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Fue una noche después de un concierto
I
Fue después del
concierto. Bueno, el concierto no había acabado, en realidad. Ahora venían los
DJ's buenos. Pero la novia de Junio era menor de edad y tenía toque de queda.
La pobre tenía unas ganas de cumplir los dieciocho que no se veía. La
acompañamos a su casa antes de las doce, como siempre. Esa noche mi novia se
quedaba a dormir en su casa por lo que Junio y yo nos quedamos solos a medianoche.
—¿Qué hacemos?
¿Volvemos al estadio? —Le pregunté. La cortada de rollo había sido brutal.
—La verdad es que no
me apetece ir hasta allí otra vez.
—¿Entonces? ¿Pa casa?
—Vamos a pillar
cerveza al moro y nos la bebemos en la playa.
—Tengo whisky bueno
at home. Lo trajo mi tío de no sé donde. Pillamos mejor coca-colas frías y se
lo metemos en la lata.
Un par de horas más
tarde ya estábamos bastante borrachos, echando el último porro y hablando de
todo un poco tirados en dos hamacas.
—Me gustaría tener
tus huevos —me dijo Junio.
—Son más bien
pequeños.
—No, hombre. Digo
para dejar el curro y ponerme por mi cuenta.
—Qué va. Ni se te
ocurra. Sólo en la mierda de los autónomos se va una pasta. Si lo llego a saber
antes emprende su puta madre.
—Pero te va bien,
¿no?
—Ahora empieza a
rular. Pero el trabajo que hay detrás...
—¿Y te compran los
cursos?
—Ya no son cursos. Al
menos no como antes. Cambié el modelo de negocio. He puesto un membership site.
—¿Eso qué es? ¿Lo de
que te pagan por meses?
—Sep. Se suscriben a
los tutoriales y pagan doce euros al mes por tener acceso a todo lo que cuelgo.
—¿Y se te apuntan?
—Ahora sí. Desde que
empecé con el podcast. La gente confía mucho más en ti cuando les hablas al
oído. Por cierto. Quizá te interese el crowdfunding recurrente para tus cómics.
—¿Cómo recurrente?
—Hay una plataforma
americana para creadores. Aún no la han traducido al castellano pero no
tardarán. Tus fans pagarían un tanto cada mes por acceder antes que nadie a las
nuevas historias y por recompensas. Es básicamente como un membership.
—Pero tendría que
pagar autónomos.
—Sí. Pero si
consigues vivir de ello no te importará pagarlo. Y tú tienes una comunidad de seguidores
potente.
—Pero si me acabas de
decir que ni se me ocurra emprender.
—Soy un poco veleta.
—¿Super saiyajin?
—¡Veleta, no Vegeta!
—Estoy un poco
mareado —dijo Junio, poniendo mala cara.
—No bebas más.
—Estaba bueno, pero
es demasiado fuerte para mí.
—Es que te has echado
media lata cada vez, cabrón.
—También.
Nos quedamos un buen
rato callados. Junio se dedicó a eructar y después a mirarme con una sonrisa
tonta en los labios.
—¿Qué?
—Tengo que decirte
algo. Pero no me atrevo.
—¿Qué?
—¿No me has oído? No
me atrevo.
—A estas alturas no
se me ocurre nada que no puedas contarme, tío.
—Pues lo hay.
Pasé el rato
dibujando ángeles con los zapatos en la arena mientras Junio se decidía a
hablar. Seguía mirándome con la sonrisa boba.
—Al menos no es algo
malo —comenté.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sonríes. Si
te hubieras follado a mi novia no sonreirías. Estarías cavando un agujero para
esconderte.
—Eso desencadenaría
la tercera guerra mundial.
—O el apocalipsis
metahumano de Flash.
—Vaya capítulo malo.
—Sí...
—¿Has seguido viendo
Homeland?
—Voy por la tercera.
Acabando. Se está volviendo desagradable. Como The Americans. Están metiendo
escenas muy sangrientas. No había nada de eso en las primeras temporadas. Me da
mucha rabia que hagan eso. Si te diriges a un público amplio no cambies la
línea de un día para otro.
—Tío, el problema lo
tienes tú. Todas las series son súper sangrientas ya. Y van a ir a peor. O te
adaptas o desaparecerás. Tendrás que contentarte con ver chuminadas como Glee.
—Qué depresión. Se ha
terminado The Good Wife. Ya no habrá más Alicia Florrick.
—Mejor. Kalinda era
la puta ama. Sin ella mejor que no sigan.
Pasamos otro rato en
silencio. La intriga me estaba matando.
—Venga, va. Dímelo.
—Que no.
—¿Qué has hecho?
—No he hecho nada.
—¿Pero tiene que ver
conmigo?
—Va a ser que sí.
—¿Y no te has follado
a mi novia?
—Va a ser que no.
—Va, dímelo. Te
prometo que no me enfadaré.
—Hombre. Con eso
cuento. Si te enfadaras por esto...
—¿Qué?
—No sé. Se me caería
un mito. Tú eres mucho más abierto que eso.
La conversación
estaba tirando hacia derroteros que no me gustaban nada. Me quedé callado. Se
me acababan de quitar las ganas de seguir preguntando.
—Te has quedado muy
callado de pronto.
—Déjalo. No quiero
saberlo.
—Pero...
—Déjalo. Estás a
punto de soltarme una puta bomba. No quiero oírlo.
—¿Por qué? —Junio
estaba dolido. Podía sentir su decepción atravesándome como cien pequeños
puñales.
—Porque todo
cambiará. Y no quiero que nada cambie. Me voy.
Recogí la botella y
me largué. Junio me tiró un zapato. Me dio en la cabeza y me llenó el cuello de
la camisa de arena.
—¿No quieres que
cambie nada? Por lo que veo, todo ha cambiado ya.
—Culpa tuya.
Y lo dejé solo.
II
Supongo que antes si
te peleabas con tu mejor amigo las cosas tardaban más en arreglarse. O en
estropearse del todo. Ahora con la conectividad total es imposible escaquearse.
Antes de llegar a casa ya estaba recibiendo wasaps de Junio diciendo que no
podíamos dejarlo así, que no iba a poder dormir en toda la noche, que lo había
malinterpretado, que lo sentía y 400 cosas más.
Quería venir a mi
casa. Le dije que no.
Se presentó de todas
formas. Eran casi las tres y media de la madrugada cuando llamó al timbre, el
cabrón. Mi padre se levantó asustadísimo.
—No pasa nada, papá.
Es Junio. Me traje su móvil por error.
Bajé a la calle más
cabreado que una mona.
—Te he dicho que lo
dejaras estar. Vete a casa. No pasa nada.
—Pero sí que pasa.
¿Qué le vas a decir a Sara?
Sara era su novia.
—Nada. ¿Qué quieres
que le diga? Si te preocupan ese tipo de cosas deberías haber cerrado la puta
boca para empezar. Pero no te preocupes. No me has dicho nada así que no puedo
decirle nada.
La mirada que me echó
Junio me destrozó por dentro.
—De verdad que no me
esperaba que fueras tan gilipollas, Vicente. Pero mejor así. Mejor descubrir
cómo es realmente la gente cuanto antes.
—Yo preferiría no
descubrirlo nunca.
—Ya lo estoy viendo.
Joder. No es así como deberías reaccionar. Ni siquiera me has dejado... Te has
montado una película que...
—Que no me interesa.
Que me dejes en paz. Que si quieres que seamos amigos dejes el tema de una puta
vez.
—¿Sabes qué? No. No
me interesa que seamos amigos. Hasta nunca, Vicente. Que te den.
—¡Que te den a ti!
¡Que por lo visto lo disfrutas!
Subí a mi casa
preguntándome quién cojones se había apoderado de mi cuerpo. No me reconocía en
ninguna de las cosas que le había dicho a Junio. Aquel no era yo. No sabía por
qué estaba reaccionando así. Aunque, en realidad, sí lo sabía. Reaccionaba así
por lo que había pasado en aquel puto campamento con aquel hijo de puta del
monitor. Pero pasarían siglos antes de que pudiera contarle a nadie lo que
había pasado o cómo me hacía sentir.
—¿Qué le pasa a
Junio? —Me preguntó mi padre.
—Nada.
—Se os oía desde
aquí.
—Nada. Le pasa que es
un puto maricón.
Mi padre me observó
detenidamente. Luego dio media vuelta y se fue para su habitación.
—¡Qué! —Le grité.
—Que estás borracho y
no sabes lo que dices.
—Sé perfectamente lo
que digo. Es un puto maricón —repetí.
—Mañana hablamos.
—¿Por qué?
—Porque yo no te
eduqué para esto. Y no pienso convivir con alguien tan lleno de odio. Así que
mañana, cuando hablemos, procura recordar quien eres realmente si quieres
seguir viviendo en esta casa.
Mi padre se metió en
su cuarto dando un portazo y yo le metí una patada a su puerta.
—¿Qué coño te importa
a ti? ¿Es que tú también lo eres?
Recibí un mensaje y
estuve a punto de estampar el móvil contra la pared. Pero no era otro wasap de
Junio. Era una de mis alertas. En la última hora dos nuevas personas se habían
dado de alta en mis tutos. A las tantas de la mañana. La vida me sonreía por
fin. La máquina registradora hacía ching ching. Y yo había perdido a mi mejor
amigo.
III
Durante los
siguientes meses Junio y Sara desaparecieron de mi vida. Mi novia seguía
quedando con la suya y de vez en cuando me daba alguna noticia de cómo les iba
la vida. No le expliqué a María lo que había pasado y ella no preguntó. Las
primeras semanas esperaba enterarme de que Junio y Sara habían roto pero meses
después aún seguían juntos. Me costó superar lo de Junio pero para agosto ya
había encontrado nuevos amigos que no parecía que fueran a darme sorpresas no
solicitadas.
El negocio iba viento
en popa y ya sólo trabajaba dos horas diarias para mantenerlo. Intentaba estar
ocupado, seguir estudiando, viajar un poco, cualquier cosa que no me permitiera
pensar más de la cuenta. Porque lo que había pasado me había dejado bastante
tocado. Yo no era esa persona. Y algún día, si la oportunidad lo traía a mi
puerta, me disculparía con Junio, le pediría perdón por haber reaccionado como
un puto neandertal. Pero no sería yo quien fuera a buscarlo.
La oportunidad se dio
a principios de septiembre. Mi padre tocó a mi puerta.
—Junio está en el
rellano.
—Y septiembre en la
azotea.
—Y en el calendario.
Pero me refería a tu amigo Junio.
—Ya. Voy.
Estaba más delgado
que a finales de primavera.
—Hola —dije, contento
de verlo.
—Si vas a gritarme me
voy.
—No voy a gritarte.
¿Qué quieres? ¿Quién se ha muerto?
—Necesito tu ayuda.
Intenté lo del crowdfunding recurrente. Para los cómics. Pero no me aclaro. Es
un puto lío. Y tú eres bueno con eso.
—Pasa.
Mi padre se nos quedó
mirando con cara de aprobación.
—¿No tienes nada que
hacer? —Le increpé.
—Buscarme otro hijo.
Estuvimos arreglando
su desastre durante un par de horas sin hablar de nada espinoso. Cuando la
página estuvo lista, su nueva cuenta en orden y los cómics disponibles, nos
sentamos en mi cama. Tocaba una disculpa.
—Lo siento —le dije.
—¿El qué?
—Lo que pasó. Cómo
reaccioné. Todo el asunto. Lo llevé fatal.
—No puedo estar en
desacuerdo con eso. Lo llevaste muy mal. Y ni siquiera sabías lo que iba a
decir.
—Sí lo sabía. Estaba
bastante claro.
—Yo creo que no.
—No ibas a confesarme
que te gustaban los tíos.
Junio se quedó
callado.
—Ibas a decirme que
te gustaba yo.
—¿Cómo lo sabes?
—Coño. Porque te
pregunté si tenía que ver conmigo y me dijiste que sí.
—Anda. No recordaba
esa parte.
—Y hace unos años me
pasaron ciertas cosas desagradables que no te voy a contar pero que me vinieron
al recuerdo aquella noche. Y reaccioné mal. El resto es historia.
—De todas formas...
No te iba a decir que me gustabas.
—¿No?
—No exactamente.
Verás. Bueno, no sé si quieres oírlo. Si me vas a sacar otra vez a la niña del
exorcista lo dejo.
—No, no. Cuéntamelo.
Esta vez reaccionaré como tu amigo, que es lo que esperabas y necesitabas y lo
que no pude darte.
A Junio se le
humedecieron los ojos y yo tuve que mirar hacia otra parte. Jamás lloro delante
de nadie.
—Vale —dijo luego de
una breve pausa por si la voz le salía tomada. —Lo que te iba a contar con la
borrachera era que había escuchado una conversación entre Sara y María que se
suponía que no debía escuchar. Estaban hablando de ti, pasé cerca de la
habitación y puse la oreja a ver si captaba algo interesante. En pocas palabras
tu novia le estaba contando a la mía cómo se sentía cuando la besabas. Lo
describió con todo lujo de detalles. Te tenía en un altar, sonaba como si
fueses el puto príncipe maravilloso de las pelis de Disney. Sara, toma puñalada
trapera, le confesó que ella no se sentía así cuando me besaba a mí. Que
nuestros besos eran rápidos y que parecía que casi nos los diéramos por
cumplir. Pero a parte de enterarme de esa parte, que no fue agradable de oír,
no pude quitarme de la cabeza la descripción de María de... tu forma de
besarla. Y los siguientes días se convirtió casi en una obsesión. Incluso soñé
con ello.
—¿Que soñaste con
qué?
—Con que me besabas a
mí. Y era algo que cada vez me apetecía más. Así pues, lo que iba a decirte
aquella noche no era que fuera maricón, (que en todo caso sería bisex), ni
tampoco que me gustaras, porque aún no había llegado a ese punto y luego me
hiciste odiarte tanto que jamás llegué a ese punto. Lo que iba a decirte es que
tenía ganas de saber cómo sería besarte, desde que había oído esa conversación.
Y con el alcohol que llevaba me desinhibí lo suficiente como para intentar
decirlo. Estábamos solos en la playa. Parecía un buen lugar y un buen momento
para decirlo. Tampoco esperaba que llegara a pasar. Pero lo que no esperaba era
esa reacción por tu parte. Sinceramente, creía que te ibas a reír. Que a lo
mejor hasta te daba cierto morbillo. En mis fantasías me comías la boca a full,
supongo que eso fue lo que me hizo perder tierra.
—Joder.
—¿Estás cabreado?
—No, no. Estoy
flipando.
—¿Por qué?
—A ver cómo te
explico esto. Llevo meses dándole vueltas a esta historia. Queriendo
disculparme. Pero me daba miedo volver a reaccionar igual. Y estás aquí,
hablándome de que fantaseabas con que te comía la boca, y no está saliendo el neandertal
homicida. No me está dando asco. No me está dando miedo. Se ve que necesitaba
tiempo para aclararme. Para separar lo que te puede pasar a ti o a cualquiera
de lo que me pasó a mí. Ahora parece que puedo hacerlo.
—¿Pero qué te pasó a
ti?
—Eso no te lo voy a
contar. Jamás. Pero al menos parece que ya no interferirá más en mi vida. Ni en
nuestra amistad.
—Pero, a ver que me
quede claro, que todo esto es un poco confuso. ¿Quieres decir que me besarás?
—No. Quiero decir que no
reaccionaré como un puto psicópata si alguna vez me entra un tío. En cuanto a
besarte a ti, supongo que la próxima vez que nos emborrachemos sabremos si algo
así podría pasar.
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