El osote cincuentón
Hace unos meses cogí
la costumbre de escribir fuera de casa. No podía elegir cualquier sitio porque
escribo literatura erótica y cojo unos empalmes brutales en el proceso de
creación de mis relatos. Tenía que ser un sitio tranquilo y alejado de la
gente. Vivo en un sitio turístico y encontrar un lugar así cerca de mi casa, en
principio, parecía complicado. Pero un día dando un paseo descubrí una
explanada de bloques de piedra y cemento, parte de la rehabilitación de una de
las murallas de la ciudad, que era perfecta para mis propósitos.
Por las mañanas podía
sentarme a la sombra bajo un murete. Si quería escribir por las tardes, tenía
sombra en la pared de enfrente.
Las explanadas que se
crearon en la ampliación del mirador de la muralla tienen varios niveles a los
que se accede por escaleras. El sitio que escogí estaba arriba del todo. Nadie
accedía hasta allí con bicicleta, la policía no subía ni con moto ni a caballo
y los guiris o no veían el acceso o ya estaban cansados de subir escaleras y se
quedaban en el plano inferior. En definitiva, era el lugar ideal para escribir
sin ser molestado, incluso para hacerse un pajote si uno de los relatos me
provocaba un dolor de huevos sensacional.
He tenido varias experiencias
bastante cachondas escribiendo allí. De momento voy a contaros la primera
aunque ya me han pasado dos bastante significativas y tres o cuatro meh. En próximas entregas si hay buena aceptación
en los comentarios os relataré más, porque seguro que me ocurrirán más cosas
dignas de ser contadas. Debe ser que las busco.
Ésta primera se dio
más o menos a la semana de ir a escribir allí. Estaba redactando "Yo sólo
soy un hombre que te desea" para la Serie Marco Azul y
un osote cincuentón subió hasta mi explanada con aire de estar buscando un
sitio donde mear. Se me quedó mirando desde
la escalera, que estaba a más de cien metros. Yo me concentré en la
tablet para que viera que no me interesaba lo que hiciera y meara tranquilo.
Pero cuando por fin se puso a mear le di un buen repaso. Además el tío se colocó
dándome el perfil por lo que pude ver bien la meada completa. Hasta la última
gota y el posterior meneo para dejarla seca antes de guardarla. De hecho, el
último meneo se prolongó un poco más de lo necesario.
El oso me miró una
última vez desde su distancia de seguridad y finalmente dio media vuelta y
desapareció hacia la derecha. Yo seguí con lo mío.
Pero al cabo de unos
minutos regresó por donde se había ido y caminó hacia mí. Al principio pensé que
me iba a preguntar algo pero estando a unos cinco metros se apoyó en el muro
para contemplar la ciudad. Yo seguí escribiendo.
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De vez en cuando
levantaba la mirada de mi tablet para echarle un ojo al oso. De momento seguía
con las vistas. Pero también me miraba ocasionalmente. Quizá estuvimos así unos
diez minutos. Entonces el oso se armó de valor y se llevó una mano al paquete.
Y ya no la movió de allí. Esperó a que yo volviera a mirarle directamente (lo
de la mano en el paquetón lo había visto de reojo) para darse un buen magreo
sólo para mis ojos. Me mordí la lengua, dejé la tablet a un lado y me llevé yo
también la mano a la tranca mientras lo observaba tocarse el bulto.
Me encantan los
calentones imprevistos. Por lo general en cuanto el otro ha visto que hay
correspondencia las cosas se precipitan. Es lo que tiene el sexo entre hombres.
El oso se fue acercando un poco cada vez mientras de vez en cuando miraba hacia
la escalera para comprobar que nadie aparecía. Yo me metí la mano dentro del
pantalón y me magreé la polla. Siempre voy sin ropa interior por comodidad, más
que nada. Cuando el oso llegó hasta mí, su bulto había alcanzado un tamaño
desmesurado. Yo seguía sentado en el suelo, en un cojín que me traigo de casa,
por lo que su entrepierna y apetecible paquete me quedaba a la altura de la
cara. Él volvió a mirar hacia la escalera. Nadie a la vista. Entonces me pegó
el bulto en la mejilla. Yo apreté la cara contra su polla enhiesta para
sentirla bien mientras me hacía una paja sin sacarme la polla. Otra rápida
mirada hacia la escalera y me paseó el paquetón por toda la cara.
A esas alturas ya me
había puesto berraco perdido. Pensé que éste no se iba sin que me dejara catar
su polla y para animarle a ir más lejos liberé la mía y continué mi pajote bajo
su atenta mirada. A partir de entonces al osote dejó de importarle la escalera.
Se desabrochó el pantalón, se bajó la cremallera, se sacó un impresionante
cipotón y me pegó unos estupendos cojonarros malolientes en la nariz mientras
su polla dura y mojada de precum me quitaba la gorra. Aspiré aquel aroma
cerdaco y estuve a punto de correrme de gusto.
Me dejó que le oliera
bien los cojones (debió leerme la mente porque es algo que me encanta) y
después se retiró un poco y apuntó su polla mojadísima de precum hacía mi boca.
Abrí y le hice rápidamente sitio al cabezón. Saboreé su precum, dejé que
esparciera su riquísimo sabor por mi lengua y luego tragué, goloso. Qué rico
estaba, por el amor de Dios. Qué placer rechupetear la piel del prepucio, meter
la lengua entre los pliegues y recoger el líquido que echaba a chorros. El oso
sin embargo tenía urgencia y apretó su pollaca para llevarla al fondo de mi
garganta. Empecé a babearle la polla y él a entrar y salir cada vez más
deprisa. Joder. Qué buena estaba aquella puta polla. Y qué rico que te follen
la boca de una forma tan inesperada y en tu propia ciudad, al aire libre y a
dos pasos de tu casa.
En cierto momento de
la follada bucal vi aparecer una mujer en lo alto de la escalera pero, a la que
nos vio, se volvió por donde había venido. No dije ni mu y dejé que el osote
siguiera dándome polla a empujón limpio no fuera a cortarle el rollo y me
retirara el cacharraco de la boquita.
Dios, qué rica estaba
su polla. Con cada aventón más y más sabroso precum se unía a mi saliva.
Aquella polla era un puto vicio.
La cosa es que como
se ve que el osote no estaba acostumbrado a cerdear en lugares públicos aquello
no se prolongó demasiado, que era lo que me apetecía a mí, y en unos cuantos
empujones más la polla se le puso tremenda y el tío empezó a lefar en mi boca
como un cabrón, sin un puto aviso. Comencé a tragar leche porque escupirla en
mi camisa no era una opción y tanta leche no me cabía en la puta boca. Joder,
qué corridote. El tío no paraba. Venga a escanciar chorreones. Su leche sabía
fantástica, por cierto. Rica rica.
Cuando la polla
perdió fuelle y ya no quedaba nada más que echar el tío dio media vuelta y se
largó sin más. Yo le habría pedido el teléfono de tener oportunidad.
Me encogí de hombros, cogí la tablet y continué
escribiendo mientras me relamía su corrida. Mmm, qué rica. Qué rica.
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