Aquí va el primer capítulo de esta novela que tenéis disponible para kindle en amazon.
50 heteros de un gay
Marcos Sanz
Capítulo I: Julio
Morgade
Julio apagó la
televisión y me miró con un extraño brillo en los ojos.
—Bueno... —dijo. —Se
ha hecho tarde. Supongo que tendrás que irte.
—No tengo prisa
—contesté. —Puedo quedarme un rato, si te apetece.
Sonrió.
—Me apetece. ¿Quieres
tomarte otro gin tonic?
Asentí con la cabeza.
De pronto, sin el ruido de fondo del televisor, se hacía mucho más patente que
estábamos solos. Julio lo comentó mientras me preparaba la copa.
—Es tan extraño tener
la casa para mí solo...
—¿Cuándo vuelven?
—El sábado.
—Entonces ya se te
acaba la buena vida.
—Tampoco lo he
aprovechado. No he traído a ninguna rubia. Lo único que he hecho diferente ha
sido cagar con la puerta abierta.
—¿Le has sido infiel
alguna vez? —Me refería a su esposa. Julio llevaba quince años casado.
—Alguna vez. Bueno,
más de las que me gusta admitir. ¿Tú le eras fiel a tu chico?
—Siempre.
—¿En serio? Pensaba
que los maricones erais más permisivos con esas cosas.
—Depende del maricón.
Mi chico era de los tuyos.
—¿Hetero?
—Infiel.
—Ah. ¿Por eso...?
Medio asentí.
—Por eso y por otras
cuarenta cosas. Éramos bastante incompatibles.
—¿Ya te has
desquitado?
—¿Qué quieres decir?
—Me hice el idiota.
—Si ya has follado
con otros desde que cortasteis.
—No.
Julio me pasó la
bebida y se dejó caer en el sillón, a mi lado. Bastante cerca, por cierto.
Me miró, sonriendo
con picardía.
—Qué —le dije.
—¿Ya está? ¿Sólo
"no"?
—Es mi respuesta.
—Pues sí que has
cambiado.
—¿Por?
—Porque hace unos
años me habrías dicho "no, no he follado después de cortar, hasta esta
noche". Y yo te habría preguntado "Ah, ¿es que esta noche piensas
mojar?" Y tú habrías contestado "Claro, contigo".
—Ya —dije, y le
concedí una sonrisa de añoranza. —¿Y cómo terminaba eso?
—Con mi negativa.
—Y yo me iba a mi
casa con dolor de huevos.
—¿Tan malo te ponía?
—Lo sabes demasiado
bien.
Después de eso
permanecimos callados durante unos minutos.
—Estás distinto —dijo
Julio, al cabo. —He echado de menos tus insinuaciones toda la noche.
—Siento no haberte
entretenido como antes.
—No me
malinterpretes. No era que me entretuvieras.
—Lo sé.
—Pero esas cosas eran
parte de nuestra relación. Y las hemos perdido.
—La gente madura.
—Pues es una mierda.
Puse cara de poker,
que era lo que la situación requería, pero bajo la superficie me estaba
relamiendo como un guepardo ante un indefenso cervatillo. El primero de mi
lista no estaba oponiendo resistencia alguna. Más bien parecía llevar él la
iniciativa. En diez minutos estaríamos follando de la manera más cerda que me
permitiera y sin tener que gastar mi munición.
—¿Cómo están tus
hijos? —Le pregunté, para crear alguna complicación y que el polvo supusiera un
reto.
—Bien. Aprobando
todo.
—¿Son felices?
—Supongo —se notaba
que no le apetecía hablar de ellos. —El pequeño puede que salga como tú.
—¿Maricón?
—Escritor.
—Ah.
—Y la mayor creo que
ya sale con chicos. No habla conmigo de esas cosas y yo no le pregunto. Bueno,
cuéntame algo de ti.
—Ya te lo he contado
todo.
—Pues de tu ex.
—No me apetece hablar
de él.
—¿La tenía grande?
—¿En serio? ¿Me
preguntas si la tenía grande?
—¡Vamos! ¡Te estoy
diciendo que echo de menos nuestras conversaciones! ¡Te he cargado el gin tonic
a ver si te sueltas de una puta vez!
—La vida de padre y
amante esposo te ha transformado.
—¿Me ha hecho osado?
—Te ha desquiciado
por completo.
—¿La tenía grande o
no? ¿Quién le daba a quién? ¿Te dolía?
—Está bien. La tenía
enorme. A lo mejor por eso le era fiel, porque no podía encontrar nada mejor
fuera de casa. A veces me follaba él, a veces me lo tiraba yo. Pero siempre he
sido muy mamón y mamársela era tremendo porque casi no me cabía en la boca. En
realidad es lo que más echo de menos, tener todo el santo día su polla entre
los labios. A veces me despierto en mitad de la noche babeando, soñando que me
está follando la boca contra la almohada.
—Guau...
—¿Contento?
—Y un poco cachondo,
la verdad.
—¿Te ha gustado
imaginar cómo me ensartaba él o imaginarte ensartándome tú?
—¡A eso me refería!
¡Has vuelto!
—Contesta, Julio.
—Ehhh... Bueno. No lo
sé. Supongo que he imaginado cómo te follaba tu ex la boca contra la almohada,
con esa verga enorme. Y tú babeando. Eres bastante explícito.
—Es lo que me estabas
pidiendo.
—Sí, sí. Me encanta.
Mira, se me ha puesto to dura. —Se señaló el paquete. De hecho no fue lo único
que hizo. Se cogió la polla y la recolocó para que viera bien el bulto que le
hacía.
—Creo que es un buen
momento para ir al baño —dije, y salí corriendo. En la puerta me di la vuelta y
añadí: —Tardaré cuatro minutos, tiempo suficiente para que te saques la polla y
te des un magreo rápido. Pero piensa que sé exactamente cómo huelen las pollas
y si te la has sacado lo sabré.
Después me metí en el
baño y cerré la puerta, con el corazón a mil. Ya no estaba seguro de quién
estaba seduciendo a quién pero estaba empezando a dejar de importarme.
Aproveché los cuatro minutos para sacar mi lista de cincuenta nombres y echarle
un vistazo. Pese al nombre de esta novela, la idea no me la había dado el
millonario Grey. Me avergüenza decir que se me había ocurrido viendo "Me
llamo Earl".
Guardé la lista e
hice tiempo echando un vistazo en el cesto de la ropa. No encontré calzoncillos
sucios. Qué pena.
No creía que Julio
estuviera tan caliente como para sacarse la polla mientras me esperaba, pero la
verdad es que la posibilidad me estaba calentando bastante.
Los cuatro minutos
tardaron una eternidad en pasar. Cuando por fin cumplió el plazo, tiré de la
cadena y salí a toda máquina. Casi esperaba encontrarme con una escena tipo el
hombre desnudo de "Cómo conocí a vuestra madre" pero Julio seguía donde
lo había dejado, con toda la ropa puesta. Sin embargo, seguía visiblemente
empalmado. Creo que había estirado de las perneras del pantalón para que se le
marcara más. Me senté junto a él, un poco cohibido.
—¿Y bien? —Preguntó
él.
—¿Y bien, qué?
—¿Me la he sacado o
no?
—No lo sé. Sólo era
una broma. ¿Te la has sacado?
—Adivina.
—¿Cómo?
—Por el olfato.
—Pues no sabría
decirte.
Entonces me plantó la
mano derecha delante de la nariz.
—Huele.
Inspiré
profundamente, sintiendo como mi verga empezaba a dar pequeñas sacudidas.
—Qué cabrón —dije en
voz baja.
—Te gusta, ¿eh?
¿Huele bien?
Asentí con la cabeza
e inspiré de nuevo.
—Espera —dijo. Retiró
la mano y se la metió por la cinturilla del pantalón. Miré extasiado cómo se
magreaba toda la tranca y bajaba luego hasta los cojones y se los sobaba bien
sobaos. Después sacó la mano sonriendo como un crío travieso y me la plantó en
toda la cara.
Aquello fue la gloria
en la tierra. Sabiendo que lo pondría como una moto dejé caer un reguero de
saliva por la comisura de la boca mientras le olía los dedos.
—¡Dios, estás
babeando!
—¿Te da asco?
—¡No! ¡Pero ahora vas
a tener que comérmela!
—No sé hasta qué
punto es una buena idea.
—¡La mejor que he
tenido en décadas! Vamos. Será fantástico. ¡Anímate!
Mientras me hacía de
rogar volvió a meterse la mano en el pantalón y al sacarla sus dedos estaban
mojados de precum. Me los plantó en la nariz y el reguero de baba que dejaba
escapar de mi boca se hizo más abundante.
—Creo que sí —dije al
fin. —Te la voy a comer. Sácatela.
—Espera. Esto quiero
verlo bien.
—¿Qué?
Ante mi mirada de
extrañeza, Julio me hizo levantarme del sofá y me pidió con gestos que lo
ayudara a moverlo hacia delante, hasta dejarlo a un metro escaso del mueble de
la tele. Luego encendió todas las luces del salón y finalmente se perdió en su
habitación de donde regresó con un espejo de cuerpo entero y metro y medio de
ancho. Lo colocó contra la estantería y me hizo sentarme de nuevo, esta vez
delante del espejo.
—¿Cómo te ves?
—Perfecto. No sabía
que fueras tan guarro.
—Es lo que tiene
internet, que convierte al hetero más convencido en alguien dispuesto a
probarlo todo. No corres peligro desde casa así que empiezas a probar cosas
nuevas y algunas te gustan.
—Ya veo.
—Llevo planeando esto
contigo desde hace meses. Los he mandado fuera adrede.
—¿A tu familia? No me
jodas.
—Y encima tú cortas
con tu novio. Es perfecto.
No me lo podía creer.
Yo estaba en una lista de Julio igual que él estaba en la mía.
—¿Te lo has montado
con muchos tíos? —Quise saber, bastante perplejo.
—En persona nunca.
Pero estoy deseando que me babees toda la polla. Si te soy sincero, estoy a
punto de correrme y eso que aún no hemos empezado.
Se sentó junto a mí,
se quitó la camiseta en medio segundo, dejando su pecho peludo al descubierto,
se desabrochó la correa y el botón del pantalón, se bajó la cremallera y
levantando el trasero se bajó pantalón y calzoncillos hasta los tobillos. El
olor a sexo, a verga caliente y cojones sudados, me nubló la mente. Julio
separó bien las rodillas y se contempló orgulloso en el espejo.
Tenía una polla
morena y descapullada que se me antojó gigantesca. No tenía nada que envidiar a
la de Samuel, mi ex. Siempre me había preguntado qué calzaba Julio y la visión
de aquella vergota me hizo la boca agua. Literalmente.
Las bolas, aún más
morenas que la verga, le colgaban hasta el cojín. Aquellos cojonarros peludos
estaban retorciéndose lentamente en el escroto. Me entraron unas ganas
horribles de plantar allí la boca y empecé a salivar más de anticipación. De
pronto recordé lo mucho que había deseado que ocurriera aquello un montón de
años atrás y me apresuré a quitarme toda la ropa como si me quemara la piel.
—Vamos, vamos —me
azuzó Julio.
Una vez desprovisto
de toda prenda me quité las gafas, me senté a su lado y dejé caer la cabeza
sobre su pecho. Contemplé aquel glande, cabezón y mojado de precum, y sentí un
escalofrío cuando las manos de Julio me acariciaron el cabello antes de empujar
suavemente mi cabeza hacia abajo. Él miraba fijamente nuestro reflejo en el
espejo, mi boca bajando hacia su vara enhiesta, mi polla liberada martilleando
en mi mano tan ferozmente como la suya. Con una de sus enormes manos siguió
guiándome hacia abajo y con la otra me rozó un pezón. Me estremecí. Yo aún no
había tocado su capullo con los labios cuando dejé ir un chorro de saliva sobre
su manubrio. Estaba salivando tanto que las babas no me cabían en la boca.
Julio dio un golpe de caderas y su glande mojado de saliva y precum se estrelló
contra mi nariz. Abrí la boca y por fin hice mío aquel bestial pedazo de carne.
—Ohhhhh —dijo Julio.
¡Hostias! ¡Qué bueno!
Yo no podía estar más
de acuerdo. Empecé a comerme aquella pollaca como un poseso, a babear como un
puto cerdo. Pronto le empapé los cojones por completo. Julio empezó a respirar
ruidosamente y a decir chupa cabrón, chupa así, mójala bien, dame esa boca, y a
mí eso me derritió por completo.
—Ohhh, qué mamada.
Qué bien lo haces. Qué boca más puta. Traga, cerdo. Traga.
Cuantas más guarradas
me decía más loco me volvía yo.
En determinado
momento me empujó la cabeza con fuerza hacia abajo, me ensartó de polla hasta
el fondo, y me mantuvo ahí un buen rato. Yo aguanté aquel delicioso lapso lo
mejor que pude y me retiré al fin, tosiendo pero más feliz que un nene con un
caramelo. Julio aprovechó para golpearme la mejilla con el rabaco que con toda
aquella baba hizo un ruido de chapoteo que me puso cardiaco.
Volví a mamársela al
segundo, incapaz de mantener aquello separado de mis labios demasiado tiempo.
El cabezón de su pollaca me regaló un chorro de precum que me supo a gloria
bendita y tuve que empezar a masturbarme frenéticamente mientras tragaba rabo
sin parar.
Julio seguía mis
evoluciones por el espejo y de pronto dijo, con la voz entrecortada.
—No aguantaré mucho
más. Como sigas así me voy a correr ya.
—Córrete, cabrón.
—Pero quiero hacer
más cosas.
—No me voy a ninguna
parte.
Continué con el
mamadón completamente fuera de mí, tragando como si no hubiera hecho otra cosa
en la vida, amorrado a aquel pedazo de carne exquisito que me estaba
proporcionando ráfagas de verdadera felicidad con cada chorro de precum. Quería
llegar cuanto antes a la felicidad extrema. Quería sentir su lefa caliente
saliendo disparada sobre muy lengua. Quería probar su leche, deleitarme con su
textura y su sabor. Quería que se corriera y matarlo de placer mientras se iba
en mi garganta, presta a tragárselo todo.
Pero Julio tenía
otros planes. Empezó a retorcerse de gusto, señal inequívoca de que estaba a
punto de correrse en torrente. Me apuntaló la boca aplastándome la cabeza
contra su verga repleta de venas y me empezó a follar hasta la garganta,
completamente enajenado. Mis ríos de baba le dejaron todo bien empapado y
cuando ya no pudo soportarlo más me sacó la vara toda pringosa de la boca y se
corrió en mi cara. Saqué la lengua para recibir alguno de los trallazos de lefa
que se iban estrellando en mí, poniéndome toda la jeta perdida de leche
caliente y espesa.
Entonces yo también
llegué al orgasmo, me corrí como nunca, alcanzando la cima más alta cuando
Julio me echó los últimos restos de su lefada sobre la lengua.
Durante unos segundos
después de corrernos nos contemplamos en el espejo, mientras recuperábamos el
resuello. Entonces Julio me hizo incorporarme y para mi sorpresa empezó a
recoger con su lengua toda su leche, lamiéndome la cara como una gata que
bañara a sus cachorros. Luego me dio un morreo con sabor a leche que me dejó
temblando de gusto.
No paramos en toda la
noche y cuando al fin salí de su casa, con la promesa de volver a verlo y hacer
más cerdadas en otra ocasión, las piernas me temblaban y estaba sexualmente
satisfecho como pocas veces en mi vida. Ya en mi coche saqué mi lista de cincuenta
heteros y taché a Julio Morgade. Recién corrido no me veía tirándome a todos
los hombres de mi lista pero al releer algunos de los nombres, la parte más
cerda de mi cerebro se puso en marcha. Lo de Julio había sido fantástico pero
había sido también demasiado fácil y no era ni de lejos el plato más sabroso de
mi menú.
De camino a casa empecé a
pensar de qué manera iba a encarar al siguiente de mis cincuenta heteros,
Daniel Romo, quien fue mi profesor de Literatura Universal en la Universidad y
a quien hacía más de diez años que no veía.
Si te ha gustado, considera comprar la novela. La tienes disponible para kindle en amazon.
¡Muchas gracias por tu apoyo! :)

No hay comentarios:
Publicar un comentario