jueves, 26 de mayo de 2016

Fue una noche después de un concierto, relato erótico gay. Dos amigos heteros se pelean cuando uno muestra interés sexual por el otro

Fue una noche después de un concierto, relato erótico gay. Dos amigos heteros se pelean cuando uno muestra interés sexual por el otro

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Fue una noche después de un concierto 


I
Fue después del concierto. Bueno, el concierto no había acabado, en realidad. Ahora venían los DJ's buenos. Pero la novia de Junio era menor de edad y tenía toque de queda. La pobre tenía unas ganas de cumplir los dieciocho que no se veía. La acompañamos a su casa antes de las doce, como siempre. Esa noche mi novia se quedaba a dormir en su casa por lo que Junio y yo nos quedamos solos a medianoche.
—¿Qué hacemos? ¿Volvemos al estadio? —Le pregunté. La cortada de rollo había sido brutal.
—La verdad es que no me apetece ir hasta allí otra vez.
—¿Entonces? ¿Pa casa?
—Vamos a pillar cerveza al moro y nos la bebemos en la playa.
—Tengo whisky bueno at home. Lo trajo mi tío de no sé donde. Pillamos mejor coca-colas frías y se lo metemos en la lata.
Un par de horas más tarde ya estábamos bastante borrachos, echando el último porro y hablando de todo un poco tirados en dos hamacas.
—Me gustaría tener tus huevos —me dijo Junio.
—Son más bien pequeños.
—No, hombre. Digo para dejar el curro y ponerme por mi cuenta.
—Qué va. Ni se te ocurra. Sólo en la mierda de los autónomos se va una pasta. Si lo llego a saber antes emprende su puta madre.
—Pero te va bien, ¿no?
—Ahora empieza a rular. Pero el trabajo que hay detrás...
—¿Y te compran los cursos?
—Ya no son cursos. Al menos no como antes. Cambié el modelo de negocio. He puesto un membership site.
—¿Eso qué es? ¿Lo de que te pagan por meses?
—Sep. Se suscriben a los tutoriales y pagan doce euros al mes por tener acceso a todo lo que cuelgo.
—¿Y se te apuntan?
—Ahora sí. Desde que empecé con el podcast. La gente confía mucho más en ti cuando les hablas al oído. Por cierto. Quizá te interese el crowdfunding recurrente para tus cómics.
—¿Cómo recurrente?
—Hay una plataforma americana para creadores. Aún no la han traducido al castellano pero no tardarán. Tus fans pagarían un tanto cada mes por acceder antes que nadie a las nuevas historias y por recompensas. Es básicamente como un membership.
—Pero tendría que pagar autónomos.
—Sí. Pero si consigues vivir de ello no te importará pagarlo. Y tú tienes una comunidad de seguidores potente.
—Pero si me acabas de decir que ni se me ocurra emprender.
—Soy un poco veleta.
—¿Super saiyajin?
—¡Veleta, no Vegeta!
—Estoy un poco mareado —dijo Junio, poniendo mala cara.
—No bebas más.
—Estaba bueno, pero es demasiado fuerte para mí.
—Es que te has echado media lata cada vez, cabrón.
—También.
Nos quedamos un buen rato callados. Junio se dedicó a eructar y después a mirarme con una sonrisa tonta en los labios.
—¿Qué?
—Tengo que decirte algo. Pero no me atrevo.
—¿Qué?
—¿No me has oído? No me atrevo.
—A estas alturas no se me ocurre nada que no puedas contarme, tío.
—Pues lo hay.
Pasé el rato dibujando ángeles con los zapatos en la arena mientras Junio se decidía a hablar. Seguía mirándome con la sonrisa boba.
—Al menos no es algo malo —comenté.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sonríes. Si te hubieras follado a mi novia no sonreirías. Estarías cavando un agujero para esconderte.
—Eso desencadenaría la tercera guerra mundial.
—O el apocalipsis metahumano de Flash.
—Vaya capítulo malo.
—Sí...
—¿Has seguido viendo Homeland?
—Voy por la tercera. Acabando. Se está volviendo desagradable. Como The Americans. Están metiendo escenas muy sangrientas. No había nada de eso en las primeras temporadas. Me da mucha rabia que hagan eso. Si te diriges a un público amplio no cambies la línea de un día para otro.
—Tío, el problema lo tienes tú. Todas las series son súper sangrientas ya. Y van a ir a peor. O te adaptas o desaparecerás. Tendrás que contentarte con ver chuminadas como Glee.
—Qué depresión. Se ha terminado The Good Wife. Ya no habrá más Alicia Florrick.
—Mejor. Kalinda era la puta ama. Sin ella mejor que no sigan.
Pasamos otro rato en silencio. La intriga me estaba matando.
—Venga, va. Dímelo.
—Que no.
—¿Qué has hecho?
—No he hecho nada.
—¿Pero tiene que ver conmigo?
—Va a ser que sí.
—¿Y no te has follado a mi novia?
—Va a ser que no.
—Va, dímelo. Te prometo que no me enfadaré.
—Hombre. Con eso cuento. Si te enfadaras por esto...
—¿Qué?
—No sé. Se me caería un mito. Tú eres mucho más abierto que eso.
La conversación estaba tirando hacia derroteros que no me gustaban nada. Me quedé callado. Se me acababan de quitar las ganas de seguir preguntando.
—Te has quedado muy callado de pronto.
—Déjalo. No quiero saberlo.
—Pero...
—Déjalo. Estás a punto de soltarme una puta bomba. No quiero oírlo.
—¿Por qué? —Junio estaba dolido. Podía sentir su decepción atravesándome como cien pequeños puñales.
—Porque todo cambiará. Y no quiero que nada cambie. Me voy.
Recogí la botella y me largué. Junio me tiró un zapato. Me dio en la cabeza y me llenó el cuello de la camisa de arena.
—¿No quieres que cambie nada? Por lo que veo, todo ha cambiado ya.
—Culpa tuya.
Y lo dejé solo.

II
Supongo que antes si te peleabas con tu mejor amigo las cosas tardaban más en arreglarse. O en estropearse del todo. Ahora con la conectividad total es imposible escaquearse. Antes de llegar a casa ya estaba recibiendo wasaps de Junio diciendo que no podíamos dejarlo así, que no iba a poder dormir en toda la noche, que lo había malinterpretado, que lo sentía y 400 cosas más.
Quería venir a mi casa. Le dije que no.
Se presentó de todas formas. Eran casi las tres y media de la madrugada cuando llamó al timbre, el cabrón. Mi padre se levantó asustadísimo.
—No pasa nada, papá. Es Junio. Me traje su móvil por error.
Bajé a la calle más cabreado que una mona.
—Te he dicho que lo dejaras estar. Vete a casa. No pasa nada.
—Pero sí que pasa. ¿Qué le vas a decir a Sara?
Sara era su novia.
—Nada. ¿Qué quieres que le diga? Si te preocupan ese tipo de cosas deberías haber cerrado la puta boca para empezar. Pero no te preocupes. No me has dicho nada así que no puedo decirle nada.
La mirada que me echó Junio me destrozó por dentro.
—De verdad que no me esperaba que fueras tan gilipollas, Vicente. Pero mejor así. Mejor descubrir cómo es realmente la gente cuanto antes.
—Yo preferiría no descubrirlo nunca.
—Ya lo estoy viendo. Joder. No es así como deberías reaccionar. Ni siquiera me has dejado... Te has montado una película que...
—Que no me interesa. Que me dejes en paz. Que si quieres que seamos amigos dejes el tema de una puta vez.
—¿Sabes qué? No. No me interesa que seamos amigos. Hasta nunca, Vicente. Que te den.
—¡Que te den a ti! ¡Que por lo visto lo disfrutas!
Subí a mi casa preguntándome quién cojones se había apoderado de mi cuerpo. No me reconocía en ninguna de las cosas que le había dicho a Junio. Aquel no era yo. No sabía por qué estaba reaccionando así. Aunque, en realidad, sí lo sabía. Reaccionaba así por lo que había pasado en aquel puto campamento con aquel hijo de puta del monitor. Pero pasarían siglos antes de que pudiera contarle a nadie lo que había pasado o cómo me hacía sentir.
—¿Qué le pasa a Junio? —Me preguntó mi padre.
—Nada.
—Se os oía desde aquí.
—Nada. Le pasa que es un puto maricón.
Mi padre me observó detenidamente. Luego dio media vuelta y se fue para su habitación.
—¡Qué! —Le grité.
—Que estás borracho y no sabes lo que dices.
—Sé perfectamente lo que digo. Es un puto maricón —repetí.
—Mañana hablamos.
—¿Por qué?
—Porque yo no te eduqué para esto. Y no pienso convivir con alguien tan lleno de odio. Así que mañana, cuando hablemos, procura recordar quien eres realmente si quieres seguir viviendo en esta casa.
Mi padre se metió en su cuarto dando un portazo y yo le metí una patada a su puerta.
—¿Qué coño te importa a ti? ¿Es que tú también lo eres?
Recibí un mensaje y estuve a punto de estampar el móvil contra la pared. Pero no era otro wasap de Junio. Era una de mis alertas. En la última hora dos nuevas personas se habían dado de alta en mis tutos. A las tantas de la mañana. La vida me sonreía por fin. La máquina registradora hacía ching ching. Y yo había perdido a mi mejor amigo.

III
Durante los siguientes meses Junio y Sara desaparecieron de mi vida. Mi novia seguía quedando con la suya y de vez en cuando me daba alguna noticia de cómo les iba la vida. No le expliqué a María lo que había pasado y ella no preguntó. Las primeras semanas esperaba enterarme de que Junio y Sara habían roto pero meses después aún seguían juntos. Me costó superar lo de Junio pero para agosto ya había encontrado nuevos amigos que no parecía que fueran a darme sorpresas no solicitadas.
El negocio iba viento en popa y ya sólo trabajaba dos horas diarias para mantenerlo. Intentaba estar ocupado, seguir estudiando, viajar un poco, cualquier cosa que no me permitiera pensar más de la cuenta. Porque lo que había pasado me había dejado bastante tocado. Yo no era esa persona. Y algún día, si la oportunidad lo traía a mi puerta, me disculparía con Junio, le pediría perdón por haber reaccionado como un puto neandertal. Pero no sería yo quien fuera a buscarlo.
La oportunidad se dio a principios de septiembre. Mi padre tocó a mi puerta.
—Junio está en el rellano.
—Y septiembre en la azotea.
—Y en el calendario. Pero me refería a tu amigo Junio.
—Ya. Voy.
Estaba más delgado que a finales de primavera.
—Hola —dije, contento de verlo.
—Si vas a gritarme me voy.
—No voy a gritarte. ¿Qué quieres? ¿Quién se ha muerto?
—Necesito tu ayuda. Intenté lo del crowdfunding recurrente. Para los cómics. Pero no me aclaro. Es un puto lío. Y tú eres bueno con eso.
—Pasa.
Mi padre se nos quedó mirando con cara de aprobación.
—¿No tienes nada que hacer? —Le increpé.
—Buscarme otro hijo.
Estuvimos arreglando su desastre durante un par de horas sin hablar de nada espinoso. Cuando la página estuvo lista, su nueva cuenta en orden y los cómics disponibles, nos sentamos en mi cama. Tocaba una disculpa.
—Lo siento —le dije.
—¿El qué?
—Lo que pasó. Cómo reaccioné. Todo el asunto. Lo llevé fatal.
—No puedo estar en desacuerdo con eso. Lo llevaste muy mal. Y ni siquiera sabías lo que iba a decir.
—Sí lo sabía. Estaba bastante claro.
—Yo creo que no.
—No ibas a confesarme que te gustaban los tíos.
Junio se quedó callado.
—Ibas a decirme que te gustaba yo.
—¿Cómo lo sabes?
—Coño. Porque te pregunté si tenía que ver conmigo y me dijiste que sí.
—Anda. No recordaba esa parte.
—Y hace unos años me pasaron ciertas cosas desagradables que no te voy a contar pero que me vinieron al recuerdo aquella noche. Y reaccioné mal. El resto es historia.
—De todas formas... No te iba a decir que me gustabas.
—¿No?
—No exactamente. Verás. Bueno, no sé si quieres oírlo. Si me vas a sacar otra vez a la niña del exorcista lo dejo.
—No, no. Cuéntamelo. Esta vez reaccionaré como tu amigo, que es lo que esperabas y necesitabas y lo que no pude darte.
A Junio se le humedecieron los ojos y yo tuve que mirar hacia otra parte. Jamás lloro delante de nadie.
—Vale —dijo luego de una breve pausa por si la voz le salía tomada. —Lo que te iba a contar con la borrachera era que había escuchado una conversación entre Sara y María que se suponía que no debía escuchar. Estaban hablando de ti, pasé cerca de la habitación y puse la oreja a ver si captaba algo interesante. En pocas palabras tu novia le estaba contando a la mía cómo se sentía cuando la besabas. Lo describió con todo lujo de detalles. Te tenía en un altar, sonaba como si fueses el puto príncipe maravilloso de las pelis de Disney. Sara, toma puñalada trapera, le confesó que ella no se sentía así cuando me besaba a mí. Que nuestros besos eran rápidos y que parecía que casi nos los diéramos por cumplir. Pero a parte de enterarme de esa parte, que no fue agradable de oír, no pude quitarme de la cabeza la descripción de María de... tu forma de besarla. Y los siguientes días se convirtió casi en una obsesión. Incluso soñé con ello.
—¿Que soñaste con qué?
—Con que me besabas a mí. Y era algo que cada vez me apetecía más. Así pues, lo que iba a decirte aquella noche no era que fuera maricón, (que en todo caso sería bisex), ni tampoco que me gustaras, porque aún no había llegado a ese punto y luego me hiciste odiarte tanto que jamás llegué a ese punto. Lo que iba a decirte es que tenía ganas de saber cómo sería besarte, desde que había oído esa conversación. Y con el alcohol que llevaba me desinhibí lo suficiente como para intentar decirlo. Estábamos solos en la playa. Parecía un buen lugar y un buen momento para decirlo. Tampoco esperaba que llegara a pasar. Pero lo que no esperaba era esa reacción por tu parte. Sinceramente, creía que te ibas a reír. Que a lo mejor hasta te daba cierto morbillo. En mis fantasías me comías la boca a full, supongo que eso fue lo que me hizo perder tierra.
—Joder.
—¿Estás cabreado?
—No, no. Estoy flipando.
—¿Por qué?
—A ver cómo te explico esto. Llevo meses dándole vueltas a esta historia. Queriendo disculparme. Pero me daba miedo volver a reaccionar igual. Y estás aquí, hablándome de que fantaseabas con que te comía la boca, y no está saliendo el neandertal homicida. No me está dando asco. No me está dando miedo. Se ve que necesitaba tiempo para aclararme. Para separar lo que te puede pasar a ti o a cualquiera de lo que me pasó a mí. Ahora parece que puedo hacerlo.
—¿Pero qué te pasó a ti?
—Eso no te lo voy a contar. Jamás. Pero al menos parece que ya no interferirá más en mi vida. Ni en nuestra amistad.
—Pero, a ver que me quede claro, que todo esto es un poco confuso. ¿Quieres decir que me besarás?

—No. Quiero decir que no reaccionaré como un puto psicópata si alguna vez me entra un tío. En cuanto a besarte a ti, supongo que la próxima vez que nos emborrachemos sabremos si algo así podría pasar.

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