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Loser
Lo siguiente es un
relato de ficción. Lo que en él acontece nunca sucedió.
Nos conocíamos desde
niños. Habíamos crecido en el mismo vecindario e ido a la misma escuela.
Durante unos años fuimos buenos amigos. Después nos distanciamos. Él es un
ganador. El éxito le sigue en todo lo que emprende. Tiene dinero a espuertas y
se codea con gente importante. Yo soy un perdedor. Apenas consigo sacar a mi
familia adelante, me gusta el juego (empieza a convertirse en un problema) y
bebo demasiado (ya es un problema desde hace años).
Hace unos meses mi
situación económica se convirtió también en un problema. Si no conseguía dinero
pronto, iba a que tener que desalojar el piso donde vivo con mi mujer y mis
tres hijos. Estaba completamente desesperado así que me presenté en el pedazo
chalet de Samuel, el ganador del que os hablaba, para pedirle prestado algo de
dinero.
Samuel me invitó a
una cerveza y me senté en su salón de ensueño, súper nervioso. Mantuvimos una
conversación intrascendente hasta que no pude más y le dije el motivo de mi
visita.
—¿De cuanto dinero
estamos hablando?
—Unos mil doscientos
euros.
Samuel negó con la
cabeza. Yo sabía que eso era calderilla para él.
—Te lo devolveré
enseguida que pueda. Estoy seguro de que voy a encontrar un trabajo. Con lo que
me muevo tiene que salirme algo ya. Está al caer.
—Me encantaría
ayudarte pero tengo por norma no prestar dinero jamás. A nadie.
—¿Y no puedes hacer
una excepción por una vez? Vamos a perder la casa.
—¿Has dicho que estás
sin trabajo?
—Sí, pero es algo
momentáneo.
—Lo digo porque no
presto dinero, pero puedo pagarte si trabajas para mí.
Me quedé mirándolo
con cara de idiota. No se me había ocurrido pedirle un trabajo.
—¿Haciendo qué?
—Dije, cuando me recuperé de la sorpresa.
—Ni idea. Haré una
lista con todas las cosas que necesito que estén hechas esta semana. Añadiré
tareas hasta llegar a los 1200 que necesitas. De hecho, añadiré algunas más,
por si hay alguna con la que no te sientas cómodo.
—¿Pero qué tipo de
tareas?
—De todo. Desde
limpiarme el coche hasta ir a recoger a mi hijo al colegio o quedarte con él el
fin de semana. Recados como hacer la compra o reservarme un vuelo. Apuntaré
todo lo que pueda delegar y tú lo harás. ¿Te parece bien?
—Me parece fabuloso.
—Te pagaré ahora, por
adelantado, y así todo solucionado. Vamos al ordenador y me pasas tu número de
cuenta.
Le estuve
tremendamente agradecido. Me ocupé de todas las tareas que me encomendó durante
las siguientes dos semanas. No hubo ninguna con la que no me sintiera cómodo y
cuando todo estuvo hecho, Samuel me dio 300 euros extra.
—Si te surgen más
trabajos, llámame —le pedí.
—No creo. Estos los
tuve que buscar debajo de las piedras.
—Bueno. Gracias de
todas formas. Me has salvado la vida.
Pasaron algunas
semanas. No encontré trabajo y me gasté el dinero sobrante de lo que me había
dado Samuel en largas e infructuosas sesiones de desesperación en las máquinas
tragaperras del salón de juegos de mi barrio.
Una noche me presenté
en su casa un poco borracho esperando que me diera trabajo.
—Te dije que eso no
se repetiría —me recordó, mirándome con cierta lástima.
—Si tuviera más
opciones no vendría a molestarte.
—Ya. Pero no puedo
prestarte dinero, ya lo sabes. Y no tengo más trabajos que darte.
—¿No te vas fuera?
Puedo hacerte de niñera.
—Este mes se lo queda
mi ex mujer.
—Oh...
—Será mejor que te
vayas, Luis.
—Joder. Haré lo que
sea. Puedo matar a alguien si lo necesitas.
—No digas locuras.
—¿De verdad no hay
nada que pueda hacer por ti? Lo que sea. Lo haré encantado. Ya lo sabes.
Samuel me miró con un
destello de interés pero luego señaló la puerta.
—Ve a casa y mañana
por la mañana sigue buscando un curro decente.
—¿Qué ibas a
ofrecerme?
—Nada.
—Lo he visto en tu
mirada. Tenías algo en mente. ¿Qué?
Samuel se hizo de
rogar. Dio un par de vueltas por el salón, pensativo. Después volvió a señalar
la puerta.
—Vete. No es buena
idea.
—Déjame decidirlo a
mí.
—Me odiarás si te lo
digo.
—Te juro que no. ¿Qué
es?
Samuel miró hacia el
techo y suspiró.
—De acuerdo. Ya que
insistes...
—Dime.
—Puedo pagarte... —me
miró con culpabilidad, incluso se ruborizó un poco. —Puedo pagarte por sexo.
Me lo quedé mirando
sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
—Joder, Luis. No me
hagas explicarlo.
—Explícamelo. Si voy
a hacerlo tengo que saber de qué estamos hablando.
—Vale. En principio
podemos pactar... que me hagas una mamada.
—¿Por cuanto?
—No lo sé. ¿Por
cuanto estarías dispuesto a hacerlo?
—¿Cuanto estarías
dispuesto tú a pagar? Te diré si es suficiente.
—Veamos... —Samuel se
puso en modo hombre de negocios. —Cien euros me parece poco porque tienes mujer
e hijos y me pondrá muy cerdo que me la coma un hetero. Además, te conozco
desde hace muchos años y esto será denigrante para ti. Y encima lo haremos sin
condón. No te preocupes, estoy sano. Pero me correré en tu boca. Y tendrás que
tragártelo todo para mí. ¿Doscientos te parece bien?
—Cojonudo.
—¿En serio?
—¿Tenemos trato? ¿Me
darás doscientos?
—Claro.
Nos dimos un apretón
de manos para sellar el pacto.
—Habría aceptado
cincuenta —le confesé.
—Yo habría llegado
hasta quinientos —me confesó él.
—¿No podemos
renegociar?
—Me temo que no. Pero
no tiene por qué ser el único pacto al que lleguemos.
—¿Y cuándo...?
—Ahora, por supuesto.
¿Conoces a alguien capaz de posponer una mamada?
—Yo.
—Pues eso será porque
no te la maman bien.
Samuel se dejó caer
en su carísimo sofá de cuero y se bajó la bragueta.
—Joder, qué prisa
tienes, ¿no?
—¿Quieres que te dé
tiempo para pensártelo?
—No. No hay nada que
pensar. Necesito el dinero.
—Entonces ven aquí.
Se acabó de
desabrochar el pantalón y se lo bajó junto con el slip hasta los tobillos. Ya
estaba completamente empalmado el tío.
—Pensé que primero...
—¿Qué?
—Hablaríamos un rato.
—¿Qué dices?
—Que tomaríamos quizá
una copa.
—Luis. No es una
jodida cita. Me vas a comer la polla y te voy a pagar por ello.
—Ya, ya lo sé. Pero
no es como si no nos conociéramos. Fuimos a clase juntos.
—A ver. Nos tomaremos
esa copa luego. Pero ahora tienes que venir, ponerte de rodillas y empezar a
tragar rabo si quieres el dinero.
—Claro. Quiero el
dinero.
—Pues venga. De
rodillas y a comer.
Toda aquella
conversación se dio, evidentemente, porque estaba nervioso. Nunca me había
comido una polla. De crío había intentado llegarme a la mía un par de veces sin
ningún éxito y ese pensamiento fue el que me vino a la mente al ver la polla
dura que me esperaba. Pensé que si sabía que no me daría asco chuparme mi
propia polla no tenía por qué darme asco mamar la de otro. Pero la idea no me
atraía en absoluto. Tampoco había probado semen. Muchas veces había estado
tentado mientras me pajeaba de probar el mío. Pensaba, hoy lo hago. Pero en
cuanto me corría se me pasaban por completo las ganas de llevarme aquello a los
labios.
—¿Qué pasa si te
vomito en la polla? —Le pregunté de pronto.
—Eso me la pondría
muy dura.
—¿Por qué?
—Espera. ¿Te refieres
a vomitar de asco?
—¿A qué otra cosa
podría referirme?
—A intentar tragar
tanto que te provocara arcadas.
—No. Me refería a
asco.
—No vas a vomitar de
asco.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque comerse una
polla es muy agradable. Lo vas a disfrutar. Nada de vómitos.
—No puedes estar
seguro de que lo vaya a disfrutar.
—Luis. En cuanto
empieces a chupar se te pondrá la polla como una piedra. Y cuando lleves un
rato no querrás parar.
Lo miré, nada
convencido.
—¿Qué te preocupa?
¿Que te guste o que no te guste? Si no te gusta, perfecto. Será una tarea que
harás una sola vez y por la que serás recompensado. Si te gusta, perfecto
también. Porque disfrutarás, recibirás dinero y encima podremos repetir otro
día y ganarás aún más dinero. Es una situación win-win.
No podía aplazarlo
más. Me pregunté si lo que en realidad quería era negarme y me contesté que
para nada. Doscientos euros por mamarle la polla a un amigo era un buen trato.
No era un desconocido. Era alguien que se preocupaba por mí. Que había evitado
que nos desahuciaran, a mi familia y a mí. Podía hacer aquello. Había cosas
mucho peores.
Me arrodillé delante
de su miembro y sin darme tiempo a más ceremonias Samuel me golpeó con él en
los labios. Me mojó la cara de precum.
—Abre la boca. No lo
pospongas.
—Vale.
Abrí la boca y le
chupé el prepucio. El sabor del precum no era para nada desagradable. La
sensación era extraña, eso sí.
Me vinieron a la
mente todas las mamadas que había visto en el porno y me di cuenta de que lo
había visto suficientes veces como para ser un experto en la materia. Además,
sabía exactamente por qué no me gustaba que mi mujer me la chupara. Me hacía
daño. Alguna vez había intentado explicarle cómo debía hacerlo para no clavarme
los dientes al bajar. Pero ella no aprendía y habíamos sacado las mamadas de
nuestra vida sexual. Me dije que yo no le haría daño a Samuel. Tenía que
mamársela de puta madre para que me dejara repetir otro día. Si no encontraba
trabajo pronto, tendría que depender de aquello más veces.
Emulando a todas las
tías cerdas sedientas de polla del porno me fui metiendo cada vez más rabo en
la boca. Me di cuenta de que no me daba asco. Como Samuel había dicho, era
agradable. Cuando dejé de analizar cada paso que daba es cuando empecé a
disfrutar de verdad y cuando por fin me empalmé. Lo había estado esperando
porque Samuel me lo había advertido pero no creí que llegara a pasar. Que me
excitara comer un rabo. Pero una vez empalmado me entraron más y más ganas de
seguir mamando.
—Sácate la polla.
Puedes hacerte un pajote mientras mamas. Lo estás deseando.
Obedecí.
—La comes de puta
madre, Luis.
Me gustó que me
dijera aquello. Terminé de sacarme la polla y me pajeé muy despacio mientras se
la mamaba cada vez más profundamente.
—Así... Me gusta. Te
lo tomas con calma.
Me saqué su rabo de
la boca para decir:
—Quiero que dure.
—¿Por qué?
—Para que te valga la
pena pagar esos doscientos.
—Verte amorrado a mi
polla y disfrutando ya los vale.
Volví a comer rabo
cada vez más contento de que aquello estuviera sucediendo. Descubrí que me
gustaba mamarle la polla a Samuel. Me gustaban las cosas que me decía. Me
gustaba que le gustara verme mamar. Aquello era sumamente inesperado pero muy
placentero.
Al cabo de un rato me
sentía tan cómodo que me parecía increíble que aquella fuera mi primera vez. Y
a Samuel también. La verga de mi amigo era gorda, bastante más gorda que la
mía, y aún así se la mamaba sin que mis dientes la rozaran. Me pregunté por qué
le costaba tanto a mi mujer con lo fácil que era aquello. Mi cabeza subía y
bajaba por su troncho sin detenerse ni un momento y utilizaba el exceso de baba
que fabricaba para empaparle los cojones, los cuales acariciaba con una mano al
mismo tiempo, dando pequeños tirones a aquellos huevarros de vez en cuando para
dejar más polla a mi disposición. Con la otra mano me zurraba un pajote
riquísimo, deteniéndome cada vez que sentía la corrida cercana porque, como le
había dicho a Samuel, quería que aquello durara.
—Así… Qué cabrón.
Cómo la chupas... Ufff, qué bueno.
Escucharle alabar mi
destreza me ponía mucho. Sentía mi polla endurecerse más entre mis dedos cada
vez que me halagaba, cada vez que oía su voz.
—Jodeeeeer. Buena
boca, sí señor. Siempre sospeché que podías ser un mamón de primera. ¿Te gusta
mi rabo?
Asentí, mamando,
mamando, mamando.
—Asiiii, traga polla.
Puedes llegar más abajo.
Sus dedos se posaron
en mi cabello e hicieron un poco de presión. Abrí bien la garganta para recibir
más carne.
—Muy bieeeeen. Buena
boca. Sigue así.
Cuando llegaba más
abajo la pollaca de Samuel se endurecía más y un chorrazo de precum venía a
sumarse a mi saliva. Aquello estaba delicioso. Empecé a bajar más y más para
recibir esos regalos.
—Uffff, si llego a
saber qué serías tan bueno lo hubiéramos hecho mucho antes. Qué cabrón. Qué
bien la mamas, jodeeeeeer.
Samuel me hizo girar
un poco la cabeza para que su polla empujara mi mejilla hacia fuera y me dio
golpecitos en el cachete dándolos por ende en su propia polla. Sentí como le
salía otro chorrazo de precum.
—Vamos hacia la
rectal final. Me tienes muy cerdo, Luis. Te voy a preñar la boca. ¿Quieres
leche?
Claro que quería
leche. Me gustaba tanto su precum que me moría por sentir salir y saborear su
leche.
—Tengo un montón para
ti. Estoy a reventar. Mama y no pares. Mama. Asiiiiii, muy bien. Bien adentro.
Me di cuenta de que
saber que se acercaba el momento me había puesto cardiaco. El pajote que me
estaba zurrando se había acelerado sólo. Cada vez me pajeaba más deprisa sin
poder controlarlo. También subía y bajaba por su trocho más rápidamente,
tragaba más y más profundo, como descontrolado. El cuerpo me temblaba, los
labios me temblaban. Su polla se puso descomunal. Sentía sus venotas, su pollón
me llenaba toda la boca. Era delicioso.
—Asiiii, chupa
cabrón. Traga polla. Me voy a correr bien dentro. Te vas a tragar toda mi lefa.
Mamaba, mamaba,
mamaba. Estaba como ido. Era fabuloso.
—Traga, traga, traga.
Ya, ya, ya me viene. Ya, yaaaaaaaaaaa...
La lefa comenzó a
salir disparada dentro de mi boca y mi polla explotó a la vez. Cada trallazo de
su leche espesa fue acompañado por uno mío, como si su lefa entrara en mí por
arriba y yo la expulsara por abajo. Perdí las fuerzas mientras tragaba su semen
y derramaba el mío. Estaba gimiendo de gozo. Samuel respiraba entrecortadamente
y su leche seguía saliendo sin parar, su rabo empotrado hasta mi garganta.
Me gustó el sabor de
su lefada. En realidad me encantó toda la experiencia, para qué voy a negarlo.
Cuando su polla
perdió la erección le pedí que me dejara tumbarme en el sofá e hice que
colocara su vergota flácida en mis labios. No había tenido suficiente.
Necesitaba más polla. Le agarré el miembro y le pasé la lengua por el glande
mientras tiraba de él como si lo ordeñara. Me regaló unos últimos goterones de
semen que saboreé encantado. Samuel me acariciaba la cara.
—Creo que nos hemos
quedado los dos a gusto —dijo.
—Ha sido fabuloso
—contesté, sin poder ni querer ocultar lo bien que me sentía y lo mucho que me
había gustado chupársela.
Una vez vestidos,
Samuel me sirvió un whisky con cola y se sentó a mi lado, dejando caer una mano
sobre mi pierna. Me sentía genial teniéndolo tan cerca.
—Hoy vas a pagarme,
pero las próximas veces lo haremos sin dinero de por medio. No puedo cobrarte
por esto. Lo he pasado demasiado bien —le dije.
—Al contrario. Te voy
a pagar por todo. Vas a ser mi puta. No a tiempo completo porque tienes
responsabilidades que atender, pero me harás todo lo que te pida y tendremos un
precio pactado para cada cosa. Independientemente de lo bien o lo mal que te lo
pases. Quiero follarte y no sabes si te va a gustar.
—Me gustará.
—El dinero lo hará
más fácil cuando al día siguiente te acuerdes de toda mi familia al no poder
sentarte. Y además, tú necesitas ese dinero.
Samuel cogió su móvil
y escribió en la aplicación de notas "Mi puta personal".
Después apuntó "Mamada con lefada en la
boca, 250".
—Se ve que te ha
gustado. Has incrementado mi tarifa.
—Esa boca bien lo
merece.
Le pasé un brazo por
debajo de la espalda y descansé la cabeza en su barriga.
—¿Cuanto quieres por
correrte tú en mi boca?
—¿Vas a pagarme por
eso?
—Ya te lo he dicho.
Voy a pagarte por todo.
—Pues ponle también
250. Una mamada es una mamada, da igual quien la haga.
—Apuntado. ¿Te parece
bien 500 por la follada? Pero me correré dentro. Y lo haremos a pelo.
—Cualquier cosa que
digas me parece perfecta. Me gusta tu voz.
—Y quinientos más si
me follas tú.
—Suena bien...
Mientras él seguía
apuntando tarifas y haciendo números yo cerré los ojos y me fui quedando
dormido.
La vida, de pronto, había dejado de darme tanto
miedo. Si te ha gustado el relato, por favor considera comprar el ebook
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