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A ciegas
Que lo hubiéramos
convertido en una rutina no lo hacía menos extraño. Bajé del coche en aquella
calle alejada de todo. Lo que iba a ser una nueva urbanización se había
convertido en un pequeño laberinto de calles abandonadas, no iluminadas de
noche. Los materiales utilizados para pavimentar las aceras aún se veían
nuevos, así como las farolas. Daba un poco la impresión de ser todo un gran
decorado abandonado.
Me até el pañuelo a
la nuca. Aunque tampoco hubiera visto gran cosa allí a las dos de la madrugada
mi acompañante no quería que lo viera. No quería que lo reconociera.
No sabía quién era.
Quedábamos por el chat desde hacía ya cinco largos años y la dinámica era
siempre la misma. Aparcar en algún sitio oscuro, taparme yo mismo los ojos y
dejarme llevar por él a una cómoda caravana donde follábamos como conejos y
llevábamos a cabo otras prácticas sexuales igualmente satisfactorias. Al
principio me ataba las manos para que no se me ocurriera quitarme el pañuelo.
Con el tiempo y la confianza ya no hizo falta.
Ya había dejado de
preguntarle quién era o por qué no quería que le viera la cara. Al principio me
preocupaba. Pensaba que podía ser alguno de mis ex, aunque cuando probé su
polla supe que no era una verga que hubiera catado antes. Entonces empecé a pensar
que a lo mejor era alguien famoso. Algún actor que no quería que nadie
descubriera que era gay. Esa teoría tomó fuerza durante un tiempo porque aunque
charlábamos mucho por escrito, jamás pronunció una sola palabra estando
conmigo. Es decir, él sabía que podía reconocerle por la voz y procuraba no
hablar.
Más adelante empecé a
pensar que podía ser mudo porque realmente no escuchaba nada de nada cuando lo
hacíamos. Ni gemidos, ni exclamaciones de gozo, ni un triste "qué bien la
chupas". Nada. Llegué incluso a pensar que podía estar terriblemente
desfigurado y por eso no quería que le viera la cara.
La verdad es que
después de más de cinco años de relación a un ritmo de dos polvos muy
satisfactorios al mes ya no me importaba quién fuera ni por qué lo hacíamos
así. Era nuestra rutina y aunque fuera extraña no necesitaba más. Tampoco es
que no hablara conmigo. Por el chat era bastante parlanchín y bromista y aunque
no hubiera visto nunca su cara o escuchado su voz sí tenía acceso táctil o
bucal a otras partes de su anatomía, partes que me gustaban mucho. Con el
tiempo ya había llegado a considerar a Mister X algo así como un novio raro. No
me acostaba con nadie más y él por el chat me aseguraba que tampoco lo hacía.
Claro está que no
siempre lo había llevado tan bien. Durante una temporada me entraron paranoias,
como que Mister X quería pegarme alguna enfermedad de transmisión sexual y
cuando yo enfermara él desaparecería y se iría a por su siguiente víctima.
Cosas así. Incluso contraté a un detective que localizó su ubicación a través de mi ordenador y le hizo fotos.
Pero me arrepentí y le pedí que no me dijera lo que había averiguado. Aún
guardaba en un cajón el sobre con las fotos que me revelarían la identidad de mi
amante pero había decidido no abrirlo porque al final tenía la primera relación
duradera de mi vida y si quería que siguiera durando debía confiar en él y
hacer las cosas según sus términos. Algún motivo debía tener para hacer
aquello. Estaría casado o sería famoso o cualquier otra cosa. A lo mejor era
una mujer y la polla que yo chupaba era falsa. Bueno, eso no. De lo único de lo
que estaba cien por cien seguro era de la hombría de mi amante. Mis manos
conocían su cuerpo y sus pelillos al dedillo. Mi boca había chupado sus pezones
y su pollón infinidad de veces. No lo conocía pero lo conocía muy bien.
Y, por si no bastaran
esos motivos para seguir en la inopia, estaba también el hecho de que todo el
asunto era bastante morboso. La cosa funcionaba tan bien después de cinco años
porque me seguía poniendo muchísimo no conocer el secreto de su identidad. El
sexo era mucho más sensitivo en la absoluta oscuridad y había descubierto
gracias a esta relación mucho más placer en los olores, en los sabores y en el
tacto del que jamás hubiera creído posible. Todo lo que no podía conseguir con
la vista y el oído lo rellenaba con creces con todo lo demás.
Sólo había una cosa
que no me gustaba y era no poder dormir con él. A veces descansábamos en la
caravana un par de horas después del sexo y disfrutaba de su calor y del sonido
conscientemente amortiguado que hacia su respiración, pero en cuanto le entraba
sueño me llevaba de la mano hasta mi coche y se largaba. Seguía sin fiarse del
todo de mí. O quizá temiera hablar en sueños.
Aquella noche debería
haber sido una más entre tantas otras, pero no lo fue.
Aquella noche
descubrí la verdad.
Mister X me recogió
de allá donde lo esperaba y me llevó de la mano a la caravana, como siempre.
Durante las reuniones en persona ninguno de los dos decía una palabra. Él porque
jamás lo había hecho y yo porque si le hacía alguna pregunta que no pudiera
contestar con actos lo incomodaría. Así que lo hicimos en silencio, como
siempre.
Aquella noche Mister
X tenía ganas de que le oliera los cojones. Fue lo primero que hizo. Me hizo
sentarme y me puso los huevos calientes y peludos contra la nariz. Me encantaba
su olor y aunque lo conocía muy bien, siempre me hacía trempar súper rápido y
tener unas ganas de meterle el rabo por el culo bestiales. El olor de su sexo
me convertía en el maricón más activo sobre el planeta. Cuanto más rato me
tenía oliendo cojones más sabía él que luego tendría que poner el culo y que le
daría tralla de la buena. Esa noche parecía especialmente dispuesto.
Quizá es una de las
buenas cosas de tener una pareja, que sabes lo que puedes esperar. Nosotros nos
conocíamos bien. En la cama éramos un puto reloj.
Mister X me mantuvo
con la nariz bien pegada a sus cojones un buen rato, lo suficiente como para
que cuando me soltara la cabeza lo primero que hiciera fuera darle la vuelta,
llenarle el culo de saliva y clavarle la polla sin miramientos. Todo esto al
tacto, claro, pero le tenía bien pilladas las distancias, a la caravana y a su
cuerpo.
Mi polla entró hasta
el fondo y la mantuve ahí, clavada hasta los huevos, para que la sintiera bien
dentro, llenándole bien el orto. Después comencé la follada, primero lenta y
profundamente, después más rápido. Muchas veces había intentado sacarle algún
gemido pero era imposible. En cinco años no lo había oído disfrutar de mi rabo
jamás. De todas formas no necesitaba oírlo para saber que disfrutaba. Su cuerpo
bajo mis manos lo decía todo.
La olida de cojones
me había puesto muy muy cerdo y no tardé mucho en querer dejarme ir y soltarte
un buen corridote en las entrañas. Desde que después de mi paranoia me hice las
pruebas y di negativo de todo, hacía más de tres años, y él me juró por el chat
que también estaba limpio, follábamos sin condón. Era delicioso poder correrme
dentro de él, llenarle todo el culo de leche. Una vez hasta me la había
devuelto de su culo a mi boca. Aquello había sido muy cerdo pero muy excitante.
Poder correrme dentro y no usar un puto condón era otra de las ventajas de
tener pareja, por rara que fuera mi pareja.
Así que sí, se la metí
una y otra vez, empujando como un auténtico macho, hasta que me corrí dentro de
una forma bastante escandalosa para lo que estábamos acostumbrados. Procuré que
cada lefazo le llegara más profundo que el anterior. Después descansé encima de
él, con la polla aún dentro.
Minutos más tarde
toqué su polla. El glande estaba seco, la polla dura como una puta piedra. Si
no era tocando no tenía forma de saber si él se había corrido. Esta vez no
había llegado al mismo tiempo que yo, lo cual me alegraba porque me apetecía
comerle el rabo ahora que ya había saciado mis ansias de meter.
Me senté y le pedí
que me metiera la pollaca en la boca. Él se tomó su tiempo. Antes quería
besarme. De vez en cuando le entraban lo que yo llamaba los arrebatos
románticos de Mister X. Luego bromeábamos sobre ello en el chat. No ocurría muy
a menudo pero cuando pasaba lo disfrutaba como un bendito. Cierta vez habíamos
estado besándonos hasta el amanecer. No me cansaba de su boca y el hecho de que
me la diera poco conseguía que nunca lo hiciera.
Tras la sesión de
besos Mister X cambió su lengua por su polla. Se la mamé con cierta
desesperación. Los besos me habían vuelto a poner muy cerdo. Mister X tenía una
polla grande y sabrosa. Escanciaba abundante precum y era también muy lefero.
Una delicia. Mamé y mamé intentando como siempre sacarle al menos un gemido
pero no había manera.
Ya había aprendido
por las señales físicas cuando Mister X estaba a punto de correrse. Al
principio, como se corría en absoluto silencio, a veces me había atragantado
con su abundante leche. Ahora ya no me pillaba nunca por sorpresa. Mis labios
le tenían el punto cogido a su dureza. Sus venotas hablaban conmigo. Cuando
estaba a punto de lechar, yo lo sabía.
A él los besos
también lo habían puesto bien cerdo porque no tardó demasiado en llenarme toda
la boca de leche espesa. Su semen estaba de vicio. Me relamí contento y
entonces volví a sentir su lengua en mis labios. Mister X tenía ganas de morreo
lefero. Mmm.
Aquella noche
estábamos los dos con muchas ganas porque enseguida nos unimos en un 69 culero,
que consiste, evidentemente, en comernos el ano al mismo tiempo. Estuvimos
enganchados al culo y a los cojones del otro cerca de dos horas. Para cuando
dejamos aquello ya teníamos las pollas de nuevo dispuestas para lefar. Esta vez
Mister X fue quien me penetró a mí y pasé cuarenta minutos de absoluto placer
recibiendo su polla lentamente, entrando hasta lo más profundo de mi ser.
No había pasado nada.
Nada era diferente. Y sin embargo yo me sentía distinto. Me sentía más cercano
a Mister X que nunca y empecé a hablar casi sin saber lo que iba a decir pero
sin poder detener las palabras.
—No creo que pueda
seguir con esto. No así. Necesito más. Quiero que seas mi hombre. Quiero
besarte y abrazarte a la luz del día. Quiero cenar contigo en un restaurante.
Quiero que adoptemos una niña china si es lo que decidimos hacer. Quiero que
seas mi novio, mi marido, mi soporte... No sólo mi amante. Quiero... saber quién
eres. ¿Me enseñarás tu rostro?
El silencio duró una
eternidad. Pero al final, después de cinco largos años, escuché por primera vez
su voz, aunque rota de dolor.
—No puedo.
Y lo reconocí.
...
Me llevó hasta mi
coche de la mano y se despidió con el beso más tierno que jamás me hubiera
dado. Yo esperé a que la caravana se alejara para quitarme el pañuelo de los
ojos. Me senté al volante y traté de tranquilizarme. Tenía que conducir con
precaución. Debía llegar a casa y comprobar si tenía razón.
Me costó horrores
concentrarme en la carretera, mi cabeza era un torbellino. Afortunadamente de
madrugada no había muchos otros coches compartiendo la vía que pudieran
representar un peligro para mi integridad física.
Llegué a casa y subí
corriendo a mi habitación. El sobre con las fotos que había sacado el detective
temblaba en mis manos mientras lo intentaba abrir.
No me había equivocado.
Había reconocido su voz. Ya tenía mi respuesta.
Ríete tú de Star
Wars, me dije. Casi podía escuchar la voz de Constantino Romero en mi cabeza.
Mister X... era mi padre.
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