La muerte nos sienta tan bien
Capítulo I
Era casi medianoche y no quedaba nadie conmigo en el vagón. Miré otra
vez la hora. Aún quedaban veinte minutos para que el tren pasara por mi pueblo.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, no deseaba llegar a casa. Ya nadie me
esperaba allí.
Recosté la cabeza en la cabecera del asiento y cerré los ojos,
intentando no pensar en lo que había ocurrido. Aun así, las imágenes del
atropello me regresaban a la retina una y otra vez. No quería seguir pensando
en ello, era demasiado doloroso.
Escuché un ruido y abrí los ojos. La portezuela del vagón se había
abierto y había entrado el revisor, un chico de unos veinticinco años al que
nunca había visto, pese a coger aquel tren cada noche.
Le enseñé el billete y me sonrió.
Se fue al siguiente vagón, dejándome solo con el dolor, pero al cabo
de unos minutos regresó, y para mi sorpresa me dijo:
–No queda nadie en el tren. ¿Puedo sentarme contigo?
Sin esperar respuesta se sentó frente a mí. Cerré los ojos para no
fijarme en que era muy guapo.
–Siento mucho lo de tu chico –dijo.
Abrí los ojos de golpe.
–¿Cómo…?
–Te he visto en la tele. Tienes unos ojos inconfundibles.
No supe qué contestar a eso.
–¿Ya ha sido el entierro?
–Esta mañana –contesté, bastante turbado ante preguntas tan directas.
–No te preocupes. Se te pasará. –Aquí estaba empezando a molestarme
su desfachatez, pero siguió hablando y se me pasó el enojo: –He perdido a tres
personas muy queridas en los últimos tres años. Una vez que comprendes que
siguen vivos mientras tú lo estés, todo se hace más fácil. Fíjate en Michael
Jackson. Está más presente ahora que cuando estaba vivo. ¿Cómo te llamas?
–Rafa.
–Yo Julián, pero puedes llamarme Lían. No es tan odioso.
–¿Lían?
–Empezó como apodo en el irc. Ahora todo el mundo me llama así.
¿Quieres hablar de ello?
–¿Hablar de qué?
–De lo que le pasó a tu chico.
–Creo que no.
–Como quieras. Pero te aseguro que cuanto antes lo hagas, antes
dejará de martirizarte.
Tras pensármelo un momento, le pregunté:
–¿A quién perdiste tú?
–Primero a mi madre, después a mi padre y hace seis meses, a mi novia.
Mi yo más egoísta, la parte de mi mente que siempre estaba alerta
esperando pillar cacho, lanzó una maldición. El revisor guapo era hetero.
Después me sentí fatal por pensar eso el mismo día en que había enterrado a mi
chico.
–¿Qué le pasó a tu novia?
–Nos tomamos una sopa de champiñones de esas de lata. Al parecer
estaba en mal estado. Yo sobreviví, ella no.
–Menuda mierda de vida.
–Bueno, a mí me gusta seguir aquí.
–Me refiero a que es tan fácil irse al otro barrio… Deberíamos venir
blindados de fábrica. ¿Denunciaste a la empresa de las sopas?
–No hizo falta. Nos han pagado una millonada por no denunciarles.
Tanto a mis suegros como a mí. De todas formas, nuestro abogado dijo que eso
era una lotería, que era muy difícil probar negligencias, que la lata podía
haberse dado un golpe en el trasporte o en el propio supermercado, y que si
íbamos a juicio lo más seguro es que no viéramos un duro.
–¿Y entonces cómo es que os dieron tanto dinero por las buenas?
–Para ahorrarse la mala publicidad. Y ahora me preguntarás que qué
hago trabajando, con todo ese dinero en la cuenta corriente. Pues la verdad es
que me aburro. Aunque podría cogerme unos años sabáticos tranquilamente. Te
toca.
–¿Me toca?
–Hablar de lo tuyo. Seguro que lo que han dicho en las noticias es
todo mentira, como siempre.
–¿Qué han dicho en las noticias?
–Bueno, han remarcado mucho que los dos sois chicos, te lo puedes
imaginar. Y han hablado de que… bueno, de que los hechos se podrían haber
desencadenado al descubrir, tu pareja, una infidelidad por tu parte.
–¿En serio? No me lo creo.
–Lo han dejado caer, al más puro estilo del tomate. La tele está que
da asco. Luego han sacado un reportaje de la zona gay, la noche, la coca, el
alcohol, el sexo sin control y las pastillas.
–Dios Santo, qué vergüenza.
–A lo mejor si los denuncias también te sacas algo. Yo puedo
asesorarte.
–Yo lo que quiero es olvidarme de todo cuanto antes.
–Cuéntamelo. Estarás dando el primer paso.
Lo miré poco convencido, alzando un ceja para enfatizar mi poco
convencimiento, pero al final me dejé arrastrar.
–Está bien. Pero tienes que prometerme que jamás saldrá de aquí.
–Soy una tumba. Bueno, nuestras parejas son unas tumbas.
–No sé si me gusta tu sentido del humor.
–Me lo has puesto a huevo.
–Veamos. La historia comienza hace siete meses.
–Adelante.
–Esteban y yo volvíamos de marcha. Yo estaba bastante pedo, Esteban
no había bebido nada para poder conducir después. Esto es importante porque no
podemos culpar al alcohol de lo que pasó aquella noche.
–Ajá.
–Esteban estaba conduciendo bastante deprisa. Teníamos prisa por
llegar a casa porque los dos trabajábamos al día siguiente. En realidad,
habíamos salido de marcha después de acudir a un cumpleaños. No lo teníamos
previsto. En fin, qué más da. La cuestión es que era noche cerrada y cuando
estábamos llegando a casa, Esteban pasó embalado por un paso de peatones y nos
cargamos a una chica.
Lían no pareció nada sorprendido llegados a este punto, cosa que en
cierta forma me decepcionó. Cómo no hizo ningún comentario, continué.
–Le dimos de lleno. Pasó volando por encima del coche. Todavía veo su
cara cuando cierro los ojos, por las noches.
Esperé a que Lían me reconfortara, pero no lo hizo.
–Pues bien. Sé que suena horrible, pero no nos detuvimos. Esteban
siguió conduciendo, diciendo que no podía parar, que no podía enfrentarse al
hecho de que la hubiéramos matado. Así que guardamos el coche en el garaje y
nos acostamos. No llamamos a la policía, no se lo contamos a nadie. Simplemente
esperamos. A día de hoy todavía no sé si aquella chica murió aquella noche. No
salimos de casa en una semana, no leímos el periódico ni nos conectamos a
Internet. No queríamos saberlo. Si la policía se presentaba en casa,
cantaríamos, claro. Pero la policía no se presentó. Esteban no volvió a coger
su coche. Sigue en el garaje desde aquella noche.
–Entonces, ¿qué le ha pasado a Esteban? ¿Ha aparecido aquella chica
con un hacha para vengarse?
–Esteban se ha suicidado. Se ha colgado. Pero no porque yo le pusiera
los cuernos, como dices que insinúan en la tele, sino por no haber detenido el
coche aquella noche. Era como haberla matado dos veces, por atropellarla y por
no prestarle ayuda después. Esteban se obsesionó. Se volvió loco. Le buscó mil
y un porqués a lo que había pasado. Los últimos días me echaba la culpa a mí.
Decía que en realidad estaba pensando en mí cuando decidió no detener el coche.
Que me quería tanto que deseaba ahorrarme el mal rato.
–Debe haber sido un infierno vivir con eso.
–Ha sido un infierno vivir con él, más bien.
–Veo que a ti te afectó menos que a él, lo de esa chica.
–Sé que te sonará cruel, pero yo no iba al volante.
Al decir eso, me di cuenta de que el tren se había detenido y me puse
en pie.
–Tengo que irme.
–¡Espera!
–Es mi parada.
–Quédate, por favor.
–¿Por qué?
–Porque lo que me acabas de contar se le cuenta a un amigo, no a un
desconocido, y si te vas ahora, seguiremos siendo desconocidos.
–Pero es mi parada…
–Quedan sólo tres para fin de trayecto. Acabo mi turno ya. Te puedo
acompañar a tu casa en coche. Igual atropellamos a otra tía en un paso de
peatones.
–No debería quedarme, después de escucharte decir cosas como esa.
–Pero, ¿te quedas?
–Qué remedio –dije, al comprobar que las puertas se habían cerrado y
el tren volvía a ponerse en marcha. –Pero tienes un sentido del humor bastante
retorcido, que lo sepas.
–Forma parte de mi encanto.
Lo cierto es que no sabía qué pensar de Lían. Me daba un poco de
miedo. Acababa de mostrarle mi lado más oscuro, al hablar mal de mi novio
recién enterrado y desentenderme completamente de lo que le habíamos hecho a
aquella chica. Esteban se había suicidado. Eso no decía mucho en mi favor. Yo
no había sabido apoyarlo. No había compartido la culpa. Había dejado el peso de
lo ocurrido aquella noche sobre sus hombros y él no lo había soportado. En
cierta manera, el suicidio de Esteban sí era culpa mía. Seguro que Lían lo
había captado al escuchar mi relato, y en lugar de dejar que me marchara, decía
que quería ser mi amigo.
Había algo extraño en ello (que hay algo extraño en mí ya lo sé, pero
yo vivo conmigo y he de quererme, no tengo más remedio). Había algo enigmático
en Lían, algo que me asustaba. Y que me atraía.
Tenía el coche aparcado junto a la estación. Era un Ford Ka del año
de la pera y daba la impresión de que iba a caerse a pedazos en cualquier
momento.
–Para ser un nuevo rico, tienes el coche que da pena.
–Lo sé. Pero le tengo cariño. Era el coche de mi novia.
–Touché. No hago más que meter la pata esta noche.
–Algún día comprenderás que hablar de los muertos no es meter la
pata, y que nada de lo que hagas o digas en este mundo está mal hecho o mal
dicho.
–Ya van dos.
–¿Dos qué?
–Ni me gusta tu sentido del humor ni tu filosofía barata.
–Rafa… Ya sé que te he prometido llevarte a tu casa, pero… ¿te vienes
a la mía?
–¿Por qué habría de hacer tal cosa?
–Porque encajas.
–¿Que encajo? ¿Dónde encajo?
–Tengo un agujero en el sótano en el que meto cuerpos. Hay sitio para
ti.
–¿Me estás amenazando?
–Te estoy pidiendo que vengas a llenar un hueco. Es algo bonito.
–Meter mi cuerpo en una zanja llena de cadáveres no es algo bonito.
–¿Vienes?
–De acuerdo. No tengo nada mejor que hacer. Pero prométeme que saldré
vivo.
–No puedo prometerte eso. La gente se muere en los sitios más raros.
El mundo es un lugar extraño.
–El mundo es un periódico.
–¿Ves? A mí tampoco me gusta tu sentido del humor. Ya tenemos algo en
común.
Durante el trayecto seguimos manteniendo una conversación igual de
estúpida, pero admito que me lo estaba pasando bastante bien, cosa que no
esperaba de aquel día. Cuando llegamos a su casa, aparcó el coche y me miró.
–Éste va a ser nuestro último momento a solas esta noche –dijo.
–Qué interesante. No vives con tus padres porque me has dicho que
habían muerto. ¿Quién más hay en tu casa? ¿Guardas ahí arriba el cadáver de tu
novia?
–Éste va a ser nuestro último momento de soledad esta noche. No lo
jodas.
–Vale.
–Antes de subir quiero que sepas que me gustas.
–¿Te gusto?
–Físicamente.
–Creía que eras hetero.
–Yo lo creía también hasta que dejé de serlo.
–Vale.
–Me gustas físicamente, también intelectualmente, y es posible que
algún día incluso me enamore de ti.
–Vaya…
–Ya está.
–¿Ya está?
–Tenía que decírtelo antes de subir. Ya sabes… para tener algo de
ventaja.
Y salió del coche.
–Oye –dije, saliendo detrás suyo. –¿No quieres saber si tú también me
gustas?
–No quiero que digas nada de lo que tengas que arrepentirte dentro de
unos minutos –otra clara alusión a lo que nos esperaba en su casa.
Decidí hacer caso del consejo. No dije ni mu y lo acompañé escaleras
arriba bastante intrigado.
Sacó las llaves. Dentro del piso se oía una televisión, a bastante
volumen. Abrió la puerta. El pasillo estaba a oscuras. Lían me cogió de la mano
y me dijo “Ven”.
Dejé que me llevara, obediente, hasta el salón. Vi una televisión de
tropecientas pulgadas y reconocí la película El orfanato, (una de miedo).
Había siete hombres repartidos entre dos sofás y unos cojines. Las
edades oscilaban entre los 20 y los 35. Pero lo curioso es que eran todos muy
guapos, cada uno a su manera. Era como una colección de tíos de ensueño. Eran
demasiado guapos para coexistir en la misma habitación sin que explotara el
planeta o, por lo menos, se desquebrajasen las paredes.
–Hola –dijo Lían.
Hubo siete holas simétricos por parte de sus amigos. Alguien puso la
pausa en el dvd y alguien más encendió la luz.
–¿Es él? –preguntó uno de aquellos tíos de ensueño.
–¿Lo has traído? –preguntó otro.
De pronto me sentí como un perrito indefenso acorralado en la esquina
de la cocina después de hacerme pipí donde no debía. Estaban hablando de mí. Había
un plan preestablecido para llevarme a aquella casa. Sentí miedo, lo admito.
–Se llama Rafa. Y cumple las condiciones –explicó Lían.
Empecé a preguntarme si iba en serio lo de llenar un hueco del sótano
con mi cuerpo.
–Lían… ¿Podemos hablar un momento en la cocina? –propuse.
–Está asustado –dijo alguien.
–Llévalo a la cocina, Lían. Nosotros veremos acabar la película.
Lían me condujo hasta una cocina enorme muy bien equipada y en la
que, supuse, no habría ni una sola lata de sopa.
–Explícate antes de que salga corriendo por la puerta.
–Vivo con ellos.
–Ya lo veo.
–Vi las noticias con ellos. Te vimos en las noticias.
–Sigue.
–Les dije que te conocía. Que coges el mismo tren todos los días.
–Yo nunca te he visto.
–Tú nunca ves a nadie. Te pasas el viaje mirándote las manos y
escuchando música.
–Puede ser.
–Así que les dije que si te veía en el tren hablaría contigo, a ver
si cumplías el perfil. La verdad es que no creía que te viera esta noche. Yo no
fui a trabajar cuando enterré a mi novia.
–Yo he ido para mantener la mente ocupada. ¿Qué es eso de cumplir el
perfil?
–Bueno… Mis compañeros y yo formamos parte de un club. Espera, te los
presentaré.
Volvimos al salón. Lían le quitó el mando a uno de los chicos y
volvió a parar la película.
–A ver, poneos en fila.
Los chicos obedecieron, sonrientes. La verdad es que parecían como
una pandilla de críos reunidos para hacer una fiesta de pijamas, solo que con
más años y seguramente mucho más pelo en los huevos. Me pregunté si realmente
vivían todos allí, como afirmaba Lían, o sólo se reunían en su casa de vez en
cuando.
–Muchachos, éste es Rafa.
–¡Hola Rafaaaa! –dijeron todos a la más pura tradición de alcohólicos
anónimos. –Te queremos –añadió uno por lo bajini, para más inri.
–Rafa ha perdido a Esteban, su novio. ¿Era tu novio o tu marido,
Rafa?
–Novio, novio.
–Ha perdido a Esteban, su novio. Se ha ahorcado.
–Qué horrible –dijo alguien.
–Lo siento mucho –añadió otro.
–Algo malo habría hecho –dijo un tercero.
Alguien le dio un codazo al tercero.
–Aún no sabe si se va a unir al club o no. Primero quiere conoceros.
–Lógico, lógico.
–Bien. Rafa, éste es Juan a Secas –dijo Lían, presentándome al
primero de la fila, un oso precioso, moreno y con los ojos azules, y una barba
que daba ganas de acariciar.
–¿Juan a Secas? –pregunté.
–Es que hay dos Juanes –el segundo Juan, un tío musculoso, rubio y
descamisado levantó la mano y se encogió de hombros. –A él lo llamamos Juan al
Cubo. Bien, pero ahora estamos con Juan a Secas. Juan a Secas perdió a su
pareja el año pasado. Pero que te lo cuente él.
–Se llamaba Tomás y era controlador aéreo. Pero no lo pisó un avión
ni nada de eso. Le dio un ataque cardiaco fulminante durante una maratón.
–¿Por qué bailas, Juan a Secas? –preguntó Lían, en tono jocoso.
–Me estoy meando, pero me daba mal rollo ir al baño. Acabamos de ver
la escena de la vieja atropellada. Qué yuyu.
–Anda, ve.
Juan a Secas salió disparado.
–Éste se llama Néstor. Su mujer y sus dos hijos, que sólo tenían dos
y tres añitos, murieron en un accidente de tráfico, hace unos tres años.
–Venían de ver a mi suegra. La mujer es un coñazo, no me extraña que
Lola se durmiera a la vuelta.
–En realidad, no están claras las causas del accidente –explicó Lían.
–Seguro que se durmió. Se dormía por las esquinas –dijo Néstor.
Lían me fue presentando al resto. Todos habían perdido por lo menos a
sus parejas, y ninguno tenía problemas en hablar o bromear sobre ello.
–Y éste es Gerardo –dijo Lían cuando llegamos al último. Gerardo era
bastante extraño. Vestía de negro hasta el cuello. Estaba pálido, pero eso no
lo hacía menos atractivo. Tenía el pelo negro y muy largo. Le llegaba más abajo
de la cintura. Parecía un vampiro sacado de una novela erótica. –Su novio murió
la semana pasada. No ha querido contarnos cómo, pero sospechamos que lo mató él
mismo para poder entrar en nuestro club.
Gerardo sonrió enigmáticamente al escuchar aquella presentación, pero
no dijo nada.
Tras las presentaciones todo el mundo se sentó para terminar de ver
la película y Lían me llevó a su habitación.
–¿Qué te han parecido?
–¿Sinceramente? Un poco locos. Y están buenísimos.
–¿A que sí?
–¿Hay que estar bueno para entrar en el club?
–No, no. Eso ha sido fruto de la casualidad. Además, tú rompes la
norma.
–Muchas gracias.
–No, no. Quiero decir que rompes el molde. Estás mucho más bueno que
ellos.
–Repito. Muchas gracias. Pero no es verdad. Oye… Hay mayoría de gays.
¿Es por algo en especial?
Lían tardó un poco en responder.
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–Ha salido así. Primero conocí a Néstor, hará unos cuatro meses. En
realidad ya lo conocía de vista, de una cafetería que frecuentamos. Un día nos
pusimos a hablar sin más y me contó lo de su mujer e hijos y yo le dije lo de
mi novia. Hicimos buenas migas y después de pasar dos días juntos acabamos en
mi cama. Hasta ese momento ni él ni yo habíamos estado con hombres, así que fue
una experiencia nueva y excitante para ambos. Durante unas semanas creímos que
nos habíamos convertido en una pareja, pero después la pasión se agotó y nos
dimos cuenta de que no había más química. Luego se fueron sumando los demás, de
forma espontánea. Es como si tuviéramos un imán para viudos guapos. No sé cómo
fundamos el club ni por qué acaban todos viniéndose a vivir conmigo, pero me
gusta. En cuanto a lo de la mayoría de gays, la verdad es que no creo que ya
podamos aceptar a hombres muy heteros ni a mujeres en el club, porque esto se
ha convertido en un puterío, todos se enrollan con todos, y no sé si eso podría
incomodar a un hetero poco dado a los excesos.
–¿Todos con todos?
–Básicamente. Va por rachas. Se van formando parejas o tríos y se van
disolviendo. No sé en qué consiste, yo no participo.
–¿En serio?
–De veras.
–¿Y por qué no participas?
–Porque yo sí que me enamoré de Néstor.
Capítulo II
Así que Lían aún sentía algo por Néstor. Y al mismo tiempo yo le
gustaba (físicamente, intelectualmente y quizá hasta para enamorarse de mí). Me
pregunté si Lían no estaba buscando desesperadamente alguien a quien amar. Y me
alegré de no haberle dicho que él también me gustaba. No deseaba darle
esperanzas. Había enterrado a mi novio hacía diez horas y había conocido, quién
iba a decirlo, a ocho chicos tremendamente guapos, siete de ellos hacía sólo
unos minutos. No necesitaba comprometerme a nada por el momento.
–¿Qué me dices? ¿Quieres formar parte de nuestro exclusivo club? –me
preguntó Lían, ajeno a mis pensamientos.
–¿Me estás pidiendo que me venga a vivir contigo?
–No, Rafa. Eso es cosa tuya. Pero sí te pido que te quedes a dormir
esta noche.
–Vale.
–Tendrás que dormir en la habitación de Juan al Cubo y Pedro.
–Creí que me pedirías que me quedara en tu habitación.
–Yo duermo solo.
–Vale...
Nos acostamos sobre las tres de la mañana. Los amigos de Lían estaban
muy excitados con mi presencia y me acribillaron a preguntas a las que contesté
lo mejor que pude. Tanto tío bueno me turbaba. Cuando por fin me tiré sobre el
colchón que me prepararon en la habitación de Juan al Cubo y Pedro me quedé
roque al instante. Había sido un día duro y había tenido un final extraño.
No estoy habituado a dormir en cama ajena y me desperté como una hora
más tarde. La luz de la habitación estaba encendida y las camas de Juan Carne
de Gimnasio (Juan al Cubo) y de Pedro estaban vacías. Pensé que eran poco
considerados con las visitas. Ya podían haber apagado la luz. A no ser... que
quisieran que me despertara. Quizá querían que los pillara, no sé... ¿follando?
Tenía ganas de mear, así que me aventuré por el pasillo.
La habitación que estaba junto a la que me habían dejado tenía
también la luz encendida. La puerta estaba abierta de par en par. Era imposible
pasar por delante sin mirar adentro. Además, la curiosidad me pudo.
Pedro y Juan al Cubo estaban allí, junto con Gerardo (el que me
recordaba a un vampiro), Néstor (algo así como el exnovio de Lían) y Carlos,
que de todos era el que más daba el perfil de modelo publicitario. Pedro, en
cambio, era más del tipo papá adorable. En fin, cuatro de ellos estaban
bastante ocupados.
Gerardo, el que más. Juan al Cubo se lo estaba follando a base de
bien, metiéndole pollazos por el ojete sin compasión. Pedro le llenaba la boca
con una polla tan enorme que daba miedo verla. Carlos de momento se contentaba
con que el muy ocupado de Gerardo le hiciera un pajote y Néstor se ve que
acababa de unirse a la fiesta porque se estaba quitando el pijama. Fue él quien
me descubrió en la puerta.
–Chicos, tenemos compañía.
Al parecer bastaba con practicar sexo como en una peli porno para
contagiarse y hablar como un actor de película porno.
Y la cosa no quedó ahí. Néstor se comportó como tal cuando se me
acercó y me metió mano en el paquete sin avisar, al tiempo que me besaba el
cuello. Yo me dejé hacer. Al fin y al cabo me acababa de despertar.
Cuando ya me había puesto la polla bien dura a base de atenciones me
cogió en volandas y me llevó a una tercera habitación. Ésta tenía dos camas.
Una estaba vacía, y es donde me depositó Néstor con suma delicadeza. En la
otra, Juan a Secas (de momento, de los ocho, el que más me atraía físicamente)
dormía a pierna suelta. De todas formas supuse que no tardaría en despertarse
porque Néstor siguió con la política de luces encendidas.
El ex de Lían me dio la vuelta (me puso boca abajo) me bajó el slip y
sin perder tiempo arrimó su boca a mi trasero, me separó con sus fuertes manos
las cachas del culo, y me regó el ojete de saliva. Yo me retorcí entre las
sábanas, totalmente empalmado. El tío era todo un experto. Me regaló una comida
de culo que me hizo temblar de placer. Mientras me lengüeaba a gusto me dije
que aquello no le haría ni pizca de gracia a Lían, pero levanté un poco las caderas
para facilitarle el trabajo a Néstor. En un determinado momento la experta
lengua de Néstor se paseó por los costados de mis cojones y solté un gemido.
Juan a Secas se removió en su cama pero no se despertó. Consciente de que si
hacía ruido aquel osezno que tanto me gustaba se despertaría, empecé a gemir
cada vez más fuerte. Néstor interpretó que lo estaba haciendo de maravilla
(cosa que era cierta) y se entretuvo un poco más comiéndome los huevos.
Acababa de suspirar con todas mis fuerzas cuando Néstor me pidió que
no me moviera y salió disparado de la habitación, dejándome allí en la cama con
el culo en pompa. Rogué por que Juan a Secas no se despertara ahora. Me sería
más sencillo explicarle mi postura si había un tío con la boca pegada a mi
trasero.
Néstor volvió enseguida con condones y gel lubrificante.
–¿Es que piensas follarme? –le pregunté, nervioso.
–Solo si tú quieres –contestó, mientras me llenaba el orto de gel.
–Pues la verdad, no sé…
Se puso el condón a velocidad de vértigo para que no me diera tiempo
a negarme y antes de decidirme por un sí, fóllame, o por un no, mejor me comes
la polla, me taladró vivo.
Quizá Néstor no estuviera demasiado bien armado, o quizá el gel que
usaba era muy bueno. La cuestión es que no me dolió en absoluto. Y después de
un poco de fricción empecé a disfrutar como un condenado. Además, aquel mete y
saca inesperado me daba la oportunidad de gemir con más ahínco.
Los estoques de Néstor ganaron velocidad. Yo escuchaba el flop-flop
que producía su verga entrando y saliendo de mi agujero, y me retorcía de
gusto. El cabrón de Néstor sabía lo que se hacía. Juan Osezno se removió en la
cama de al lado y yo empujé el culo hacia atrás para que Néstor me llegara más
adentro y poder gemir más fuerte sin levantar sospechas. Lo cierto es que todos
los demás eran bastante silenciosos, pese a dejarse todas las luces encendidas,
y lo único que se oía en la noche eran mis bramidos de regodeo.
Néstor me acariciaba por todas partes mientras me daba caña, su polla
me taladraba con un ritmo endiablado y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para
no correrme en la cama. Seguía emperrado en reservarme para Juan.
–¡Oh, Dios, Dioooooos, me voy a correr! –gritó de pronto Néstor.
Miré hacia la otra cama mientras Néstor me embestía en profundidad,
convencido de que eso sí que habría despertado a Juan. En efecto. Juan parpadeó
varias veces, acostumbrando sus bonitos ojos a la luz. Después miró a Néstor y
puso cara de vete a follar a tu habitación, cabrón, y luego me vio a mí,
recibiendo los embates de Néstor y con el rostro desencajado por el placer, y
le cambió la cara. No sé en qué extraño cuento erótico o en qué película porno
sin argumento creía que me encontraba para haber esperado que Juan Osezno se
alegrara de verme así al despertar. La mirada que me dedicó me hizo sentir una
verdadera mierda. Después se levantó y salió de la habitación soltando pestes
en voz baja.
Néstor se corrió montando bastante jaleo, seguramente animado por mis
bufidos anteriores, ajeno a que a mí se me había cortado el rollo de mala
manera. Lo peor es que tras correrse se dejó caer encima de mí y tuve que
permanecer casi diez minutos recibiendo su aliento en la oreja. Cuando ya hacía
rato que no se movía le di un codazo para que no se quedara encima dormido.
–Uy, tú no te has corrido –dijo.
–Da igual. Déjame salir, por favor. Me estoy ahogando.
–Espera.
Néstor se incorporó un poco y sacó con cuidado la polla y el condón
de mi trasero. Yo me sentía sucio y quería salir cuanto antes de aquella casa.
Pero lo peor que podía ocurrir, ocurrió.
Lían se encontraba en el vano de la puerta. Parecía que llevaba un
rato allí, observando cómo me quitaba a Néstor de encima y todas esas cosas
desagradables de presenciar por terceros después de una corrida en tu trasero.
Su cara era un poema. No sólo me había acostado con otro después de decirme que
yo le gustaba. Encima, me había tenido que acostar precisamente con Néstor, el
hombre del que Lían se había enamorado.
Capítulo III
Me desperté con los rayos del sol haciéndome cosquillas en la nariz.
En un primer momento no supe donde estaba, pero al moverme y sentir un ligero
malestar en el culo recordé que me habían follado, y comprendí que no es que
Néstor estuviera mal armado, sino que yo estaba tan caliente tras descubrir a
tanto tío bueno en faena que podría haberme tragado (bueno, mi esfínter) dos
como la suya de una tacada. Pero al amanecer, el culo me dolía, y eso ponía las
cosas en su lugar.
Después recordé que la experiencia no había acabado precisamente
bien. Me puse la ropa a toda prisa dispuesto a salir corriendo de aquella casa
y no volver nunca más.
Me estaba metiendo el móvil en el bolsillo cuando Lían se asomó a la
puerta de la habitación. Pensé, tierra, trágame.
–Te he hecho el desayuno –dijo. –Te espero en la cocina.
Imaginé que me habría preparado huevos con arsénico. (O que le
quedaba por ahí alguna lata de sopa de champiñones asesina).
Fui al baño, me arreglé un poco, me mojé varias veces la cara, volví
a arreglarme, recé un padrenuestro y me fui para la cocina. Lían me sonrió con
una ristra de dientes blanqueados artificialmente.
–A la luz de tu sonrisa empieza a notarse que tienes el dinero que
decías tener –bromeé.
–Siempre quise arreglarme la boca. La muerte de mi novia lo hizo
posible.
–Es bastante triste.
–Es un punto de vista. Otro es que ella ya no está, yo sí, y he de
estar presentable para cuando encuentre alguien a quien amar.
–Visto así…
–Anoche te dejaste follar por Néstor.
–En realidad no lo pretendía. Fue todo muy inesperado.
–Ya. Néstor ha aprendido a meterla por sorpresa. No le ha quedado más
remedio porque la tiene tan gorda que los tíos se asustan cuando se la ven, así
que ya no avisa. La mete sin más.
–¿No estás enfadado? –me atreví a preguntar.
Mientras me servía el café negó con la cabeza.
–Cuando os vi lo pasé mal. No te voy a negar que me sentí muy
decepcionado contigo. Pero he tenido el resto de la noche para reflexionar.
Perfecto. Lían no había pegado ojo por mi culpa.
–¿Y has llegado a alguna conclusión?
–Me he puesto en tu lugar. Conoces a un tipo raro en el tren, te
sonsaca información sobre un hecho doloroso y traumático de tu vida, te mete en
su coche, te lleva a su casa, te suelta que le gustas y que hasta se enamoraría
de ti, al llegar a su casa descubres que vive con un montón de chicos guapos
que se acuestan los unos con los otros, te invitan a dormir allí, te despiertan
con sus polvos depravados a mitad de la noche, te acarician y te penetran sin
que te dé tiempo a parpadear. Hace más de cien palabras que no es culpa tuya.
–Pero debí decirle no a Néstor. Por lo que me contaste.
–En realidad, eso también es culpa mía. Si yo hubiera sido sincero
con Néstor, si le hubiera dicho que aún siento algo por él, él no follaría en
mi casa, y con mis amigos. Pero me callé, y eso no me estaba haciendo demasiado
bien. Tengo un montón de chulazos en mi casa y duermo solo. Entiéndelo, eso no
puede ser bueno. Resumiendo. Quizá necesitaba que te acostaras precisamente con
Néstor, para cambiar de actitud. Esta mañana hemos tenido una conversación bastante
larga. Y se ha ido.
–Lo siento… ¿Se ha ido? ¿Significa que ya no vive aquí?
–Ha hecho las maletas y todo, para no hacérmelo más difícil. Y me ha
pedido que me despida de ti por él. Que tienes un culo estupendo y que ha sido
un placer penetrarte.
–Muy delicado no es que sea, ¿verdad?
–Tan delicado como un bocata de tachuelas.
Era un alivio que las cosas hubieran salido así. La verdad es que me
parecía genial haber conocido a Lían y al resto del club, casi no había tenido
tiempo de pensar en que había enterrado a mi pareja.
–Creo que tienes mucha sangre fría. Yo no creo que pudiera perdonar
algo así.
–¿Quién ha dicho que te haya perdonado? –pero sonrió al decirlo.
–¿Dónde están los demás? ¿Duermen?
–Están todos trabajando, menos tú.
Saqué el móvil y miré la hora.
–Aunque saliera ahora mismo por la puerta, llegaría al curro tres
horas tarde. Creo que hoy se las van a tener que apañar sin mí.
–Es lo más lógico. Tú estás de luto. ¿Te quedas conmigo?
–Vale.
–¿Qué te apetece hacer?
–No lo sé. Tendrás que proponer algo tú. ¿Qué se hace un día de
diario en casa de Lían?
–¿A parte de follar?
–A parte.
–¿A parte? –insistió.
–Bueno… ¿Quieres follar?
–Lo estoy deseando.
–¿Conmigo?
–No veo a nadie más.
–¿Después de lo que pasó anoche?
–¿Qué importa lo que pasara anoche? Anoche fue anoche. Ahora es
ahora. Mañana podríamos estar muertos.
–Pero Lían…
–Rafa. Hace tanto tiempo que no veo una polla que ya ni me acuerdo de
la forma que tienen. Hace tanto que no me hago una paja que cuando me corra
habrá que redecorar el piso. Piensa que estás haciendo una obra social, que das
de comer a un pobre, que le cedes tu asiento a una embarazada, que ayudas a una
vieja a cruzar la calle.
–Vale, vale. Ya me habías convencido. ¿Y dónde lo hacemos? ¿Aquí, en
la cocina?
–Por ejemplo. Quiero polla. Lo demás es perder el tiempo.
Al oír aquello me puse de pie como impulsado por un resorte y antes
de que mis inhibiciones me hicieran cambiar de opinión me bajé los pantalones
del tirón.
–Aleluya –dijo Lían, cayendo de rodillas y enterrando la nariz entre
mis huevos.
–Pensé que cuando tú y yo nos acostáramos sería de otra manera.
–Me conociste anoche. ¿Cuándo pensaste eso? No hay tiempo material.
–Pensé que sería algo romántico, como un beso en un portal, un paseo
a la luz de la luna…
–Piensas demasiado.
–Creí que empezaríamos abrazándonos, besándonos…
–Hablas demasiado.
–… y que en la primera cita solo nos magrearíamos las pollas por
encima del pantalón.
–¿Estás de coña?
–Algo de eso hay.
–No parece que a tu polla le importe que no hayan abrazos –dijo Lían,
pegando la mejilla al tronco de mi vara.
–Mi polla es feliz. Quién fuera polla.
–Quién fuera polla las 24 horas.
–Quién.
Por fin dimos por concluido el diálogo de besugos.
Mientras me lengüeaba el rabazo de arriba abajo, Lían se sacó el suyo
y empezó a hacerse un pajote liberador.
–Buena polla –dije.
–Gracias.
–No hay de qué.
–La tuya tampoco está mal.
–¿Está rica?
–Deliciosa.
Bueno, en realidad fuimos incapaces de dejar de cascar.
–¿Cómo era comerle la polla a Néstor?
–Una pasada. Me ahogaba con ella.
–¿Te conformarás con la mía?
–No me queda más remedio.
Aunque entre cháchara y cháchara Lían me hacía unas mamadas de
campeonato.
–Qué bien la comes.
–Mm–mm–mmmm.
–Casi prefiero esto a los abrazos.
Me miró desde abajo.
–¿Cómo dices?
–Bueno… Es preferible que empecemos así. Nos has ahorrado semanas y
semanas de llamadas telefónicas disculpándose el uno y amargándose el otro, y
más semanas de perdón, tanteos, bromitas, besitos y amor.
–¿Una mamada significa ahorrarse todo eso?
–Sí… ¿no?
–Una mamada es una mamada. Punto. Y si no quieres que te muerda,
cierra esa bocaza de una puta vez.
Obedecí. En algún momento Lían cogió el ritmo adecuado y nos
convertimos en dos maquinitas. Yo impulsaba las caderas y él recibía polla y se
hacía con ella, avanzando y retrocediendo, con mucha saliva, adentro y afuera,
más adentro que afuera, adentro, adentro y afuera por necesidad, otra vez
adentro. En algún momento fue “afuentro y aduera” pero lo corregimos con un
golpe de caderas la primera vez y con un atragantamiento de rabo la segunda. Le
follé la boca a placer, embistiéndole verga hasta la traquea. El pobre estaba
tan necesitado de carne que recibía mis estocadas con mal disimulada alegría,
al tiempo que se pajeaba a toda velocidad.
Cuando empezó a tragar hasta la empuñadura y puso los ojos en blanco
comprendí que se aproximaba el final. Le pasé las manos por la espalda (hasta
donde llegaba) para acrecentar su clímax, y empecé a abrir y cerrar el ano para
propiciar mi propia corrida.
Mamó más profunda y profusamente. La saliva se le escurría por ambos
lados de la boca y seguía fabricando más, completamente enajenado. Tragando,
tragando. Mi polla parecía lo más rico que hubiera probado. Se relamía, se
atragantaba, se volvía a relamer y luego se golpeaba en la cara una y otra vez
con mi verga mojada. Me alegré de que por fin a alguien se le fuera la pinza
comiéndose mi polla. Por triste que suene, eso aumentó bastante mi autoestima.
Su mano aceleró el pajote, su boca se afanó más, tragando, tragando,
tragando, sus rodillas se separaron, se iba a correr, tragaba, tragaba, apreté
el esfínter, lo solté, se tragó mi polla hasta rozar con la barbilla mis
cojones y mantuvo ahí, mantuvo, pajeándose enfebrecido con la boca llena a
rebosar, mantuvo, mantuvo, le sujeté la cabeza, la metí más adentro, se dio más
caña, ya, ya, se iba a correr, se corría, apreté, solté, me venía, me iba a
correr, la boca llena, la saliva goteando, los huevos rozando todavía su
barbilla, mis manos sujetando su cabeza, toda mi polla oculta, su mirada
perdida, se corría, se convulsionó, me convulsioné, ya, ya, yaaaaaaa, su primer
chorro de leche espesa en el suelo de la cocina, mi primer trallazo de esperma
directo a su garganta, el clímax, lo mantuve agarrado, soltando la lefa
adentro, adentro, su leche salía a borbotones, la mía le entraba, adentro, más
adentro, empieza a tragar mi leche, le doy más, no paro de darle, se saca mi
verga y recibe los últimos disparos en la lengua, se relame, vuelve a metérsela
hasta rozar de nuevo mis cojones y sale de nuevo, chupando, recogiendo todo por
el camino, dejándomela limpia. Mi polla pierde algo de fuelle y aprovecha para
hincársela más dentro y disfrutar del tacto de mis cojones contra su labio
inferior. Disfruta, disfruta, disfruta…
Fue fantástico.
Lástima que el día acabara mal.
Estábamos todos, caída ya la noche, viendo la tele en el salón de
Lían. La noticia llegó por teléfono y nos pilló completamente desprevenidos.
Fue como el equivalente nuclear a recibir un jarro de agua fría.
Habían encontrado a Néstor en un descampado cerca de su casa.
Muerto.
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