La carta extraviada
I
Nunca había recibido
una carta de amor. Aquella la encontré una mañana en mi buzón mientras cortaba
el césped. Venía a mi nombre pero no traía remitente. La leí fuera, bajo el
sol. No entendí nada. Y no me refiero a que estuviera mal escrita. Es que no tenía
sentido. Un adolescente al que no conocía me estaba declarando su amor. A mí,
con treinta y siete años que tengo, con esta barriga cervecera y esta pinta de
obrero abandonado. Pero es que además me decía que cada día que se cruzaba
conmigo por los pasillos de la escuela tenía ganas de declararse y que al final
había optado por escribir. Aunque no estaba seguro de querer echar la carta.
No soy profe así que
era difícil que se cruzara conmigo en una escuela. Aunque la carta venía a mi
nombre y a mi dirección.
Seguí leyendo
pensando que alguien me estaba tomando el pelo hasta la última frase: "Te
veo en clase en Enero. Pasa unas estupendas navidades con tus padres. Te quiere
(aunque te acabes de enterar) Xuso."
Aquello despertó ecos
en mi memoria. Había un chico en mi clase, en octavo de EGB, que se llamaba
así. Xuso.
La carta no traía
fecha, ni en la cabecera ni en la firma. Miré el sobre, cada vez más
intranquilo. El matasellos sí traía una fecha. Aquella carta había sido sellada
hacía veinticuatro largos años y se había extraviado antes de ser entregada.
Ahora alguien la había encontrado en el fondo de una saca en correos y la había
entregado como si no hubiera pasado nada.
Me sentí fatal. Pensé
en Xuso armándose de valor con sus tiernos trece años para escribirme todo
aquello sin saber si había la más mínima posibilidad de que me gustaran los
chicos. Arriesgándose por mí. Yendo a clase después de navidades ilusionado con
ver si mi reacción era favorable y encontrándose con la más absoluta
indiferencia por mi parte. Porque yo no sabía nada. Nunca recibí su carta.
Pensé en un corazón
roto por culpa del estúpido destino y me di cuenta que tenía que encontrar a
Xuso y decirle que nunca leí su carta.
Y me propuse dar con
él.
II
No lo encontré en
facebook, ni en linkedin. No estaba en Google Plus. Tuve que hacer una búsqueda
a la antigua usanza, siguiendo su rastro por varias instituciones y negocios de
la ciudad hasta que una clínica dental me dio la última dirección que tenían
suya.
Tendría que hacer dos
días de carretera pero valdría la pena.
No sabía qué iba a
decirle a Xuso. Confié en que el largo viaje me aclararía las ideas. Por lo
menos podríamos tomar un café y hablar de los viejos tiempos. Eso si le gustaba
el café. Y si seguía vivo.
El jueves salí a las
nueve de la mañana calculando que llegaría a mi destino el sábado a medio día.
Quizá os resulte extraño que no prefiriera buscar mejor su número de teléfono.
Que decidiera presentarme en su casa. Pero es que lo de la carta me había
removido un montón de cosas por dentro. No tuve novio hasta los diecinueve. En
realidad nunca me sentí querido hasta esa edad. Había pasado una adolescencia
muy dura sintiéndome el único maricón del planeta. Si hubiera recibido la carta
de Xuso quizá las cosas hubieran sido distintas. Quizá... Quizá hubiera amado y
sido correspondido en la edad de la inocencia, como la mayoría de los
heterosexuales en aquella época tuvieron la oportunidad de hacer. Quizá hubiera
sido un maricón un poco más feliz y ahora no me sentiría tan vacío por dentro.
Quizá no hubiera descubierto el sexo en un puto y maloliente cuarto oscuro...
Quizá.
III
Paré en una gran
superficie a las afueras de uno de los pueblos por los que pasaba para comprar
algo de comer. Me pillé un par de cervezas sin alcohol bien frías y sándwiches
de jamón y queso y de cangrejo. Cuando iba a dirigirme hacia las cajas vi que
en la zona de jardinería había movimiento. Tres hombres daban vueltas entre los
estantes de macetas y sacos con sustrato universal, mirándose entre sí. Uno de
ellos me miraba además a mí y hasta me hizo un gesto con la cabeza para que me
acercara. La polla se me puso dura automáticamente. Me encanta cerdear con
desconocidos donde sea y ahí había tres interesados. Y los tres estaban para
mojar pan.
Me acerqué
disimuladamente, di un par de vueltas por los estantes de semillas y el que me
había invitado a acercarme señaló con un gesto de la cabeza hacia el pasillo
del fondo. Me dirigí hacia allí. Me giré para ver si me seguía. Me seguía. Una
vez en ese pasillo me puse a mirar azadas y motosierras. El tipo se sacó una
impresionante polla aún estando en estado de letargo. Era descomunal. Lo miré
indeciso.
—Aquí no hay cámaras.
¿Quieres chupar? —Me dijo.
—Vale.
Caí de rodillas y me
metí aquel enorme manjar inesperado en la boca. Le sabía bien cerda, la polla.
Tuve que escupir un papelito que se le había quedado pegado de la última
corrida. El manubrio le fue creciendo en mi boca hasta alcanzar un tamaño
colosal.
—Joder. Esto es un destroza
culos que te cagas —comenté entre lamidas.
—¿Qué dices? ¿La
quieres en el culo?
—No, no. Así esta
bien. Está muy bien.
Volví a llenarme la
boca de polla sucia aunque mi saliva ya se iba encargando de limpiarla. Los
otros dos tipos se habían acercado. Uno se hacía una paja a nuestra derecha. El
otro miraba todo el rato hacia la entrada de la zona de jardinería. No se
atrevía a sacársela pero se acariciaba un bulto que también se veía apetitoso.
—Mmm, eres un mamón
de primera.
Sí. A mí también me
cortaba antes el rollo que los desconocidos hablaran como sacados de una
película porno. Pero de un tiempo a esta parte como que me pone. Hasta yo he
acabado hablando un poco así cuando me follo la boca de un niñato.
—Comparte esa boca
tan puta —me dijo mi pollón, y como si fuera el rey del mambo hizo un gesto al
pajero de al lado para que ocupara su lugar en mi boca.
Me fui turnando entre
los dos. Qué rico mamar dos pollacas como aquellas en un centro comercial. Qué
gusto. Me saqué la polla para hacerme un pajote liberador. La tenía a reventar.
—Si no te la vas a
sacar podrías ponerte allí y avisar si se acerca alguien —le dijo el rey del
mambo al asustadizo.
El asustadizo aceptó
el encargo porque si nos descubría alguien allí haciendo aquello al pobre iba a
explotarle la cabeza. Y no la de abajo, precisamente.
Mientras tragaba
polla a dos carrillos pensé en Xuso y por alguna jugada de la psique me sentí
fatal. Como si le estuviera siendo infiel. Como si hubiera mancillado aquel
viaje que había emprendido por él al comerle los rabos a aquellos dos
desconocidos. Aquello era una gilipollez pero estuvo a punto de estropearme la
fiesta.
La fiesta se estropeó
(o no) rápidamente, pero no por culpa de mi lealtad hacia un compañero de clase
de la adolescencia sino porque el asustadizo vino corriendo a avisar que venía
alguien. Cuando quise ponerme de pie el rey del mambo me sujetó la cabeza
contra su mástil y me folló la boca a saco. Al cabrón le ponía que nos pillaran
así. Me di cuenta que a mí también. No me intenté liberar más y dejé que me
violara la boca a placer. El asustadizo dijo que no con la cabeza, los ojos muy
abiertos. Qué tío más dramático. A continuación salió corriendo pies para qué
os quiero. El segundo pajero real se guardó la tranca y también se piró. El rey
del mambo siguió con lo que hacía, follándome la boca como un salvaje. Sus
cojonarros me golpeaban con furia la barbilla. Su verga me llenaba la boca
entera. Su carne me atragantaba. Mi pajote crecía de ritmo e intensidad. Era
delicioso.
Una maruja apareció
con un carro lleno hasta los topes y se nos quedó mirando como si no entendiera
lo que estaba viendo. Cuando los engranajes de su cerebro volvieron a girar empezó
a pegar gritos de qué asco y a amenazar con que iba a llamar a seguridad, a la
policía y a su puta madre. El rey del mambo me sacó la impresionante vergota de
la boca y me echó un estupendo corridote en la cara, lefazo tras lefazo,
mirando a la maruja, como si se lo dedicara a ella. Yo lefé en el suelo como un
cabrón y luego sonreí a la escandalosa mujer. Fue fantástico.
Si te está gustando el relato considera comprar el ebook donde está publicado en una de estas tiendas:
IV
Llegué a mi coche
sintiéndome como una auténtica mierda por alguna extraña razón. Vale. No es muy
natural montar un numerito como el del centro comercial. Algún día superaremos
el lastre de la iglesia y el puto pecado, y el sexo será algo tan natural como
comerse un heladito en el parque. Aunque supongo que por higiene y esas cosas
la gente seguirá sin montárselo en el pasillo de una gran superficie, aunque
sea en el de jardinería y no en el del pan. Pero como maricón especializado en
mamar pollaca en los lugares más impredecibles, mi hazaña en otra ocasión me
habría dejado razonablemente satisfecho conmigo mismo.
Sin embargo no podía
quitarme de la cabeza a Xuso y la historia de amor que correos nos robó. Y me
sentía sucio y guarro y un tío asqueroso por lo que acababa de hacer. Si esos
eran los sentimientos que me despertaba la historia de Xuso, si el odio hacia
mí mismo entraba en el menú, quizá no fuera tan buena idea ir a verle.
Seguí conduciendo
pese a todo. Había pensado dormir en el coche pero al caer la noche busqué
mejor un motelito de carretera en la app de mapas y me dirigí hacia allí. Antes
de llegar al motel pasé por otro pueblo y decidí pararme a cenar en un chino.
En el restaurante me
di cuenta que no dejaba de mirar a todos los hombres del local. Si alguno
pasaba por al lado de mi mesa para ir al baño yo le miraba descaradamente el
paquete. Cada cual es como es y debemos aceptarnos tal como somos. Yo estoy
todo el día pensando en el sexo, buscando posibilidades que terminen con una o
más pollas repartidas por mi anatomía. No es una vida que realmente me llene.
Suelo sentirme vacío después del sexo y con unas ganas locas de dormir abrazado
a alguien. Lo curioso es que esas ganas no desaparecen ni siquiera cuando
alguien se queda a dormir conmigo tras el sexo. Es como si tuviera déficit de
cariño. Igual me han faltado abrazos y necesitaría llenar mi botella de amor con
un año extra de cariño azucarado, mimitos y masajes en los pies. Quizá sea hora
de volver a buscarme un novio y de volver a creer en la pareja cerrada.
De nuevo Xuso. Como
si él pudiera ser una opción. Nunca fuimos amigos. No recordaba ni su cara. Seguramente
aún me odiaría porque nunca contesté a su carta de amor. Xuso no era mi futuro
marido, por Dios.
Pero no podía
quitarme esa loca posibilidad de la cabeza.
V
Esa noche dormí
acompañado. Al salir del chino me sentía tan solo y desamparado que me dije que
tenía que encontrar otra alma solitaria con quien compartir la espera hasta el
amanecer.
Pensé en parar en
algún bar pero una intuición me dijo que había un hombre para mí en el motel
que había elegido. Resultó ser el dueño.
Le alquilé la habitación
para pasar la noche y cuando me dio la llave retuve su mano.
—¿A qué hora te
acuestas?
El dueño del motel se
miró la mano retenida. No se esperaba aquello para nada. La verdad es que me
encanta dejar a los hombres a cuadros.
—Sobre la una —contestó.
—Te estaré esperando
con el culo en pompa. Te dejaré condones en la mesita. Espera. ¿Tenéis mesitas?
—Claro.
—No hace falta que ni
saludes. Simplemente entra y fóllame.
—Vale.
—Y si te apetece,
luego quédate a dormir conmigo.
—Está bien.
Me fui tan campante
hacia mi habitación. Ya tenía compañero de cama.
VI
El dueño del motel
fue puntual. Debo de tener muy buen ojo con los tíos al primer vistazo porque
resultó tener buen pollón y saber usarlo.
No dijo ni mu. Se
desvistió, se puso el condón, abrió uno de los sobrecitos de lubricante que le
había dejado también en la mesita, me puso un poco en el orto, se puso otro
poco en el condón y se tumbó encima de mí. Le sorprendió que la polla entrara
tan fácilmente en mi agujero. A los pocos segundos ya estaba empujando como un
cabrón.
Me gustó mucho la
forma en que me folló. Creo que estaba tan falto de cariño como yo. Se alimentó
del contacto con mi piel tanto como yo me alimenté del suyo.
Fue un polvo largo.
El tío tenía aguante. Pudieron ser cerca de cincuenta minutos sin parar.
Disfruté cada segundo.
Se corrió dentro y
después dejó caer todo su peso sobre mí, dándome unos relajantes veinte minutos
extras de macho extenuado sobre mi cuerpo. Luego me la sacó, se quitó el condón
y me hizo ponerme boca arriba para que me corriera yo. Se tumbó junto a mí y me
besó mientras al mismo tiempo me acariciaba los pezones. Creo que pocas veces
me he corrido tan deprisa. No había esperado que me besara. Y besaba muy bien
el condenado.
Tras limpiarme (me
limpió él) me sorprendió con dos botellitas de cava que aún seguían frías.
Bebimos en la cama,
comiéndonos con la mirada.
—¿Cómo te llamas? —Me
preguntó.
—Juan Pablo. ¿Tú?
—Leo. Nunca me había
pasado esto.
—¿El qué?
—Que me entraran de
la manera en que me has entrado tú.
—Ya lo imagino.
¿Sueles follarte a los inquilinos, de todas formas?
—Alguna vez. Desde
que heredé el motel creo que sólo he follado con hombres. No caen muchas
mujeres por aquí.
—Te has adaptado al
terreno.
—Jajaja. Sí. Algo
así. ¿Y tú a qué te dedicas, Juan Pablo?
Hablamos, dormimos un
poco y volvimos a hacer el amor. Más tarde me desperté en cierto momento de la
noche y contemplé apoyado en su fuerte brazo su masculinidad sobaquera. Me
sentí muy cómodo allí. Y volví a dormir.
Cuando al día
siguiente cogí el coche para continuar mi camino iba con una gran sonrisa en
los labios y con las pilas cargadas.
VII
El viernes conduje
casi todo el día. Sólo paré en una gasolinera a eso del mediodía para pillar
más cerveza sin alcohol y una bolsa de papas, y al atardecer en una zona de
cruising que me había advertido que había cerca una app de pingoneo que uso.
El lugar estaba muy
frecuentado. Parecía un supermercado de la carne. Sin bajarme del coche pude
ver dos mamadas y una enculada contra un árbol. Paré el coche al final de un
caminito y esperé a ver si se acercaba alguien que me interesara. Como quince
minutos más tarde un tío de unos cincuenta se paró con su moto junto a mi
coche. Se quitó el casco y me miró a través de la ventanilla. Yo había buscado
un vídeo porno en el móvil (uno de esos de masajista follabocas) y me
acariciaba el paquete mientras lo veía poniendo una cara cerdaca.
El motero tocó a la
ventanilla. La bajé un ápice.
—Hola.
—Hola.
—¿Qué te gusta? —Me
preguntó.
—Todo. ¿A ti?
—A mí me encantaría
mamarte esa polla grande que se vislumbra ahí.
—Pues venga.
Le señalé la otra
puerta y quité el seguro. Cuando entró en el coche yo ya me había sacado la
polla.
—Es preciosa —dijo el
motero antes de ponerse a mamar con glotonería.
—Gracias. A mí
también me lo parece.
El motero era uno de
esos que les molesta la ropa cuando tragan polla y se fue desvistiendo sin
dejar casi de chupar, el cabrón. Dominaba el difícil arte de desvestirse en un
coche con la boca llena. Ya te digo yo que no es fácil.
Estaba delgado y
tenía un cuerpo bien trabajado en el gimnasio. A mí me suelen gustar osetes
pero no suelo hacer ascos a un hombre delgado si me está mamando tan bien el
rabo. Y éste tragaba que daba gusto.
—¿Llegas a mi culo?
—Me preguntó cuando estuvo en pelota picá.
—Sí.
Me recoloqué en el
asiento para llegar mejor y le paseé los dedos por el ojal mientras él me
seguía dando lengua en el cipote. El tío se aceleró.
—Sí, joder. Méteme
dedos.
Me saqué un sobrecito
de lubricante del bolsillo, lo abrí con la boca y me llené los dedos.
—Podrías haber usado
saliva.
—La saliva tiene
montones de gérmenes. Y seguro que tengo los dedos guarros después de conducir
todo el día.
—No te preocupes. Van
a un sitio peor.
—Yo lo digo por ti.
No vayas a coger una infección.
—Méteme dedos,
doctor. Ya me ocupo yo de mi salud.
—Como gustes.
Apreté un dedo lleno
de líquido viscoso y transparente contra su esfínter y no sin esfuerzo conseguí
colar la punta del dedo índice.
—Lo tienes bien
cerrado.
—Estoy apretando
adrede. Luego disfruto más.
—Pues aprieta menos.
Me vas a partir el dedo.
—Tú mete dedos y deja
de quejarte.
No me había gustado
su tono así que me vengué metiendo tres dedos de golpe con muchísimo esfuerzo
pero bien rápido. El tío se volvió to loco.
—Sí, sí. Sí,
jodeeeer. Así me gusta a mí.
—¿Eso no es de una
canción?
—¡Mete dedos!
—Vale, vale.
Bueno. Se ve que el
motero no tenía sentido del humor. Mientras le metía cada vez más dedos por el
culo me encontré pensando en Leo, el dueño del motel con quien había pasado la
noche. El tío había conseguido darme mucho más que sexo. O quizá yo estaba de
un humor más receptivo esa noche.
Cuando le metí y le
saqué cuatro dedazos a toda velocidad al motero por el culo y conseguí
acelerarlo hasta hacer que me sacara toda la leche en riquísimos trallazos
hasta el fondo de su garganta, como si el tío fuera él enterito una bomba de
succión, yo aún seguía pensando en Leo y en nuestra noche en su motel.
VIII
En el jardín había
una bicicleta con ruedines y una pequeña piscina hinchable. Llamé a la puerta
súper nervioso. Al final el viaje no me había ayudado a aclararme las ideas. No
tenía ni idea de qué le iba a decir.
Dentro se oían risas,
griterío. Niños. Me alegré por Xuso.
Abrió él en persona.
Me reconoció al instante.
—Juan Pablo... ¿Qué
haces aquí? ¿Ha muerto alguien? —Preguntó.
—No. Bueno, no sé.
¿Quién podría haber muerto?
—Algún profesor.
—No, no es el caso.
¿Puedo pasar?
Xuso miró dubitativo
al interior de su hogar.
—Prefiero que no. Mi
mujer está ayudando a la mayor con los deberes y los gemelos... ¿Qué... qué
haces aquí? —Volvió a preguntar.
Saqué la carta y se
la entregué. Xuso le echó un vistazo y sonrió con añoranza.
—¿Me la devuelves
ahora? ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido tu psiquiatra?
—No. No es eso. No
voy al psiquiatra. Es que nunca la recibí. Quiero decir que llegó hace dos
semanas a mi buzón. Se ve que correos la extravió.
—No jodas.
—Pensé que debía
decírtelo. Que nunca me llegó. Quizá las cosas hubieran sido distintas.
—No creo.
—¿No? ¿No lo crees?
¿Por qué?
—Porque conocí una
chica esas mismas navidades. Me enamoré de ella como un gilipollas y me
arrepentí muchísimo de haberte escrito esta carta. Pero como en clase no me
hacías ni puto caso pensé que no te había interesado y me olvidé del asunto.
—Pero estabas
enamorado de mí. Lo dices bien clarito en la carta. ¿Cómo pudiste enamorarte de
una tía las mismas navidades?
—Era un poco volátil,
supongo. Y no alces tanto la voz. A mi mujer nunca le he dicho que soy bisex.
Cuando cogí el coche
y emprendí el regreso a casa me sentí un poco gilipollas. Pero conforme
conducía me di cuenta de que había hecho lo correcto. Aquel era un capítulo
abierto en la vida de Xuso desde hacía más de veinte años y en la mía desde
hacía dos semanas. Le habíamos dado un final.
Además, el viaje me
había hecho plantearme ciertas cosas de mi vida que no me gustaban tal y como
estaban en aquel momento. Y sabía exactamente por dónde empezar a cambiarlas.
Aquel domingo pasé
todo el día con Leo en el motel.
La semana pasada me mudé a vivir
con él.
Si te ha gustado el relato considera comprar el ebook donde está publicado en una de estas tiendas:
¡Muchas gracias por tu apoyo!

No hay comentarios:
Publicar un comentario