lunes, 20 de junio de 2016

Volví a llenarme la boca de polla sucia aunque mi saliva ya se iba encargando de limpiarla

Relato erótico gay Volví a llenarme la boca de polla sucia aunque mi saliva ya se iba encargando de limpiarla


La carta extraviada



I

Nunca había recibido una carta de amor. Aquella la encontré una mañana en mi buzón mientras cortaba el césped. Venía a mi nombre pero no traía remitente. La leí fuera, bajo el sol. No entendí nada. Y no me refiero a que estuviera mal escrita. Es que no tenía sentido. Un adolescente al que no conocía me estaba declarando su amor. A mí, con treinta y siete años que tengo, con esta barriga cervecera y esta pinta de obrero abandonado. Pero es que además me decía que cada día que se cruzaba conmigo por los pasillos de la escuela tenía ganas de declararse y que al final había optado por escribir. Aunque no estaba seguro de querer echar la carta.
No soy profe así que era difícil que se cruzara conmigo en una escuela. Aunque la carta venía a mi nombre y a mi dirección.
Seguí leyendo pensando que alguien me estaba tomando el pelo hasta la última frase: "Te veo en clase en Enero. Pasa unas estupendas navidades con tus padres. Te quiere (aunque te acabes de enterar) Xuso."
Aquello despertó ecos en mi memoria. Había un chico en mi clase, en octavo de EGB, que se llamaba así. Xuso.
La carta no traía fecha, ni en la cabecera ni en la firma. Miré el sobre, cada vez más intranquilo. El matasellos sí traía una fecha. Aquella carta había sido sellada hacía veinticuatro largos años y se había extraviado antes de ser entregada. Ahora alguien la había encontrado en el fondo de una saca en correos y la había entregado como si no hubiera pasado nada.
Me sentí fatal. Pensé en Xuso armándose de valor con sus tiernos trece años para escribirme todo aquello sin saber si había la más mínima posibilidad de que me gustaran los chicos. Arriesgándose por mí. Yendo a clase después de navidades ilusionado con ver si mi reacción era favorable y encontrándose con la más absoluta indiferencia por mi parte. Porque yo no sabía nada. Nunca recibí su carta.
Pensé en un corazón roto por culpa del estúpido destino y me di cuenta que tenía que encontrar a Xuso y decirle que nunca leí su carta.
Y me propuse dar con él.




II

No lo encontré en facebook, ni en linkedin. No estaba en Google Plus. Tuve que hacer una búsqueda a la antigua usanza, siguiendo su rastro por varias instituciones y negocios de la ciudad hasta que una clínica dental me dio la última dirección que tenían suya.
Tendría que hacer dos días de carretera pero valdría la pena.
No sabía qué iba a decirle a Xuso. Confié en que el largo viaje me aclararía las ideas. Por lo menos podríamos tomar un café y hablar de los viejos tiempos. Eso si le gustaba el café. Y si seguía vivo.
El jueves salí a las nueve de la mañana calculando que llegaría a mi destino el sábado a medio día. Quizá os resulte extraño que no prefiriera buscar mejor su número de teléfono. Que decidiera presentarme en su casa. Pero es que lo de la carta me había removido un montón de cosas por dentro. No tuve novio hasta los diecinueve. En realidad nunca me sentí querido hasta esa edad. Había pasado una adolescencia muy dura sintiéndome el único maricón del planeta. Si hubiera recibido la carta de Xuso quizá las cosas hubieran sido distintas. Quizá... Quizá hubiera amado y sido correspondido en la edad de la inocencia, como la mayoría de los heterosexuales en aquella época tuvieron la oportunidad de hacer. Quizá hubiera sido un maricón un poco más feliz y ahora no me sentiría tan vacío por dentro. Quizá no hubiera descubierto el sexo en un puto y maloliente cuarto oscuro...
Quizá.




III

Paré en una gran superficie a las afueras de uno de los pueblos por los que pasaba para comprar algo de comer. Me pillé un par de cervezas sin alcohol bien frías y sándwiches de jamón y queso y de cangrejo. Cuando iba a dirigirme hacia las cajas vi que en la zona de jardinería había movimiento. Tres hombres daban vueltas entre los estantes de macetas y sacos con sustrato universal, mirándose entre sí. Uno de ellos me miraba además a mí y hasta me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara. La polla se me puso dura automáticamente. Me encanta cerdear con desconocidos donde sea y ahí había tres interesados. Y los tres estaban para mojar pan.
Me acerqué disimuladamente, di un par de vueltas por los estantes de semillas y el que me había invitado a acercarme señaló con un gesto de la cabeza hacia el pasillo del fondo. Me dirigí hacia allí. Me giré para ver si me seguía. Me seguía. Una vez en ese pasillo me puse a mirar azadas y motosierras. El tipo se sacó una impresionante polla aún estando en estado de letargo. Era descomunal. Lo miré indeciso.
—Aquí no hay cámaras. ¿Quieres chupar? —Me dijo.
—Vale.
Caí de rodillas y me metí aquel enorme manjar inesperado en la boca. Le sabía bien cerda, la polla. Tuve que escupir un papelito que se le había quedado pegado de la última corrida. El manubrio le fue creciendo en mi boca hasta alcanzar un tamaño colosal.
—Joder. Esto es un destroza culos que te cagas —comenté entre lamidas.
—¿Qué dices? ¿La quieres en el culo?
—No, no. Así esta bien. Está muy bien.
Volví a llenarme la boca de polla sucia aunque mi saliva ya se iba encargando de limpiarla. Los otros dos tipos se habían acercado. Uno se hacía una paja a nuestra derecha. El otro miraba todo el rato hacia la entrada de la zona de jardinería. No se atrevía a sacársela pero se acariciaba un bulto que también se veía apetitoso.
—Mmm, eres un mamón de primera.
Sí. A mí también me cortaba antes el rollo que los desconocidos hablaran como sacados de una película porno. Pero de un tiempo a esta parte como que me pone. Hasta yo he acabado hablando un poco así cuando me follo la boca de un niñato.
—Comparte esa boca tan puta —me dijo mi pollón, y como si fuera el rey del mambo hizo un gesto al pajero de al lado para que ocupara su lugar en mi boca.
Me fui turnando entre los dos. Qué rico mamar dos pollacas como aquellas en un centro comercial. Qué gusto. Me saqué la polla para hacerme un pajote liberador. La tenía a reventar.
—Si no te la vas a sacar podrías ponerte allí y avisar si se acerca alguien —le dijo el rey del mambo al asustadizo.
El asustadizo aceptó el encargo porque si nos descubría alguien allí haciendo aquello al pobre iba a explotarle la cabeza. Y no la de abajo, precisamente.
Mientras tragaba polla a dos carrillos pensé en Xuso y por alguna jugada de la psique me sentí fatal. Como si le estuviera siendo infiel. Como si hubiera mancillado aquel viaje que había emprendido por él al comerle los rabos a aquellos dos desconocidos. Aquello era una gilipollez pero estuvo a punto de estropearme la fiesta.
La fiesta se estropeó (o no) rápidamente, pero no por culpa de mi lealtad hacia un compañero de clase de la adolescencia sino porque el asustadizo vino corriendo a avisar que venía alguien. Cuando quise ponerme de pie el rey del mambo me sujetó la cabeza contra su mástil y me folló la boca a saco. Al cabrón le ponía que nos pillaran así. Me di cuenta que a mí también. No me intenté liberar más y dejé que me violara la boca a placer. El asustadizo dijo que no con la cabeza, los ojos muy abiertos. Qué tío más dramático. A continuación salió corriendo pies para qué os quiero. El segundo pajero real se guardó la tranca y también se piró. El rey del mambo siguió con lo que hacía, follándome la boca como un salvaje. Sus cojonarros me golpeaban con furia la barbilla. Su verga me llenaba la boca entera. Su carne me atragantaba. Mi pajote crecía de ritmo e intensidad. Era delicioso.
Una maruja apareció con un carro lleno hasta los topes y se nos quedó mirando como si no entendiera lo que estaba viendo. Cuando los engranajes de su cerebro volvieron a girar empezó a pegar gritos de qué asco y a amenazar con que iba a llamar a seguridad, a la policía y a su puta madre. El rey del mambo me sacó la impresionante vergota de la boca y me echó un estupendo corridote en la cara, lefazo tras lefazo, mirando a la maruja, como si se lo dedicara a ella. Yo lefé en el suelo como un cabrón y luego sonreí a la escandalosa mujer. Fue fantástico.

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IV

Llegué a mi coche sintiéndome como una auténtica mierda por alguna extraña razón. Vale. No es muy natural montar un numerito como el del centro comercial. Algún día superaremos el lastre de la iglesia y el puto pecado, y el sexo será algo tan natural como comerse un heladito en el parque. Aunque supongo que por higiene y esas cosas la gente seguirá sin montárselo en el pasillo de una gran superficie, aunque sea en el de jardinería y no en el del pan. Pero como maricón especializado en mamar pollaca en los lugares más impredecibles, mi hazaña en otra ocasión me habría dejado razonablemente satisfecho conmigo mismo.
Sin embargo no podía quitarme de la cabeza a Xuso y la historia de amor que correos nos robó. Y me sentía sucio y guarro y un tío asqueroso por lo que acababa de hacer. Si esos eran los sentimientos que me despertaba la historia de Xuso, si el odio hacia mí mismo entraba en el menú, quizá no fuera tan buena idea ir a verle.
Seguí conduciendo pese a todo. Había pensado dormir en el coche pero al caer la noche busqué mejor un motelito de carretera en la app de mapas y me dirigí hacia allí. Antes de llegar al motel pasé por otro pueblo y decidí pararme a cenar en un chino.
En el restaurante me di cuenta que no dejaba de mirar a todos los hombres del local. Si alguno pasaba por al lado de mi mesa para ir al baño yo le miraba descaradamente el paquete. Cada cual es como es y debemos aceptarnos tal como somos. Yo estoy todo el día pensando en el sexo, buscando posibilidades que terminen con una o más pollas repartidas por mi anatomía. No es una vida que realmente me llene. Suelo sentirme vacío después del sexo y con unas ganas locas de dormir abrazado a alguien. Lo curioso es que esas ganas no desaparecen ni siquiera cuando alguien se queda a dormir conmigo tras el sexo. Es como si tuviera déficit de cariño. Igual me han faltado abrazos y necesitaría llenar mi botella de amor con un año extra de cariño azucarado, mimitos y masajes en los pies. Quizá sea hora de volver a buscarme un novio y de volver a creer en la pareja cerrada.
De nuevo Xuso. Como si él pudiera ser una opción. Nunca fuimos amigos. No recordaba ni su cara. Seguramente aún me odiaría porque nunca contesté a su carta de amor. Xuso no era mi futuro marido, por Dios.
Pero no podía quitarme esa loca posibilidad de la cabeza.




V

Esa noche dormí acompañado. Al salir del chino me sentía tan solo y desamparado que me dije que tenía que encontrar otra alma solitaria con quien compartir la espera hasta el amanecer.
Pensé en parar en algún bar pero una intuición me dijo que había un hombre para mí en el motel que había elegido. Resultó ser el dueño.
Le alquilé la habitación para pasar la noche y cuando me dio la llave retuve su mano.
—¿A qué hora te acuestas?
El dueño del motel se miró la mano retenida. No se esperaba aquello para nada. La verdad es que me encanta dejar a los hombres a cuadros.
—Sobre la una —contestó.
—Te estaré esperando con el culo en pompa. Te dejaré condones en la mesita. Espera. ¿Tenéis mesitas?
—Claro.
—No hace falta que ni saludes. Simplemente entra y fóllame.
—Vale.
—Y si te apetece, luego quédate a dormir conmigo.
—Está bien.
Me fui tan campante hacia mi habitación. Ya tenía compañero de cama.




VI

El dueño del motel fue puntual. Debo de tener muy buen ojo con los tíos al primer vistazo porque resultó tener buen pollón y saber usarlo.
No dijo ni mu. Se desvistió, se puso el condón, abrió uno de los sobrecitos de lubricante que le había dejado también en la mesita, me puso un poco en el orto, se puso otro poco en el condón y se tumbó encima de mí. Le sorprendió que la polla entrara tan fácilmente en mi agujero. A los pocos segundos ya estaba empujando como un cabrón.
Me gustó mucho la forma en que me folló. Creo que estaba tan falto de cariño como yo. Se alimentó del contacto con mi piel tanto como yo me alimenté del suyo.
Fue un polvo largo. El tío tenía aguante. Pudieron ser cerca de cincuenta minutos sin parar. Disfruté cada segundo.
Se corrió dentro y después dejó caer todo su peso sobre mí, dándome unos relajantes veinte minutos extras de macho extenuado sobre mi cuerpo. Luego me la sacó, se quitó el condón y me hizo ponerme boca arriba para que me corriera yo. Se tumbó junto a mí y me besó mientras al mismo tiempo me acariciaba los pezones. Creo que pocas veces me he corrido tan deprisa. No había esperado que me besara. Y besaba muy bien el condenado.
Tras limpiarme (me limpió él) me sorprendió con dos botellitas de cava que aún seguían frías.
Bebimos en la cama, comiéndonos con la mirada.
—¿Cómo te llamas? —Me preguntó.
—Juan Pablo. ¿Tú?
—Leo. Nunca me había pasado esto.
—¿El qué?
—Que me entraran de la manera en que me has entrado tú.
—Ya lo imagino. ¿Sueles follarte a los inquilinos, de todas formas?
—Alguna vez. Desde que heredé el motel creo que sólo he follado con hombres. No caen muchas mujeres por aquí.
—Te has adaptado al terreno.
—Jajaja. Sí. Algo así. ¿Y tú a qué te dedicas, Juan Pablo?
Hablamos, dormimos un poco y volvimos a hacer el amor. Más tarde me desperté en cierto momento de la noche y contemplé apoyado en su fuerte brazo su masculinidad sobaquera. Me sentí muy cómodo allí. Y volví a dormir.
Cuando al día siguiente cogí el coche para continuar mi camino iba con una gran sonrisa en los labios y con las pilas cargadas.




VII

El viernes conduje casi todo el día. Sólo paré en una gasolinera a eso del mediodía para pillar más cerveza sin alcohol y una bolsa de papas, y al atardecer en una zona de cruising que me había advertido que había cerca una app de pingoneo que uso.
El lugar estaba muy frecuentado. Parecía un supermercado de la carne. Sin bajarme del coche pude ver dos mamadas y una enculada contra un árbol. Paré el coche al final de un caminito y esperé a ver si se acercaba alguien que me interesara. Como quince minutos más tarde un tío de unos cincuenta se paró con su moto junto a mi coche. Se quitó el casco y me miró a través de la ventanilla. Yo había buscado un vídeo porno en el móvil (uno de esos de masajista follabocas) y me acariciaba el paquete mientras lo veía poniendo una cara cerdaca.
El motero tocó a la ventanilla. La bajé un ápice.
—Hola.
—Hola.
—¿Qué te gusta? —Me preguntó.
—Todo. ¿A ti?
—A mí me encantaría mamarte esa polla grande que se vislumbra ahí.
—Pues venga.
Le señalé la otra puerta y quité el seguro. Cuando entró en el coche yo ya me había sacado la polla.
—Es preciosa —dijo el motero antes de ponerse a mamar con glotonería.
—Gracias. A mí también me lo parece.
El motero era uno de esos que les molesta la ropa cuando tragan polla y se fue desvistiendo sin dejar casi de chupar, el cabrón. Dominaba el difícil arte de desvestirse en un coche con la boca llena. Ya te digo yo que no es fácil.
Estaba delgado y tenía un cuerpo bien trabajado en el gimnasio. A mí me suelen gustar osetes pero no suelo hacer ascos a un hombre delgado si me está mamando tan bien el rabo. Y éste tragaba que daba gusto.
—¿Llegas a mi culo? —Me preguntó cuando estuvo en pelota picá.
—Sí.
Me recoloqué en el asiento para llegar mejor y le paseé los dedos por el ojal mientras él me seguía dando lengua en el cipote. El tío se aceleró.
—Sí, joder. Méteme dedos.
Me saqué un sobrecito de lubricante del bolsillo, lo abrí con la boca y me llené los dedos.
—Podrías haber usado saliva.
—La saliva tiene montones de gérmenes. Y seguro que tengo los dedos guarros después de conducir todo el día.
—No te preocupes. Van a un sitio peor.
—Yo lo digo por ti. No vayas a coger una infección.
—Méteme dedos, doctor. Ya me ocupo yo de mi salud.
—Como gustes.
Apreté un dedo lleno de líquido viscoso y transparente contra su esfínter y no sin esfuerzo conseguí colar la punta del dedo índice.
—Lo tienes bien cerrado.
—Estoy apretando adrede. Luego disfruto más.
—Pues aprieta menos. Me vas a partir el dedo.
—Tú mete dedos y deja de quejarte.
No me había gustado su tono así que me vengué metiendo tres dedos de golpe con muchísimo esfuerzo pero bien rápido. El tío se volvió to loco.
—Sí, sí. Sí, jodeeeer. Así me gusta a mí.
—¿Eso no es de una canción?
—¡Mete dedos!
—Vale, vale.
Bueno. Se ve que el motero no tenía sentido del humor. Mientras le metía cada vez más dedos por el culo me encontré pensando en Leo, el dueño del motel con quien había pasado la noche. El tío había conseguido darme mucho más que sexo. O quizá yo estaba de un humor más receptivo esa noche.
Cuando le metí y le saqué cuatro dedazos a toda velocidad al motero por el culo y conseguí acelerarlo hasta hacer que me sacara toda la leche en riquísimos trallazos hasta el fondo de su garganta, como si el tío fuera él enterito una bomba de succión, yo aún seguía pensando en Leo y en nuestra noche en su motel.




VIII

En el jardín había una bicicleta con ruedines y una pequeña piscina hinchable. Llamé a la puerta súper nervioso. Al final el viaje no me había ayudado a aclararme las ideas. No tenía ni idea de qué le iba a decir.
Dentro se oían risas, griterío. Niños. Me alegré por Xuso.
Abrió él en persona. Me reconoció al instante.
—Juan Pablo... ¿Qué haces aquí? ¿Ha muerto alguien? —Preguntó.
—No. Bueno, no sé. ¿Quién podría haber muerto?
—Algún profesor.
—No, no es el caso. ¿Puedo pasar?
Xuso miró dubitativo al interior de su hogar.
—Prefiero que no. Mi mujer está ayudando a la mayor con los deberes y los gemelos... ¿Qué... qué haces aquí? —Volvió a preguntar.
Saqué la carta y se la entregué. Xuso le echó un vistazo y sonrió con añoranza.
—¿Me la devuelves ahora? ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido tu psiquiatra?
—No. No es eso. No voy al psiquiatra. Es que nunca la recibí. Quiero decir que llegó hace dos semanas a mi buzón. Se ve que correos la extravió.
—No jodas.
—Pensé que debía decírtelo. Que nunca me llegó. Quizá las cosas hubieran sido distintas.
—No creo.
—¿No? ¿No lo crees? ¿Por qué?
—Porque conocí una chica esas mismas navidades. Me enamoré de ella como un gilipollas y me arrepentí muchísimo de haberte escrito esta carta. Pero como en clase no me hacías ni puto caso pensé que no te había interesado y me olvidé del asunto.
—Pero estabas enamorado de mí. Lo dices bien clarito en la carta. ¿Cómo pudiste enamorarte de una tía las mismas navidades?
—Era un poco volátil, supongo. Y no alces tanto la voz. A mi mujer nunca le he dicho que soy bisex.
Cuando cogí el coche y emprendí el regreso a casa me sentí un poco gilipollas. Pero conforme conducía me di cuenta de que había hecho lo correcto. Aquel era un capítulo abierto en la vida de Xuso desde hacía más de veinte años y en la mía desde hacía dos semanas. Le habíamos dado un final.
Además, el viaje me había hecho plantearme ciertas cosas de mi vida que no me gustaban tal y como estaban en aquel momento. Y sabía exactamente por dónde empezar a cambiarlas.
Aquel domingo pasé todo el día con Leo en el motel.

La semana pasada me mudé a vivir con él.
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