Por favor, si te gusta el relato que vas a leer, considera comprar el ebook donde viene publicado junto con otros relatos eróticos gay en una de estas tiendas:
amazon
Google Play
iBooks de Apple
Kobo
Smashwords
El p… amo
I
Mi mejor cuatrimestre
en la universidad fue el que comenzó en septiembre de 2015, cuando acababa de
cumplir los 21. Creo que los astros se alinearon para que las asignaturas no
fueran duras, tuviera un montón de tiempo libre y los profes fueran súper buenos.
Alguno, como el de educación física, no sólo lo era, también lo estaba.
Me gusta mucho que me
usen, que me cerdeen, que me metan los pies en la boca, me ahoguen con bóxers o
slips bien sucios, que me meen, me metan artilugios demasiado grandes por el culo
y en el fondo, que me humillen. Si me cae alguna hostia, mejor. Más cerdo me
pone. Y se me metió entre ceja y ceja que todo eso y mucho más lo hiciera
conmigo Jorge, el profe de educación física que intentaba enseñarnos a ser más
inclusivos en esa materia con nuestros futuros alumnos. Yo me pasaba la parte
teórica de cada clase sin enterarme absolutamente de nada, imaginando a mi
profe abriéndome el culo con cuatro dedos llenos de aceite con la facilidad con
la que se abre un coño. La parte práctica de la clase la pasaba todo lo cerca
que podía de él. Me presentaba voluntario para colocar o recoger el material,
quería ser su mano derecha... para que me metiera bien dentro su mano derecha.
A veces le soltaba
frases con doble sentido, procurando que mis compañeros no me escucharan. Pero
Jorge o no se enteraba de nada o se hacía el loco.
Teníamos clase con él
los miércoles y los viernes y después de dos meses de no conseguir ningún
avance empecé a desesperarme. Ese pedazo cabrón tenía que hacerme suyo. Tenía
que destrozarme el culo.
Uno de esos viernes,
viendo que iba a irme a casa otro fin de semana con un dolor de huevos brutal
después de su clase, me ofrecí a ayudarle a llevar los balones al coche. Los
viernes se llevaba todo lo que podía porque el material le desaparecía con
demasiada frecuencia.
—Eres muy amable,
Jaime. Nadie hace lo que tú.
—Eso puedes jurarlo.
Si supieras lo que me entra por la boca fliparías.
—Hablas de
bocadillos, supongo.
—Sí... Bocadillos...
Bocadillos de carne en barra con salsa de yogur en la punta.
—¿Kebabs? A mí
también me gustan —dijo. —Y tengo la suerte de quemarlo todo en el trabajo.
No había manera. La
única solución era entrarle directamente, blanco y en botella.
—Jorge, me gustaría
que me violaras.
El profe metió una
red llena de pelotas de baloncesto en su furgo y luego me miró un rato largo.
Parecía atónito.
—¿Puedes repetir eso,
Jaime? No sé qué estaría pensando pero no quieras saber lo que he entendido.
—Quiero que me lleves
a tu casa, me ates a la cama, me llenes el orto de nata o cualquier otra cosa
que tengas en la nevera y me revientes el culo a pollazos. Quiero que después
me metas la polla en la boca, aunque la hayas sacado llena de mierda, que me la
metas por la fuerza en la boca para que te la deje bien limpia. Quiero que te
sientes encima de mi boca y de mi nariz y me ahogues de culo, y si te sueltas
algún pedo largo y sonoro, mejor que mejor. Quiero que me cerdees, que me hagas
todo lo que se te ocurra. Que me mees en la cara, que me metas un bate de béisbol
por el culo mientras me tiras del pelo. Que me hagas todo lo que jamás te
atreverías a hacerle a nadie más. Quiero ser tuyo.
Jorge tragó saliva.
Se le habían ido abriendo los ojos más y más mientras me oía decir todo
aquello.
—Este fin de semana
estoy solo en casa —dijo tímidamente. —Pero no sé si voy a ser capaz de hacer
todo eso.
—Yo te ayudaré.
¿Tienes los cojones sudados?
—¿Qué?
—Que si te han sudado
los cojones.
—Sí, creo que sí.
—Sóbatelos bien
sobaos y luego dame la vuelta, pégame bien a tu cuerpo y cúbreme la nariz con
la misma mano.
Jorge miró alrededor.
No había nadie más en el aparcamiento. Se metió la mano en los huevos y se los
magreó bien magreaos delante de mí. Después me agarró demasiado suave para mi
gusto, me plantó el cipotón que le se estaba poniendo monstruoso en la raja del
culo y me plantó la mano en la jeta, cubriéndome casi toda la cara. El olor a
cojones rancios era increíble. Tan apestoso como apetitoso. Se me hizo la boca agua.
—¿Te vienes entonces
a mi casa? —Me preguntó el profe al oído.
—Sólo si me obligas a
quedarme todo el fin de semana.
II
Mientras Jorge
conducía le fui tocando la polla. Todo el camino. Al profe le había gustado mi
propuesta para el finde. Estuvo trempado y bien trempado todo el puto recorrido
de 40 minutos entre la universidad y su casa en las afueras.
Aparcó en la calle y
me pidió que entrara deprisa. No quería que me vieran sus vecinos.
Una vez a salvo de
miradas indiscretas me preguntó si podía hacerme algo de cenar.
—No, joder. Lo único
que me vas a hacer comer es tu polla.
—Vale...
—Métetelo en la puta
cabeza de una vez. Soy tu puta. Trátame como a tu puta.
—Vale. Pero no hace
falta que me hables así.
—Pues dame una
hostia.
—¿Qué?
—Demuéstrame cómo
tengo que hablarte.
Jorge me dio una
palmadita en la mejilla.
—¿Así?
Me reí en su puta
cara.
—¿Pero qué clase de
maricón eres tú? ¡Dame fuerte, joder!
Mi profe me dio una
dubitativa bofetada.
—¿Mejor?
—Joder. Será mejor
que lo dejemos. No te molestes en llevarme a casa. Cogeré un taxi.
Me fui para la
puerta. Jorge me cogió del hombro y me dijo:
—¡Espera, por favor!
¡Lo haré mejor!
—Pero... ¡No puedes
pedirme nada por favor, joder! ¿Es que eres imbécil?
Esta vez me dio una
torta en condiciones. Sonreí. Pero en vez de decir que íbamos mejorando le metí
más caña.
—Si así es como vas a
tratarme, eunuco de mierda, yo mejor...
¡ZAS!
De la hostia que me
dio me giró la cara y hasta perdí el equilibrio. Literalmente vi las estrellas.
Sentí el sabor de la sangre en la boca. Me debía haber cortado la lengua con un
diente. No dije nada para no cortarle el rollo, ahora que había despertado. Lo
miré con creciente respeto. Entonces abrió bien la otra mano y me metió otra
hostia en la otra mejilla que me lanzó de cabeza contra el mueble de la
cristalería. No rompí el cristal de la puerta con la cabeza de milagro.
En vez de preocuparse
por mi estado Jorge me agarró y me lanzó al sillón.
—¿Querías polla?
¡Pues tendrás polla!
Me bajó los
pantaloncillos que llevaba a educación física del tirón y se sacó el trabuco.
Lo tenía que daba miedo. Me cubrió con una furia iracunda que nunca le había
visto y me empezó a intentar meter rabo a palo seco.
—¿No vas a
lubricarme? —Le pregunté, nervioso.
Me cogió del pelo y
el tirón me hizo gritar.
—Cierra la puta boca.
No puedes hablar. Como digas algo más te daré tal tunda de hostias que no podrás
hablar más. Si me has entendido, asiente con la cabeza.
Asentí. La polla se
me estaba empezando a poner muy muy dura.
—No te mereces que te
lubrique. Te la voy a clavar bien seca.
Y a pelo. Grita si quieres. Les diré que estaba viendo una peli.
Y empujó todo el puto
trabuco contra mi tierno agujerito.
III
Estábamos tumbados
desnudos en la cama de matrimonio. Jorge me acariciaba lánguidamente una cacha
del culo.
—¿Puedo ser tierno
contigo por un rato? —Me preguntó.
—Ahora mismo te lo
agradecería.
Me miró con cara de
culpabilidad lo cual lo hacía parecer adorable.
—Dime que te ha
gustado. Por favor.
—No lo sé —contesté
sinceramente.
El culo me dolía
horrores. Había costado muchísimo que entrara toda esa polla sin ninguna ayuda.
Jamás había sentido un dolor semejante. Todavía me palpitaba toda la puta zona
y dudaba que pudiera sentarme el lunes al volver a clase.
—Si no lo sabes es
que no te ha gustado.
—Joder tío. Quería
hacerte sacar al cerdaco que llevas dentro, no al puto psicópata.
—Supongo que me he
dejado llevar.
—¿Dejado llevar? ¡Te
has pasado siete pueblos! Y lo de correrte dentro, tío. Joder. Se supone que
eres profesor. Alguna vez habrás dado una puta clase para que tus alumnos usen
protección.
—Por eso no te
preocupes. No te voy a pegar nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hace siglos
que sólo follo con mi mujer.
—Esto mejora por
momentos. ¿Estás casado?
—¿No lo sabías?
—¡Creía que eras
maricón! ¡Y maricón soltero! Nunca he estado con un casado. No quiero
problemas.
—Pues vaya puta
selecta estás tú hecho, ¿no?
Aunque estaba
cabreado aquello me hizo reír.
—Sí. Supongo que
envío mensajes contradictorios.
—Hazme una paja.
—¿Ya tienes ganas?
—Yo siempre tengo
ganas —mi profe me puso la mano sobre su polla tiesa.
Se la toqué un poco
pero sólo tenía ganas de dormir. De hecho, creo que me dormí. Me despertó con
una cachetada en la nalga que me dejó los dedos marcados.
—Se acabó la tregua,
señorito. Vas a zampar rabo. Y sin decir una puta palabra, ya sabes las normas.
Me hizo sentarme
contra el cabecero de la cama y me plantó el pollón en la boca.
—En serio. No me
apetece. No puedo estar sentado. Me duele una barbaridad el culo...
¡Zas! Hostia que te
crío.
—¡Te he dicho que no
hables!
Lo miré con un odio
visceral. Él me sonrió.
—Venga, no me mires
así. Te estoy dando lo que me habías pedido.
Asentí con la cabeza.
Joder, tenía razón. Me gustaba mucho que me follaran la boca a saco. Debía
ponerme bien cerdo y disfrutar de lo que me ofrecía. Estaba en su casa. Todo el
fin de semana. Era mi sueño hecho realidad. Llevaba meses tras ello.
—Vale. Dame rabo
hasta atragantarme. No hablaré más. Pero deja de darme hostias, coño. No puedo
más con eso.
Jorge me paseó la
vergota por la cara.
—Está bien. No más
guantazos. De todas formas tengo otra cosa mejor con la que torturarte.
Ni siquiera me hizo
pensar que aquello fuera a ser suave. Directamente me metió el manubrio hasta
la tráquea y empezó a darme polla salvajemente. Mi cabeza pegaba contra el
cabecero con cada arremetida. Me atraganté al principio pero a él le importaba
una mierda. Seguía metiendo polla a saco mientras yo intentaba sin éxito buscar
una posición cómoda. Al final opté por ponerme la almohada detrás de la cabeza.
Supongo que los vecinos debieron agradecer mi iniciativa.
Pronto comencé a
salivar como un condenado. Jorge tenía un pollón, bien lo sabía mi culo, y me
llenaba toda la puta boca de carne. No había sitio para mis babas que salían
disparadas por las comisuras cuando empujaba rabo hasta la garganta, que era
cada dos segundos. La saliva comenzó a resbalarme de la barbilla al pecho y a
hacer que su polla brillara a la luz de la mesita de noche. La baba quedaba
atrapada en los pelos de sus cojones y cuando ya había demasiada acumulada me
caía en el cuello a goterones. Por fin empecé a disfrutar. Ya empezaba a pensar
que había algún problema conmigo pero gracias a Dios todo volvía a funcionar.
Mis ganas de cerdear regresaron y mi polla se puso como una roca.
Jorge debió darse
cuenta de que me estaba gustando demasiado porque decidió hacérmelo pasar mal.
Arremetió con más ganas, dejándome sin respiración, y entonces me tapó la nariz
cerrándola fuerte con dos dedos. Cualquier posibilidad de respirar se fue a la
mierda. Durante un delicioso minuto me convertí en una máquina de babear. No
necesitaba respirar para vivir. Me bastaba con ser violado por la boca por
aquella polla descomunal. Jorge seguía cerrando la entrada de aire y bombeando
como un cabrón. Después de ese minuto glorioso me faltó el aire y empecé a
pegarle en las piernas. No me soltó la nariz. Se limitó a sacar un segundo la
polla para que tomara una bocanada de aire y volvió a meterla hasta el fondo de
mi garganta. Así pude aguantar casi otro minuto. Cuando sentía que estaba cerca
del desmayo volvía a darle en las piernas y Jorge me daba otro mini respiro. Yo
aprovechaba ese momento para sacar la baba de forma explosiva y dejar sitio
para un poco de aire. Luego lo atraía yo mismo para que siguiera torturándome
con su pedazo rabo.
No sé muy bien cómo
conseguí no vomitarle en la polla pero lo conseguí.
En determinado
momento me retiró el caramelo y se bajó de la cama. Volvió con el móvil y se
dispuso a grabar la follada bucal.
—No creo que sea
buena idea.
Me dio un tortazo por
hablar sin permiso pero esta vez no fue una hostia en toda regla.
—Como vuelvas a abrir
la boca te la parto.
Asentí. No me hacía
ninguna gracia que me grabara, su mujer podía verlo, pero aquello tenía
solución. Le cogería el móvil y borraría el vídeo cuando Jorge se durmiera.
—Sonríe. Esto lo va a
ver tu madre —me dijo. —A no ser que te portes bien y seas mi puta siempre que
me apetezca.
Joder. Cómo se había
metido en el papel el cabrón.
Me grabó desde todas
las posiciones recibiendo polla sin descanso y echando baba como un puto cerdo.
Hasta metió el móvil por debajo de su polla para grabar un primerísimo primer
plano de su miembro entrando hasta el fondo y saliendo goteando de mi boca y
haciendo hilos de baba. El móvil quedó completamente perdido. Seguro que habría
partes del vídeo que ni se verían.
De pronto se puso a
parlotear excitadísimo, como un crío el día de reyes.
—Hostia, hostia, esto
va a molar. Ya verás. Ya verás.
Se dio la vuelta sin
dejar de grabar y me plantó el culo en la cara. Me agarró la cabeza con fuerza
para que no pudiera retirarme y me ordenó que comiera. Con toda la cara babeada
metida en su puto culo le di lengua en el agujero de una forma muy puta y
golosa.
—Ya verás, ya verás.
Me afané en darle una
comida de culo que no pudiera olvidar. Conseguí a base de lengua poner a mi
profe a gemir como una perra. Y entonces cuando menos lo esperaba se tiró un
pedo larguísimo y bien sonoro en mi cara, manteniéndome la cabeza contra su
culo por la fuerza para que me lo tragara enterito.
El desgraciado se
puso a reír como si estuviera loco.
—Ja ja jaaaaa. Verás
la cara que se le quedará a tu madre cuando vea esto.
Me entraron ganas de
salir de allí pero me tenía bien agarrado. Cuando consideró que ya me había
dado suficiente culo se dio la vuelta y volvió a meterme polla a saco por la
boca, sin miramientos. Después de cinco o seis arremetidas muy muy fuertes se
dio cuenta de que estaba llorando. Me sacó la polla de la boca y me grabó la
cara.
—¿Qué te pasa? ¿Ha
sido demasiado para ti?
Asentí. Él me paseaba
el rabo bien mojado por la cara,
grabándolo todo con el móvil.
—Pero es lo que
querías. Díselo a tu madre. Es exactamente lo que me pediste. Querías que te
cerdeara. Me pediste un pedo en los morros, cuanto más largo mejor.
Volví a asentir.
—¿Entonces por qué
cojones lloras, puto maricón?
—¿Puedo hablar?
—Claro.
—Lloro porque me has
humillado. Esto funciona así. Cuanto más me humillas más disfruto. Quizá no
mucho ahora mismo. Pero disfrutaré muchísimo cuando lo recuerde. Y cuando el
culo no me duela tanto. Me estás dando cerca de un mes de riquísimos pajotes en
mi cuarto recordando lo que me hiciste. Eres mucho mejor de lo que esperaba
haciendo esto. Eres el puto amo. Tienes una polla y un puto cuerpo de
impresión. Lloro porque me ha dolido que me trates así. Pero también lloro
porque seguramente me acabe enamorando de ti. Me siento fatal pero estoy
genial.
—Me gustan tus
discursitos. Y parecías gilipollas cuando te compré.
Volvió a meterme la
polla hasta las trancas y a darme tralla hasta que, sin un puto aviso, se
corrió con toda la verga clavada hasta mi garganta, ahogándome literalmente de
lefa.
IV
El sábado nos
levantamos pronto. Dijo que tenía que irse a entreno y que podía jugar con las
consolas y atacar su nevera a placer.
—Si apareciera mi
mujer dile que eres mi ayudante y que has venido a echarme una mano con los
exámenes.
—Joder. ¿Tu mujer
puede aparecer?
—Lo más seguro es que
no, pero no será la primera vez que se pelea con sus padres y se vuelve antes
de tiempo.
Afortunadamente su
mujer no apareció y yo pasé el día jugando videojuegos, escribiendo wasaps a
mis amigos y curioseando por la casa.
A las siete de la
tarde el cabrón aún no había vuelto y me puse a ver una peli rarísima de
catástrofes. Debía ser de esas del canal de ciencia ficción de bajo presupuesto
porque no había visto cosa más absurda y mal hecha en mi vida. De tan mala que
era, era buena. Se había dado la vuelta. Como un calcetín.
A las nueve de la
noche, cuando ya empezaba a estar preocupado, apareció Jorge todo sudado.
—Joder. Has estado
fuera todo el puto día.
—Eh, niñato. Vigila
esa boca. No eres mi mujer. No te comportes como si lo fueras.
Me disculpé, mirando
al suelo. Él siguió:
—No entraba en mis
planes quedarme a comer allí. Ni entrenar toda la puta tarde. Pero el equipo da
asco. Verdadero asco. No nos vamos a comer una mierda en el campeonato.
—¿Estás cansado?
—Vengo reventao.
—Me... me encantaría
olerte los huevos todo sudaos.
—Ah, mira el
cabroncete. Le gustó el adelanto del aparcamiento.
—Te lo pedí yo,
¿recuerdas?
—Ven.
Me cogió de la mano y
me llevó al sillón. Se tumbó, se bajó un poco el cortísimo pantalón de deporte
y me hizo acostarme a su lado en la otra dirección y enterrar la cara en sus
cojones.
—No hagas nada más
que olerme los huevos. No me comas la polla, por dura que se ponga.
—¿Por qué?
—Porque he estado
todo el día medio trempado pensando en ti y si me la tocas me correré
enseguida. La tengo a reventar, te lo aseguro. Así que limítate a oler mis
cojones y a enterrar la nariz por ahí. Yo, mientras, te haré una mamada. Nunca
le he comido la polla a un tío y es algo que me da cierta curiosidad.
—Mmm, ¿y morbaco no?
—Morbaco también.
Aquella noche no hubo
humillaciones. Tuvimos sexo tranquilo pero muy satisfactorio. Y Jorge no la
mamaba nada mal. Aprendía rápido el cabrón.
V
El domingo su mujer
apareció cuando Jorge me estaba dando por el culo en la cama de matrimonio. Al
escuchar la puerta principal mi profe me la sacó tranquilamente y con una
sangre fría que me dejó con las patas colgando se puso una camiseta y un
pantalón de chándal y se fue descalzo a saludarla, con todo el trabuco marcado.
Yo me vestí a toda prisa y me puse con mi portátil que había dejado
estratégicamente en el escritorio por si aquello sucedía. Si entraba parecería que estaba trabajando.
Eso sí, la habitación olía a polla que tiraba de espaldas.
—Estamos corrigiendo
exámenes —escuché la voz de Jorge casi a mi espalda.
Me giré y saludé a su
mujer que se había asomado a la puerta del cuarto.
—¿Aquí? —Preguntó
ella, extrañada.
Cierto, el dormitorio
matrimonial no parecía el lugar más indicado para corregir exámenes. Jorge se
quedó mirándome sin saber qué decir. Yo señalé mi portátil.
—Era el único sitio
donde cogía el wifi. Pero si quieres lo intento de nuevo en el salón. A lo
mejor moviendo el módem...
—No, no, tranquilo
—me dijo la mujer de Jorge, con una sonrisa. —Puedes quedarte. Mientras no
husmees en el cajón de mis bragas... —bromeó.
Aunque por el tono
creo que aquello le hubiera molado. Jorge le mató la fantasía.
—Eso no lo haría ni
harto de vino. A este le molan los tíos.
—Ah. —Dijo la mujer,
un poco cortada.
—Muy bien, Jorge —le
dije, algo molesto. —Me encanta que vayan cantando a los cuatro vientos mis
preferencias sexuales.
—No hay nada malo en
que te guste que te peten el culo —dijo Jorge, tocándose disimuladamente el
paquete.
Su mujer ya se había
ido para el salón. Él la siguió. La escuché preguntarle si me había enfadado.
Jorge contestó que era todo puro cuento. Que todo el mundo sabía que yo era
maricón y que estaba muy orgulloso de serlo y era el primero en cantarlo a los
cuatro vientos. Aproveché el momento a solas para coger el móvil de Jorge y
borrar el vídeo de la follada bucal, primero del carrete y después definitivamente
de la papelera.
Me quedé con ellos el
resto del día. Le había dicho a Jorge que me llevara a casa cuando quisiera y
él me había contestado en voz baja que me llevaría por la noche para que se la
pudiera mamar en el coche sin peligro de que nos vieran. Al anochecer salimos
en dirección a mi casa y, como la última vez, le estuve tocando el rabaco todo
el camino. El tío no perdía nunca la erección. Paró cerca de un descampado
oscuro, se quitó toda la ropa y me estuvo metiendo los dedos de los pies en la boquita
mientras se pajeaba él solito y me pajeaba muerto de gusto también yo. Lo de
los pies se lo había pedido yo, claro.
En cierto momento me
dijo:
—Tengo un pedo súper
bestia a las puertas. ¿Quieres que te lo eche en la cara?
—Sí, por favor.
Aunque la furgo no
era lo que se dice cómoda consiguió colocarme todo el culazo en la nariz.
Preeeeeeeet. Pa pa
paaaaa.
Fue un pedo bestia
bestia.
Tuvimos que bajar las
ventanillas y todo.
VI
El miércoles
siguiente estuve toda la clase de educación física esperando que Jorge hiciera
algún gesto cómplice, que dijera algo que sólo yo fuera a entender, pero el
cabrón no me dio el gusto. Se comportaba como si el fin de semana nunca hubiera
existido. Pensé que quizá estaba esperando al final de la clase, a que se
fueran todos, pero el hijo de puta había quedado después para hacer unas
canastas con el profe de inglés (sabía que daba inglés aunque yo no lo había
tenido).
Estuve viéndolos
jugar hasta que me harté y me fui cabizbajo hacia la puerta del pabellón.
Entonces alguien me
tocó en el hombro. Me giré y ahí estaba él. Había venido a toda hostia al verme
marchar. Sonreí, halagado.
—No te vayas —me
ordenó Jorge.
—Vale.
—Siéntate a vernos
jugar. Cuando nos vayamos para el vestuario cuenta hasta doscientos y entonces
ven detrás.
—Mmm, juego de
espías. Me encanta.
Obedecí y estuve casi
una hora esperando a que se cansaran de lanzar. El profe de inglés tenía un
cuerpazo, pero era feo a rabiar. Y mira que yo soy de los que piensan que no
hay hombre feo. Que todos tienen su algo, aunque esté escondido bajo los
pantalones. Menos éste. Esté era realmente feo. Le daba un nuevo significado a
la palabra.
Por fin los vi dejar
en el cuartito la pelota y encaminarse hacia los vestuarios. No me apetecía
contar hasta doscientos así que puse el temporizador del móvil a cuatro
minutos. Mejor llegar un poco tarde que pronto.
Mientras pasaban los
minutos me magreé la polla, preguntándome qué me tendría preparado Jorge. ¿Se
iba a pajear delante del profe de inglés? ¿O sólo quería que los observara en
la ducha?
Cuando pasó el tiempo
me encaminé a los vestuarios. Los vi detrás de uno de los bancos bajos de
madera. Seguían vestidos. No parecía que hubiera nadie más. Sonreían y, cágate
en la perra, el profe de inglés se estaba tocando el bulto y parecía tener una
herramienta formidable. Al final se le podría perdonar que fuese tan feo.
Estaban viendo un
vídeo en el móvil de Jorge. Mi profe hizo un gesto para que me acercara y subió
el volumen. Escuché como me insultaba en el vídeo mientras me atragantaba de
rabo. Aquellos ruidos de escupir babas para conseguir respirar los hacía yo.
Era el vídeo del viernes por la noche.
—Pero si lo borré
—dije casi en un susurro.
—Imaginé que lo
harías y me lo envié por correo nada más terminar de grabarlo.
—¿Por qué?
—Para tenerte
disponible las veinticuatro horas del día. Vas a estar siempre dispuesto para
mí, vas a ser mío. O publicaré el vídeo en facebook para que lo vea toda tu
puta familia.
—¿Crees que me haría
eso a mí? —Le preguntó el profe de inglés a Jorge. —¡Cómo traga el cabrón!
—Claro que lo hará.
Por la cuenta que le trae. —Y mirándome a mí añadió: —Y puedes empezar ahora
mismo. Venga, de rodillas. A ver si te caben las dos juntas.
Obedecí,
completamente empalmado. Qué cabrón. Cómo me gustaba este tío. Era un Dios.
El puto amo.
Por favor, si te ha gustado el relato, considera comprar el ebook donde viene publicado junto con otros relatos eróticos gay en una de estas tiendas:
amazon
Google Play
iBooks de Apple
Kobo
Smashwords
¡Muchas gracias por tu apoyo! :)

No hay comentarios:
Publicar un comentario