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Joe 2.0
PRIMER TIEMPO
I
La primera vez que Joe me salvó la vida yo acababa de
cumplir ocho años. Volvíamos del cine de ver la segunda película de Ironman.
Habíamos ido a la sesión de tarde por lo que de vuelta a casa aún no había
anochecido. Mamá conducía y papá se escribía mensajes de texto con un compañero
de trabajo.
Mamá gritó algo sobre un hombre en la carretera. Lo vi
sólo durante una fracción de segundo. Era grande, vestía de negro y llevaba un
arma futurista en la mano. Estaba en medio de la carretera apuntándonos y
disparó.
El coche saltó por los aires. El cinturón evitó que yo
saliera también disparado. Un rayo de luz blanca entró por una de las
ventanillas, que habían explotado, y me envolvió. La sensación fue cálida,
protectora. Escuché una voz de hombre en mi cabeza. Me decía que todo iba a
salir bien. Pero era mentira porque el fuego del que me protegía aquella luz
blanca estaba devorando a mis padres.
La luz que me envolvía sacó mi cuerpo ileso del coche,
y Joe me tomó de la mano. Era tan alto como mi padre, aunque más fuerte. Tenía
una penetrante mirada azul e iba vestido de blanco. Era atractivo.
—No me sueltes la mano. Si te sueltas te perderás en
un trazo no escrito y me será difícil recuperarte.
Mis ojos no podían apartarse del coche volcado. Las
llamas que consumían la vida de mis progenitores también acababan con la
inocencia de un niño que no estaba preparado para las pérdidas que el destino
le tenía reservadas.
Un destello metálico llamó mi abotargada atención. El
hombre de negro venía a la carrera con el arma levantada hacia nosotros.
Disparó. Joe apretó mi mano y el mundo desapareció a nuestro alrededor.
Fue como dejar de existir. La realidad se dobló sobre
sí misma hasta caber en un punto minúsculo de oscuridad y luz a la vez. No
éramos nada, no estábamos en ningún sitio. Pero al mismo tiempo sentía su mano
agarrando la mía.
Entonces el mundo volvió a desplegarse a nuestro
alrededor. La carretera, el hombre de negro y el coche en llamas habían
desaparecido. Joe me había llevado a su guarida.
II
Me dio un batido de chocolate de una marca que no
conocía y mientras me lo bebía se acuclilló para estar a mi altura y me habló.
—Siento mucho lo de tus padres. No podía salvarlos.
—¿Por qué?
Me miró con tristeza.
—Puedo esconderme en el tiempo pero no alterarlo.
Ellos no estaban destinados a vivir. Tú sí.
—¿Eres un héroe?
—Yo no lo definiría así. Pero al menos no soy un
villano. Ese papel le va como anillo al dedo al tipo que ha asesinado a tus
padres.
—¿Quién es? ¿Por qué los ha matado?
—Es un eliminador. Está programado para eliminar a los
no nacidos de madre. Paradógicamente él tampoco nació de madre. Podría hacernos
un favor y eliminarse a sí mismo.
—¿Mis padres eran... eso que dices? ¿No nacidos de
madre? ¿Por eso los ha eliminado?
—No.
—Entonces... ¿por qué los ha matado?
—No lo entenderías. —Se puso de pie, miró un reloj
blanco que llevaba en la muñeca y dijo: —Te llevaré a tu casa. Tendrás que ser
fuerte. En adelante vivirás con tus tíos Leland y Martha. Te cuidarán bien.
Volvió a tomarme de la mano y repitió el truco de la
realidad replegada sobre sí misma. Al desplegarnos aparecimos en mi cuarto.
Joe echó un vistazo a su alrededor. Tocó algunos de
mis juguetes. Parecía estar buscando algo en particular.
—¿Te gusta la biología? —Preguntó, mirando mis dibujos
de animales.
No sabía a lo que se refería con biología así que le
contesté que no.
—Te gustará. He de irme. Cuando me vaya, baja al salón
y cierra la puerta de la calle con el cerrojo. Cuando venga la policía tienen
que oírte descorrer el cerrojo. Diles que tus padres te dejaron en casa porque
te encontrabas mal. Les extrañará que se fueran sin ti al cine pero no tendrán
ánimo para hacerte muchas preguntas. Te explicarán con tacto que tus padres han
tenido un accidente. Intenta hacerte el sorprendido. Siento mucho dejarte así
pero no me queda más remedio.
Hizo un gesto de despedida.
—¿Por qué me has salvado? —Le pregunté antes de que se
replegara.
—Para que tú puedas salvarme.
—¿Volveré a verte?
—Dentro de muchos años.
Y desapareció.
III
Veintidós años exactamente fue lo que tardó Joe en
reaparecer en mi vida. Y no volvió solo.
Acababa de cumplir los treinta, era biólogo, estaba
felizmente casado y tenía una niña de cinco años. Nos habíamos tomado el día
libre para dar un paseo en familia. El hombre de negro apareció al final del
puente desde el que estábamos echando fotos.
Al principio no lo relacioné con el aciago día en que
murieron mis padres. Solo pensé que había que ser muy tonto para vestirse de
negro en un día tan soleado. Entonces vi el arma en su mano y recordé. Le pedí
a mi mujer con el corazón en un puño que se llevara a la niña y avancé hacia él
a todo correr para intentar protegerlas. Si debía matar a alguien que esta vez
fuera a mí.
El hombre de negro disparó y una ondanada de calor
rojo convirtió el puente en un infierno. Antes de que el golpe irradiado
pudiera achicharrarme las cejas un haz de luz blanca me golpeó. Esta vez no me
protegió, más bien me quitó del camino de la muerte lanzándome al río por el
borde del puente. Lo último que vi antes de caer fue a mi mujer y a mi hija
siendo alcanzadas por el infierno desatado. Deseé caer sobre las rocas para no
tener que vivir sin ellas.
IV
De los siguientes días no guardo muchos recuerdos. La
caída me destrozó. No sé cuantos huesos me rompí ni cómo logré sobrevivir
cuando mi motivación para seguir vivo había sido, por segunda vez, pasto de las
llamas.
Joe me cuidó en su guarida. Conforme los huesos
soldaron y el dolor se hizo soportable comencé a tener periodos más largos de
lucidez.
Recuerdo haberle preguntado por qué tuvieron que morir
mi esposa y mi hija. Su respuesta fue la misma que la última vez. Ellas no
estaban destinadas a vivir. Yo sí.
Para mí no tenía ningún sentido. La única razón por la
que yo seguía vivo es porque Joe me salvaba. Y si había podido salvarme a mí
también podría haber salvado a las personas a las que amaba.
Durante aquellos días Joe me alimentó, me aseó y me
hizo compañía. Por las noches, que era cuando el dolor, tanto el físico como
por la pérdida, se hacía menos soportable, Joe me leía novelas de aventuras.
Parecía poner mucho cuidado en elegir sólo aquellas lecturas que no me
recordaran a mi familia perdida. Quizá se saltara aquellas partes donde podía
ser mencionado el amor. No recuerdo absolutamente nada de aquellas novelas pero
sí recuerdo su voz. Y que me reconfortaba.
Un día le pregunté por qué no había envejecido. Estaba
exactamente igual que cuando me salvó de morir calcinado cuando contaba ocho
años.
—Me oculto en el tiempo para que el eliminador no me
encuentre. Lo que te ocurrió cuando tenías ocho años, desde mi perspectiva,
pasó hace dos meses.
—¿El eliminador te busca a ti? Pensaba que iba detrás de
mí.
—El eliminador elimina a los no nacidos de madre. Yo
soy uno de ellos. A ti te persigue por otros motivos.
—¿Y a qué te refieres con no nacido de madre? ¿Fuiste
un niño probeta?
—Me refiero a que fui construido. No tuve un
nacimiento natural. Soy artificial.
—¿Eres un robot?
—Un robot de carne y hueso, si prefieres pensarlo así.
Aunque nada me diferencia físicamente de ti. A excepción de no haber nacido de
un útero y de ciertos dones que estoy construido para adquirir.
—Como la luz blanca, el esconderte en el tiempo y el
replegar la realidad.
—Y alguna cosa más que todavía no has visto.
V
Tardé varios meses en recuperarme del todo. Cuando ya
casi no me dolía caminar comenzamos a dar largos paseos. Al principio pensaba
que Joe me llevaba a diferentes localizaciones cerca de donde tenía su guarida,
elegidas por no ser muy concurridas. Hasta el día que tuvimos que plegarnos en
el último segundo porque nos atacó un dinosaurio. Ahí es cuando me percaté de
que me llevaba a pasear por diferentes épocas.
—¿No es peligroso?
—Por lo general elijo bien el destino. No sé cómo se
me ha pasado ese bicho.
—Me refiero a si no es peligroso que viajemos por el
tiempo. ¿No podemos cargarnos el futuro? ¿No alteraremos toda la cadena de
sucesos por estar en el tiempo que no toca?
—No funciona así. No cambiamos nada porque no podemos
cambiar nada. Vayamos al tiempo al que vayamos ya estuvimos allí. No hubo un
pasado en el que el dinosaurio no se cruzó con nosotros y otro en el que sí.
Ese dinosaurio siempre se cruzó con nosotros. El pasado no
ocurrió antes. Pasado, presente y futuro suceden a la
vez.
—Entonces... ¿no podemos ir al pasado y matar a Julio
César?
—Podemos ir y matarlo, claro.
—¿Ah, sí? ¿Y eso como encaja con lo que me has
contado?
—Cuando volvieramos descubriríamos que lo que llegó a
nosotros de Julio César sigue siendo lo mismo que ya conocíamos. Nosotros lo
matamos y nosotros lo sabemos. Pero por una serie de circunstancias ese
asesinato no trascendió. Quizá por razones políticas se ocultó su muerte.
—¿Y si lo matamos de niño?
—Nos habremos equivocado de niño. Como te digo, no se
puede cambiar. Si ahora mismo intentáramos asesinar a cualquier dictador de la
historia podríamos acabar descubriendo que nuestros actos fueron el
desencadenante de que las cosas pasaran exactamente como pasaron.
—Porque nosotros ya estuvimos allí.
—Exacto. Y lo que sucedió por nuestra culpa no tiene
por qué ser exactamente lo que la historia recuerda y nos cuenta. Cuanto más
lejano en el tiempo es un hecho más manipulado llega a lo que consideramos
nuestro presente.
—Por eso no intentaste salvar a mi familia. Porque sabías
que en ese pasado, presente y futuro que ocurre a la vez, ellos morían y yo
sobrevivía.
Asintió.
—Pero en ese caso ¿tú ya conoces mi vida? ¿Sabes
exactamente cuando aparecer para que sobreviva? ¿Vas vigilando mi línea de
tiempo?
—No puedo contarte mucho más de cómo funciona esto.
—¿Por qué?
—Porque esas explicaciones no ocurren ahora.
—¿Ocurren en el futuro?
—Puede ser.
VI
Una noche tuve una pesadilla de la que desperté
gritando, o intentando gritar. Me sentí como si me hubiese dado una embolia que
no me permitiera hablar con normalidad. El efecto duró unos minutos tras
despertar. Intentaba explicarle a Joe lo que había soñado pero sentía la boca
torpe.
—Tranquilízate. No hables. Te traeré un poco de agua.
Me quedé mirando el techo hasta que regresó de la
cocina. Me miró preocupado.
—Creo que ya estoy mejor —le dije mientras tomaba el
vaso de agua de sus manos. Mi voz sonó normal.
—Has tenido un sueño intenso, nada más.
Estuvimos hablando media hora hasta que me dijo que
procurara descansar y que se iba a la cama. En ese momento sentí pánico.
—¿No puedes quedarte?
—¿No quieres dormir?
—Digo si no puedes dormir hoy conmigo.
—¿Quieres?
—¿Te parecería raro?
—En absoluto. Para mí es lo normal.
—¿Dormir con otros hombres?
—No. —Me miró con una intensidad abrumadora. —Dormir
contigo.
No entendí entonces a qué se refería pero le hice sitio
a mi lado.
No se limitó a tumbarse junto a mí. Me hizo acomodar
mi cabeza bajo su cuello y me abrazó tanto con los brazos como con las piernas.
Me quedé dormido enseguida. Joe era la persona más
cómoda con la que había dormido nunca.
VII
A partir de entonces dormimos juntos cada noche. Me
sentía cómodo con Joe. Me sentía protegido, atendido y cuidado. Me sentía
querido.
Una noche en que no conseguíamos conciliar el sueño
ninguno de los dos le hice una pregunta que me andaba rondando desde hacía días.
—Dijiste que lo normal para ti era dormir conmigo. ¿Ya
lo habíamos hecho antes?
Joe tardó un poco en contestar. Supongo que trataba de
evaluar hasta donde podía contarme.
—Lo hicimos antes en mi caso. Desde tu perspectiva,
pasará después.
—Pero está pasando ahora.
—Ahora está pasando para los dos.
—Suena complicado.
—En realidad es muy sencillo. Imagina que estamos
asistiendo a un partido de fútbol. Tú estás viendo ahora el primer tiempo. Pero
es lo único que puedes ver porque es lo que está pasando ahora. No puedes saber
de manera natural lo que ocurrirá durante el segundo tiempo del partido. Aunque
yo podría contártelo. Porque yo sí he visto ya el segundo tiempo, es lo que
conozco. De hecho, desde mi perspectiva no es el segundo tiempo del partido
porque en mi línea cronológica pasó primero. Pero para que nos entendamos, es
la segunda parte. Para ti vendrá después. Bien. Como decía, tú no puedes
vislumbrar el segundo tiempo del partido. Pero yo conozco algunos hechos del
primer tiempo, aunque aún no lo haya vivido.
—Porque yo te los he contado. O te los contaré.
—Y porque yo he vivido sus consecuencias. No es sólo
una cuestión de que me contaras lo que nos ocurrió. Desde mi perspectiva la
relación que tú y yo hemos tenido, y que para ti tendremos, se cimentaba en lo
que pasó durante estos días.
—Aunque en realidad estos días son nuevos para los
dos.
—Exacto.
—Aunque no eran nuevos para mi yo del futuro, que te
pudo hablar de ellos. Creo que lo entiendo. Es complicado, de todas formas.
—Sí. Lo es.
Hasta entonces había permanecido con la vista fija en
el techo. Me puse de costado para poder mirarlo a los ojos. Desde que había
tenido aquella pesadilla Joe había adaptado la luz ambiente de la guarida para
que nunca estuviéramos del todo a oscuras. Sus ojos azules no nacidos de madre
me parecieron más enigmáticos que de costumbre.
—Dime una cosa. En esa relación que tendremos y que
está empezando aquí... ¿Nos limitábamos sólo a dormir juntos?
Negó con la cabeza.
—¿Qué más hacíamos?
Se mordió el labio inferior. Después pareció tomar una
decisión y con movimientos lentos agarró la parte superior de mi pijama por la
parte de abajo y tiró hacia arriba. Lo ayudé a que me lo quitara. Dejé caer la
prenda al suelo. No llevaba camiseta debajo por lo que de cintura para arriba
quedé al descubierto.
Volví a recostarme y a mirarlo a los ojos. Él puso muy
despacio una mano sobre el vello de mi ombligo y me acarició sin dejar de
mirarme ni de morderse el labio. Se me erizó toda la piel y sentí como la
sangre acudía rápidamente a mi miembro.
Su mano subió luego por mi pecho hasta un pezón
mientras mi erección crecía imparable. Sus dedos me acariciaron con roces
ligeros, casi sin tocarme y cerré los ojos disfrutando del contacto de su piel
en mi piel.
Sus caricias se prolongaron en el tiempo hasta hacerme
sentir un deseo irrefrenable de tocarme yo también. Me sentí un poco egoísta
por pensar sólo en mi placer. No era todavía consciente de que mi placer era su
placer.
Sentí su respiración más cerca, en mi oído. Abrí los
ojos. Nos miramos. Y entonces acercó sus labios a los míos y me besó. Y fue una
experiencia tan intensa y tierna a la vez que quedé completamente desarmado y
vulnerable. Pero sintiendo que había encontrado a mi otra mitad e intuyendo todo
lo que nos esperaba en el segundo tiempo.
VIII
Dormimos desnudos como un par de cucharas en un cajón
de terciopelo y me despertó la presión de su miembro erecto en mi trasero.
Nunca había estado con un hombre, era virgen en ese aspecto. Pero no me
asustaba. No estando con él. Aunque lo que Joe tenía entre las piernas no era
precisamente pequeño.
Me llené los dedos de saliva y la esparcí entre su
miembro y mi trasero. Lo hice varias veces y después me pegué más a él para
sentirlo entero contra mi piel, sus manos, sus brazos, su pecho, su lengua en
mi oreja y su pene erecto que empezaba a
moverse muy despacio arriba y abajo, resbalando con mi saliva a lo largo de la
raja, entre los cachetes de mi culo preparado para él.
—En realidad esto no es lo que más te gusta —me
susurró.
—Eso déjame decidirlo a mí.
—Solo digo que lo haremos poco.
—Ahora mismo estoy en la gloria.
Y sí. Estuve en la gloria. Hasta que me la metió. A
partir de ahí el dolor fue insoportable. Lo intenté aguantar todo lo que pude
pero al final le pedí que me la sacara y me quedé hecho un ovillo, abochornado
por la vergüenza.
—No pasa nada. Es lo más normal del mundo. Debería
haberte preparado mucho mejor.
—¿Puedes dejarme? Me gustaría estar solo.
Sentí que se tumbaba a mi lado y me enfadé.
—¡Te he dicho que quiero estar solo!
Me besó el cabello y se levantó de la cama. Susurró
que cada minuto había valido la pena y escuché sus pasos alejándose en
dirección a la cocina.
Permanecí unos segundos intentando luchar contra mi
bochorno pero al mismo tiempo alarmado porque eso había sonado a una despedida.
Me senté en la cama. Y escuché el ruido en la cocina. Golpes. Platos al caer.
Algo enorme golpeando la nevera. Corrí a la cocina a tiempo de ver como el
hombre de negro disparaba a Joe con una versión más reducida de su acostumbrada
arma futurista. Y Joe se volatilizó ante mis ojos. Pero no estoy diciendo que
se replegara. No estoy diciendo que consiguiera huir. Estoy diciendo que el
hombre de negro lo destruyó, puso fin a su vida no nacida de madre. El horror
me hizo actuar. Yo no podía morir si quería tener mi segundo tiempo con Joe.
Así que agarré una sartén y golpeé al hombre de negro en la cabeza y seguí
golpeándolo hasta que quedó completamente desfigurado y, espero, muerto.
Luego huí y nunca más regresé a la guarida.
IX
Sabía que no podíamos cambiar ese resultado porque
pasado, presente y futuro ocurren a la vez. Ese iba a ser para siempre el final
de Joe. Pero aún me quedaba por vivir el segundo tiempo con él. En algún
momento del futuro me encontraría otra vez con él, viajando por el tiempo antes
de su muerte, ajeno a cómo iba a acabar. Y tendríamos nuestro segundo tiempo. Y
me aseguraría de que aquello durara muchos años y fuéramos felices todo el
tiempo que pudiéramos.
Pero los años fueron pasando y Joe nunca regresó a mi
vida.
El día que cumplí los cincuenta tuve una epifanía. Me
di cuenta de que me había equivocado. Si seguía esperando a Joe, Joe nunca
aparecería. Tenía que crearlo yo. Ya existía la tecnología necesaria, aunque
crear personas no nacidas de madre aún era ilegal. Incluso se había avanzado lo
suficiente en el campo de la física cuántica y en lo relativo al desplazamiento
temporal. Las herramientas estaban ahí. Me faltaba aceptar que yo pudiera ser
el creador de Joe.
SEGUNDO TIEMPO
X
Monté una empresa fantasma y un laboratorio ilegal,
contraté a quienes pudieran ayudarme a crear al hombre que había conocido de
niño y cinco años después la primera versión de Joe salió de la crisálida, como
el hombre adulto que siempre había sido para mí. Le di su primer traje blanco,
le cargué el idioma en el cerebro y le enseñé a razonar y a expresarse. Dormí
con él cada noche de aquel maravilloso proceso. A partir del primer mes
comenzamos a intimar. A Joe le encantaba que lo penetrara y nuestra dinámica
sexual solía ser siempre la misma: felaciones mutuas que acababan siempre con
mi semen en sus entrañas. Pero una noche él tomó la iniciativa y quiso
penetrarme. Dejé que lo hiciera. Con el paso de los años se había convertido en
una práctica que había llegado a disfrutar, pero fui incapaz de disfrutar
aquella noche con Joe porque mientras me penetraba revivía su muerte, grabada a
fuego en mi memoria. Cuando se corrió y me vio la expresión en el rostro me
preguntó si estaba bien. Le dije que no era una práctica que me gustara
especialmente pero fui incapaz de contarle nada más.
El proceso de creación de Joe conllevó cambios a nivel
legal. Cuando empezamos la aventura de su creación hacer lo que estábamos
haciendo era ilegal. Pero a medida que avanzábamos íbamos filtrando los
resultados obtenidos y cuando Joe vino por fin al mundo, ni la empresa era
fantasma ni éramos perseguidos por lo que hacíamos en el laboratorio. Al menos
no perseguidos por el gobierno. Había un grupo de radicales que estaban en
contra de los no nacidos de madre que comenzaron a hacer actos de protesta y a
intentar sabotear nuestros avances. Ahora ya sabía por qué el hombre de negro
me perseguía. Yo era el responsable de los no nacidos de madre y él, el arma
definitiva que algún día utilizaría en mi contra aquel grupo radical. Usarían
mi propia tecnología para intentar acabar conmigo en el pasado. Gracias a Dios
nunca les saldría bien. Joe me salvaría. Siempre.
Vivimos en perfecta armonía durante otros veinte años,
Joe y yo. Disfrutamos cada minuto de nuestro amor y cada noche de nuestros
cuerpos. Para cuando tomé la decisión de dejar de posponer mi investigación
para dotar a Joe de sus poderes yo ya tenía setenta y cinco años. Pero la
medicina había avanzado muchísimo y la esperanza de vida ya rondaba los 120
años para los hombres y los 140 para las mujeres. Me sentía joven y fuerte y no
había cambiado mucho de aspecto desde los 50. Pero sabía que no podía seguir
aplazándolo. La rueda debía seguir girando. Debía enviar a Joe al pasado. Así
que me puse manos a la obra.
XI
Años más tarde, la noche antes de su partida, lo llevé
al laboratorio. Tenía una sorpresa para él.
Antes de abrir la crisálida para que viera lo que
había dentro le recordé las instrucciones.
—Tendrás que ocultarte en el tiempo para que el hombre
de negro no te encuentre. Sólo me contactarás dos veces, la primera el día que
maten a mis padres, la segunda, el día que maten a mi mujer y a mi hija.
Después de ese momento permanecerás conmigo hasta el final. Mientras tanto haz
lo que quieras. Ve a ver mundo, visita tiempos remotos, liga con Marco Antonio
o con cientos de marineros del puerto. Vive una vida de la que estés orgulloso
aunque sea huyendo. Y cuando estés preparado vuelve a mí. Tendrás que crearte
una guarida a la que poder regresar entre viajes. Te he dado las coordenadas
exactas de donde debes construirla. Deberás viajar a un momento en el tiempo en
el que no haya nada construido aún allí y crearás tu hogar. Allí seremos
felices algún tiempo y allí morirás.
Joe abrió los ojos, sorprendido.
—¿Moriré?
—En la cocina, al amanecer, tras la primera noche que
disfrutemos de nuestros cuerpos de un modo sexual. Lo sé, es muy frustrante.
Pero para eso te he traído aquí. Para mostrarte a Joe 2.0.
Abrí la crisálida y le mostré el cuerpo del nuevo Joe,
idéntico al suyo.
—¿Has hecho otro yo?
—Exacto. Pero no te preocupes. Su cerebro está vacío.
Te he preparado para que puedas enviar tu alma a este nuevo cuerpo una vez que
el hombre de negro destruya el anterior.
—No sabía que los no nacidos de madre tuviéramos alma.
—Créeme, Joe. Tienes el alma más grande que haya
conocido. No te preocupes. Todo lo que eres, has sido y hayas aprendido hasta
el momento de tu muerte pasará a este cuerpo. Y todo lo que vivamos a partir de
ese momento será nuevo para los dos. La idea se me ocurrió revisionando
Galáctica, Estrella de Combate, así que le debemos nuestra posibilidad de un
futuro juntos a una vieja serie de televisión.
Me quería despedir de Joe con un simple beso pero como
siempre acabamos enzarzados. Después de empezar por lo habitual, que en nuestro
caso eran mamadas, le pedí que me follara.
—¿Estás seguro? No es algo que te guste mucho.
—Hoy me gustará. Le hemos dado la vuelta al destino.
Cuando Joe por fin se fue me quedé contemplando la
crisálida abierta y a su ocupante dormido, preguntándome cuanto tiempo tendría
que esperar.
Acto seguido Joe 2.0 abrió sus extraños ojos azules no
nacidos de madre, me miró con una intensidad abrumadora... y se mordió el labio
inferior.
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