El día que el mundo acabó, todos los
relojes se pararon a la 1:33
Marcos Sanz
I
Y entonces la vaca explotó.
Así es como mi profesor de literatura de la
Universidad, Francisco Rojas se llama el hombre, decía que tenían que empezar
los cuentos. Con una frase impactante que sugiriera que la historia ya había
comenzado antes de que el libro cayera en nuestras manos y que nos hiciera
preguntarnos qué diantre vendría a continuación. Que encendiera la imaginación.
Que permitiera que el cerebro tuviera algo que comer, elaborando primeras
teorías de por qué explotó la pobre vaca.
Otros principios que le parecían adecuados eran tal
que así:
"El periquito centró sus ojillos en mí y luego se
comió su propia cabeza".
"En ese momento descubrí que mi perro
hablaba".
(Sí, yo también creo que mi profe tenía algún problema
de la infancia relacionado con animales).
Y mi preferida:
"El día que el mundo acabó, todos los relojes se
pararon a la 1:33".
Todas buenas frases para comenzar un relato y algunas
con potencial de título.
Yo, como siempre, tenía que sacarle punta a todo, y
cuando nos explicó lo dicho, levanté la mano. Francisco Rojas ya esperaba mi
pregunta porque, de hecho, yo era el único de la clase que hacía preguntas.
—El problema que yo le veo es que si buscamos un
inicio impactante de ese estilo para atrapar al lector, ¿no estamos
condicionando el propio relato? ¿No me obligo a mí mismo a escribir sobre vacas
que revientan?
—No necesariamente —contestó el profe. —Porque puedes
decir que la vaca explotó y a renglón seguido explicar que así era como decía
tu profesor de la Universidad que había que empezar un relato.
Me lo apunté. Me dije que algún día tendría que
usarlo.
Todo esto viene a que el mes pasado, mi profe,
Francisco, al que hacía como diez años que no veía, se mudó al apartamento de
al lado.
Con él tuve una historia rara. Me medio colé por sus
huesos en la uni y muchas tardes me quedaba después de clase para charlar con
él de lo que fuera. Él se mostraba amable, algunas veces hasta parecía
interesado, pero nunca supe a ciencia cierta si había alguna posibilidad de
tema o era un hetero redomado. El último día de clase incluso le mencioné que
había tenido novio, a ver si probocaba alguna respuesta en él, pero el tío no
enseñó sus cartas.
Y, como digo, el mes pasado, al asomarme a la ventana
de mi cuarto que da a un patio vecinal, me lo encontré a él asomado a la
ventana de su salón, que es la estancia de su apartamento que tengo enfrente.
—¿Francisco? —Dije, anonadado.
—Mira a quien tenemos aquí. Al mismísimo Juan Carlos.
—Se acordaba de mi nombre. Qué bien. —¿Has seguido escribiendo?
—Dos horas cada día.
—Tendrás ya unas cuantas novelas.
—Unas cuantas...
Después de eso nos quedamos mirando sin saber qué
decir.
—Me he acordado muchas veces de tu leche que explotaba
—solté al final.
—¿De mi qué?
—De la vaca. La vaca que explotaba. ¿Qué he dicho?
—Has dicho leche. Mi leche.
Tierra, trágame. ¿En serio?
Me pareció que mi antiguo profe se ponía un poco
colorado.
—¿Recuerdas cómo se le llama a eso? —Me preguntó.
—Lapsus línguae.
—Perfecto. Sigues siendo el mejor.
Lapsus línguae, pensé. Yo a eso no lo llamo Lapsus
línguae. Yo a eso lo llamo tensión sexual no resuelta.
II
La siguiente vez que lo vi asomado también hablamos.
—¿Vives solo? —Le pregunté, muy interesado.
—Completamente. ¿Tú?
—También.
—La soledad bien llevada es uno de los mayores
placeres de la vida —dijo.
—¿Eso significa que quieres que te deje en paz?
—No, en absoluto. Hagamos una cosa. Cuando nos
apetezca intimidad, cerramos la ventana y listos.
—Me parece bien.
—Mientras tanto, saluda siempre que quieras.
A partir de entonces la ventana se convirtió en un
elemento clave en mi vida y mi habitación, en mi lugar preferido para pasar el
rato. Me pasaba el día medio trempado, esperando verlo cruzar hacia el baño o
hacia la cocina, a ver si reparaba en mí y me sonreía. Él tenía las mejores
vistas posibles. Desde su ventana podía ver toda mi cama. Me di cuenta del
potencial que tenía aquello cuando una mañana me desperté completamente
empalmado. Mi polla se había escapado por la ranura del calzoncillo y hacía una
nada despreciable montaña bajo la sábana. Miré por la ventana, por encima de mi
polla tiesa, y allí estaba Francisco, asomado y con una sonrisa radiante en la
cara.
—Duros días —dijo.
Ni siquiera me ruboricé. Me encantó su naturalidad. Y
su tono.
El resto del día lo pasé en mi cama, escribiendo en calzoncillos
con el portátil, descamisado y vigilando su salón por si lo veía aparecer.
Tenía pensado dejar escapar un huevo por un costado del calzoncillo si aparecía
pero me pudo la vergüenza.
Sobre las tres de la tarde volvió a asomarse.
—Menudo caloraco.
—Vaya...
—Tú vas bien ligero.
—No tengo aire acondicionado. O voy así o me paso el
día sudando.
—Supongo que no te importará que me quite la camisa.
—Estás en tu casa.
Se quitó su camisa de leñador a cuadros de distintos
tonos marrones y la tiró como si estuviera haciendo un streptiss. Y ahí estaba
mi respuesta. A parte de estar bastante cachas en plan oso y tener un buen
montón de pelo en el pecho, tenía tatuadas unas huellas también osunas que le
subían en lateral desde encima del ombligo hasta el pezón derecho. Mi profe era
un bear de tomo y lomo.
No se quedó mucho rato enseñando carne. Desapareció
sin más y no volví a verlo aparecer hasta más o menos las siete de la tarde,
todavía con el pecho al descubierto.
—¿Qué tal lo llevas? —Me preguntó, rascándose una
picadura de mosquito entre ambos pezones, más cerca del derecho.
—Morcillón y torcido a la izquierda.
—¿Estás escribiendo?
—Ajá.
—¿Qué escribes?
—Pues no sé por qué pero con el calor siempre me dan
ganas de escribir relatos eróticos.
—¿En serio? —Su sonrisa se ensanchó. —¿Me dejarás leer
alguno?
—Te haría el protagonista.
Joder. Aquello estaba subiendo de tono por momentos. Y
yo era el responsable. Con lo cortado que yo soy.
Me clavó una mirada intensísima y su mano fue desde la
picadura de mosquito hasta la tetilla. Se acarició sin quitarme los ojos de
encima y mi polla creció bajo el calzoncillo. Me miró abiertamente el paquete
mientras seguía acariciándose el pezonaco. Y entonces dijo:
—Joder. Qué calor. Me voy a duchar. Tengo una cena con
amigos dentro de un rato.
—Qué lástima.
—Te invitaría pero son todos profesores heteros y muy
aburridos.
—Yo me quedaré aquí escribiendo guarradas.
Me guiñó un ojo y desapareció. Al cabo de un rato
escuché correr el agua de la ducha.
La situación no sólo me había hecho trempar. Me había
calentado en plan obús. Después de diez minutos mi polla aún no había hecho el
favor de bajar.
Al final, escuchando sus resoplidos de satisfacción
animal bajo el chorro de agua fría en lo que me pareció la ducha más larga de
la historia, me saqué la polla por un lado del calzoncillo y me hice un pajote
con las piernas bien abiertas. Cuando el agua por fin se paró me pregunté si
iba a tener el morro de seguir con aquello. Estuve a punto de taparme con la
sábana por si aparecía, pero en un ataque de calentura total acabé lanzando la
sábana al otro lado de la habitación. Me deshice rápidamente también de los
calzoncillos y continúe con mi paja liberadora delante de su ventana.
Lo vi pasar completamente desnudo lejos de la ventana,
más cerca del balcón también abierto de par en par que daba a la calle. Solo lo
vi un momento pero me pareció que lo que le colgaba era enorme. Un miembro
desproporcionado y unos cojonarros como bolas de billar. Me imaginé con
aquellos cojones tapándome toda la cara y me corrí sin remedio, con una
sucesión de trallazos el primero de los cuales me aterrizó en la boca.
Me limpié despacio, sin ningún pudor, pero Francisco
no volvió a asomarse. Ni siquiera para despedirse antes de irse a su cena.
III
No soy una persona obsesiva. Nunca lo he sido. Pero me
obsesioné con esto. Durante las horas que estuvo fuera no pude dejar de pensar
ni un minuto en él. Me lo imaginé cenando en el restaurante con sus amigos,
charlando, riendo y tomando crema catalana de postre. Me imaginé que iba al
baño y meaba y al acabar se tocaba el cipotón hasta que se le ponía tieso
mientras pensaba en mí y lo que había pasado entre ambos antes de su ducha.
Las horas pasaban y el piso de Francisco continuaba a
oscuras. Y yo seguía trempado y con la necesidad de correrme otra vez, pero
quería reservarme por si aparecía y se acordaba de mí y de que le había dicho
que quería hacerlo el protagonista de uno de mis relatos eróticos.
A la una de la madrugada aún no había regresado. Y
cuando lo hiciera seguramente estaría cansado y se iría directamente a la cama.
Yo me moría por verlo otra vez esa misma noche.
Al final, en vista de que no regresaba, abrí Cam4 y le
hice un espectáculo a todos los maricones que se conectaron a mi room, la mayoría
de ellos etiquetados como heteros en su perfil. Más quisierais, sois todas unas
cerdas pasivas dándoselas de machos.
Estaba a punto de correrme cuando escuché su puerta y
se encendió una luz a la izquierda en su piso. Acababa de regresar. Deseé que estuviera
solo. Si sus amigos eran profes heteros y aburridos seguramente volvía a casa
solo. Pero nunca se sabe. No quería que
me viera en plena faena ningún amigo suyo.
No oí que hablara con nadie por lo que decidí que sí,
que debía estar solito, y encendí el flexo. Para Cam4 me bastaba con el brillo
de la pantalla del ordenador pero quería que mi vecino me viera bien.
Sin atreverme a mirar directamente a su salón por si
lo veía ahí de pie plantado, recuperando mi natural timidez, seguí con lo que
estaba haciendo, que básicamente era llenarme la mano de saliva y pulirme
lentamente el cincel, espatarrado y en bolas.
La luz del pasillo se apagó y la del salón no llegó a
encenderse. Me pregunté si se habría metido directamente en su habitación.
Seguí con lo mío, aún sin mirar directamente por la ventana. En Cam4 uno me
estaba pidiendo que me metiera algo por el culo. Le tecleé que a lo mejor
luego.
Mi polla estaba lustrosa y durísima. Mis cojones duros
y llenos de leche. Una leche que tenía dueño. Finalmente me di cuenta que toda
esta calentura era por él y estaba siendo gilipollas por no mirar por la
ventana. Y miré. Y allí estaba. Su figura en tinieblas. Observándome en la
oscuridad.
Fue verlo ahí de pie y me corrí en torrente. Otra vez.
Joder. Tanto rato esperando y ahora me sale el eyaculador precoz que llevo
dentro. Al menos le regalé unas buenas vistas de la corrida minetras me
empapaba todo el pecho. Y jugué a esparcirme la leche hasta que me entró la
vergüenza, cerré de golpe el portátil y apagué el flexo.
Busqué a tientas el rollo de papel higiénico de la
mesita mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad. Me sequé la lefa
intentando localizar su figura donde la había visto antes, a un metro de su
ventana. Ahí seguía. Me enfadé conmigo mismo por haber apagado el flexo. No
quería que pensara que no me gustaba que me mirara.
Entonces dejé de ver su silueta y pensé que se
retiraba. Pero nada más lejos. Encendió la luz del salón, que con la oscuridad
reciente hacía hasta daño, y se colocó en medio de la estancia. La luz que
salía de su piso me iluminaba lo suficiente como para que él me viera aún
espatarrado y con la polla morcillona. Muy lentamente se fue desabotonando su
camisa bajo la lámpara de luz amarilla de su salón. Esta vez la camisa de leñador
era de tonos azules. Dejó su pecho al descubierto, se mojó los dedos índice de
saliva y se los pasó por los pezones.
Empecé a trempar otra vez. Aquel tío me ponía como una
moto.
Se estuvo dando saliva en los pezones hasta que el
bulto le creció una barbaridad, presionando sus pantalones. Entonces se
desabrochó cinturón, botón y cremallera y sus pantalones cortos cayeron. El
cinturón repiqueteó en el suelo. No llevaba calzoncillos.
Se cogió el rabaco y se puso de costado para que se lo
viera bien. Dios. Menudo troncho. No había visto cosa más apetecible en mi
vida. En segundos me puse a babear como una perra imaginando eso en mi boca.
Él se pajeó para mí. Yo volví a encender el flexo, me
llené los dedos de saliva y empecé a jugar con mi culo. Francisco puso cara de
que le gustaba lo que veía.
Mientras él se llenaba la palma de la mano de
salivazos con los que se daba masajes en el prepucio yo me metía un dedo por el
culo. Mientras él buscaba la emisora de radio en cada pezón yo me metía un
segundo dedo.
Cuando entraron tres, Francisco se asomó a la ventana
para verlo bien. La pollaca le chorreaba precum.
—¿Voy? —Preguntó, con la voz tomada.
—Ven —contesté, sin creerme que aquel pedazo de
manubrio fuera a ser mío.
Francisco desapareció de escena y a los pocos segundos
golpearon mi puerta.
Salté de la cama y fui a abrir. Se había venido
desnudo. Sólo llevaba las llaves de su casa en una mano y una caja de condones
XXL en la otra.
Conforme entró dejó las cosas en el aparador, me
agarró la polla y me comió la boca. Besaba de muerte. Creo que no he estado más
caliente en mi vida. Quería hacerle cuarenta mil cosas a la vez pero me
contenté con dejarme besar hasta que él quisiera.
En determinado momento me miró a los ojos y sonrió,
todavía besándome, y yo me derretí y le
comí la sonrisa.
—¿Quieres probarla? —Me dijo, llevándome la mano hasta
su pollón.
—Eso ni se pregunta.
Caí de rodillas ahí mismo, inspiré profundamente para
llenar mis fosas nasales de su olor a macho caliente y me llené la boca de
polla. Empecé a mamar a dos carrillos, como poseído. Dioooooos, estaba
buenísimaaaaaaa.
—Hostia, como tragas.
Me dio una suave cachetada en la mejilla mientras yo
le hacía sitio a aquel inmenso trabuco.
—Uff, qué buena boca, Juan Carlos. Estás hecho un
mamoncete, ¿eh? Traga. Traga. Así. Dale. Asííí. Uf. Qué bueno. Mama. Joder, qué
gusto. Sigue así... Joder. ¡Joder! Tendríamos que haber hecho esto en la
Universidad. Te morías de ganas. Mmmmm. Qué boca tienes, cabrón. Traga polla.
Traga. Así...
Su nabo escanciaba generosos chorrazos de precum que
estaban de vicio. Era la polla más sabrosa que había catado.
—Te gusta mamar, ¿eh? Te gusta tener los morros bien
llenos de carne, ¿eh? Traga. Así. Uf, qué buena mamada. Lo estás haciendo muy
bien. Así. Hasta el fondo. Sííí. Asííí. Asííííííí.
Le estuve mamando el cipotón yo no sé cuánto tiempo.
El tío tenía aguante. Me pregunté como podía estar tan fresco si yo estaba por
correrme otra vez. Me encantaba el tacto de sus cojonarros. Me llenaban toda la
mano. Y me encantaba que fuera tan precumero. Cada
poco añadía un chorrazo de sabor a mi mamada.
—La chupas de
puta madre. Pero me encantaría metértela por el culo.
Me gustaba mucho que fuera rudo, mal hablado en el
sexo. Me lo había imaginado dulce como un caramelo en la cama pero esto me
ponía mucho más cerdo.
Cogí los condones que había traído y lo llevé a mi
habitación.
—¿Quién vive ahí enfrente? —Bromeó, mirando hacia su
ventana.
—Un profe que tuve.
—¿Estaba bueno?
—Como un tren. Me moría por sus huesos.
—¿En serio?
—¿Demasiada información?
—No. Está bien. Pensaba que sólo te la ponía tiesa. No
que te gustara... de esa manera.
—Bueno. De eso hace ya mucho tiempo. Fóllame.
Le pasé un tarro de lubricante y me acosté boca abajo
en mi cama. Se llenó tres dedazos de crema y me los plantó en el ojete. Empezó
a esparcir y yo a gemir como una perra a su contacto. Entonces se puso un
condón y se dejó caer sobre mí. Sentirlo encima fue un gustazo. Y sentir todo
su trabuco a lo largo de la raja de mi trasero, delicioso.
—Quédate un rato así. Estoy en la gloria.
Francisco me dio el gusto. Permaneció un buen rato con
todo su peso sobre mí. Sentía las palpitaciones de su manubrio en mi piel. Los
pelos de sus enormes cojones me hacían cosquillas en el perineo.
—La meteré muy despacio para que te acostumbres. Soy
consciente de lo que gasto.
—Tú tranquilo. Tengo un consolador parecido y lo uso a
menudo.
Finalmente sentí el cabezón instalándose en la
entrada. Un poco de presión y opps, ya había pasado lo difícil. Llené la
almohada de babas de puro gusto.
IV
Se marchó después de dejarme satisfecho y aunque no
durmiera con él sentí su polla dentro de mí toda la noche. De hecho, soñé que me
follaba lento hasta el amanecer. Desperté con los primeros rayos de sol con una
erección de caballo y al mirar por la ventana ahí estaba él, desnudo y
tocándose el rabo a dos manos, sin quitarme los ojos de encima.
—Da gusto despertarse así —lo saludé.
—Ven —me dijo. —Quiero correrme en tu boca.
Hice ademán de ir a vestirme y me detuvo.
—Espera. Mira lo que he preparado.
Ante mi sorpresa cogió una enorme escalera de madera y
la utilizó de puente entre nuestras ventanas.
—¿Qué? ¿Estás loco?
—Vamos. Ni lo pienses. Sólo hazlo.
—¿Y si me ven?
—No hay nadie asomado.
—¿Y si me caigo?
—No te vas a caer. Hasta un mono puede hacerlo.
—Los monos son expertos en eso.
—Venga. Date prisa. ¿No quieres que te colapse los
morros?
Me convenció. Sujetó la escalera desde su lado con
fuerza para que no se moviera. Yo crucé a toda prisa a cuatro patas, desnudo y
sin mirar abajo, y en un santiamén estaba en su piso.
—Espero que no me hayan visto. Esto debe ser
denunciable.
—Venga. Come polla. Estoy que reviento.
—Primero quitemos la escalera. No querrás llamar la
atención de los vecinos.
—Los vecinos me la pelan.
—¿Alguno en particular? —Sonreí.
Quitamos la escalera y Francisco me empujó hacia abajo
por los hombros para que me arrodillara allí mismo, junto a la ventana del
patio vecinal, y me tragara su cipotón. En cuanto me lo metí en la boca él
empezó a retorcerse los pezonacos.
—Mmm. Qué bueno. Tú has nacido para esto.
No hay nada que me ponga más cerdo que una buena
tranca llenándome toda la boca y Francisco tenía polla para dar y tomar. Tragué
rabo como un buen mamón disfrutando de aquel trozo de carne palpitante que me
regalaba chorrazos de precum cada poco. Mientras mis labios le hacían un traje
de saliva a su cipote mis manos acariciaban sus cojones. Él seguía buscando el
dial de la radio en sus pezones. Hasta que mi mano izquierda exploró su agujero
por detrás de sus huevarros y Francisco perdió la compostura. Su mano derecha
empujó mi cabeza contra su pedazo rabo y me atragantó de polla. Se me ocurrió
pasearle el dedo gordo por el ano y el profesor empezó a follarme la boca como
enajenado, apretando más y más mi cabeza contra su descomunal falo. Yo estaba
en la gloria aunque no podía respirar y tuve que dejar escapar regueros de
babas sobre su miembro para poder tomar aire entre la tos. Él no me dio
descanso y aprovechó mis intentos de tomar aire para meterla más adentro. Yo me
vengué metiéndole de golpe el dedo por el culo y un torrente de precum me
inundó la garganta. Casi parecía el inicio de una corrida pero yo sabía que
Francisco aguantaba muchísimo más.
—Sííí, me gusta esoooo —dijo, fuera de sí. —Ábreme el
culo mientras te follo la boca.
Sus deseos eran órdenes para mí así que le fui
follando el agujero con mis dedos mientras él me atragantaba de carne.
—Come, cabroooooon. Traga raboooooo. Cómo te gusta
esto. Traga polla. Tragaaaaaaaa.
Decidí no tocarme para nada la verga porque Francisco
me ponía tan cerdo que cualquier caricia de más me llevaría sin remedio al
orgasmo. Era incontrolable. El gesto natural de mi cuerpo ante la cercanía de
este macho era correrme en torrente. Ya me estaba costando bastante no correrme
sólo de tener los morros bien llenos de carne y de sentir sus cojones
golpeándome la barbilla en cada arremetida. Si me rozaba sin querer el miembro,
aunque fuera una pizquita de ná, la
corrida sería instantánea e imparable. Él sin embargo tenía un aguante brutal,
incluso con mis dedos entrando y saliendo de su agujero. Podía controlar
perfectamente el ritmo y decidir cuando quería correrse. Por lo que me había
demostrado la noche anterior le gustaba estirar el sexo durante horas. La
verdad es que a mí eso no me suponía un problema porque hubiera firmado porque
me diera polla por todos los agujeros veinticuatro horas al día.
—Te voy a lefar la boca entera. Y tú vas a portarte
bien y te vas a tragar hasta la última gota de mi corridote —dijo, sin dejar de
darme tralla de la buena. —¿Me has oído?
Asentí, sacándome la pollaca de la boca para escupirle
en los cojones el exceso de babas.
—Chúpame los cojones a boca llena —ordenó.
Obedecí sintiéndome la puta más satisfecha del
planeta.
Cuando volví a tragar polla me decidí a dejarlo seco.
Quería tener toda esa leche en la boca cuanto antes y quería derramarme
mientras sus lefazos espesos me colmaban los morros.
—Joder, cómo mamas, cabrón. Como sigas así me corro
sin remedio.
Le tenía tres dedos metidos por el culo que no dejaban
de moverse y su polla entraba y salía empapada de mi boca. Mis regueros de
babas le caían por las piernas. Tenía los cojones bien empapados. Un chorrazo
de precum me llenó la boca de sabor y fuera de mí me agarré el nabo y me hice
un pajote liberador.
—Dios, me corro, me corro, me corroooooo —escuché que
susurraba mi macho.
Empecé a recibir sus chorrazos de lefa en lo más
profundo de mi garganta y empecé a echar yo también la mía mientras me derretía
de placer. Francisco levantó la mirada hacia el techo mientras se retorcía los
pezones, soltando una ingente cantidad de leche en mi boca dispuesta. Le metí
los dedos bien adentro del ano y me premió con más lefa. Parecía un manantial,
la leche no paraba de salir a borbotones y pronto la dejé escapar de mi boca
para que la viera rodar por mi barbilla.
Francisco la recogió con los dedos y volvió a
ponérmela en los labios.
—Traga.
Obedecí sin rechistar.
Su polla seguía como una puta roca después de la
colosal lefada y Francisco fue intercalando polla y dedos entre mis labios
hasta que me tragué todo lo que había escanciado.
—¿Crees que podrías seguir tragando? —Me preguntó.
—Recién levantado no se me baja si no me corro dos veces.
Supongo que imaginas cual fue mi respuesta.
V
A estas alturas te estarás preguntando dónde está el
conflicto del relato. ¿Qué pasó? ¿Me caí de la escalera? ¿Se pararon los
relojes a la 1:33? ¿Explotó alguna vaca? Vaca, vaca, ninguna. Pero su polla sí
explotó un buen número de veces, casi siempre en mi boca y últimamente también
en mi trasero, pues nos hicimos las pruebas, estamos limpios y ahora me folla a
pelo.
Con Francisco me pasa como con los buenos libros. O
como con cualquier otra cosa buena en la
vida. Que no quiero que se acabe. Lo bueno es que de momento no nos cansamos el
uno del otro y me da la impresión de que sin haberlo buscado he encontrado un
maestro, un compañero de viaje y un protagonista para mis relatos eróticos.
Todo de una tacada.
Y ahora, si me disculpas, Francisco me está golpeando
la mejilla con la pollaca ya mojada de precum, demandando un poco de atención,
y uno no es de piedra.

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