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El fin del mundo conocido
I
—¡Dejadme salir! —El
chico golpeaba el cristal con todas sus fuerzas. —¡Mi hermano os destrozará!
¡Lo juro!
Las tres mujeres lo
miraban de vez en cuando y hablaban en voz baja, estudiando los resultados.
Finalmente una de ellas fue hasta el panel de control con intención de retirar
la mampara de cristal.
—Espera a que se
tranquilice —le pidió la más mayor.
—No va a cumplir esas
amenazas. Sólo está asustado. —La mujer lo liberó. —Puedes irte.
—¿Por qué ahora sí y
antes no? ¿Qué es todo esto?
—¿No sabes quienes
somos? ¿Lo que hacemos?
El chico negó con la
cabeza.
—He estado
criogenizado.
—Eso explica tu
juventud. Y también la pobreza de tu esperma. No nos sirves. Puedes irte.
Sentimos haberte encerrado contra tu voluntad.
—Explícame al
menos...
—Dices que tienes un
hermano. Que te lo cuente él. Nosotras no tenemos tiempo.
Una cuarta mujer lo
acompañó a la salida. Ahora se mostraban algo más amables que cuando lo habían
secuestrado.
—Sé que no te importa
—le dijo la nueva desconocida, —pero sería de gran ayuda que nos avisaras si
conoces a algún hombre que nunca haya estado en nuestras instalaciones.
El chico asintió
aunque no pensaba ayudarlas. Lo habían encerrado durante dos días contra su
voluntad. Le habían extraído semen con una aguja cuando había formas menos
intrusivas de conseguirlo. Si se lo hubiesen pedido por las buenas habría
cooperado. Así, no se merecían su ayuda.
II
De camino a la
mansión pasó por un parque público que recordaba. La criogenización le había
jodido buena parte de la memoria pero había algunas cosas que no había olvidado. Había jugado en aquel
parque de crío. Incluso recordaba a sus amigos. Y a los padres, madres y
abuelos de sus amigos hablando entre ellos en los bancos mientras vigilaban los
columpios.
El sol estaba alto en
el cielo. Había un hombre desnudo sentado en un banco. Estaba empalmado. Tenía
un miembro grande y apetitoso. Lo miraba con la polla en la mano, bien dura.
—¿Chico, quieres
mamar? —Le preguntó el desconocido.
—Claro.
El chico se arrodilló
en el césped y se introdujo todo el cipote del tío en la boca.
—¿Cuántos años
tienes? —Le preguntó el hombre desnudo. —Hacía tiempo que no veía a un tío tan
joven.
El chico siguió
mamando con ganas mientras pensaba la respuesta.
—Ufff, buena bocaaaa
—le dijo el hombre.
—Técnicamente tengo
veinte.
—¿Técnicamente?
—He estado más de
veinte años congelado, por lo que llevo en el mundo más de cuarenta.
—Curioso... Va, come
polla.
El chico volvió a
meterse todo el manubrio entre los labios y siguió mamando con dedicación. La
lefada llegó sin avisar minutos más tarde y le llenó la boca entera. Le resultó
un poco extraño que el hombre desnudo no armara escándalo durante la corrida
cuando no había tenido problema en alabar su mamada mientras la hacía.
—¿No te ha gustado?
—Sí, claro.
—No has hecho ningún
sonido mientras te corrías.
—Ya... Correrse es
una mierda. Te la deja floja. Ahora me toca esperar. No es agradable.
El chico se despidió
del hombre desnudo y siguió su camino en dirección a la mansión. Debajo de unos
árboles cuatro tíos habían hecho un tren y se enculaban a la vez, aunque sólo
eran los dos del medio los que daban y recibían polla al mismo tiempo. El que
cerraba el grupo vio pasar al chico y lo invitó.
—¿Te unes?
—Claro.
El chico se quitó la
ropa y pegó el culo al último para que pudiera meterle la polla. Aquél le llenó
el ojete de saliva y se la clavó despacio hasta estar bien adentro. El tren
cogió velocidad de nuevo y los gemidos de los hombres se mezclaron con el canto
de los pájaros.
El chico estuvo
únicamente recibiendo pollazos hasta que el primer vagón se cansó de meter y
pasó a la última posición para que el chico le diera por el culo. Era mucho
mejor estar en una posición intermedia y el chico, con el culo bien lleno de
carne como estaba, no tardó mucho en correrse dentro del orto que le habían
ofrecido. Se vistió, se despidió del grupo y siguió su camino.
No se había percatado
hasta entonces, no se había dado cuenta del patrón, pero allá por donde pasaba había hombres
desnudos practicando y disfrutando sexo. Aquel parque en el que había jugado de
niño se había convertido en una zona de cruising a plena luz del día para adultos.
Para hombres adultos, porque mujer no se veía ninguna. Estaba claro que el
mundo se había vuelto más permisivo con el sexo en su ausencia.
Había otro tío pollón
sentado en un columpio, empalmado y esperando que alguien se sentara en su
polla para columpiarse juntos.
—¿Quieres rabo? —Le
dijo al chico.
Éste se acababa de
correr pero pensó que, ya que tenía el culo bien abierto, no podía desperdiciar
aquel rabo gordo y dispuesto, así que volvió a quitarse la ropa y se dejó caer
sobre el nuevo cipotón hasta tenerlo bien clavado hasta las entrañas.
—Pareces joven.
—Estuve criogenizado.
—Vaya. Hacía
muchísimo que no me follaba a un niño rico.
El tío pollón dio
impulso con los pies y comenzaron a columpiarse mientras follaban lento y
profundo.
III
Le costó cerca de
dieciocho horas llegar a la mansión, no porque estuviera lejos, sino porque
cada pocos minutos se tropezaba con otros hombres que lo invitaban a mamar, a
besar, a encular o a dejarse encular. Algunos de ellos le ofrecieron además de
sexo comida y bebida y cuando llegó por fin a casa, casi al mediodía del día
siguiente, la mala experiencia en el laboratorio de las mujeres era sólo un mal
recuerdo.
Jules lo recibió
desnudo y feliz de tenerlo de vuelta en casa.
—Menos mal que has venido,
Armand. Me he quedado sin acompañantes.
—¿Se han ido todos?
—No suele ocurrir
pero hoy todos tenían cosas urgentes que hacer. ¿Me darías rabo? Hoy tengo unas
ganas de mamar que no me aguanto ni yo.
—Claro. Pero vengo
recién corrido.
—Mejor. Así te la
chuparé más rato.
Jules se dejó caer en
el sofá haciéndose ya un pajote anticipando la mamada que estaba por hacer y
Armand se quitó la ropa y se puso de pie encima del asiento, con una pierna a
cada lado de su hermano, para llenarle bien llenos los morros de carne.
—Me pasó algo extraño
hace unos días —dijo Armand, aprovechando que Jules tenía toda la boca llena de
rabo y no lo iba a interrumpir. —Unas mujeres me secuestraron para robarme una
muestra de esperma.
Jules se sacó la
polla de la boca y dijo rápidamente para poder seguir tragando:
—El centro de
maternidad. No suelen pedirlo porque si lo piden no lo obtienen.
—¿Por qué?
—No puedo mamarte la
polla y explicártelo al mismo tiempo.
—Pues entonces
fóllame.
—Está bien.
Armand se echó en el
sofá con el culo en pompa para que su hermano Jules se lo petara. Jules le
clavó la polla de un golpe, sin lubricarlo siquiera. A Armand le pareció bien.
Estaba acostumbrado a sus pollazos a traición.
—Bueno, explícamelo.
—Espera que coja el
ritmo.
Cuando el metesaca se
estabilizó Jules comenzó a explicarse. Su polla entraba profundamente y salía
casi hasta la punta en cada estocada mientras hablaba.
—Llegaron hace más de
veinte años, pequeñas naves negras no tripuladas. Había millones de ellas, se
colocaron alrededor de todo el planeta. Papá sabía que no era una visita de
cortesía y nos congeló pensando que así nos protegía.
La polla entraba sin
dificultad y los cojones de Jules le golpeaban sus propios huevos.
—¿Qué quieres decir
con naves? ¿Hubo una jodida invasión extraterrestre?
—Como lo oyes. Nos
bombardearon con algún tipo de agente químico. Al planeta entero. Como si
fuéramos putos insectos.
—¿Para matarnos?
—No está claro aún,
pero es la hipótesis más... extendida —Jules aprovechó la última palabra para
meterle a Armand un pollazo hasta los topes. Su hermano gimió agradecido. —Sólo
afectó a los hombres. Quiero decir que los machos de otras especies animales no
fueron afectados. El químico estaba especialmente preparado para dañar sólo a
varones humanos. A todos los varones humanos.
—¿Nos hicieron
estériles?
—No. Para nada.
Seguimos siendo fértiles. Pero afectaron nuestro cerebro para que las mujeres
no nos produjeran deseo sexual y lo sintiéramos amplificado por los otros hombres.
Nos convirtieron a todos en maricones, incapaces de empalmar delante de un
coño. Básicamente se cargaron la reproducción natural de la especie, no la
artificial.
—Entonces no han
acabado con nosotros —dijo Armand, recibiendo pollazos sin parar.
—Pero nos han
diezmado. Nacen muy pocos niños y niñas y a esos varones que nacen nunca les va
a interesar procrear. Las mujeres están decididas a no dejar que la especie
desaparezca pero son las únicas interesadas.
—¿Por qué? —Preguntó
Armand, moviendo el orto en circulitos para incrementar el contacto de aquel
pollón en sus entrañas.
—Porque los hombres
no podemos concentrarnos en nada a parte del sexo. Ya no servimos para nada más
que para follar con otros tíos, comer y dormir. Nada nos importa, nada nos afecta,
nada nos preocupa. Vivimos por y para el placer. Mientras tanto la población
envejece. En cien años pasaremos de millones a miles. Y entonces... veremos qué
querían de nosotros quienes nos hicieron esto. Quizá vuelvan y esclavicen a los
que queden vivos. Quizá los exterminen y les roben el planeta. O quizá pase el
efecto del químico y las cosas vuelvan a la normalidad y sea esto lo que hagan
esos seres más avanzados cuando un planeta corre peligro de acabar súper poblado.
Quizá sean nuestros caseros, un poco entrometidos, y lo hayan hecho por nuestro
propio bien.
Armand se imaginó a
sí mismo restaurando el mundo al lugar que le había sido arrebatado. Él, al
haber sido criogenizado, quizá no sufriera los mismos efectos que el resto de
los hombres. Se imaginó como un superhéroe, el salvador de la humanidad, yendo
por el mundo follándose a todas las mujeres que encontrara en el camino y
dejándolas preñadas con su esperma de mala calidad.
—Sácamela.
—¿Por qué?
—He acabado con mis
ganas de sexo por varios días.
—¿Te has imaginado
follando coños?
—Exacto.
—Bueno, deja de
pensar en eso y ya verás como te vuelven.
—En serio, sácamela.
Pero Jules le dio más
fuerte y, como había dicho, después de un poco más de buena polla reventando su culo y de no pensar
en nada, las ganas volvieron. Mientras recibía agradecido toda la carne en
barra de Jules por su dispuestísimo ano pensó:
"Pues estamos
bien jodidos, hermano".
Y al cabo de unos
minutos sólo fue capaz de pensar:
"Qué bueno ser
bien jodido por la polla de mi hermano".
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