró
a la parte izquierda del camión, que quedaba oculta a la carretera, y me hizo
poner de rodillas rudamente. Luego me paseó el paquete por la cara agarrándome
la cabeza y metiéndome la nariz en el vaquero, roto por varios sitios.
—Esta noche te vamos
a cerdear bien cerdeado. Hazte a la idea porque somos más de cincuenta. Puede
que tengas que estar tragando lefa hasta el amanecer.
—Lo estoy deseando.
El tío se quitó el
cinturón, se abrió el pantalón y se sacó una pollaca descomunal, una de esas
con las venas súper marcadas. Parecía una polla irreal, como sacada de un cómic
erótico de moteros.
—Joder. Eres un
fantástico cliché.
—Traga y calla.
Me metió el pollazo
sin compasión y luego me puso la correa contra la nuca y la tensó, tirando de
ambos lados hacia su cuerpo. Mi cabeza quedó aprisionada, mi boca ensartada de
polla, mi nariz deliciosamente atrapada en su vello púbico. Apretando bien fuerte
la correa para que no pudiera irme a ninguna parte empezó a follarme la boca
salvajemente. Menudo cipote, Diooooos. Como soltaba precum el cabrón. Qué rico.
Qué explosión de sabor.
—¿Te gusta? —Me
preguntó casi con amabilidad.
Asentí con la cabeza,
bien apretado.
Sebastián soltó un
momento la correa para tener la mano libre y poder darme una hostia. Después
volvió a ensartarme de rabo hasta la tráquea.
Más y más precum. Qué
rico. Aquello no se acababa nunca.
De pronto me sacó la
polla de la boca y me hizo levantarme.
—Ya es suficiente.
Espero que te haya gustado el adelanto.
—Pero dame más.
—Entre nosotros —dijo
bajando la voz, aunque no había nadie que pudiera oírnos. —No puedo darte más.
Soy eyaculador precoz. Y tú tienes una boca bien puta. Te puedo dar momentos
explosivos... Pero serán cortos. Pero no te preocupes. Hoy te vas a hartar de
polla. Ya verás.
Me dio un casco y me
hizo montar en la moto, bien agarradito.
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II
Estaban reunidos en
un garaje, la mayoría ya sin nada de ropa encima. Sebastián me empujó dentro de
la marabunta de machos y una miríada de manos me dejó en seguida sin ropa a mí
también. Me colocaron encima de una mesa de madera y me acariciaron por todas
partes. Alguien me arrastró hacia la esquina de la mesa y me metió un pollón en
la boca. Otro me obligó a ponerme boca abajo y me metió un pollazo por el culo.
Me gustaba estar ensartado por ambas partes. Aunque el del culo me follaba
raro. Me la metía hasta el fondo y me la sacaba entera. Y al poco volvía al
ataque. Pero la segunda vez la polla parecía distinta. Más gorda. Hasta que me
di cuenta que es que no era la misma polla. Se estaban turnando dos para darme.
Me usaron de todas
las maneras que os podáis imaginar. Pero lo que yo quería era que me bañaran y
casi me corro de imaginarlo cuando la lluvia estuvo por llegar.
III
Y entonces vinieron
las corridas. Una detrás de otra.
Me habían depositado
encima de un plástico en el suelo y me habían atado las manos a la espalda. Los
más de cincuenta moteros se pajeaban, solos o unos a otros. Quince de ellos
hacían un círculo bien cerrado a mi alrededor y estaban a un tris de soltarme
la lefa. Yo esperaba con un empalme brutal. La espera se hizo insoportablemente
larga. Hasta que por fin el primero empezó a correrse entre gritos de absoluto
placer. La leche se estrelló en mi cuello y en mi cara. Saqué la lengua para
recibir algún goterón. Recibí mucho más, un trallazo directo a la boca.
Me relamí complacido
y eso hizo que otro no pudiera aguantar más y me soltara otra colección de
trallazos que se repartieron entre mi pelo y la frente. Las siguientes tres
corridas fueron simultáneas y me pringaron por todas partes. La leche me
resbalaba por la ingle. Qué cosquillas por la zona bien depilada de mis
cojones.
—Yo te descargo en la
boca —dijo una voz cariñosa, y un cipotón se posó en mis labios y me descargó
una corrida brutal. No se acababa nunca. Estaba de muerte. Deliciosa.
—Ahí viene la mía
—dijo otro.
Pegó su trabuco
lefero al cipote anterior y me descargó el principio del corridote sobre el
labio superior y la nariz y el resto de su abundante lechada dentro de los
morros. Al mismo tiempo alguien se estaba derramando encima de mi polla. Sentía
la leche caliente cayendo sobre la piel de mi nabo erecto y mis cojones. Era
delicioso.
Me abrieron las
piernas para lefarme también el ano. Recibí tres corridas consecutivas ahí. Qué
gustito. Me encantaba sentir la lefa resbalándome por todas partes. El olor a
macho era insoportable. Muy rico.
Mi sueño de siempre
era ser bañado en leche, como Cleopatra, y por fin lo estaba cumpliendo.
Uno decidió hacer una
piscina en mi ombligo. Otro me agarró la cabeza y me metió por la fuerza la
polla en la boca. La tenía enorme. Me folló la boca como un cabrón hasta que me
descargó en la garganta, atragantándome de leche. Era tanta que tuve que
escupirla fuera. Mientras tosía esperma alguien se me corrió dentro de la oreja
y alguien más me echaba la leche entre los dedos de los pies. Uno aprovechó toda
la leche que habían depositado en mi ano para meterme un pollazo hasta las
entrañas y lefarme bien lefado el interior. No había dejado de toser cuando
otro me violó también la boca descargándome con corridón que esta vez conseguí
tragarme enterito.
—Sí, sí, siiiiiiiii.
Toma la míaaaaa —dijo alguien y multitud de lefazos acabaron en mis ojos, que
tuve que cerrar.
Algún cerdo me estaba
dando un masaje en los pezones con la leche que caía por todas partes. Alguien
más aprovechó que mi culo volvía a estar libre para darme lengua.
—Espera, te limpio
los ojos para que puedas ver como me corro en tu puta cara —dijo una voz amable
y sentí una suave toalla quitándome la leche.
Tres tíos habían
acercado tres sillas y se pajeaban de pie sobre ellas para que me lloviera la
lefa desde más arriba.
El que me había
limpiado los ojos me plantó el corridote en la barbilla. Alguien se sentó
después en mi cara para que le comiera el ortito y se derramó abundantemente en
mi cuello. Uno me la metió de lado en la boca para darme golpecitos en el bulto
que hacía su pollaca en mi mejilla. Después me dejó ir una lefada súper espesa
en la lengua. De pronto alguien me abrió la boca con las dos manos y cinco tíos
vinieron a darme la leche a la vez, a ver si conseguían ahogarme de lefa.
La leche me bañaba,
venía de todas partes, resbalaba por mi piel. Los cinco lefadores sincronizados
me dieron más leche de la que podía tragar y empecé a escupirles la lefa en los
cojones. Otros cinco ocuparon luego su lugar y me dieron más corridotes. Leche
de todas las texturas y sabores.
Entonces vi aparecer
a Sebastián con su correa. Me metió la polla de cómic en los morros
apuntalándome de verga y en diez segundos nos corrimos los dos como unos hijos
de puta, yo haciéndome un pajote liberador con la leche de todos aquellos
machos y él en mi boca, con una corrida que no tenía nada que envidiar a la de
un caballo.
Eso era la felicidad
extrema. Eso era lo que me habían contado aquellos dos tiburones en el bar. A
lo que estaba enganchado Sergio. Por fin lo había hecho yo. Llevaba años
queriendo probarlo, queriendo ser usado y lefado por más de cincuenta hombres.
Por fin lo había hecho.
Por fin era como él.
(Si te has perdido un poco con el final lee Cuando ya no te esperaba, de Marcos Sanz, y todo cobrará sentido).
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