miércoles, 8 de junio de 2016

Bañado por moteros, un relato súper guarro

Bañado por moteros. Y otros relatos eróticos de temática gay: Serie Marco Azul Nº6

Bañado por moteros



I

Aparqué el camión en la zona de servicio que me había indicado Sebastián por wasap y esperé en la cabina en la total oscuridad. Llevaba los últimos kilómetros súper empalmao. Iba a cumplir mi sueño de ser lefado hasta los ojos.
Pocos minutos después vi aparecer las luces de la moto de Sebastián a lo lejos. Sentí cosquillas en el ano y mi polla se mojó. Soltó un buen precumazo de anticipación.
Bajé del camión. Había esperado ver aparecer cincuenta motos pero Sebastián venía solo. Aparcó la moto en el arcén, se quitó el casco y vino hacia mí con su chaqueta de cuero. El tío era enorme. Impresionaba.
—¿Dónde están los otros? —Le pregunté.
—Tranquilo. Ya han empezado. Cuando lleguemos estarán a puntito de caramelo. Pero antes...
—¿Qué?
—Antes me vas a comer la polla.
Sebastián me arrastró a la parte izquierda del camión, que quedaba oculta a la carretera, y me hizo poner de rodillas rudamente. Luego me paseó el paquete por la cara agarrándome la cabeza y metiéndome la nariz en el vaquero, roto por varios sitios.
—Esta noche te vamos a cerdear bien cerdeado. Hazte a la idea porque somos más de cincuenta. Puede que tengas que estar tragando lefa hasta el amanecer.
—Lo estoy deseando.
El tío se quitó el cinturón, se abrió el pantalón y se sacó una pollaca descomunal, una de esas con las venas súper marcadas. Parecía una polla irreal, como sacada de un cómic erótico de moteros.
—Joder. Eres un fantástico cliché.
—Traga y calla.
Me metió el pollazo sin compasión y luego me puso la correa contra la nuca y la tensó, tirando de ambos lados hacia su cuerpo. Mi cabeza quedó aprisionada, mi boca ensartada de polla, mi nariz deliciosamente atrapada en su vello púbico. Apretando bien fuerte la correa para que no pudiera irme a ninguna parte empezó a follarme la boca salvajemente. Menudo cipote, Diooooos. Como soltaba precum el cabrón. Qué rico. Qué explosión de sabor.
—¿Te gusta? —Me preguntó casi con amabilidad.
Asentí con la cabeza, bien apretado.
Sebastián soltó un momento la correa para tener la mano libre y poder darme una hostia. Después volvió a ensartarme de rabo hasta la tráquea.
Más y más precum. Qué rico. Aquello no se acababa nunca.
De pronto me sacó la polla de la boca y me hizo levantarme.
—Ya es suficiente. Espero que te haya gustado el adelanto.
—Pero dame más.
—Entre nosotros —dijo bajando la voz, aunque no había nadie que pudiera oírnos. —No puedo darte más. Soy eyaculador precoz. Y tú tienes una boca bien puta. Te puedo dar momentos explosivos... Pero serán cortos. Pero no te preocupes. Hoy te vas a hartar de polla. Ya verás.
Me dio un casco y me hizo montar en la moto, bien agarradito.

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II

Estaban reunidos en un garaje, la mayoría ya sin nada de ropa encima. Sebastián me empujó dentro de la marabunta de machos y una miríada de manos me dejó en seguida sin ropa a mí también. Me colocaron encima de una mesa de madera y me acariciaron por todas partes. Alguien me arrastró hacia la esquina de la mesa y me metió un pollón en la boca. Otro me obligó a ponerme boca abajo y me metió un pollazo por el culo. Me gustaba estar ensartado por ambas partes. Aunque el del culo me follaba raro. Me la metía hasta el fondo y me la sacaba entera. Y al poco volvía al ataque. Pero la segunda vez la polla parecía distinta. Más gorda. Hasta que me di cuenta que es que no era la misma polla. Se estaban turnando dos para darme.
Me usaron de todas las maneras que os podáis imaginar. Pero lo que yo quería era que me bañaran y casi me corro de imaginarlo cuando la lluvia estuvo por llegar.




III

Y entonces vinieron las corridas. Una detrás de otra.
Me habían depositado encima de un plástico en el suelo y me habían atado las manos a la espalda. Los más de cincuenta moteros se pajeaban, solos o unos a otros. Quince de ellos hacían un círculo bien cerrado a mi alrededor y estaban a un tris de soltarme la lefa. Yo esperaba con un empalme brutal. La espera se hizo insoportablemente larga. Hasta que por fin el primero empezó a correrse entre gritos de absoluto placer. La leche se estrelló en mi cuello y en mi cara. Saqué la lengua para recibir algún goterón. Recibí mucho más, un trallazo directo a la boca.
Me relamí complacido y eso hizo que otro no pudiera aguantar más y me soltara otra colección de trallazos que se repartieron entre mi pelo y la frente. Las siguientes tres corridas fueron simultáneas y me pringaron por todas partes. La leche me resbalaba por la ingle. Qué cosquillas por la zona bien depilada de mis cojones.
—Yo te descargo en la boca —dijo una voz cariñosa, y un cipotón se posó en mis labios y me descargó una corrida brutal. No se acababa nunca. Estaba de muerte. Deliciosa.
—Ahí viene la mía —dijo otro.
Pegó su trabuco lefero al cipote anterior y me descargó el principio del corridote sobre el labio superior y la nariz y el resto de su abundante lechada dentro de los morros. Al mismo tiempo alguien se estaba derramando encima de mi polla. Sentía la leche caliente cayendo sobre la piel de mi nabo erecto y mis cojones. Era delicioso.
Me abrieron las piernas para lefarme también el ano. Recibí tres corridas consecutivas ahí. Qué gustito. Me encantaba sentir la lefa resbalándome por todas partes. El olor a macho era insoportable. Muy rico.
Mi sueño de siempre era ser bañado en leche, como Cleopatra, y por fin lo estaba cumpliendo.
Uno decidió hacer una piscina en mi ombligo. Otro me agarró la cabeza y me metió por la fuerza la polla en la boca. La tenía enorme. Me folló la boca como un cabrón hasta que me descargó en la garganta, atragantándome de leche. Era tanta que tuve que escupirla fuera. Mientras tosía esperma alguien se me corrió dentro de la oreja y alguien más me echaba la leche entre los dedos de los pies. Uno aprovechó toda la leche que habían depositado en mi ano para meterme un pollazo hasta las entrañas y lefarme bien lefado el interior. No había dejado de toser cuando otro me violó también la boca descargándome con corridón que esta vez conseguí tragarme enterito.
—Sí, sí, siiiiiiiii. Toma la míaaaaa —dijo alguien y multitud de lefazos acabaron en mis ojos, que tuve que cerrar.
Algún cerdo me estaba dando un masaje en los pezones con la leche que caía por todas partes. Alguien más aprovechó que mi culo volvía a estar libre para darme lengua.
—Espera, te limpio los ojos para que puedas ver como me corro en tu puta cara —dijo una voz amable y sentí una suave toalla quitándome la leche.
Tres tíos habían acercado tres sillas y se pajeaban de pie sobre ellas para que me lloviera la lefa desde más arriba.
El que me había limpiado los ojos me plantó el corridote en la barbilla. Alguien se sentó después en mi cara para que le comiera el ortito y se derramó abundantemente en mi cuello. Uno me la metió de lado en la boca para darme golpecitos en el bulto que hacía su pollaca en mi mejilla. Después me dejó ir una lefada súper espesa en la lengua. De pronto alguien me abrió la boca con las dos manos y cinco tíos vinieron a darme la leche a la vez, a ver si conseguían ahogarme de lefa.
La leche me bañaba, venía de todas partes, resbalaba por mi piel. Los cinco lefadores sincronizados me dieron más leche de la que podía tragar y empecé a escupirles la lefa en los cojones. Otros cinco ocuparon luego su lugar y me dieron más corridotes. Leche de todas las texturas y sabores.
Entonces vi aparecer a Sebastián con su correa. Me metió la polla de cómic en los morros apuntalándome de verga y en diez segundos nos corrimos los dos como unos hijos de puta, yo haciéndome un pajote liberador con la leche de todos aquellos machos y él en mi boca, con una corrida que no tenía nada que envidiar a la de un caballo.
Eso era la felicidad extrema. Eso era lo que me habían contado aquellos dos tiburones en el bar. A lo que estaba enganchado Sergio. Por fin lo había hecho yo. Llevaba años queriendo probarlo, queriendo ser usado y lefado por más de cincuenta hombres. Por fin lo había hecho.

Por fin era como él.

(Si te has perdido un poco con el final lee Cuando ya no te esperaba, de Marcos Sanz, y todo cobrará sentido).

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