viernes, 13 de mayo de 2016

Loser, el relato erótico de un perdedor que cambiará sexo por dinero. Temática gay

Loser: Y otros relatos eróticos de temática gay

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Loser



Lo siguiente es un relato de ficción. Lo que en él acontece nunca sucedió.

Nos conocíamos desde niños. Habíamos crecido en el mismo vecindario e ido a la misma escuela. Durante unos años fuimos buenos amigos. Después nos distanciamos. Él es un ganador. El éxito le sigue en todo lo que emprende. Tiene dinero a espuertas y se codea con gente importante. Yo soy un perdedor. Apenas consigo sacar a mi familia adelante, me gusta el juego (empieza a convertirse en un problema) y bebo demasiado (ya es un problema desde hace años).
Hace unos meses mi situación económica se convirtió también en un problema. Si no conseguía dinero pronto, iba a que tener que desalojar el piso donde vivo con mi mujer y mis tres hijos. Estaba completamente desesperado así que me presenté en el pedazo chalet de Samuel, el ganador del que os hablaba, para pedirle prestado algo de dinero.
Samuel me invitó a una cerveza y me senté en su salón de ensueño, súper nervioso. Mantuvimos una conversación intrascendente hasta que no pude más y le dije el motivo de mi visita.
—¿De cuanto dinero estamos hablando?
—Unos mil doscientos euros.
Samuel negó con la cabeza. Yo sabía que eso era calderilla para él.
—Te lo devolveré enseguida que pueda. Estoy seguro de que voy a encontrar un trabajo. Con lo que me muevo tiene que salirme algo ya. Está al caer.
—Me encantaría ayudarte pero tengo por norma no prestar dinero jamás. A nadie.
—¿Y no puedes hacer una excepción por una vez? Vamos a perder la casa.
—¿Has dicho que estás sin trabajo?
—Sí, pero es algo momentáneo.
—Lo digo porque no presto dinero, pero puedo pagarte si trabajas para mí.
Me quedé mirándolo con cara de idiota. No se me había ocurrido pedirle un trabajo.
—¿Haciendo qué? —Dije, cuando me recuperé de la sorpresa.
—Ni idea. Haré una lista con todas las cosas que necesito que estén hechas esta semana. Añadiré tareas hasta llegar a los 1200 que necesitas. De hecho, añadiré algunas más, por si hay alguna con la que no te sientas cómodo.
—¿Pero qué tipo de tareas?
—De todo. Desde limpiarme el coche hasta ir a recoger a mi hijo al colegio o quedarte con él el fin de semana. Recados como hacer la compra o reservarme un vuelo. Apuntaré todo lo que pueda delegar y tú lo harás. ¿Te parece bien?
—Me parece fabuloso.
—Te pagaré ahora, por adelantado, y así todo solucionado. Vamos al ordenador y me pasas tu número de cuenta.
Le estuve tremendamente agradecido. Me ocupé de todas las tareas que me encomendó durante las siguientes dos semanas. No hubo ninguna con la que no me sintiera cómodo y cuando todo estuvo hecho, Samuel me dio 300 euros extra.
—Si te surgen más trabajos, llámame —le pedí.
—No creo. Estos los tuve que buscar debajo de las piedras.
—Bueno. Gracias de todas formas. Me has salvado la vida.
Pasaron algunas semanas. No encontré trabajo y me gasté el dinero sobrante de lo que me había dado Samuel en largas e infructuosas sesiones de desesperación en las máquinas tragaperras del salón de juegos de mi barrio.
Una noche me presenté en su casa un poco borracho esperando que me diera trabajo.
—Te dije que eso no se repetiría —me recordó, mirándome con cierta lástima.
—Si tuviera más opciones no vendría a molestarte.
—Ya. Pero no puedo prestarte dinero, ya lo sabes. Y no tengo más trabajos que darte.
—¿No te vas fuera? Puedo hacerte de niñera.
—Este mes se lo queda mi ex mujer.
—Oh...
—Será mejor que te vayas, Luis.
—Joder. Haré lo que sea. Puedo matar a alguien si lo necesitas.
—No digas locuras.
—¿De verdad no hay nada que pueda hacer por ti? Lo que sea. Lo haré encantado. Ya lo sabes.
Samuel me miró con un destello de interés pero luego señaló la puerta.
—Ve a casa y mañana por la mañana sigue buscando un curro decente.
—¿Qué ibas a ofrecerme?
—Nada.
—Lo he visto en tu mirada. Tenías algo en mente. ¿Qué?
Samuel se hizo de rogar. Dio un par de vueltas por el salón, pensativo. Después volvió a señalar la puerta.
—Vete. No es buena idea.
—Déjame decidirlo a mí.
—Me odiarás si te lo digo.
—Te juro que no. ¿Qué es?
Samuel miró hacia el techo y suspiró.
—De acuerdo. Ya que insistes...
—Dime.
—Puedo pagarte... —me miró con culpabilidad, incluso se ruborizó un poco. —Puedo pagarte por sexo.
Me lo quedé mirando sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
—Joder, Luis. No me hagas explicarlo.
—Explícamelo. Si voy a hacerlo tengo que saber de qué estamos hablando.
—Vale. En principio podemos pactar... que me hagas una mamada.
—¿Por cuanto?
—No lo sé. ¿Por cuanto estarías dispuesto a hacerlo?
—¿Cuanto estarías dispuesto tú a pagar? Te diré si es suficiente.
—Veamos... —Samuel se puso en modo hombre de negocios. —Cien euros me parece poco porque tienes mujer e hijos y me pondrá muy cerdo que me la coma un hetero. Además, te conozco desde hace muchos años y esto será denigrante para ti. Y encima lo haremos sin condón. No te preocupes, estoy sano. Pero me correré en tu boca. Y tendrás que tragártelo todo para mí. ¿Doscientos te parece bien?
—Cojonudo.
—¿En serio?
—¿Tenemos trato? ¿Me darás doscientos?
—Claro.
Nos dimos un apretón de manos para sellar el pacto.
—Habría aceptado cincuenta —le confesé.
—Yo habría llegado hasta quinientos —me confesó él.
—¿No podemos renegociar?
—Me temo que no. Pero no tiene por qué ser el único pacto al que lleguemos.
—¿Y cuándo...?
—Ahora, por supuesto. ¿Conoces a alguien capaz de posponer una mamada?
—Yo.
—Pues eso será porque no te la maman bien.
Samuel se dejó caer en su carísimo sofá de cuero y se bajó la bragueta.
—Joder, qué prisa tienes, ¿no?
—¿Quieres que te dé tiempo para pensártelo?
—No. No hay nada que pensar. Necesito el dinero.
—Entonces ven aquí.
Se acabó de desabrochar el pantalón y se lo bajó junto con el slip hasta los tobillos. Ya estaba completamente empalmado el tío.
—Pensé que primero...
—¿Qué?
—Hablaríamos un rato.
—¿Qué dices?
—Que tomaríamos quizá una copa.
—Luis. No es una jodida cita. Me vas a comer la polla y te voy a pagar por ello.
—Ya, ya lo sé. Pero no es como si no nos conociéramos. Fuimos a clase juntos.
—A ver. Nos tomaremos esa copa luego. Pero ahora tienes que venir, ponerte de rodillas y empezar a tragar rabo si quieres el dinero.
—Claro. Quiero el dinero.
—Pues venga. De rodillas y a comer.
Toda aquella conversación se dio, evidentemente, porque estaba nervioso. Nunca me había comido una polla. De crío había intentado llegarme a la mía un par de veces sin ningún éxito y ese pensamiento fue el que me vino a la mente al ver la polla dura que me esperaba. Pensé que si sabía que no me daría asco chuparme mi propia polla no tenía por qué darme asco mamar la de otro. Pero la idea no me atraía en absoluto. Tampoco había probado semen. Muchas veces había estado tentado mientras me pajeaba de probar el mío. Pensaba, hoy lo hago. Pero en cuanto me corría se me pasaban por completo las ganas de llevarme aquello a los labios.
—¿Qué pasa si te vomito en la polla? —Le pregunté de pronto.
—Eso me la pondría muy dura.
—¿Por qué?
—Espera. ¿Te refieres a vomitar de asco?
—¿A qué otra cosa podría referirme?
—A intentar tragar tanto que te provocara arcadas.
—No. Me refería a asco.
—No vas a vomitar de asco.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque comerse una polla es muy agradable. Lo vas a disfrutar. Nada de vómitos.
—No puedes estar seguro de que lo vaya a disfrutar.
—Luis. En cuanto empieces a chupar se te pondrá la polla como una piedra. Y cuando lleves un rato no querrás parar.
Lo miré, nada convencido.
—¿Qué te preocupa? ¿Que te guste o que no te guste? Si no te gusta, perfecto. Será una tarea que harás una sola vez y por la que serás recompensado. Si te gusta, perfecto también. Porque disfrutarás, recibirás dinero y encima podremos repetir otro día y ganarás aún más dinero. Es una situación win-win.
No podía aplazarlo más. Me pregunté si lo que en realidad quería era negarme y me contesté que para nada. Doscientos euros por mamarle la polla a un amigo era un buen trato. No era un desconocido. Era alguien que se preocupaba por mí. Que había evitado que nos desahuciaran, a mi familia y a mí. Podía hacer aquello. Había cosas mucho peores.
Me arrodillé delante de su miembro y sin darme tiempo a más ceremonias Samuel me golpeó con él en los labios. Me mojó la cara de precum.
—Abre la boca. No lo pospongas.
—Vale.
Abrí la boca y le chupé el prepucio. El sabor del precum no era para nada desagradable. La sensación era extraña, eso sí.
Me vinieron a la mente todas las mamadas que había visto en el porno y me di cuenta de que lo había visto suficientes veces como para ser un experto en la materia. Además, sabía exactamente por qué no me gustaba que mi mujer me la chupara. Me hacía daño. Alguna vez había intentado explicarle cómo debía hacerlo para no clavarme los dientes al bajar. Pero ella no aprendía y habíamos sacado las mamadas de nuestra vida sexual. Me dije que yo no le haría daño a Samuel. Tenía que mamársela de puta madre para que me dejara repetir otro día. Si no encontraba trabajo pronto, tendría que depender de aquello más veces.
Emulando a todas las tías cerdas sedientas de polla del porno me fui metiendo cada vez más rabo en la boca. Me di cuenta de que no me daba asco. Como Samuel había dicho, era agradable. Cuando dejé de analizar cada paso que daba es cuando empecé a disfrutar de verdad y cuando por fin me empalmé. Lo había estado esperando porque Samuel me lo había advertido pero no creí que llegara a pasar. Que me excitara comer un rabo. Pero una vez empalmado me entraron más y más ganas de seguir mamando.
—Sácate la polla. Puedes hacerte un pajote mientras mamas. Lo estás deseando.
Obedecí.
—La comes de puta madre, Luis.
Me gustó que me dijera aquello. Terminé de sacarme la polla y me pajeé muy despacio mientras se la mamaba cada vez más profundamente.
—Así... Me gusta. Te lo tomas con calma.
Me saqué su rabo de la boca para decir:
—Quiero que dure.
—¿Por qué?
—Para que te valga la pena pagar esos doscientos.
—Verte amorrado a mi polla y disfrutando ya los vale.
Volví a comer rabo cada vez más contento de que aquello estuviera sucediendo. Descubrí que me gustaba mamarle la polla a Samuel. Me gustaban las cosas que me decía. Me gustaba que le gustara verme mamar. Aquello era sumamente inesperado pero muy placentero.
Al cabo de un rato me sentía tan cómodo que me parecía increíble que aquella fuera mi primera vez. Y a Samuel también. La verga de mi amigo era gorda, bastante más gorda que la mía, y aún así se la mamaba sin que mis dientes la rozaran. Me pregunté por qué le costaba tanto a mi mujer con lo fácil que era aquello. Mi cabeza subía y bajaba por su troncho sin detenerse ni un momento y utilizaba el exceso de baba que fabricaba para empaparle los cojones, los cuales acariciaba con una mano al mismo tiempo, dando pequeños tirones a aquellos huevarros de vez en cuando para dejar más polla a mi disposición. Con la otra mano me zurraba un pajote riquísimo, deteniéndome cada vez que sentía la corrida cercana porque, como le había dicho a Samuel, quería que aquello durara.
—Así… Qué cabrón. Cómo la chupas... Ufff, qué bueno.
Escucharle alabar mi destreza me ponía mucho. Sentía mi polla endurecerse más entre mis dedos cada vez que me halagaba, cada vez que oía su voz.
—Jodeeeeer. Buena boca, sí señor. Siempre sospeché que podías ser un mamón de primera. ¿Te gusta mi rabo?
Asentí, mamando, mamando, mamando.
—Asiiii, traga polla. Puedes llegar más abajo.
Sus dedos se posaron en mi cabello e hicieron un poco de presión. Abrí bien la garganta para recibir más carne.
—Muy bieeeeen. Buena boca. Sigue así.
Cuando llegaba más abajo la pollaca de Samuel se endurecía más y un chorrazo de precum venía a sumarse a mi saliva. Aquello estaba delicioso. Empecé a bajar más y más para recibir esos regalos.
—Uffff, si llego a saber qué serías tan bueno lo hubiéramos hecho mucho antes. Qué cabrón. Qué bien la mamas, jodeeeeeer.
Samuel me hizo girar un poco la cabeza para que su polla empujara mi mejilla hacia fuera y me dio golpecitos en el cachete dándolos por ende en su propia polla. Sentí como le salía otro chorrazo de precum.
—Vamos hacia la rectal final. Me tienes muy cerdo, Luis. Te voy a preñar la boca. ¿Quieres leche?
Claro que quería leche. Me gustaba tanto su precum que me moría por sentir salir y saborear su leche.
—Tengo un montón para ti. Estoy a reventar. Mama y no pares. Mama. Asiiiiii, muy bien. Bien adentro.
Me di cuenta de que saber que se acercaba el momento me había puesto cardiaco. El pajote que me estaba zurrando se había acelerado sólo. Cada vez me pajeaba más deprisa sin poder controlarlo. También subía y bajaba por su trocho más rápidamente, tragaba más y más profundo, como descontrolado. El cuerpo me temblaba, los labios me temblaban. Su polla se puso descomunal. Sentía sus venotas, su pollón me llenaba toda la boca. Era delicioso.
—Asiiii, chupa cabrón. Traga polla. Me voy a correr bien dentro. Te vas a tragar toda mi lefa.
Mamaba, mamaba, mamaba. Estaba como ido. Era fabuloso.
—Traga, traga, traga. Ya, ya, ya me viene. Ya, yaaaaaaaaaaa...
La lefa comenzó a salir disparada dentro de mi boca y mi polla explotó a la vez. Cada trallazo de su leche espesa fue acompañado por uno mío, como si su lefa entrara en mí por arriba y yo la expulsara por abajo. Perdí las fuerzas mientras tragaba su semen y derramaba el mío. Estaba gimiendo de gozo. Samuel respiraba entrecortadamente y su leche seguía saliendo sin parar, su rabo empotrado hasta mi garganta.
Me gustó el sabor de su lefada. En realidad me encantó toda la experiencia, para qué voy a negarlo.
Cuando su polla perdió la erección le pedí que me dejara tumbarme en el sofá e hice que colocara su vergota flácida en mis labios. No había tenido suficiente. Necesitaba más polla. Le agarré el miembro y le pasé la lengua por el glande mientras tiraba de él como si lo ordeñara. Me regaló unos últimos goterones de semen que saboreé encantado. Samuel me acariciaba la cara.
—Creo que nos hemos quedado los dos a gusto —dijo.
—Ha sido fabuloso —contesté, sin poder ni querer ocultar lo bien que me sentía y lo mucho que me había gustado chupársela.
Una vez vestidos, Samuel me sirvió un whisky con cola y se sentó a mi lado, dejando caer una mano sobre mi pierna. Me sentía genial teniéndolo tan cerca.
—Hoy vas a pagarme, pero las próximas veces lo haremos sin dinero de por medio. No puedo cobrarte por esto. Lo he pasado demasiado bien —le dije.
—Al contrario. Te voy a pagar por todo. Vas a ser mi puta. No a tiempo completo porque tienes responsabilidades que atender, pero me harás todo lo que te pida y tendremos un precio pactado para cada cosa. Independientemente de lo bien o lo mal que te lo pases. Quiero follarte y no sabes si te va a gustar.
—Me gustará.
—El dinero lo hará más fácil cuando al día siguiente te acuerdes de toda mi familia al no poder sentarte. Y además, tú necesitas ese dinero.
Samuel cogió su móvil y escribió en la aplicación de notas "Mi puta personal".
 Después apuntó "Mamada con lefada en la boca, 250".
—Se ve que te ha gustado. Has incrementado mi tarifa.
—Esa boca bien lo merece.
Le pasé un brazo por debajo de la espalda y descansé la cabeza en su barriga.
—¿Cuanto quieres por correrte tú en mi boca?
—¿Vas a pagarme por eso?
—Ya te lo he dicho. Voy a pagarte por todo.
—Pues ponle también 250. Una mamada es una mamada, da igual quien la haga.
—Apuntado. ¿Te parece bien 500 por la follada? Pero me correré dentro. Y lo haremos a pelo.
—Cualquier cosa que digas me parece perfecta. Me gusta tu voz.
—Y quinientos más si me follas tú.
—Suena bien...
Mientras él seguía apuntando tarifas y haciendo números yo cerré los ojos y me fui quedando dormido.
La vida, de pronto, había dejado de darme tanto miedo. 

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