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Masaje completo
I
—Tienes mal aspecto
—me dijo mi cuñado.
Era domingo. Nos
encontrábamos en una comida familiar. Mi mujer y mi hermana estaban arreglando
el mundo y mi cuñado, que por lo general no me hace ningún caso, vino a darme
palique.
—No estoy durmiendo
bien últimamente —le contesté.
—¿Insomnio?
—No, no. Me refería a
que cojo malas posturas.
—Ahm. Bueno. Tú lo
que necesitas es un masaje.
Sacó la cartera y de
ella una tarjeta.
—Dile que vas de mi
parte y te hará un descuento.
Miré la tarjeta sin
mucho interés. No soy nada dado a dejarme tocar por desconocidos. Y el
masajista era varón.
—Es caro —dije, para
dejarle claro que no me interesaba.
—Es un poco caro pero
te dejará como nuevo. Créeme, querrás repetir. Dile que vas de mi parte y
pídele un completo —mi cuñado me guiñó un ojo y después se fue a hablar con mi
sobrino mayor, con unos andares que sugerían que estaba muy contento consigo
mismo, que había hecho su buena acción del día.
Yo me quedé mirando
la tarjeta. No soy mucho de masajes (en realidad jamás me habían dado uno) pero
algo en la actitud de Marcelo me hizo replanteármelo. Este masajista parecía
realmente bueno. Quizá valía la pena darle una oportunidad.
II
Aproveché que el
viernes libraba (y que me había despertado con un dolor de cuello brutal) para
que me dieran ese masaje que prometía dejarme como nuevo. En la sala de espera
estaba bastante nervioso pero contento. Me cuesta hacer cosas nuevas pero
cuando por fin las hago me siento más vivo, como si me hubiera estado perdiendo
las cosas buenas de la vida por quedarme escondido en mi caparazón. Sentía que
ese día podía nacer un nuevo yo que fuera al masajista una vez al mes. Sólo
necesitaba hacerme a la idea y pasar el mal trago de la primera vez.
Un cliente salió y
una chica rubia me dijo que ella podía atenderme. Le enseñé la tarjeta.
—Me recomendaron
éste.
—¿Tienes cita?
—No, en realidad.
—Israel está ocupado
ahora. Pero aquí todos tenemos la misma titulación.
—No me importa
esperar. Me recomendaron que fuera él. No quiero decepcionar a mi cuñado.
—Comprendo —dijo la
rubia poniendo cara rara.
Y me dejó en paz.
Tuve que esperar 45
minutos pero al fin, como su siguiente visita se retrasaba, Israel me hizo un
hueco.
—Vengo de parte de
Marcelo García —le dije, muy nervioso. —¿Sabes quién es?
—Por supuesto. No
vienen muchos Marcelos.
—Me dijo que te
pidiera que me hagas un completo. Y que me harías un descuento por venir de su
parte.
—Claro. Quítate la
ropa, por favor. Tengo otra visita programada.
—¿Cuánto suele durar
esto?
—Depende.
—¿No tienes un tiempo
fijo?
—No. Según como te
note los músculos te dedicaré más o menos tiempo.
—De acuerdo. ¿No vas
a darme una especie de taparrabos de papel?
Israel negó con la
cabeza.
—Si te hago el
completo no lo necesitas.
—¿Y no vas a salir de
la habitación mientras me desnudo?
—No, pero voy a ir
preparando los aceites. Quítate la ropa, puedes ponerla sobre esa silla, y
túmbate en la camilla.
—Boca abajo, supongo.
—O boca arriba. Como
quieras. Tú decides por dónde quieres que comencemos.
Me fui quitando la
ropa mucho más despacio de lo que le hubiera gustado a Israel. Cuando por fin
me quedé en pelotas miré la camilla, indeciso. Finalmente decidí que me
acostaría boca arriba. Me daba muchísima vergüenza mostrar mis genitales a un
desconocido pero pensé que cuanto antes pasara por ese trance, mejor. Me tumbé
en la camilla y cerré los ojos.
—Empiezo por los pies
y las piernas y voy subiendo —me dijo Israel.
—En realidad me duele
el cuello.
—No te preocupes.
También llegaremos ahí.
Estaba tan acojonao
que no me preocupaba tener una erección. Era imposible que se me pusiera dura
con lo nervioso que estaba, por muy bueno que fuera el masajista. Además,
últimamente no se me ponía dura casi nunca y lo único que me excitaba de verdad
es que mi mujer me pusiera el coño en la boca. Así que por ese lado tampoco
había peligro de que se me pusiera dura. Allí no había coños que pudieran
acabar en mi boca, a excepción del de la rubia a la que había rechazado.
Cuando Israel comenzó
con mis pies me dije que había hecho bien accediendo a hacer aquello. La
sensación era muy placentera. Me gustaba. Cuando subió a las rodillas pensé que
debería haberme puesto boca abajo para que me hubiera trabajado las
pantorrillas, pero como Israel había dicho, también ahí llegaríamos. Cuando
llegó a la ingle me llevé un sobresalto. No había esperado que me tocara esa
zona y después de un rato de que sus dedos trabajaran zona tan sensible (no
sólo eso, sus dedos llenos de aceite me rozaban los cojones) mi polla se puso
como una estaca sin remedio. Se me debió quedar cara de gilipollas cuando
Israel fue un paso más allá, me llenó la verga de aceite y me empezó a dar un
masaje en la polla, o más bien a hacerme una paja con profesionalidad.
Me quedé
completamente bloqueado. No sabía si decirle que había habido un error. Me daba
tantísima vergüenza interrumpirle que al final no dije nada, aunque pensé que
cuando saliera de allí iba a ir directamente a matar a mi cuñado.
—¿Cómo vamos? —Me
preguntó Israel.
No fui capaz de
contestar.
Él siguió con la paja
y yo decidí tomarme aquello con filosofía. En realidad no estaba nada mal. Y en
los tiempos que corren parece que a todo el mundo se la ha tocado un hombre,
aunque a mí no me hubiera pasado hasta entonces. Además, nadie tenía por qué saberlo.
Excepto Marcelo, claro, a quien pensaba estrangular.
De pronto sentí que
algo caliente envolvía mi polla. Pensé en una vagina de esas de goma aunque no
me imaginaba que un masajista usara ese tipo de artilugios. Me daba miedo abrir
los ojos pero finalmente levanté un poco la cabeza y eché un vistazo. Israel me
estaba comiendo la polla.
Volví a recostar la
cabeza en la camilla sin entender nada. ¿A qué clase de masajista me había
enviado Marcelo? ¿A él también le hacía todo aquello? ¿Qué más cosas incluía un
completo? Tuve que dejar de pensar. Mi cabeza no daba para tanto con aquella
boca experta haciendo molinetes arriba y abajo por toda mi verga y sus dedos
tocándome los huevos de una manera tan deliciosa.
La mamada se prolongó
durante al menos diez minutos. Después Israel siguió subiendo por mi cuerpo
como si no hubiera pasado nada, continuando con un masaje más o menos normal.
Conseguí relajarme un poco.
Cuando llegó al
cuello volví a alegrarme de haber hecho aquello. Aquel tío tenía unas manos
prodigiosas y sentí como el dolor desaparecía casi milagrosamente. Al final,
sujetándomela con ambas manos, me hizo girar la cabeza hacia la derecha y hacia
la izquierda, casi en plan niña del exorcista.
—¿Qué tal? —Me
preguntó.
—Fabuloso. Estoy
alucinado.
—¿No te duele?
—Para nada.
Entonces me miró a
los ojos y me hizo la siguiente pregunta:
—¿De verdad quieres
que te haga el completo?
Era mi ocasión de
explicarle que no sabía a lo que venía, que Marcelo me había liado. Pero el
cuello ya no me dolía y aquel tío era bueno en lo que hacía. Y si a Marcelo se
lo hacía...
—¿Qué le sueles hacer
a Marcelo?
—El completo.
—Entonces a mí
también.
—De acuerdo —sonrió.
Me movió la cabeza
hacia la esquina de la camilla, hacia su cuerpo, y para mi total sorpresa y
consternación se sacó un inmenso pollón del pantalón y lo dejó reposando sobre
mi mejilla. El miembro de Israel acabó de ponerse del todo duro sobre mi cara.
Sus dedos me abrieron la boca, retiró un poco las caderas y muy lentamente me
fue introduciendo el vergajo entre los labios.
—Te la meteré sólo
hasta donde puedas soportar. Tienes que estar cómodo.
Mi definición de
comodidad no incluía tener la boca ensartada de carne en barra pero pasada la
conmoción inicial, cuando Israel comenzó a entrar y salir de mi boca con la
polla empapada en mis babas, me di cuenta de que mi verga latía con una fuerza
inusitada, más dura de lo que la había tenido nunca. En un nivel profundo mi
cuerpo disfrutaba muchísimo de aquello aunque mi mente aún no lo aceptara.
En algún momento dejé
de pensar en ello y la situación me puso lo suficientemente cerdo como para
disfrutar como pocas veces en mi vida. Israel me fue metiendo cada vez más
rabo, cada vez más dentro, cada vez más profundo y yo me fui acomodando a aquel
tamaño sin demasiados problemas. Le estaba poniendo la polla perdida de babas.
El tío tenía una polla enorme, no recordaba
haber visto una así desde el porno de Nacho Vidal.
La follada bucal se
prolongó también como diez minutos y cuando por fin retiró la polla de mi boca
yo quería más. Israel lo notó en mi cara y me golpeó los labios con su vergota
empapada.
—Engancha, ¿eh?
—Engancha mucho
—acerté a decir.
—Bueno, el próximo
día tendrás más. Ahora date la vuelta. Nos queda la mitad del masaje y voy
corto de tiempo.
Obedecí. Me puse
rápidamente boca abajo e Israel empezó a masajear mis hombros.
—Estoy en la gloria
—dije, suspirando.
—Me alegro de que se
te hayan pasado los nervios. Por un momento he pensado que todo esto te había
pillado por sorpresa.
—No, no te preocupes.
Sabía exactamente a lo que venía —mentí. —Lo que no sabía es que la tendrías
tan enorme. Ni tan... sabrosa.
Me dejé mimar por sus
expertas y delicadas manos hasta que me abrió el culo y dejó caer un chorro de
aceite sobre mi ano.
—Soy... virgen por
ahí —dije, asustado, preguntándome si el completo incluiría una penetración. No
quería ni imaginarme un trabuco como aquel intentando entrar en mi agujerito.
—Sólo te voy a dar un
poco de aceite. Verás cómo te gusta.
Intenté relajarme.
Segundos después estaba poniendo el culo en pompa intentando maximizar el
contacto de sus dedos en mi trasero.
—Te gusta, ¿eh?
—Qué... gustazo...
por Dioooos.
—Si quieres te monto
un poco. No te la voy a meter. Sólo me dejaré caer sobre ti. Te llenaré la raja
de polla. Te gustará.
—Sí, por favor.
Israel se colocó
encima de mí. Fue extraño sentirse cubierto por un hombre. Creo que me sentí
muy cercano a mi mujer. Así debía sentirse ella cuando yo la cubría. Era muy
agradable. Y más agradable fue sentir su polla colmándome la raja del culo y
que empezara a moverla arriba y abajo resbalando con el aceite.
—Levanta un poco el
culo, te agarraré la polla.
Obedecí y sus dedos
aceitosos comenzaron a pajearme mientras continuaba con aquel movimiento en mi
trasero que me estaba poniendo a mil. Israel me estaba respirando en la oreja y
eso me puso el vello de punta.
—Déjate ir. Quiero
que te corras —me dijo al oído.
—No creo que eso sea
un problema. No tardaré mucho.
Sus expertos dedos
sabían exactamente cómo tratar mi verga para acercarme en segundos
peligrosamente el orgasmo.
—Estoy a punto...
—Déjate ir.
—Siii...
Israel echó todo su
peso sobre mí para que le sintiera bien la polla. Era delicioso sentir todo eso
entre las cachas del culo.
—¿Crees... crees que
otro día podrías meterme la punta? —Le pregunté, con la voz entrecortada.
—Me has dicho que
eres virgen. Eso sería mucha responsabilidad. No deberías hacerlo con tu
masajista.
—¿Por qué?
—Es un contacto muy
íntimo.
—¿Más que tenerte
encima?
—Mucho más.
Israel seguía
paseando su pollaca por mi raja, arriba y abajo, mientras hablábamos. Sus dedos
seguían masturbándome.
—Bueno. Piénsatelo.
Soy virgen pero mi orto me está diciendo que quiere tener eso dentro.
—¿Te lo dice tu orto?
—Me lo pide a gritos.
Israel se cogió la
vergota y me colocó la punta contra el ano. La boca se me llenó de baba.
—No te la voy a
meter. Sólo voy a presionar un poco para que te hagas una idea de lo que podría
pasar el próximo día.
El cabezón hizo
presión en mi agujerito lleno de aceite y éste se abrió como una flor. La
cabeza entró de golpe y tras ella media polla.
—Joder. Ha entrado
sin más.
—Es... delicioso
—dije, corriéndome automáticamente en su mano, que en ese momento me restregaba
el glande.
Israel me metió más
polla con esa facilidad que le había tomado completamente desprevenido, y mi leche
siguió saliendo a espuertas. No recuerdo haber experimentado corrida más
abundante y placentera en toda mi puta vida.
III
Al llegar a casa
llamé a mi cuñado.
—Marcelo. ¿Puedes
venir a mi casa? Tenemos que hablar.
—¿Ha pasado algo?
—He ido a tu masajista.
—Ah, ¿y qué tal?
Me lo preguntó sin
que pareciera haber segundas intenciones.
—Ven a casa y lo
hablamos.
—¿Estás enfadado?
—Ven y hablamos.
Le colgué y conté los
minutos que tardaba en presentarse. Unos veinte. Mi mujer y los niños no
estaban. Ella estaba trabajando, ellos en el cole.
Mi cuñado entró y me
miró preocupado.
—¿Te quitó los
dolores de las malas posturas?
Moví el cuello.
Estaba como nuevo.
—Completamente. ¿Cómo
descubriste a ese tío?
—Como tú. Por
recomendación.
—¿Y cómo... cómo...?
—¿Como llegó a
hacerme el completo?
—Sí. No consigo
imaginarlo.
—Fue un proceso. Pero
me hizo mucho bien. Pensé que a ti también te gustaría. Tu mujer le contó a la
mía que no pasáis por un buen momento en la cama.
—¿Mi mujer le habla
de esas cosas a mi hermana? Joder.
—Y pensé que te
vendría bien. A mí este tío me reactivó. Me volvió a convertir en un semental,
que era lo que era hace años. ¿Estás enfadado?
—No. No. Pero
necesitaba hablar contigo. Ha sido muy inesperado. —Me lo quedé mirando,
pensativo.
—¿Qué?
—Me he quedado con
ganas de más.
—¿No te has corrido?
—De hecho, sí. Como
un cabrón. Pero... Me he... Quiero decir... que... Me he quedado...
—Dilo sin miedo. Me
ha hecho lo mismo que a ti. Un montón de veces.
—Me he quedado con
ganas de polla.
—Sí... —dijo Marcelo
con un suspiro de añoranza. —Israel causa ese efecto. Siempre te deja con ganas
de más.
—¿Crees que
podrías...?
—¿Qué?
—Calmarme tú esas
ganas.
Marcelo se lo pensó
unos segundos. Pensé que iba a negarse. Pero dijo:
—Sí. Claro. ¿Aquí?
—Mejor en la azotea.
Vivo en el edificio
más alto de la zona. En la azotea ni nos verían ni nos molestarían. Y no me
parecía bien hacer aquello dentro de mi casa.
En el ascensor nos
pusimos nerviosos pero para demostrarme a mí mismo que quería hacer aquello le
magreé la polla a Marcelo por encima del pantalón.
—Te ha dejado bien
encendido —comentó Marcelo con una sonrisa.
—Sí, joder. Como un
puto adolescente.
Ya en la azotea lo
primero que hice fue sentarme contra el murillo, abrirme los pantalones y
agarrarme la polla.
—Sácatela —le pedí,
con unas ganas de que me metiera la polla en la boca que no me veía.
Marcelo se sacó el miembro
aún morcillón y se pegó a mi cara. Tenía buena tranca el cabrón.
—Yo también me
enganché a mamar rabo —me dijo. —Pero me contenté con el suyo.
—Yo no soy capaz de
esperar. Lo necesito ya.
Y me metí la polla de Marcelo
enterita en la boca, preguntándome cómo cojones había pasado mi vida entera sin
una de esas colmándome los morros.
¡Muchas gracias por tu apoyo! :)
A continuación el índice de relatos que encontrarás en el ebook:
Masaje completo: Y otros relatos eróticos de temática gay
Este volumen incluye los siguientes relatos eróticos de temática gay del escritor Marcos Sanz:
Joe 2.0
Joe es un héroe que aparece en ciertos momento de mi vida... para salvarme de una muerte horrible. La primera vez yo tenía ocho años. La segunda acababa de cumplir los treinta. Pero Joe no había cambiado nada...
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Versa sobre los veinte días que Adrián, un chico de veinticinco años al que su ex maltrataba, pasa en casa de sus tíos, en una paradisiaca isla... Y de la relación que surge entre él y su "tito".
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Paco y Juan son dos seguratas que trabajan en un hotel. Un chico se suele colar para intentar ponerlos calientes a través de las cámaras. Hasta que una noche, Paco conseguirá atraparlo y le dará lo que se merece mientras su compañero mira tras la pantalla.
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Estás a punto de averiguar por qué "Precumeros" es el podcast más caliente de la red. No te vas a creer de qué son capaces sus presentadores para hacer crecer la... audiencia.
Infiel
Marcos es infiel. Tan infiel que le puso los cuernos a su marido el mismo día de su boda. Dos veces. Tan infiel que aprovecha hasta cuando van al supermercado para darse una escapada a los baños a ver lo que pilla. El mejor amigo de su marido los visita unos días... y es posible que esta vez toda la situación le estalle en la cara.
Loser
Luis es un perdedor. Está arruinado, le gusta demasiado el juego y la bebida y pronto él y su familia perderán su hogar si algo no cambia. Su amigo Samuel le ofrece algo de dinero por hacer algunos trabajitos para él. Lo que Luis no se imagina es que pronto cambiará la naturaleza de esos trabajitos.
Masaje completo
A un tipo hetero su cuñado, también hetero, le recomienda un masajista que "lo dejará como nuevo". Lo nuevo realmente serán las cosas que le hará el masajista...
El día que el mundo acabó, todos los relojes se pararon a la 1:33
De éste no te cuento nada. Tienes que leerlo.
Siete horas para amarte
Mateo trabaja en un bar de copas. Una noche Eduardo, un chico a quien aún no conoce, le confiesa que lo ha visto montárselo en el coche con su novia y que le gustó mucho lo que vio, aunque en la novia francamente ni se fijó. Mateo no quiere saber nada de esas historias, es hetero y nunca ha sentido absolutamente ninguna atracción por otros hombres. El problema es que tras conocer a Eduardo su cuerpo parece empeñado en traicionarle.
Acerca del autor: Marcos Sanz es un escritor (y un tío guapo y bastante bear) de relatos eróticos de temática gay. Si estás buscando leer relatos eróticos gays para hombres escritos por un hombre, has llegado al lugar indicado.
Recuerda, puedes encontrarlo en amazon, Google Play, iTunes, Kobo y Smashwords.

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