miércoles, 25 de mayo de 2016

El p... amo. Un universitario al que le gusta que le cerdeen y humillen se liga a su profe de E. F

El p... amo. Un universitario al que le gusta que le cerdeen y humillen se liga a su profe de E. F

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El p… amo



I

Mi mejor cuatrimestre en la universidad fue el que comenzó en septiembre de 2015, cuando acababa de cumplir los 21. Creo que los astros se alinearon para que las asignaturas no fueran duras, tuviera un montón de tiempo libre y los profes fueran súper buenos. Alguno, como el de educación física, no sólo lo era, también lo estaba.
Me gusta mucho que me usen, que me cerdeen, que me metan los pies en la boca, me ahoguen con bóxers o slips bien sucios, que me meen, me metan artilugios demasiado grandes por el culo y en el fondo, que me humillen. Si me cae alguna hostia, mejor. Más cerdo me pone. Y se me metió entre ceja y ceja que todo eso y mucho más lo hiciera conmigo Jorge, el profe de educación física que intentaba enseñarnos a ser más inclusivos en esa materia con nuestros futuros alumnos. Yo me pasaba la parte teórica de cada clase sin enterarme absolutamente de nada, imaginando a mi profe abriéndome el culo con cuatro dedos llenos de aceite con la facilidad con la que se abre un coño. La parte práctica de la clase la pasaba todo lo cerca que podía de él. Me presentaba voluntario para colocar o recoger el material, quería ser su mano derecha... para que me metiera bien dentro su mano derecha.
A veces le soltaba frases con doble sentido, procurando que mis compañeros no me escucharan. Pero Jorge o no se enteraba de nada o se hacía el loco.
Teníamos clase con él los miércoles y los viernes y después de dos meses de no conseguir ningún avance empecé a desesperarme. Ese pedazo cabrón tenía que hacerme suyo. Tenía que destrozarme el culo.
Uno de esos viernes, viendo que iba a irme a casa otro fin de semana con un dolor de huevos brutal después de su clase, me ofrecí a ayudarle a llevar los balones al coche. Los viernes se llevaba todo lo que podía porque el material le desaparecía con demasiada frecuencia.
—Eres muy amable, Jaime. Nadie hace lo que tú.
—Eso puedes jurarlo. Si supieras lo que me entra por la boca fliparías.
—Hablas de bocadillos, supongo.
—Sí... Bocadillos... Bocadillos de carne en barra con salsa de yogur en la punta.
—¿Kebabs? A mí también me gustan —dijo. —Y tengo la suerte de quemarlo todo en el trabajo.
No había manera. La única solución era entrarle directamente, blanco y en botella.
—Jorge, me gustaría que me violaras.
El profe metió una red llena de pelotas de baloncesto en su furgo y luego me miró un rato largo. Parecía atónito.
—¿Puedes repetir eso, Jaime? No sé qué estaría pensando pero no quieras saber lo que he entendido.
—Quiero que me lleves a tu casa, me ates a la cama, me llenes el orto de nata o cualquier otra cosa que tengas en la nevera y me revientes el culo a pollazos. Quiero que después me metas la polla en la boca, aunque la hayas sacado llena de mierda, que me la metas por la fuerza en la boca para que te la deje bien limpia. Quiero que te sientes encima de mi boca y de mi nariz y me ahogues de culo, y si te sueltas algún pedo largo y sonoro, mejor que mejor. Quiero que me cerdees, que me hagas todo lo que se te ocurra. Que me mees en la cara, que me metas un bate de béisbol por el culo mientras me tiras del pelo. Que me hagas todo lo que jamás te atreverías a hacerle a nadie más. Quiero ser tuyo.
Jorge tragó saliva. Se le habían ido abriendo los ojos más y más mientras me oía decir todo aquello.
—Este fin de semana estoy solo en casa —dijo tímidamente. —Pero no sé si voy a ser capaz de hacer todo eso.
—Yo te ayudaré. ¿Tienes los cojones sudados?
—¿Qué?
—Que si te han sudado los cojones.
—Sí, creo que sí.
—Sóbatelos bien sobaos y luego dame la vuelta, pégame bien a tu cuerpo y cúbreme la nariz con la misma mano.
Jorge miró alrededor. No había nadie más en el aparcamiento. Se metió la mano en los huevos y se los magreó bien magreaos delante de mí. Después me agarró demasiado suave para mi gusto, me plantó el cipotón que le se estaba poniendo monstruoso en la raja del culo y me plantó la mano en la jeta, cubriéndome casi toda la cara. El olor a cojones rancios era increíble. Tan apestoso como apetitoso. Se me hizo la boca agua.
—¿Te vienes entonces a mi casa? —Me preguntó el profe al oído.
—Sólo si me obligas a quedarme todo el fin de semana.




II

Mientras Jorge conducía le fui tocando la polla. Todo el camino. Al profe le había gustado mi propuesta para el finde. Estuvo trempado y bien trempado todo el puto recorrido de 40 minutos entre la universidad y su casa en las afueras.
Aparcó en la calle y me pidió que entrara deprisa. No quería que me vieran sus vecinos.
Una vez a salvo de miradas indiscretas me preguntó si podía hacerme algo de cenar.
—No, joder. Lo único que me vas a hacer comer es tu polla.
—Vale...
—Métetelo en la puta cabeza de una vez. Soy tu puta. Trátame como a tu puta.
—Vale. Pero no hace falta que me hables así.
—Pues dame una hostia.
—¿Qué?
—Demuéstrame cómo tengo que hablarte.
Jorge me dio una palmadita en la mejilla.
—¿Así?
Me reí en su puta cara.
—¿Pero qué clase de maricón eres tú? ¡Dame fuerte, joder!
Mi profe me dio una dubitativa bofetada.
—¿Mejor?
—Joder. Será mejor que lo dejemos. No te molestes en llevarme a casa. Cogeré un taxi.
Me fui para la puerta. Jorge me cogió del hombro y me dijo:
—¡Espera, por favor! ¡Lo haré mejor!
—Pero... ¡No puedes pedirme nada por favor, joder! ¿Es que eres imbécil?
Esta vez me dio una torta en condiciones. Sonreí. Pero en vez de decir que íbamos mejorando le metí más caña.
—Si así es como vas a tratarme, eunuco de mierda, yo mejor...
¡ZAS!
De la hostia que me dio me giró la cara y hasta perdí el equilibrio. Literalmente vi las estrellas. Sentí el sabor de la sangre en la boca. Me debía haber cortado la lengua con un diente. No dije nada para no cortarle el rollo, ahora que había despertado. Lo miré con creciente respeto. Entonces abrió bien la otra mano y me metió otra hostia en la otra mejilla que me lanzó de cabeza contra el mueble de la cristalería. No rompí el cristal de la puerta con la cabeza de milagro.
En vez de preocuparse por mi estado Jorge me agarró y me lanzó al sillón.
—¿Querías polla? ¡Pues tendrás polla!
Me bajó los pantaloncillos que llevaba a educación física del tirón y se sacó el trabuco. Lo tenía que daba miedo. Me cubrió con una furia iracunda que nunca le había visto y me empezó a intentar meter rabo a palo seco.
—¿No vas a lubricarme? —Le pregunté, nervioso.
Me cogió del pelo y el tirón me hizo gritar.
—Cierra la puta boca. No puedes hablar. Como digas algo más te daré tal tunda de hostias que no podrás hablar más. Si me has entendido, asiente con la cabeza.
Asentí. La polla se me estaba empezando a poner muy muy dura.
—No te mereces que te lubrique. Te la voy a clavar bien seca.  Y a pelo. Grita si quieres. Les diré que estaba viendo una peli.
Y empujó todo el puto trabuco contra mi tierno agujerito.


III

Estábamos tumbados desnudos en la cama de matrimonio. Jorge me acariciaba lánguidamente una cacha del culo.
—¿Puedo ser tierno contigo por un rato? —Me preguntó.
—Ahora mismo te lo agradecería.
Me miró con cara de culpabilidad lo cual lo hacía parecer adorable.
—Dime que te ha gustado. Por favor.
—No lo sé —contesté sinceramente.
El culo me dolía horrores. Había costado muchísimo que entrara toda esa polla sin ninguna ayuda. Jamás había sentido un dolor semejante. Todavía me palpitaba toda la puta zona y dudaba que pudiera sentarme el lunes al volver a clase.
—Si no lo sabes es que no te ha gustado.
—Joder tío. Quería hacerte sacar al cerdaco que llevas dentro, no al puto psicópata.
—Supongo que me he dejado llevar.
—¿Dejado llevar? ¡Te has pasado siete pueblos! Y lo de correrte dentro, tío. Joder. Se supone que eres profesor. Alguna vez habrás dado una puta clase para que tus alumnos usen protección.
—Por eso no te preocupes. No te voy a pegar nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hace siglos que sólo follo con mi mujer.
—Esto mejora por momentos. ¿Estás casado?
—¿No lo sabías?
—¡Creía que eras maricón! ¡Y maricón soltero! Nunca he estado con un casado. No quiero problemas.
—Pues vaya puta selecta estás tú hecho, ¿no?
Aunque estaba cabreado aquello me hizo reír.
—Sí. Supongo que envío mensajes contradictorios.
—Hazme una paja.
—¿Ya tienes ganas?
—Yo siempre tengo ganas —mi profe me puso la mano sobre su polla tiesa.
Se la toqué un poco pero sólo tenía ganas de dormir. De hecho, creo que me dormí. Me despertó con una cachetada en la nalga que me dejó los dedos marcados.
—Se acabó la tregua, señorito. Vas a zampar rabo. Y sin decir una puta palabra, ya sabes las normas.
Me hizo sentarme contra el cabecero de la cama y me plantó el pollón en la boca.
—En serio. No me apetece. No puedo estar sentado. Me duele una barbaridad el culo...
¡Zas! Hostia que te crío.
—¡Te he dicho que no hables!
Lo miré con un odio visceral. Él me sonrió.
—Venga, no me mires así. Te estoy dando lo que me habías pedido.
Asentí con la cabeza. Joder, tenía razón. Me gustaba mucho que me follaran la boca a saco. Debía ponerme bien cerdo y disfrutar de lo que me ofrecía. Estaba en su casa. Todo el fin de semana. Era mi sueño hecho realidad. Llevaba meses tras ello.
—Vale. Dame rabo hasta atragantarme. No hablaré más. Pero deja de darme hostias, coño. No puedo más con eso.
Jorge me paseó la vergota por la cara.
—Está bien. No más guantazos. De todas formas tengo otra cosa mejor con la que torturarte.
Ni siquiera me hizo pensar que aquello fuera a ser suave. Directamente me metió el manubrio hasta la tráquea y empezó a darme polla salvajemente. Mi cabeza pegaba contra el cabecero con cada arremetida. Me atraganté al principio pero a él le importaba una mierda. Seguía metiendo polla a saco mientras yo intentaba sin éxito buscar una posición cómoda. Al final opté por ponerme la almohada detrás de la cabeza. Supongo que los vecinos debieron agradecer mi iniciativa.
Pronto comencé a salivar como un condenado. Jorge tenía un pollón, bien lo sabía mi culo, y me llenaba toda la puta boca de carne. No había sitio para mis babas que salían disparadas por las comisuras cuando empujaba rabo hasta la garganta, que era cada dos segundos. La saliva comenzó a resbalarme de la barbilla al pecho y a hacer que su polla brillara a la luz de la mesita de noche. La baba quedaba atrapada en los pelos de sus cojones y cuando ya había demasiada acumulada me caía en el cuello a goterones. Por fin empecé a disfrutar. Ya empezaba a pensar que había algún problema conmigo pero gracias a Dios todo volvía a funcionar. Mis ganas de cerdear regresaron y mi polla se puso como una roca.
Jorge debió darse cuenta de que me estaba gustando demasiado porque decidió hacérmelo pasar mal. Arremetió con más ganas, dejándome sin respiración, y entonces me tapó la nariz cerrándola fuerte con dos dedos. Cualquier posibilidad de respirar se fue a la mierda. Durante un delicioso minuto me convertí en una máquina de babear. No necesitaba respirar para vivir. Me bastaba con ser violado por la boca por aquella polla descomunal. Jorge seguía cerrando la entrada de aire y bombeando como un cabrón. Después de ese minuto glorioso me faltó el aire y empecé a pegarle en las piernas. No me soltó la nariz. Se limitó a sacar un segundo la polla para que tomara una bocanada de aire y volvió a meterla hasta el fondo de mi garganta. Así pude aguantar casi otro minuto. Cuando sentía que estaba cerca del desmayo volvía a darle en las piernas y Jorge me daba otro mini respiro. Yo aprovechaba ese momento para sacar la baba de forma explosiva y dejar sitio para un poco de aire. Luego lo atraía yo mismo para que siguiera torturándome con su pedazo rabo.
No sé muy bien cómo conseguí no vomitarle en la polla pero lo conseguí.
En determinado momento me retiró el caramelo y se bajó de la cama. Volvió con el móvil y se dispuso a grabar la follada bucal.
—No creo que sea buena idea.
Me dio un tortazo por hablar sin permiso pero esta vez no fue una hostia en toda regla.
—Como vuelvas a abrir la boca te la parto.
Asentí. No me hacía ninguna gracia que me grabara, su mujer podía verlo, pero aquello tenía solución. Le cogería el móvil y borraría el vídeo cuando Jorge se durmiera.
—Sonríe. Esto lo va a ver tu madre —me dijo. —A no ser que te portes bien y seas mi puta siempre que me apetezca.
Joder. Cómo se había metido en el papel el cabrón.
Me grabó desde todas las posiciones recibiendo polla sin descanso y echando baba como un puto cerdo. Hasta metió el móvil por debajo de su polla para grabar un primerísimo primer plano de su miembro entrando hasta el fondo y saliendo goteando de mi boca y haciendo hilos de baba. El móvil quedó completamente perdido. Seguro que habría partes del vídeo que ni se verían.
De pronto se puso a parlotear excitadísimo, como un crío el día de reyes.
—Hostia, hostia, esto va a molar. Ya verás. Ya verás.
Se dio la vuelta sin dejar de grabar y me plantó el culo en la cara. Me agarró la cabeza con fuerza para que no pudiera retirarme y me ordenó que comiera. Con toda la cara babeada metida en su puto culo le di lengua en el agujero de una forma muy puta y golosa.
—Ya verás, ya verás.
Me afané en darle una comida de culo que no pudiera olvidar. Conseguí a base de lengua poner a mi profe a gemir como una perra. Y entonces cuando menos lo esperaba se tiró un pedo larguísimo y bien sonoro en mi cara, manteniéndome la cabeza contra su culo por la fuerza para que me lo tragara enterito.
El desgraciado se puso a reír como si estuviera loco.
—Ja ja jaaaaa. Verás la cara que se le quedará a tu madre cuando vea esto.
Me entraron ganas de salir de allí pero me tenía bien agarrado. Cuando consideró que ya me había dado suficiente culo se dio la vuelta y volvió a meterme polla a saco por la boca, sin miramientos. Después de cinco o seis arremetidas muy muy fuertes se dio cuenta de que estaba llorando. Me sacó la polla de la boca y me grabó la cara.
—¿Qué te pasa? ¿Ha sido demasiado para ti?
Asentí. Él me paseaba el rabo bien mojado por la cara,  grabándolo todo con el móvil.
—Pero es lo que querías. Díselo a tu madre. Es exactamente lo que me pediste. Querías que te cerdeara. Me pediste un pedo en los morros, cuanto más largo mejor.
Volví a asentir.
—¿Entonces por qué cojones lloras, puto maricón?
—¿Puedo hablar?
—Claro.
—Lloro porque me has humillado. Esto funciona así. Cuanto más me humillas más disfruto. Quizá no mucho ahora mismo. Pero disfrutaré muchísimo cuando lo recuerde. Y cuando el culo no me duela tanto. Me estás dando cerca de un mes de riquísimos pajotes en mi cuarto recordando lo que me hiciste. Eres mucho mejor de lo que esperaba haciendo esto. Eres el puto amo. Tienes una polla y un puto cuerpo de impresión. Lloro porque me ha dolido que me trates así. Pero también lloro porque seguramente me acabe enamorando de ti. Me siento fatal pero estoy genial.
—Me gustan tus discursitos. Y parecías gilipollas cuando te compré.
Volvió a meterme la polla hasta las trancas y a darme tralla hasta que, sin un puto aviso, se corrió con toda la verga clavada hasta mi garganta, ahogándome literalmente de lefa.




IV

El sábado nos levantamos pronto. Dijo que tenía que irse a entreno y que podía jugar con las consolas y atacar su nevera a placer.
—Si apareciera mi mujer dile que eres mi ayudante y que has venido a echarme una mano con los exámenes.
—Joder. ¿Tu mujer puede aparecer?
—Lo más seguro es que no, pero no será la primera vez que se pelea con sus padres y se vuelve antes de tiempo.
Afortunadamente su mujer no apareció y yo pasé el día jugando videojuegos, escribiendo wasaps a mis amigos y curioseando por la casa.
A las siete de la tarde el cabrón aún no había vuelto y me puse a ver una peli rarísima de catástrofes. Debía ser de esas del canal de ciencia ficción de bajo presupuesto porque no había visto cosa más absurda y mal hecha en mi vida. De tan mala que era, era buena. Se había dado la vuelta. Como un calcetín.
A las nueve de la noche, cuando ya empezaba a estar preocupado, apareció Jorge todo sudado.
—Joder. Has estado fuera todo el puto día.
—Eh, niñato. Vigila esa boca. No eres mi mujer. No te comportes como si lo fueras.
Me disculpé, mirando al suelo. Él siguió:
—No entraba en mis planes quedarme a comer allí. Ni entrenar toda la puta tarde. Pero el equipo da asco. Verdadero asco. No nos vamos a comer una mierda en el campeonato.
—¿Estás cansado?
—Vengo reventao.
—Me... me encantaría olerte los huevos todo sudaos.
—Ah, mira el cabroncete. Le gustó el adelanto del aparcamiento.
—Te lo pedí yo, ¿recuerdas?
—Ven.
Me cogió de la mano y me llevó al sillón. Se tumbó, se bajó un poco el cortísimo pantalón de deporte y me hizo acostarme a su lado en la otra dirección y enterrar la cara en sus cojones.
—No hagas nada más que olerme los huevos. No me comas la polla, por dura que se ponga.
—¿Por qué?
—Porque he estado todo el día medio trempado pensando en ti y si me la tocas me correré enseguida. La tengo a reventar, te lo aseguro. Así que limítate a oler mis cojones y a enterrar la nariz por ahí. Yo, mientras, te haré una mamada. Nunca le he comido la polla a un tío y es algo que me da cierta curiosidad.
—Mmm, ¿y morbaco no?
—Morbaco también.
Aquella noche no hubo humillaciones. Tuvimos sexo tranquilo pero muy satisfactorio. Y Jorge no la mamaba nada mal. Aprendía rápido el cabrón.




V

El domingo su mujer apareció cuando Jorge me estaba dando por el culo en la cama de matrimonio. Al escuchar la puerta principal mi profe me la sacó tranquilamente y con una sangre fría que me dejó con las patas colgando se puso una camiseta y un pantalón de chándal y se fue descalzo a saludarla, con todo el trabuco marcado. Yo me vestí a toda prisa y me puse con mi portátil que había dejado estratégicamente en el escritorio por si aquello sucedía.  Si entraba parecería que estaba trabajando. Eso sí, la habitación olía a polla que tiraba de espaldas.
—Estamos corrigiendo exámenes —escuché la voz de Jorge casi a mi espalda.
Me giré y saludé a su mujer que se había asomado a la puerta del cuarto.
—¿Aquí? —Preguntó ella, extrañada.
Cierto, el dormitorio matrimonial no parecía el lugar más indicado para corregir exámenes. Jorge se quedó mirándome sin saber qué decir. Yo señalé mi portátil.
—Era el único sitio donde cogía el wifi. Pero si quieres lo intento de nuevo en el salón. A lo mejor moviendo el módem...
—No, no, tranquilo —me dijo la mujer de Jorge, con una sonrisa. —Puedes quedarte. Mientras no husmees en el cajón de mis bragas... —bromeó.
Aunque por el tono creo que aquello le hubiera molado. Jorge le mató la fantasía.
—Eso no lo haría ni harto de vino. A este le molan los tíos.
—Ah. —Dijo la mujer, un poco cortada.
—Muy bien, Jorge —le dije, algo molesto. —Me encanta que vayan cantando a los cuatro vientos mis preferencias sexuales.
—No hay nada malo en que te guste que te peten el culo —dijo Jorge, tocándose disimuladamente el paquete.
Su mujer ya se había ido para el salón. Él la siguió. La escuché preguntarle si me había enfadado. Jorge contestó que era todo puro cuento. Que todo el mundo sabía que yo era maricón y que estaba muy orgulloso de serlo y era el primero en cantarlo a los cuatro vientos. Aproveché el momento a solas para coger el móvil de Jorge y borrar el vídeo de la follada bucal, primero del carrete y después definitivamente de la papelera.
Me quedé con ellos el resto del día. Le había dicho a Jorge que me llevara a casa cuando quisiera y él me había contestado en voz baja que me llevaría por la noche para que se la pudiera mamar en el coche sin peligro de que nos vieran. Al anochecer salimos en dirección a mi casa y, como la última vez, le estuve tocando el rabaco todo el camino. El tío no perdía nunca la erección. Paró cerca de un descampado oscuro, se quitó toda la ropa y me estuvo metiendo los dedos de los pies en la boquita mientras se pajeaba él solito y me pajeaba muerto de gusto también yo. Lo de los pies se lo había pedido yo, claro.
En cierto momento me dijo:
—Tengo un pedo súper bestia a las puertas. ¿Quieres que te lo eche en la cara?
—Sí, por favor.
Aunque la furgo no era lo que se dice cómoda consiguió colocarme todo el culazo en la nariz.
Preeeeeeeet. Pa pa paaaaa.
Fue un pedo bestia bestia.
Tuvimos que bajar las ventanillas y todo.




VI

El miércoles siguiente estuve toda la clase de educación física esperando que Jorge hiciera algún gesto cómplice, que dijera algo que sólo yo fuera a entender, pero el cabrón no me dio el gusto. Se comportaba como si el fin de semana nunca hubiera existido. Pensé que quizá estaba esperando al final de la clase, a que se fueran todos, pero el hijo de puta había quedado después para hacer unas canastas con el profe de inglés (sabía que daba inglés aunque yo no lo había tenido).
Estuve viéndolos jugar hasta que me harté y me fui cabizbajo hacia la puerta del pabellón.
Entonces alguien me tocó en el hombro. Me giré y ahí estaba él. Había venido a toda hostia al verme marchar. Sonreí, halagado.
—No te vayas —me ordenó Jorge.
—Vale.
—Siéntate a vernos jugar. Cuando nos vayamos para el vestuario cuenta hasta doscientos y entonces ven detrás.
—Mmm, juego de espías. Me encanta.
Obedecí y estuve casi una hora esperando a que se cansaran de lanzar. El profe de inglés tenía un cuerpazo, pero era feo a rabiar. Y mira que yo soy de los que piensan que no hay hombre feo. Que todos tienen su algo, aunque esté escondido bajo los pantalones. Menos éste. Esté era realmente feo. Le daba un nuevo significado a la palabra.
Por fin los vi dejar en el cuartito la pelota y encaminarse hacia los vestuarios. No me apetecía contar hasta doscientos así que puse el temporizador del móvil a cuatro minutos. Mejor llegar un poco tarde que pronto.
Mientras pasaban los minutos me magreé la polla, preguntándome qué me tendría preparado Jorge. ¿Se iba a pajear delante del profe de inglés? ¿O sólo quería que los observara en la ducha?
Cuando pasó el tiempo me encaminé a los vestuarios. Los vi detrás de uno de los bancos bajos de madera. Seguían vestidos. No parecía que hubiera nadie más. Sonreían y, cágate en la perra, el profe de inglés se estaba tocando el bulto y parecía tener una herramienta formidable. Al final se le podría perdonar que fuese tan feo.
Estaban viendo un vídeo en el móvil de Jorge. Mi profe hizo un gesto para que me acercara y subió el volumen. Escuché como me insultaba en el vídeo mientras me atragantaba de rabo. Aquellos ruidos de escupir babas para conseguir respirar los hacía yo. Era el vídeo del viernes por la noche.
—Pero si lo borré —dije casi en un susurro.
—Imaginé que lo harías y me lo envié por correo nada más terminar de grabarlo.
—¿Por qué?
—Para tenerte disponible las veinticuatro horas del día. Vas a estar siempre dispuesto para mí, vas a ser mío. O publicaré el vídeo en facebook para que lo vea toda tu puta familia.
—¿Crees que me haría eso a mí? —Le preguntó el profe de inglés a Jorge. —¡Cómo traga el cabrón!
—Claro que lo hará. Por la cuenta que le trae. —Y mirándome a mí añadió: —Y puedes empezar ahora mismo. Venga, de rodillas. A ver si te caben las dos juntas.
Obedecí, completamente empalmado. Qué cabrón. Cómo me gustaba este tío. Era un Dios.
El puto amo.

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