Iván
I
Hacía dos años que no veía a Iván, mi “hermano” de la última casa de
acogida en la que estuve, y mientras esperaba en el aeropuerto rememoré la
pelea que nos había mantenido separados tanto tiempo.
Celos. Ni más ni menos. Compartíamos piso por aquel entonces, solos
él y yo, y manteníamos una intensísima relación desde tiempos inmemoriales que
nos llevaba a arrancarnos la ropa en cuanto estábamos solos, situación que
solíamos propiciar a menudo. Había domingos en que no salíamos de la cama y por
lo general andábamos siempre desnudos por la casa, acostumbrados a que el otro
nos regalara una mamada de improviso o nos plantara la mano torcida en la raja
del culo a la primera de cambio. Pero no por natural y cotidiano nuestro sexo
era aburrido. Con el tiempo nos hacíamos cada vez más osados (y más guarros).
Nos encantaba follar en la terraza y que nos viera todo el vecindario, ir de
caza a clubes y follarnos a siete tiarros en una noche, grabarnos con la cámara
haciendo cerdadas y colgarlo en xtube, ese tipo de cosas.
Pero entonces yo conocí a un chico y empezamos a salir e Iván enfermó
de celos. Yo siempre había pensado que manteníamos una relación de, digamos,
hermanos con derecho a goce, (soy consciente del juego de palabras y no me
arrepiento). Nunca se me había ocurrido que Iván nos viera como una pareja. Yo
había estado esperando el amor desde hacía años y el amor para mí no podía
provenir de alguien a quien conocía tan bien como a Iván. El amor era extrañeza
y descubrimiento y mariposas en el estómago. Me enamoré perdidamente y sin
esperarlo de un compañero de trabajo, y como consecuencia mi relación con aquel
que había sido como un hermano para mí cambió; tenía que cambiar. Y dejamos de
acostarnos.
Iván se volvió iracundo y convirtió nuestra convivencia en un
infierno. Y un buen día lo eché de casa, después de una pelea en la que, me
pesa mucho decir esto, llegamos a las manos.
Así que estaba esperándole en el aeropuerto, dos años más tarde, y el
único motivo por lo que aquello sucedía era porque yo había cortado con mi
novio y necesitaba un hombro sobre el que llorar.
Lo cierto es que también echaba mucho de menos a Iván, pero mientras
había tenido novio no lo había echado tanto de menos como para llamarlo ni una
sola vez.
Ahora, mientras esperaba verlo cruzar hacia la cinta del equipaje,
recordé los viejos tiempos y sentí añoranza. No sabía cuánto tiempo se iba a
quedar (en realidad habíamos hablado cinco minutos en los últimos dos años)
pero me descubrí deseando que fuera una buena temporada y que volviera a darme
polla a diario (Iván tiene una polla cojonuda y además sabe lo que se hace con
ella).
Ya había visto pasar a un buen montón de gente presuntamente
procedente de su vuelo y mi hermano no parecía estar entre ellos. Intrigado
decidí llamarlo al móvil, pero antes me dirigí al lavabo. No tenía ganas de
mear, en realidad quería comprobar mi aspecto en un espejo. Quería causarle una
buena primera impresión después de tanto tiempo.
La impresión me la llevé yo. Al entrar en los servicios me encontré
con la siguiente escena. Iván se encontraba junto a los urinarios, con los
vaqueros por las rodillas. Un tipo de muy buen ver le sacaba brillo a su bate
con dedicación y entrega. Ninguno de los dos dejó lo que estaba haciendo al
percibir mi presencia. Mi hermano se limitó a saludarme con la mano y el otro
comenzó a mamársela con verdadero ahínco. Me acerqué, agradeciéndole al cielo
que Iván siguiera siendo el mismo, y le apreté las tetillas mientras le comía
la boca para darle la bienvenida.
Durante el rato que tardó Iván en llenarle la boca de crema al
desconocido otro tipo entró en el baño. Meó, sin perderse detalle de lo que
hacíamos, pero al acabar de sacudírsela abandonó los lavabos sin decidirse a
participar.
Después de la copiosa corrida de Iván y cuando el inesperado mamón
nos hubo dejado solos, lo abracé con todas mis fuerzas.
–Te he echado muchísimo de menos, cabronazo –le dije.
–Yo a ti no tanto. Ven, tengo que presentarte a alguien.
Me empujó suavemente hacia el exterior de los lavabos y casi en la
misma puerta nos tropezamos con una rubia embarazada cargada de maletas que,
tierra trágame, parecía conocer a Iván.
–Hermanito... Ésta es Tamara, mi mujer.
De camino a casa escuché el desconcertante relato de cómo Iván, un
cabecita loca, se había convertido de la noche a la mañana en amante esposo de
una rubia despampanante y futuro padre de una criatura. Algo en la actitud de
ambos y ciertas partes ambiguas de la historia me hicieron sospechar que Iván
no era el padre del hijo que ella esperaba, lo cual me cuadraba más con las
apetencias sexuales que le conocía. De todas formas tendría que esperar a estar
a solas con él para escuchar la historia no oficial de cómo se había dejado
meter en semejante berenjenal.
Pese a que encontrarme con una cuñada que no sabía que existiera me
estropeaba mis planes de disponer del cuerpo de Iván para todo lo que se me
ocurriera, traté de llevarme bien con ella, lo cual no fue difícil porque
Tamara era un verdadero amor y yo cuando quiero soy encantador.
Cuando ya llegábamos a mi casa, después de un viaje en coche, largo
pero ameno, Tamara me pidió que la llevara al Nixon, un hotel de cinco
estrellas.
–No quiero molestar. Nunca me quedo en casa de nadie cuando viajo.
Yo no traté de convencerla de que se quedara en mi casa, aparte de
por lo obvio, porque habiendo descubierto que la muchacha era de buena familia
me daba vergüenza que viera dónde vivía yo, por lo menos hasta que hiciera algo
de limpieza.
Así que la llevamos al hotel, y ella nos pidió que pasáramos el resto
del día juntos, Iván y yo, que ella necesitaba descansar.
De camino a mi piso lo acribillé a preguntas.
–¿Ella sabe de tu propensión a hacer mariconadas como la del
aeropuerto?
–Pues claro que no. Es mi esposa.
–Entonces no sabe que tú y yo hacemos lo que hacemos cuando nos
vemos.
–¿Acaso le hablaste de eso a tu novio?
–No. Claro.
–Pues esto es lo mismo.
Iba a decirle que yo por lo menos había dejado de hacerlo durante el
tiempo que estuve con Leo pero opté por no tocarle los cojones (con la
intención de no cabrearlo y que me dejara tocárselos luego en un sentido más
literal).
–Entonces... ¿De quién es el niño?
–¿Cómo que de quién es el niño?
–No jodas que es tuyo.
–¿De quién coño quieres que sea, Alex?
–Pensé que teníais algún tipo de acuerdo.
–Tenemos un acuerdo. Se llama matrimonio. Vamos a tener un hijo del
cual soy el padre por el método tradicional y atrasado de pegar un polvo con mi
esposa y tú vas a ser tío y tendrás que regalarle ropita durante un tiempo y
más adelante bicicletas, ordenadores y todo aquello que yo y su madre no
estemos dispuestos a comprarle por miedo a malcriarlo.
–Joder.
–¿Te supone un problema?
–No, qué va. Es que me pillas con el pie cambiado, macho –dije.
Decidí no abrir más la boca por un buen rato. Por una parte no me
parecía bien que Iván siguiera con su estilo de vida promiscuo a espaldas de su
mujer ahora que se suponía que debía sentar la cabeza, con un bebé en camino y
todo eso, pero yo no podía ser tan hipócrita dado que estaba deseando
contribuir a su promiscuidad llenándome la boca hasta las trancas con su pedazo
de polla.
Enseguida estuvimos en casa. Metí el coche en el garaje comunitario.
Iván comentó que yo ahora conducía mucho mejor. No contesté, pero es que sólo
hacía dos años que tenía el carné. En la época de la gran pelea me lo acababa
de sacar. Era lógico que él me recordara inseguro al volante.
Salimos del coche. Yo fui a la parte trasera a por unas bolsas (me
había parado en el hipermercado de camino al aeropuerto) y cuando las estaba
cogiendo sentí su cuerpo en mi espalda, el tan familiar cuerpo de Iván. Me
abrazó desde atrás, pegando su paquete a mi trasero, su pecho a mi espalda y
descansando su barbilla en mi cuello.
–Antes te mentí –me dijo al oído, poniéndome los pelos de punta del
placer de tenerlo tan cerca. –Yo también te he echado de menos.
II
Subimos casi corriendo el primer tramo de escaleras, el que iba del
garaje al portal, y llamamos al ascensor. Mientras lo esperábamos, Iván me
dedicó una mirada llena de deseo, que completó cogiéndome la mano libre y
poniéndola sobre su bulto, que empezaba a endurecerse.
El ascensor llegó y entramos corriendo. Durante los siguientes nueve
pisos nos besamos con una calentura propia de adolescentes. Mis manos
acariciaron sus músculos, mi cuerpo chocó contra el suyo, mi paquete golpeó el
suyo, el ascensor daba sacudidas, nuestras bocas intercambiaban saliva. Cuando
salimos del ascensor yo ya le había quitado la camisa y me llevaba su pecho a
los labios, completamente incapaz de ponerme a buscar las llaves.
Al cabo de unos segundos, Iván informó:
–Te has dejado las bolsas en el ascensor.
–Que les jodan, a las bolsas.
Mis manos ya le bajaban la cremallera, mi cuerpo se arrodillaba...
–¿Me la vas a chupar aquí?
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Quise contestar a eso con actos pero Iván me obligó a levantarme,
recogió su camisa del suelo y volvió a llamar al ascensor para recuperar la
compra, que ya pululaba por otros pisos.
–Antes no te importaba que te la mamara en sitios peores que en el
rellano.
–He madurado.
–Qué pena.
Recuperada la compra entramos en mi piso. Iván trató de continuar
entonces con lo que había interrumpido pero no lo dejé.
–Vamos, Alex. ¿Ya te has enfadado? No era el lugar.
–¿Por qué no era el lugar?
–¿Para qué chupármela en el rellano teniendo toda la casa? Cualquier
vecino nos habría cortado el rollo.
–Por eso has decidido cortarnos el rollo tú.
–Pero, ¿de qué va ésto? ¿Quieres que nos peleemos? ¿Para eso me
llamaste?
Entré en la cocina, negándome a seguir hablando, y me puse a colocar
la compra en los armarios y en la nevera, más cabreado que una mona.
–¿Qué te pasa, nen? –dijo Iván, en un tono más sosegado. –Sólo he
retrasado un minuto algo que los dos deseábamos hacer.
–¿Por qué? –espeté.
–Ya te lo he dicho. Para que no nos interrumpieran.
–¿Seguro?
–¿Qué es lo que te molesta tanto?
–¿Qué quieres decir?
–Es obvio que estás cabreado por algo más que lo que ha pasado ahí
fuera.
Mientras colocaba una bolsa de doritos en su sitio (sí, claro, como
si yo tuviera en mi casa un sitio específico para cada cosa) pensé qué era lo
que me tenía tan molesto. La respuesta no era clara. Finalmente, me encaré con
mi hermano y dije:
–Me molesta que pongas trabas cuando tomo la iniciativa...
–No ha sido mi intención.
–Sobre todo cuando lo primero que te he visto hacer después de dos
años es dejar que un tío te comiera la polla en los baños del aeropuerto, con
tu mujer embarazada en la puerta.
–Vaya. Creí que te había gustado eso. La parte de la mamada, no la de
la mujer embarazada.
–Pero lo que más me jode no es que te portes así con ella, porque en
realidad no la conozco y ni siquiera sé en qué basáis vuestra relación. Lo que
me jode es que le des a mamar tu rabo al primero que se te cruza en el camino,
sabiendo que yo te había ido a buscar al aeropuerto, y cuando por fin, y como
segundo plato, puedo disfrutar de ti, me sales con que el lugar no es el
adecuado.
–Sigo pensando que el rellano no es el mejor sitio, Alex. Tú vives
aquí. Tus vecinos hace dos años que no me ven. Pero a ti te ven todos los días.
Tú, hasta donde sé, has tenido una sola pareja formal en los últimos tiempos.
No creo que se la mamaras a Leo en el rellano. Más bien, creo que habréis sido
dos chicos buenos y educados. Cuando yo me vaya tú seguirás viviendo aquí. No
quería que tuvieras problemas por mi culpa.
–¿Te has hecho abogado en estos dos años?
–Y si le sumas que yo me he corrido en el aeropuerto, quizá
comprendas que tampoco tenía tanta urgencia como tú. Podía esperar a estar
dentro de tu casa para hacerlo bien, cosa que sigo deseando y que te mereces. Y
en cuanto a lo de Tamara... Cuando la dejé, la cinta de las maletas aún no se
había puesto en marcha. Pensé que tenía más tiempo. Tampoco esperaba que tú
entraras precisamente en ese baño y me pillaras en plena acción, haciendo algo
que como tú sabes mejor que nadie llevo haciendo toda mi vida. Además, precisamente
estaba tan caliente por tu culpa. Porque iba a volver a verte. En realidad
acabé ahí por ti, le llené la boca de leche ese tío en honor a ti.
–Ya, ya.
–Y encima, no te imaginas lo que ha podido llegar a gustarme correrme
mientras tú me besabas, después de tanto tiempo...
Iván se había ido acercando mientras decía todo eso, y acabó:
–Sabes que tengo razón, pero además añadiré un lo siento. Lo siento,
Alex. Lo siento.
–Eso han sido dos lo siento.
–¿Un abrazo?
Me dejé estrechar entre sus fuertes brazos y me derretí. Cualquier
enfado se desvaneció como por ensalmo. Era fantástico volver a estar en brazos
de Iván. Era como volver al hogar.
III
La cercanía de su cuerpo, el contacto de su piel, la visión de su
fuerte pecho desnudo y su respiración por tanto tiempo anhelada bastaron para
prender una llama que en ningún momento se había apagado. Con cierta delicadeza
le fui despojando del resto de su ropa mientras Iván se dejaba hacer con una
sonrisa traviesa. Cuando lo hube dejado en slips le hice dar una vuelta para
advertir los cambios que el gimnasio había logrado en su anatomía.
–Estás como quieres, cabrón.
Por toda respuesta, Iván empezó a contornearse como si aún estuviera
trabajando de gogó en Ibiza, algo de lo que parecía hacer siglos.
Mientras bailaba al son de mis miradas empezó a acariciarse el pecho,
el ombligo, las piernas...
Su polla estaba enorme, durísima bajo el apretado slip, y él
aprovechaba para tocársela con pequeños roces que yo no perdía de vista.
Después las caricias empezaron a centrarse sólo en esa zona. Se cambiaba el
vergajo de lado, tiraba hacia abajo del slip y arrastraba con la tela su duro
miembro pero sin llegar a liberarlo... Se me hacía la boca agua. Sin dejar de
observarlo ni por un momento me fui despojando también de mi ropa hasta quedar
como él.
–Seguimos usando la misma marca –murmuró, la voz tomada por la
anticipación.
Sin poder resistir ni un momento más me acerqué a él, que aún
danzaba, y le saqué la polla y los cojones por un lado del slip. Durante unos
deliciosos segundos recorrí su miembro con mis manos. Iván había dejado de
bailar. Miraba el trabajo que hacían mis dedos con una intensidad demoledora.
Entonces me puso las manos sobre los hombros y me guió hacia abajo. Me
arrodillé y pegué la nariz al tronco de su vara, y me quedé ahí un momento
aspirando su aroma.
Siempre me ha vuelto loco el olor a polla, en especial el olor de su
polla.
–¿Te parece la cocina un lugar adecuado, esta vez? –Le pregunté,
mirándolo desde abajo.
Me colocó la verga suavemente sobre la mejilla, la sentí palpitar
sobre mi piel. Inspiré profundamente. El increíble olor de sus huevos, cerca.
El latido de su miembro sobre mí, el paraíso. Noté cómo su precum me mojaba la
oreja.
Contestó:
–Me parece el mejor lugar del mundo ahora mismo.
Después empezó a masturbarse despacio, sobre mi nariz. Aspiré de
nuevo su aroma mientras yo también me sacaba la polla por un lado del slip, y
empezaba a pajearme embriagado de su olor a macho.
Me puso el glande mojado ante los labios y mi lengua salió a recibir
el salado sabor de su precum. Al recoger aquellas gotas él se estremeció pero
yo me estremecí más. Entonces Iván me cogió la cabeza y me atrajo hacia sí,
introduciendo lentamente su enorme polla en mi boca hasta que no quedó nada
fuera, más que sus cojones contra mi barbilla. Dejé de masturbarme porque tener
su carne por fin en mi boca después de tanto tiempo, sentir cada centímetro de
su increíble falo dentro de mí, me había excitado hasta tal punto que un sólo
roce me hubiera bastado para derramar mi leche en el alicatado.
Cuando, después de disfrutar de aquel momento con todos los sentidos,
se la empecé a mamar, mi hermano soltó un suspiro que me enterneció. Era un
suspiro de "ya era hora", de "por fin en casa". Yo sentía
lo mismo.
Mi cabeza se movía diligentemente adelante y atrás y su cuerpo se
balanceaba un poco, se alejaba y se acercaba con ritmo propio, pero a veces
aprovechaba para coincidir conmigo, bien adentro, dando un golpe de cadera. Mis
labios escanciaban abundante saliva. Su mano izquierda guiaba a veces mi
cabeza. Su mano derecha sujetaba a ratos sus cojones por la base. Su enorme
falo se endurecía más y más. Yo tragaba sin descanso. La saliva se escurría
polla abajo. Era sublime.
Adentro y afuera, una y otra vez.
Adentro y afuera.
La saca. La pone toda mojada sobre mi nariz. Respiro. Me golpea con
ella. Zas. Zas. Una vez más. Agarro con fuerza mi polla, he estado a punto de
correrme otra vez.
Aproveché el descanso para cubrirle el glande tirando de la piel
hacia delante, pasear la lengua entre los pliegues de su piel, chupar a placer.
La polla de mi hermano me obnubila, me fascina, me enloquece. Mamar ninguna
otra polla me ha provocado jamás semejante placer.
Con un suave movimiento volvió a guiar su miembro hacia las
profundidades de mi garganta y empujando mientras me sujetaba la cabeza con
ambas manos imprimió cierta velocidad al asunto. Comencé entonces a tragar como
una buena puta, sin importarme atragantarme con tal de que no se detuviera,
para que siguiera violándome la boca por toda la eternidad, cada vez más fuerte
y sin compasión.
Sin embargo, Iván tenía otros planes. Me sacó la polla de entre los
labios sin avisar y agachándose me llenó la boca con su lengua ávida. Nos
comimos las bocas con ansia. De hecho, Iván fue capaz de quitar el montón de
cosas que había sobre la mesa de la cocina sin dejar de besarme. Luego recostó
el pecho sobre ella ofreciéndome su culo. Me puse a su altura, le di una
nalgada y a continuación le di un lametón en el esfínter que le hizo
estremecer. A partir de ahí, Iván comenzó a retorcerse de gusto. Me amorré a su
agujero y empecé a darle lengua mientras con una mano me pajeaba y con la otra
apretaba su dura polla que apuntaba hacia el suelo.
Iván comenzó a gemir de gusto y a pedirme que me lo follara. Le metí
el pulgar para ver cómo iba y su culo se lo tragó sin esfuerzo.
–Fóllame, Alex –volvió a pedir.
Ya estaba en posición, con la polla llena de saliva a las puertas del
fabuloso trasero de mi hermano, que se retorcía de placer esperando ser
atravesado, cuando escuché la llave girar en la cerradura. Segundos después la
puerta de la calle se abría.
Solo una persona aparte de mí tenía llave de mi piso: mi ex novio
Leo.
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