miércoles, 11 de mayo de 2016

Infiel, relato erótico gay

nfiel y otros relatos eróticos gays marcos sanz

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Infiel



I

Yo quería a mi marido. Lo quería muchísimo. Y sé que lo lógico hubiera sido hablarlo con él y llegar a algún tipo de acuerdo. Teníamos buenos amigos que habían probado lo de ser pareja abierta y les funcionaba. Pero supongo que el miedo a perderlo o a que no entendiera mi necesidad no me permitía ser honesto. Nunca debí casarme, me repetía. Si no nos hubiéramos casado no sería tan jodidamente difícil mantener esa conversación. Los maricones como yo no deberían casarse nunca. Te pasas años luchando por tus derechos, educando a tus propios padres para que la casa donde te criaste no sea un pozo de odio, esperando a que la sociedad cambie y deje de ser tan duro ser gay. Entonces ocurre, las cosas cambian, no en todas partes y no a la velocidad que sería deseable y necesaria, pero cambian. Y de pronto te puedes casar. Y te casas. Y lo estropeas todo.
Yo quería a mi marido. Lo quiero. Pero le fui infiel antes y después de casarnos. Le fui infiel siempre. Le fui infiel hasta el mismo día de nuestra boda y con su propia familia. Y lo más triste es que soy bueno viviendo con ello. Se me da bien mentir. Nunca ha sospechado nada. Para él, soy el hombre perfecto.
Esta es la historia de un cerdo que se odia a sí mismo... y que es incapaz de cambiar. Esta es... mi historia.



II

Todo el mundo se había ido ya a la cama. Yo no, claro. Bueno, sí había ido a la cama. Y había cumplido. Y bien a gusto. Había follado con mi marido. Dos veces. Bonita palabra. Marido. Antonio es mi marido. Por fin.
Ahora Antonio dormía, como el resto de invitados, y yo estaba en el jardín, comiendo otro trozo de la tarta de bodas. Con el plato en la mano me metí otra vez en la casa por la puerta principal, a ver si quedaba algo de alcohol. Tuve que esquivar a la gente que dormía en el suelo para llegar a la cocina. Allí me encontré con su hermano. Estaba borracho, como todo el mundo. Pero por lo menos él estaba despierto y seguía con ganas de continuar la fiesta.
Me abrazó y volvió a decirme lo mucho que se alegraba por nosotros. A mí el abrazo me puso caliente y traté de que se prolongara.
—¿Qué haces? —Me preguntó cuando vio que no lo soltaba.
—Lo siento. Estoy borracho.
—Y yo.
—Y estás buenísimo.
—No seas gilipollas —me recriminó.
Pero se sentía halagado.
—¿Vamos a la piscina? —Propuse.
—Vamos.
De camino cogí el iPhone y el altavoz. Ya en la piscina puse música y me metí desnudo en el agua, bajo la luz de la luna.
—Tú eres de los que van a playas nudistas, ¿no? —Dijo Matías, en tono jocoso.
Me puse a hacer el muerto y me magreé la polla. Matías me miró con cara rara.
—¿Qué música has puesto? ¿Qué es eso?
—Música para follar.
Aquello le cerró la boca por un rato. Yo seguí tocándome el rabo. Había luz suficiente para que viera bien lo que estaba haciendo.
—¿Pasa algo si yo también me quito todo? —Me preguntó al cabo de un rato, sin perderse detalle de mi magreo.
—¿Qué va a pasar?
—Igual no es apropiado.
—Están todos durmiendo. Y dentro del agua nadie va a ver que estás desnudo. Además, tienes que quitarte la ropa.
—¿Por qué?
—Porque soy maricón, me he casado y nadie me ha organizado una despedida de soltero.
—Coño, es verdad. ¿Cómo no se me ocurrió?
Matías se quitó la ropa interior. Me enseñó el bóxer antes de lanzarlo fuera de la piscina. Luego se acercó a mí.
—¿Qué quieres para tu despedida de soltero?
—Lo del striptease está bien para empezar. Pero dentro del agua como que no te veo mucho.
—Puedo hacer el muerto, como tú.
—Eso estaría bien.
Matías se puso a hacer el muerto boca arriba y yo, claro, dejé de hacerlo, para poder mirarlo bien. Su miembro estaba morcillón. Pero él no iba a tocárselo, como yo. A no ser que se lo pidiera.
—Si fueras uno de esos chulazos disfrazado de policía me estarías paseando la polla por toda la cara.
—Eso es complicado aquí.
—No tanto.
Le puse una mano en la espalda y otra directamente en el culo (él dio un respingo) y me lo llevé flotando a la zona de la piscina donde el agua cubría menos. Una vez allí me coloqué entre sus piernas abiertas, mantuve una mano en su trasero para levantarlo hacia mí, le cogí los cojones con la otra mano y pegué mi mejilla a su verga, que empezó a crecer rápidamente al contacto con mi cara.
—No es como si bailaras para mí, pero ya me vale —le dije.
—Es mejor —dijo él.
Cuando estuvo bien palote no me quedó más remedio que chupársela. Matías tenía un buen rabo. Sabroso y precumero. Lástima que sólo tardara un minuto en correrse. Me tragué toda su leche y continué mamando hasta que se le bajó del todo.
—Lo siento —dijo.
—¿Por?
—Seguro que el chulazo policía habría aguantado más.
—Bueno. Ha estado muy bien. Estábamos siendo malos. Una vez en la vida no hace daño y suele poner bastante burro ser malo.
—Me he puesto muy burro, sí.
—De todas formas aún no hemos acabado.
—¿No?
—No. Es mi despedida de soltero. Yo también quiero correrme.
—¿Y cómo lo hacemos?
—¿Alguna vez te han follado? —Noté que se ponía nervioso y añadí: —Vale, eso queda fuera del menú.
—Te la puedo chupar, si quieres.
—¿Lo has hecho alguna vez?
—Hace años, a un compañero de fútbol.
—Si no has repetido es que no te gustó.
—Sí me gustó. Pero no volvió a darse la oportunidad. Siempre salgo con tías y no suelen tener polla.
Me senté en el borde de la piscina y le hice un gesto para que se acercara. No tardó nada en amorrarse a mi vergajo. El hermano de mi marido mamaba de puta madre. Me sorprendió lo bien que la comía.
—Ufff, qué boca tienes, macho.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
—¿La chupo mejor que Antonio? —Me preguntó con voz pícara.
—Pues... ¿Cómo debería contestar a una pregunta como esa?
—Con la verdad.
—La chupas mejor. Pero él nunca debe saberlo.
—Eso está claro. No se me ocurriría decirle que te la mamé el día que os casasteis. Ni que la chupo mejor.
—Deja de hablar y traga polla.
—A la orden.
Mientras Matías tragaba yo le iba acariciando la cara. En cierto momento vi que se estaba haciendo un pajote bajo el agua.
—Te la ha puesto dura mamársela a tu cuñao —observé.
—Muy dura.
—Y recién corrido. Eso no lo habría hecho el chulazo policía.
Matías sonrió complacido y siguió mamando a dos carrillos.



III

Antes de volver a la habitación de Antonio, a abrazarme como un buen esposo a mi flamante nuevo marido, me pasé por la habitación de mi suegro, Matías padre. Matías era viudo y no pensaba volver a casarse.
—Matías, ¿estás despierto?
—Sabes que sí.
Matías padecía insomnio desde hacía décadas. Sólo era capaz de dormir a ratos por la tarde, a la hora de la siesta. Y alguna hora suelta al amanecer.
Me metí en su cama y me pegué a su espalda. Lo abracé.
—Vengo de que tu hijo me coma la polla, así que no sé si puedo darte mucho hoy.
Evidentemente no le dije a qué hijo me refería. Pero técnicamente no le estaba mintiendo.
Matías padre se bajó el calzón y pegó el trasero a mi verga dormida.
—Inténtalo.
Le puse saliva en el ojete y le restregué la polla por la raja del culo hasta que volví a tenerla bien dura. Matías padre gemía como una perra a mi contacto.
—¿Te la meto?
—Sí, por favor. Bien dentro. Fuerte.
Me cogí la pollaca con la mano y la guié hacia las entrañas de mi suegro. Fue un polvo lento y muy largo. Estuve follándomelo despacio cerca de una hora. Ya me había corrido tres veces esa noche y necesitaba tiempo para fabricar la cuarta. Mi suegro se pegaba a mí con todas sus fuerzas, como si necesitara aquel contacto íntimo para seguir viviendo.
—Hoy no te podrás quejar. Hoy me has tenido mucho tiempo dentro —le dije al oído.
—¿Has acabado?
—No, ahora voy.
Matías se agarró la polla y comenzó a hacerse una paja para correrse al mismo tiempo que yo.
—Córrete dentro —me pidió.
—Claro.
Pegué mi boca a su oído para que supiera por mi respiración cuando se aproximaba la lefada. Él se dio más caña.
—Esto te encanta —le susurré.
—Me encanta...
—Seguro que te mueres de envidia de que me haya casado con tu hijo y no contigo.
—Dame fuerte. Échamela toda dentro.
Le obedecí, cómo no, mientras él se derretía en mis brazos y se derramaba sobre la sábana.
Antes de salir de la habitación escuché su voz en la oscuridad.
—Marcos.
—Dime.
—No podemos seguir haciendo esto.
—Lo sé.
—Hoy te has casado.
—Soy plenamente consciente, Matías.
—Con mi hijo... Esto tiene que acabar. No podemos repetirlo. Nunca más.
—No lo haremos. Buenas noches.
Salí de la habitación de mi suegro y me dirigí a la habitación de Antonio con un poco de mala conciencia. La justa.



IV

Nos fuimos a vivir a mi piso. El caso es que mi polla no descansa. Estoy todo el tiempo con el radar puesto. 24 horas al día, 7 días a la semana. Aprovechaba cualquier momento. Si Antonio se iba a pasear al perro, me bajaba a casa del vecino, a ver si estaba sólo y nos podíamos, aunque fuera, comer un poco las pollas. Si íbamos a comprar al súper, o me perdía por los pasillos a ver si divisaba algún maromo o directamente me largaba un rato al baño a ver lo que cataba. Cualquier excusa era buena. Recoger a alguien en el aeropuerto, por ejemplo. Me iba una hora antes para poder cerdear en los baños de la cuarta planta. Tenía follamigos por todas partes, en el edificio, en el vecindario, en el curro, en la gasolinera, en el médico, hasta en el mecánico. Si alguna vez adoptábamos un niño seguro que me follaba a todos sus profesores varones. Esa era mi vida. Ese era yo. Y todavía sacaba energías para satisfacer a mi marido.
El mayor problema es que no me bastaba con mis líos. No intentaba mantener mis amantes separados de Antonio. Había follamigos que nunca conocería pero cuanto más peligrosa fuera la situación más disfrutaba yo. De ahí lo de liarme con su padre, con su hermano o con sus mejores amigos.
Lo de su amigo Pablo clamó al cielo. Era su mejor amigo gay de toda la vida. Yo aún no lo conocía. No pudo venir a la boda así que Antonio lo invitó a pasar una semana con nosotros cuando el trabajo se lo permitió.
Con Pablo fui incluso más cabrón de lo habitual. Me propuse que fuera él quien me entrara a mí, por si todo se iba a la mierda tener la excusa de que él me había seducido. Para ello puse en marcha varias fases de un mismo plan. Primero procuré estar todo el tiempo posible sin camiseta, cosa bastante natural en mí, aunque no tanto con invitados. De todas formas, como Antonio sabe que me gusta mucho el nudismo, no se le pasó por la cabeza que intentara provocar a su amigo. Yo me pasaba el día acariciándome distraídamente el pecho y Pablo no se perdía detalle. En segundo lugar procuré pasar muchísimo tiempo con Pablo y mostrarme encantador. Y en tercer lugar, me dediqué a follar todas las noches con Antonio y ser bastante escandaloso para que Pablo nos oyera desde el salón.
Cuando Antonio no estaba en casa yo aplicaba algunos puntos extra, como no cerrar la puerta cuando iba a mear o a ducharme y pasearme por la casa con una simple toalla a la cintura tras el baño. Pero siempre procuraba que pareciera mi forma de ser. En ningún momento demostré el más mínimo interés sexual en él. No me magreé como con Matías. En esta ocasión tenía que salir de él. Pablo debía dar el primer paso. Y esperar ese primer paso se convirtió en lo más divertido del asunto.
Sabía que Pablo era bueno dando masajes así que esperé a que Antonio se fuera a trabajar, uno de esos días que no pudo quitarse, para despertarme con una contractura muscular en alguna zona indeterminada entre el cuello y la espalda. A Pablo no le dije nada, simplemente estuve resoplando y poniendo posturas raras hasta que me preguntó preocupado si había dormido mal.
—Pues creo que sí. Tengo la espalda fatal hoy.
—A lo mejor le diste demasiado fuerte ayer a Toni.
—¿Qué?
—Anoche. Fuisteis un pelín escandalosos.
—¿Por qué crees que le doy yo?
—¿No es así?
—A veces. Pero ayer precisamente no.
—¿Quieres que te dé un masaje?
—Eso me vendría de puta madre.
Me hizo quitarme la ropa y tumbarme boca abajo en la cama encima de una toalla de playa, me tapó el culo con otra toalla y me empezó a dar un masaje en la espalda con aceite de oliva virgen. Me dio un pedazo masaje de casi una hora en la que estuve empalmao casi todo el tiempo.
—Se te da muy bien —le dije cuando noté que ya íbamos a acabar.
—¿Quieres que te dé un poco en el pecho?
Sé que es una respuesta súper clásica en estos casos pero es que además era verdad.
—No puedo darme la vuelta ahora mismo.
En vez de decirme lo también típico de que es algo natural y que no pasa nada por tener erecciones durante el masaje, el tío me dijo:
—Estaría bien verte eso.
El cielo se me abría.
—¿Te gustaría verme empalmado? —Intenté sonar neutro, ni interesado, ni sorprendido, ni ofendido por el atrevimiento.
—Siento curiosidad por ver cuánto te mide. Durante años Toni y yo competimos con el tamaño de las pollas de nuestros novios. Ahora no tengo novio pero estaría bien ver qué tengo que superar para el próximo. Y a parte, claro, no pierdo la ocasión de ver un buen rabo siempre que puedo. ¿Qué clase de maricón sería si no lo hiciera?
—Uno muy aburrido. Pero tú ya me la has visto en la playa.
—Sí. Pero no te he visto empalmado.
—¿No será raro? —Me hice el inocente.
—Para mí no.
—¿No te sentirás violento cuando vuelva Antonio?
—No le voy a levantar al marido. Sólo te estoy dando un masaje y voy a aprovechar para mirar un poco. No te preocupes. De siempre nos hemos enviado fotos de las pollas de nuestros novios y rollos. Ya te digo que competíamos.
Parece que ya había llevado a Pablo hasta donde lo quería llevar y disfruté internamente aquella pequeña victoria cuando, sin objetar nada más, me quité la toalla del culo y me puse boca arriba con los ojos cerrados, completamente empalmao. Pablo no dijo ni pío. Simplemente se puso a darme aceite oliva por todo el pecho. Pero estoy seguro de que se le hizo agua la boca.
Aunque el tío intentaba que el masaje no resultara demasiado sensual, cada vez que pasaba sus manos por uno de mis pezones la polla me daba una sacudida que por narices debía notar.
—¿Puedo hacer una petición? —Le dije.
—Claro.
—Pezones.
—¿Seguro?
—Seguro. No sabía que el aceite de oliva diera tanto de sí. Céntrate un poco en los pezones y si me mola se lo haré a Antonio un día de estos.
—Molarte te mola. La polla se te pone a reventar cada vez que te los rozo.
—Perdona. No debí decirte nada. Mejor lo dejamos aquí.
—No digas tonterías. No hay nada malo en disfrutar de un buen masaje. Tú lo pides, yo lo hago. Me has preguntado si podías hacer una petición y te he dicho que sí, ¿no?
—Pero, ¿seguro que estaremos bien?
—No vamos a estar violentos. Llevo con el masaje, dándote placer con mis manos, más de una hora. Y seguro que tú llevas empalmado casi el mismo tiempo. Sólo voy a seguir un poco más centrándome en la zona que me has pedido. Y supongo que tú seguirás empalmado. ¿Qué ha cambiado para que tengamos que sentirnos violentos?
—Visto así...
Joder. El tío estaba lanzadísimo. La parte más hipócrita de mi cerebro estaba pensando "menudos amigos se busca mi marido" pero rechacé enseguida aquella línea de pensamiento. Yo era cien veces peor que Pablo. Yo había buscado conscientemente aquella situación. Incluso había fingido una contractura para provocar aquel masaje.
Los siguientes quince minutos fueron de infarto. Pablo me trabajaba los pezones con delicadeza y entrega y yo me removía incapaz de estarme quieto. Necesitaba acabar con aquello, necesitaba agarrarme la polla y lefar como un caballo. Tenía el puto rabo a reventar. Pero no quería ser yo quien diera el paso. Tenía que ser Pablo.
—Joder... Esto es demasiado intenso. ¿Puedo pedir un cambio de zona?
—Por supuesto.
Abrí las piernas, miré a Pablo y me señalé los cojones y luego el orto.
—Eso será aún más intenso.
—O donde tú quieras. Eres el masajista.
—No, me parece bien. Tú mandas. ¿Puedo tumbarme contigo en la cama?
—Claro.
—Será mejor que me quite esto, si no lo pondré perdido de aceite.
Se quitó rápidamente las bermudas y la camiseta y se tumbó desnudo a mi lado pero en la otra dirección, con la cabeza a la altura de mis rodillas. Pasó una mano por debajo de mi pierna izquierda para llegar bien al culo y la otra, que quedó por encima de mi cuerpo, la usó para tocarme los huevos. Pero lo complicado del asunto es que su polla había quedado sobre mis labios. Como yo seguía en el papel de marido fiel no se me ocurrió mover los labios. No saqué la lengua ni probé su precum. Con el movimiento del masaje su polla me fue mojando los labios e incluso la nariz. No entregarme a la lujuria, aguantar ahí, con esa polla mojada por toda mi cara, era incluso más erótico que hacerlo. Pensé que tendría que repetir aquello en más ocasiones, era más estimulante que simplemente joder. Y aunque no sacara la lengua, al menos podía deleitarme con el oloraco de su rabo. Pablo aún no se había duchado esa mañana y la polla le olía bien a polla.
Se puso más aceite en las manos y siguió masajeando el perineo, toda la raja del culo, ambas cachas y mis cojones. Él también se contenía para hacer exactamente lo que yo le había pedido. Toda mi verga más allá de los huevos, tan dura que me iba a explotar en cualquier momento, casi ni la rozó. De vez en cuando me miraba a ver cómo llevaba yo lo de tener su pollón en mi jeta. Supongo que estaba esperando que se lo chupara de una vez pero aguanté estoicamente. El precum seguía saliendo con abundancia y en algunos momentos parecía que estaba usando su polla de pintalabios. Mi lengua quería recoger aquel líquido delicioso pero no lo hice. Pablo debía estar flipando con mi aguante.
Había tomado la decisión de no participar activamente. El marido más infiel de la historia se estaba comportando con la dignidad de un jabato. Pero podía acabar aquello con un corridón. Sólo tenía que concentrarme y llegar al orgasmo con lo que sus manos me daban. Cerré los ojos y me centré en el contacto de su polla y su precum en mi cara, en el cerdaco olor que desprendía su glande y la piel del prepucio que de vez en cuando golpeaban o presionaban mi nariz, en sus dedos que volaban expertos por mis partes, agarrando mis cojones, tirando de ellos, subiendo y bajando por toda la raja entre las cachas de mi culo, golpeando mi ano con un rápido tac tac o incluso haciendo presión para entrar pero sin llegar a hacerlo.
Cuando decidí que quería correrme no fue muy complicado llegar a ese resultado. Empecé a gemir porque no quería que le pillara por sorpresa. No quería que se perdiera la lefada. Sentí como su polla se ponía aún más dura contra mi cara.
—Ufff —resoplé.
Sus dedos se centraron en mi ano. Hizo presión con ocho dedos y luego relajó. Otra vez. Luego los movió rápidái﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽uscaba, lo dejé pasarrda miamente dando toquecitos, abriendo y cerrándome la raja del culo, presionando en mi agujero y soltando. Era delicioso.
—Jodeeeeeeer —dejé ir.
De pronto su polla hizo presión contra mis labios. Mucha presión. Pablo quería entrar. Como él lo pedía, que era lo que yo buscaba, lo dejé pasar. Y entonces ya no pude aguantar más. Su pollón entró en mi boca y al sentirme los morros bien llenos de carne, al probar por fin el sabor de su precum y al ver que seguía escanciando aún más de aquel sabroso líquido en mi lengua, no pude más y mi leche salió en torrente, en potentes trallazos que me llegaron hasta la cara. Me corrí con una potencia nunca antes vista. La lefa no dejaba de salir mientras Pablo seguía con sus manos bailando en mi orto y yo me retorcía de gusto con toda su tremenda polla moviéndose sensualmente dentro de mi boca.
Fue una experiencia brutal. Digna de ser repetida. Supongo que no os extrañará que lo hiciéramos. Repetimos todos los días que estuvo en nuestro piso y pronto los masajes dejaron paso a cosas aún más interesantes.




V

Nunca llegamos a tener esa conversación, Antonio y yo. Pero no hizo falta. Una noche, un par de años más tarde, me levanté a beber agua y vi que Antonio estaba hablando por el móvil en el balcón. Eran las cuatro de la mañana. Hablaba en voz baja para no despertarme pero no había cerrado del todo la puerta corredera. Me pegué a la cortina en la oscuridad y escuché su parte de la conversación, la cual se prolongó más de una hora. Hablaba con Pablo. Por lo visto Antonio lo sabía todo. Pablo se lo había ido contando mientras sucedía. Se lo había contado desde el minuto uno, desde el masaje, y le había seguido informando cuando vino a vernos al verano siguiente y retomamos nuestras guarradas, incluso cuando me escapé a Barcelona en navidades y estuvimos follando como animales durante todas las fiestas.
Al parecer Antonio lo sabía todo, no sólo lo de Pablo. También lo de su padre, mi suegro, Matías. Eso no supe cómo lo había descubierto. Pero la conversación que mantenía mi marido con su amigo Pablo a las tantas de la mañana no tenía nada de dramático. Antonio me aceptaba tal y como era. Llevaba más de dos años sabiendo aquello y lo había integrado en su vida. Mi matrimonio no peligraba. Sentí un amor inmenso hacia él.
Sólo parecía preocuparle que pudiera coger alguna enfermedad de transmisión sexual. Cuando la conversación por fin acabó y Antonio volvió a la cama me encontró con los ojos abiertos. Se tumbó a mi lado y constató:
—Estás despierto.
—Tomo precauciones. Siempre. Por eso no te preocupes —le dije.

Me abrazó y me susurró "Vale". Y yo rompí a llorar y me pasé llorando el resto de la noche, abrazado a mi marido que me susurraba que todo estaba bien. Y no lloraba porque me sintiera culpable. Lloraba porque me sentía inmensamente agradecido por haber conocido a Antonio. Mi marido. El hombre de mi vida.

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A continuación tienes más información sobre el ebook:

Infiel: Y otros relatos eróticos de temática gay 


Este volumen incluye los siguientes relatos eróticos de temática gay del escritor Marcos Sanz: 

Dándole en el hotel… lo que se merece 
Paco y Juan son dos seguratas que trabajan en un hotel. Un chico se suele colar para intentar ponerlos calientes a través de las cámaras. Hasta que una noche, Paco conseguirá atraparlo y le dará lo que se merece mientras su compañero mira tras la pantalla. 

Experiencia en el tren 
Un chico hetero viaja con su novia en el compartimento de un tren. Ella se queda dormida apoyada en su hombro y un chico barbudo y grandote entra en ese momento y se sienta frente a nuestro, hasta el momento, chico hetero. Lo que pasa a continuación... bueno, tienes que leerlo. 

Enfermero malagueño 
El relato telefónico que le hago a un amigo cachondo de cuando estuve en marzo en el hospital y conseguí poner to cerdo al enfermero. 

Joe 2.0 
Joe es un héroe que aparece en ciertos momento de mi vida... para salvarme de una muerte horrible. La primera vez yo tenía ocho años. La segunda acababa de cumplir los treinta. Pero Joe no había cambiado nada... 

Calentón en el podcast 
Estás a punto de averiguar por qué "Precumeros" es el podcast más caliente de la red. No te vas a creer de qué son capaces sus presentadores para hacer crecer la... audiencia. 

Infiel 
Marcos es infiel. Tan infiel que le puso los cuernos a su marido el mismo día de su boda. Dos veces. Tan infiel que aprovecha hasta cuando van al supermercado para darse una escapada a los baños a ver lo que pilla. El mejor amigo de su marido los visita unos días... y es posible que esta vez toda la situación le estalle en la cara. 

Sobre el autor: Marcos Sanz es un escritor (y un tío guapo y bastante bear) de relatos eróticos de temática gay. Si estás buscando leer relatos eróticos gays para hombres escritos por un hombre, has llegado al lugar indicado. 

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