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Infiel
I
Yo quería a mi
marido. Lo quería muchísimo. Y sé que lo lógico hubiera sido hablarlo con él y
llegar a algún tipo de acuerdo. Teníamos buenos amigos que habían probado lo de
ser pareja abierta y les funcionaba. Pero supongo que el miedo a perderlo o a
que no entendiera mi necesidad no me permitía ser honesto. Nunca debí casarme,
me repetía. Si no nos hubiéramos casado no sería tan jodidamente difícil
mantener esa conversación. Los maricones como yo no deberían casarse nunca. Te
pasas años luchando por tus derechos, educando a tus propios padres para que la
casa donde te criaste no sea un pozo de odio, esperando a que la sociedad
cambie y deje de ser tan duro ser gay. Entonces ocurre, las cosas cambian, no
en todas partes y no a la velocidad que sería deseable y necesaria, pero
cambian. Y de pronto te puedes casar. Y te casas. Y lo estropeas todo.
Yo quería a mi
marido. Lo quiero. Pero le fui infiel antes y después de casarnos. Le fui
infiel siempre. Le fui infiel hasta el mismo día de nuestra boda y con su
propia familia. Y lo más triste es que soy bueno viviendo con ello. Se me da
bien mentir. Nunca ha sospechado nada. Para él, soy el hombre perfecto.
Esta es la historia
de un cerdo que se odia a sí mismo... y que es incapaz de cambiar. Esta es...
mi historia.
II
Todo el mundo se
había ido ya a la cama. Yo no, claro. Bueno, sí había ido a la cama. Y había
cumplido. Y bien a gusto. Había follado con mi marido. Dos veces. Bonita
palabra. Marido. Antonio es mi marido. Por fin.
Ahora Antonio dormía,
como el resto de invitados, y yo estaba en el jardín, comiendo otro trozo de la
tarta de bodas. Con el plato en la mano me metí otra vez en la casa por la
puerta principal, a ver si quedaba algo de alcohol. Tuve que esquivar a la
gente que dormía en el suelo para llegar a la cocina. Allí me encontré con su
hermano. Estaba borracho, como todo el mundo. Pero por lo menos él estaba
despierto y seguía con ganas de continuar la fiesta.
Me abrazó y volvió a
decirme lo mucho que se alegraba por nosotros. A mí el abrazo me puso caliente
y traté de que se prolongara.
—¿Qué haces? —Me
preguntó cuando vio que no lo soltaba.
—Lo siento. Estoy
borracho.
—Y yo.
—Y estás buenísimo.
—No seas gilipollas
—me recriminó.
Pero se sentía
halagado.
—¿Vamos a la piscina?
—Propuse.
—Vamos.
De camino cogí el
iPhone y el altavoz. Ya en la piscina puse música y me metí desnudo en el agua,
bajo la luz de la luna.
—Tú eres de los que
van a playas nudistas, ¿no? —Dijo Matías, en tono jocoso.
Me puse a hacer el
muerto y me magreé la polla. Matías me miró con cara rara.
—¿Qué música has
puesto? ¿Qué es eso?
—Música para follar.
Aquello le cerró la
boca por un rato. Yo seguí tocándome el rabo. Había luz suficiente para que
viera bien lo que estaba haciendo.
—¿Pasa algo si yo
también me quito todo? —Me preguntó al cabo de un rato, sin perderse detalle de
mi magreo.
—¿Qué va a pasar?
—Igual no es
apropiado.
—Están todos
durmiendo. Y dentro del agua nadie va a ver que estás desnudo. Además, tienes
que quitarte la ropa.
—¿Por qué?
—Porque soy maricón,
me he casado y nadie me ha organizado una despedida de soltero.
—Coño, es verdad.
¿Cómo no se me ocurrió?
Matías se quitó la
ropa interior. Me enseñó el bóxer antes de lanzarlo fuera de la piscina. Luego
se acercó a mí.
—¿Qué quieres para tu
despedida de soltero?
—Lo del striptease
está bien para empezar. Pero dentro del agua como que no te veo mucho.
—Puedo hacer el
muerto, como tú.
—Eso estaría bien.
Matías se puso a
hacer el muerto boca arriba y yo, claro, dejé de hacerlo, para poder mirarlo
bien. Su miembro estaba morcillón. Pero él no iba a tocárselo, como yo. A no
ser que se lo pidiera.
—Si fueras uno de
esos chulazos disfrazado de policía me estarías paseando la polla por toda la
cara.
—Eso es complicado
aquí.
—No tanto.
Le puse una mano en
la espalda y otra directamente en el culo (él dio un respingo) y me lo llevé
flotando a la zona de la piscina donde el agua cubría menos. Una vez allí me
coloqué entre sus piernas abiertas, mantuve una mano en su trasero para
levantarlo hacia mí, le cogí los cojones con la otra mano y pegué mi mejilla a
su verga, que empezó a crecer rápidamente al contacto con mi cara.
—No es como si
bailaras para mí, pero ya me vale —le dije.
—Es mejor —dijo él.
Cuando estuvo bien
palote no me quedó más remedio que chupársela. Matías tenía un buen rabo.
Sabroso y precumero. Lástima que sólo tardara un minuto en correrse. Me tragué
toda su leche y continué mamando hasta que se le bajó del todo.
—Lo siento —dijo.
—¿Por?
—Seguro que el
chulazo policía habría aguantado más.
—Bueno. Ha estado muy
bien. Estábamos siendo malos. Una vez en la vida no hace daño y suele poner
bastante burro ser malo.
—Me he puesto muy
burro, sí.
—De todas formas aún
no hemos acabado.
—¿No?
—No. Es mi despedida
de soltero. Yo también quiero correrme.
—¿Y cómo lo hacemos?
—¿Alguna vez te han
follado? —Noté que se ponía nervioso y añadí: —Vale, eso queda fuera del menú.
—Te la puedo chupar,
si quieres.
—¿Lo has hecho alguna
vez?
—Hace años, a un
compañero de fútbol.
—Si no has repetido
es que no te gustó.
—Sí me gustó. Pero no
volvió a darse la oportunidad. Siempre salgo con tías y no suelen tener polla.
Me senté en el borde
de la piscina y le hice un gesto para que se acercara. No tardó nada en
amorrarse a mi vergajo. El hermano de mi marido mamaba de puta madre. Me
sorprendió lo bien que la comía.
—Ufff, qué boca
tienes, macho.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
—¿La chupo mejor que
Antonio? —Me preguntó con voz pícara.
—Pues... ¿Cómo
debería contestar a una pregunta como esa?
—Con la verdad.
—La chupas mejor.
Pero él nunca debe saberlo.
—Eso está claro. No
se me ocurriría decirle que te la mamé el día que os casasteis. Ni que la chupo
mejor.
—Deja de hablar y
traga polla.
—A la orden.
Mientras Matías
tragaba yo le iba acariciando la cara. En cierto momento vi que se estaba
haciendo un pajote bajo el agua.
—Te la ha puesto dura
mamársela a tu cuñao —observé.
—Muy dura.
—Y recién corrido.
Eso no lo habría hecho el chulazo policía.
Matías sonrió
complacido y siguió mamando a dos carrillos.
III
Antes de volver a la
habitación de Antonio, a abrazarme como un buen esposo a mi flamante nuevo
marido, me pasé por la habitación de mi suegro, Matías padre. Matías era viudo
y no pensaba volver a casarse.
—Matías, ¿estás
despierto?
—Sabes que sí.
Matías padecía
insomnio desde hacía décadas. Sólo era capaz de dormir a ratos por la tarde, a
la hora de la siesta. Y alguna hora suelta al amanecer.
Me metí en su cama y
me pegué a su espalda. Lo abracé.
—Vengo de que tu hijo
me coma la polla, así que no sé si puedo darte mucho hoy.
Evidentemente no le
dije a qué hijo me refería. Pero técnicamente no le estaba mintiendo.
Matías padre se bajó
el calzón y pegó el trasero a mi verga dormida.
—Inténtalo.
Le puse saliva en el
ojete y le restregué la polla por la raja del culo hasta que volví a tenerla
bien dura. Matías padre gemía como una perra a mi contacto.
—¿Te la meto?
—Sí, por favor. Bien
dentro. Fuerte.
Me cogí la pollaca
con la mano y la guié hacia las entrañas de mi suegro. Fue un polvo lento y muy
largo. Estuve follándomelo despacio cerca de una hora. Ya me había corrido tres
veces esa noche y necesitaba tiempo para fabricar la cuarta. Mi suegro se
pegaba a mí con todas sus fuerzas, como si necesitara aquel contacto íntimo
para seguir viviendo.
—Hoy no te podrás
quejar. Hoy me has tenido mucho tiempo dentro —le dije al oído.
—¿Has acabado?
—No, ahora voy.
Matías se agarró la
polla y comenzó a hacerse una paja para correrse al mismo tiempo que yo.
—Córrete dentro —me
pidió.
—Claro.
Pegué mi boca a su
oído para que supiera por mi respiración cuando se aproximaba la lefada. Él se
dio más caña.
—Esto te encanta —le
susurré.
—Me encanta...
—Seguro que te mueres
de envidia de que me haya casado con tu hijo y no contigo.
—Dame fuerte.
Échamela toda dentro.
Le obedecí, cómo no,
mientras él se derretía en mis brazos y se derramaba sobre la sábana.
Antes de salir de la
habitación escuché su voz en la oscuridad.
—Marcos.
—Dime.
—No podemos seguir
haciendo esto.
—Lo sé.
—Hoy te has casado.
—Soy plenamente
consciente, Matías.
—Con mi hijo... Esto
tiene que acabar. No podemos repetirlo. Nunca más.
—No lo haremos.
Buenas noches.
Salí de la habitación
de mi suegro y me dirigí a la habitación de Antonio con un poco de mala
conciencia. La justa.
IV
Nos fuimos a vivir a
mi piso. El caso es que mi polla no descansa. Estoy todo el tiempo con el radar
puesto. 24 horas al día, 7 días a la semana. Aprovechaba cualquier momento. Si
Antonio se iba a pasear al perro, me bajaba a casa del vecino, a ver si estaba
sólo y nos podíamos, aunque fuera, comer un poco las pollas. Si íbamos a
comprar al súper, o me perdía por los pasillos a ver si divisaba algún maromo o
directamente me largaba un rato al baño a ver lo que cataba. Cualquier excusa
era buena. Recoger a alguien en el aeropuerto, por ejemplo. Me iba una hora
antes para poder cerdear en los baños de la cuarta planta. Tenía follamigos por
todas partes, en el edificio, en el vecindario, en el curro, en la gasolinera,
en el médico, hasta en el mecánico. Si alguna vez adoptábamos un niño seguro
que me follaba a todos sus profesores varones. Esa era mi vida. Ese era yo. Y
todavía sacaba energías para satisfacer a mi marido.
El mayor problema es
que no me bastaba con mis líos. No intentaba mantener mis amantes separados de
Antonio. Había follamigos que nunca conocería pero cuanto más peligrosa fuera
la situación más disfrutaba yo. De ahí lo de liarme con su padre, con su
hermano o con sus mejores amigos.
Lo de su amigo Pablo
clamó al cielo. Era su mejor amigo gay de toda la vida. Yo aún no lo conocía.
No pudo venir a la boda así que Antonio lo invitó a pasar una semana con
nosotros cuando el trabajo se lo permitió.
Con Pablo fui incluso
más cabrón de lo habitual. Me propuse que fuera él quien me entrara a mí, por
si todo se iba a la mierda tener la excusa de que él me había seducido. Para
ello puse en marcha varias fases de un mismo plan. Primero procuré estar todo
el tiempo posible sin camiseta, cosa bastante natural en mí, aunque no tanto
con invitados. De todas formas, como Antonio sabe que me gusta mucho el
nudismo, no se le pasó por la cabeza que intentara provocar a su amigo. Yo me
pasaba el día acariciándome distraídamente el pecho y Pablo no se perdía
detalle. En segundo lugar procuré pasar muchísimo tiempo con Pablo y mostrarme
encantador. Y en tercer lugar, me dediqué a follar todas las noches con Antonio
y ser bastante escandaloso para que Pablo nos oyera desde el salón.
Cuando Antonio no
estaba en casa yo aplicaba algunos puntos extra, como no cerrar la puerta
cuando iba a mear o a ducharme y pasearme por la casa con una simple toalla a
la cintura tras el baño. Pero siempre procuraba que pareciera mi forma de ser.
En ningún momento demostré el más mínimo interés sexual en él. No me magreé
como con Matías. En esta ocasión tenía que salir de él. Pablo debía dar el
primer paso. Y esperar ese primer paso se convirtió en lo más divertido del
asunto.
Sabía que Pablo era
bueno dando masajes así que esperé a que Antonio se fuera a trabajar, uno de
esos días que no pudo quitarse, para despertarme con una contractura muscular
en alguna zona indeterminada entre el cuello y la espalda. A Pablo no le dije
nada, simplemente estuve resoplando y poniendo posturas raras hasta que me
preguntó preocupado si había dormido mal.
—Pues creo que sí.
Tengo la espalda fatal hoy.
—A lo mejor le diste
demasiado fuerte ayer a Toni.
—¿Qué?
—Anoche. Fuisteis un
pelín escandalosos.
—¿Por qué crees que
le doy yo?
—¿No es así?
—A veces. Pero ayer
precisamente no.
—¿Quieres que te dé
un masaje?
—Eso me vendría de
puta madre.
Me hizo quitarme la
ropa y tumbarme boca abajo en la cama encima de una toalla de playa, me tapó el
culo con otra toalla y me empezó a dar un masaje en la espalda con aceite de
oliva virgen. Me dio un pedazo masaje de casi una hora en la que estuve empalmao
casi todo el tiempo.
—Se te da muy bien
—le dije cuando noté que ya íbamos a acabar.
—¿Quieres que te dé
un poco en el pecho?
Sé que es una
respuesta súper clásica en estos casos pero es que además era verdad.
—No puedo darme la
vuelta ahora mismo.
En vez de decirme lo
también típico de que es algo natural y que no pasa nada por tener erecciones
durante el masaje, el tío me dijo:
—Estaría bien verte
eso.
El cielo se me abría.
—¿Te gustaría verme
empalmado? —Intenté sonar neutro, ni interesado, ni sorprendido, ni ofendido
por el atrevimiento.
—Siento curiosidad
por ver cuánto te mide. Durante años Toni y yo competimos con el tamaño de las
pollas de nuestros novios. Ahora no tengo novio pero estaría bien ver qué tengo
que superar para el próximo. Y a parte, claro, no pierdo la ocasión de ver un
buen rabo siempre que puedo. ¿Qué clase de maricón sería si no lo hiciera?
—Uno muy aburrido.
Pero tú ya me la has visto en la playa.
—Sí. Pero no te he
visto empalmado.
—¿No será raro? —Me
hice el inocente.
—Para mí no.
—¿No te sentirás
violento cuando vuelva Antonio?
—No le voy a levantar
al marido. Sólo te estoy dando un masaje y voy a aprovechar para mirar un poco.
No te preocupes. De siempre nos hemos enviado fotos de las pollas de nuestros
novios y rollos. Ya te digo que competíamos.
Parece que ya había
llevado a Pablo hasta donde lo quería llevar y disfruté internamente aquella
pequeña victoria cuando, sin objetar nada más, me quité la toalla del culo y me
puse boca arriba con los ojos cerrados, completamente empalmao. Pablo no dijo
ni pío. Simplemente se puso a darme aceite oliva por todo el pecho. Pero estoy
seguro de que se le hizo agua la boca.
Aunque el tío
intentaba que el masaje no resultara demasiado sensual, cada vez que pasaba sus
manos por uno de mis pezones la polla me daba una sacudida que por narices
debía notar.
—¿Puedo hacer una
petición? —Le dije.
—Claro.
—Pezones.
—¿Seguro?
—Seguro. No sabía que
el aceite de oliva diera tanto de sí. Céntrate un poco en los pezones y si me
mola se lo haré a Antonio un día de estos.
—Molarte te mola. La
polla se te pone a reventar cada vez que te los rozo.
—Perdona. No debí
decirte nada. Mejor lo dejamos aquí.
—No digas tonterías.
No hay nada malo en disfrutar de un buen masaje. Tú lo pides, yo lo hago. Me
has preguntado si podías hacer una petición y te he dicho que sí, ¿no?
—Pero, ¿seguro que
estaremos bien?
—No vamos a estar
violentos. Llevo con el masaje, dándote placer con mis manos, más de una hora.
Y seguro que tú llevas empalmado casi el mismo tiempo. Sólo voy a seguir un
poco más centrándome en la zona que me has pedido. Y supongo que tú seguirás
empalmado. ¿Qué ha cambiado para que tengamos que sentirnos violentos?
—Visto así...
Joder. El tío estaba
lanzadísimo. La parte más hipócrita de mi cerebro estaba pensando "menudos
amigos se busca mi marido" pero rechacé enseguida aquella línea de
pensamiento. Yo era cien veces peor que Pablo. Yo había buscado conscientemente
aquella situación. Incluso había fingido una contractura para provocar aquel
masaje.
Los siguientes quince
minutos fueron de infarto. Pablo me trabajaba los pezones con delicadeza y
entrega y yo me removía incapaz de estarme quieto. Necesitaba acabar con
aquello, necesitaba agarrarme la polla y lefar como un caballo. Tenía el puto
rabo a reventar. Pero no quería ser yo quien diera el paso. Tenía que ser
Pablo.
—Joder... Esto es
demasiado intenso. ¿Puedo pedir un cambio de zona?
—Por supuesto.
Abrí las piernas,
miré a Pablo y me señalé los cojones y luego el orto.
—Eso será aún más
intenso.
—O donde tú quieras.
Eres el masajista.
—No, me parece bien.
Tú mandas. ¿Puedo tumbarme contigo en la cama?
—Claro.
—Será mejor que me
quite esto, si no lo pondré perdido de aceite.
Se quitó rápidamente
las bermudas y la camiseta y se tumbó desnudo a mi lado pero en la otra
dirección, con la cabeza a la altura de mis rodillas. Pasó una mano por debajo
de mi pierna izquierda para llegar bien al culo y la otra, que quedó por encima
de mi cuerpo, la usó para tocarme los huevos. Pero lo complicado del asunto es
que su polla había quedado sobre mis labios. Como yo seguía en el papel de
marido fiel no se me ocurrió mover los labios. No saqué la lengua ni probé su
precum. Con el movimiento del masaje su polla me fue mojando los labios e
incluso la nariz. No entregarme a la lujuria, aguantar ahí, con esa polla
mojada por toda mi cara, era incluso más erótico que hacerlo. Pensé que tendría
que repetir aquello en más ocasiones, era más estimulante que simplemente
joder. Y aunque no sacara la lengua, al menos podía deleitarme con el oloraco
de su rabo. Pablo aún no se había duchado esa mañana y la polla le olía bien a
polla.
Se puso más aceite en
las manos y siguió masajeando el perineo, toda la raja del culo, ambas cachas y
mis cojones. Él también se contenía para hacer exactamente lo que yo le había
pedido. Toda mi verga más allá de los huevos, tan dura que me iba a explotar en
cualquier momento, casi ni la rozó. De vez en cuando me miraba a ver cómo
llevaba yo lo de tener su pollón en mi jeta. Supongo que estaba esperando que
se lo chupara de una vez pero aguanté estoicamente. El precum seguía saliendo
con abundancia y en algunos momentos parecía que estaba usando su polla de
pintalabios. Mi lengua quería recoger aquel líquido delicioso pero no lo hice.
Pablo debía estar flipando con mi aguante.
Había tomado la
decisión de no participar activamente. El marido más infiel de la historia se estaba
comportando con la dignidad de un jabato. Pero podía acabar aquello con un
corridón. Sólo tenía que concentrarme y llegar al orgasmo con lo que sus manos
me daban. Cerré los ojos y me centré en el contacto de su polla y su precum en
mi cara, en el cerdaco olor que desprendía su glande y la piel del prepucio que
de vez en cuando golpeaban o presionaban mi nariz, en sus dedos que volaban
expertos por mis partes, agarrando mis cojones, tirando de ellos, subiendo y
bajando por toda la raja entre las cachas de mi culo, golpeando mi ano con un
rápido tac tac o incluso haciendo presión para entrar pero sin llegar a
hacerlo.
Cuando decidí que
quería correrme no fue muy complicado llegar a ese resultado. Empecé a gemir
porque no quería que le pillara por sorpresa. No quería que se perdiera la
lefada. Sentí como su polla se ponía aún más dura contra mi cara.
—Ufff —resoplé.
Sus dedos se
centraron en mi ano. Hizo presión con ocho dedos y luego relajó. Otra vez.
Luego los movió rápidamente dando toquecitos, abriendo y cerrándome la
raja del culo, presionando en mi agujero y soltando. Era delicioso.
—Jodeeeeeeer —dejé
ir.
De pronto su polla
hizo presión contra mis labios. Mucha presión. Pablo quería entrar. Como él lo
pedía, que era lo que yo buscaba, lo dejé pasar. Y entonces ya no pude aguantar
más. Su pollón entró en mi boca y al sentirme los morros bien llenos de carne,
al probar por fin el sabor de su precum y al ver que seguía escanciando aún más
de aquel sabroso líquido en mi lengua, no pude más y mi leche salió en
torrente, en potentes trallazos que me llegaron hasta la cara. Me corrí con una
potencia nunca antes vista. La lefa no dejaba de salir mientras Pablo seguía
con sus manos bailando en mi orto y yo me retorcía de gusto con toda su tremenda
polla moviéndose sensualmente dentro de mi boca.
Fue una experiencia
brutal. Digna de ser repetida. Supongo que no os extrañará que lo hiciéramos.
Repetimos todos los días que estuvo en nuestro piso y pronto los masajes
dejaron paso a cosas aún más interesantes.
V
Nunca llegamos a
tener esa conversación, Antonio y yo. Pero no hizo falta. Una noche, un par de
años más tarde, me levanté a beber agua y vi que Antonio estaba hablando por el
móvil en el balcón. Eran las cuatro de la mañana. Hablaba en voz baja para no
despertarme pero no había cerrado del todo la puerta corredera. Me pegué a la
cortina en la oscuridad y escuché su parte de la conversación, la cual se
prolongó más de una hora. Hablaba con Pablo. Por lo visto Antonio lo sabía
todo. Pablo se lo había ido contando mientras sucedía. Se lo había contado
desde el minuto uno, desde el masaje, y le había seguido informando cuando vino
a vernos al verano siguiente y retomamos nuestras guarradas, incluso cuando me
escapé a Barcelona en navidades y estuvimos follando como animales durante
todas las fiestas.
Al parecer Antonio lo
sabía todo, no sólo lo de Pablo. También lo de su padre, mi suegro, Matías. Eso
no supe cómo lo había descubierto. Pero la conversación que mantenía mi marido
con su amigo Pablo a las tantas de la mañana no tenía nada de dramático.
Antonio me aceptaba tal y como era. Llevaba más de dos años sabiendo aquello y lo
había integrado en su vida. Mi matrimonio no peligraba. Sentí un amor inmenso
hacia él.
Sólo parecía
preocuparle que pudiera coger alguna enfermedad de transmisión sexual. Cuando
la conversación por fin acabó y Antonio volvió a la cama me encontró con los
ojos abiertos. Se tumbó a mi lado y constató:
—Estás despierto.
—Tomo precauciones.
Siempre. Por eso no te preocupes —le dije.
Me abrazó y me susurró
"Vale". Y yo rompí a llorar y me pasé llorando el resto de la noche,
abrazado a mi marido que me susurraba que todo estaba bien. Y no lloraba porque
me sintiera culpable. Lloraba porque me sentía inmensamente agradecido por
haber conocido a Antonio. Mi marido. El hombre de mi vida.
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Infiel: Y otros relatos eróticos de temática gay
Este volumen incluye los siguientes relatos eróticos de temática gay del escritor Marcos Sanz:
Dándole en el hotel… lo que se merece
Paco y Juan son dos seguratas que trabajan en un hotel. Un chico se suele colar para intentar ponerlos calientes a través de las cámaras. Hasta que una noche, Paco conseguirá atraparlo y le dará lo que se merece mientras su compañero mira tras la pantalla.
Experiencia en el tren
Un chico hetero viaja con su novia en el compartimento de un tren. Ella se queda dormida apoyada en su hombro y un chico barbudo y grandote entra en ese momento y se sienta frente a nuestro, hasta el momento, chico hetero. Lo que pasa a continuación... bueno, tienes que leerlo.
Enfermero malagueño
El relato telefónico que le hago a un amigo cachondo de cuando estuve en marzo en el hospital y conseguí poner to cerdo al enfermero.
Joe 2.0
Joe es un héroe que aparece en ciertos momento de mi vida... para salvarme de una muerte horrible. La primera vez yo tenía ocho años. La segunda acababa de cumplir los treinta. Pero Joe no había cambiado nada...
Calentón en el podcast
Estás a punto de averiguar por qué "Precumeros" es el podcast más caliente de la red. No te vas a creer de qué son capaces sus presentadores para hacer crecer la... audiencia.
Infiel
Marcos es infiel. Tan infiel que le puso los cuernos a su marido el mismo día de su boda. Dos veces. Tan infiel que aprovecha hasta cuando van al supermercado para darse una escapada a los baños a ver lo que pilla. El mejor amigo de su marido los visita unos días... y es posible que esta vez toda la situación le estalle en la cara.
Sobre el autor: Marcos Sanz es un escritor (y un tío guapo y bastante bear) de relatos eróticos de temática gay. Si estás buscando leer relatos eróticos gays para hombres escritos por un hombre, has llegado al lugar indicado.
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Experiencia en el tren
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