domingo, 12 de junio de 2016

La casta de los peludos. Un hombre viaja a un mundo alternativo donde los peludos son amos y los lampiños, siervos

La casta de los peludos. Un hombre viaja a un mundo alternativo donde los peludos son amos y los lampiños, siervos


La casta de los peludos


I

Los permisos para ir a otros mundos costaban una pasta así que había que decidir muy bien donde querías ir de visita. Tampoco te permitían estar más de veinticuatro horas en un mundo alternativo. Lo tenían todo muy bien controlado para que los criminales no pudieran esconderse en un paralelo.
Aún no habíamos descubierto el viaje en el tiempo (yo dudo mucho que algún día lo consigamos sin cargarnos el universo entero y su funcionamiento) pero el control del viaje entre mundos paralelos a la Tierra nos había permitido echar un vistazo a como debió ser nuestro pasado y a como podrá ser nuestro futuro. Hay tantas Tierras ahí afuera (en realidad aquí mismo) cada una con su propia historia y nombre, que cualquier posibilidad a la que podamos dirigirnos como especie ya ha sido probada en alternativos por personas como nosotros.
Pensarás que una herramienta así dejará poco a la imaginación. Yo te digo que jamás dejará de sorprenderme lo que veo y aprendo en mis viajes.



II

Suelo elegir mis destinos según sus posibilidades culturales pero esta vez admito que éste lo elegí en base a mis preferencias sexuales. Mis amigos gais ricos me recomendaban un mundo paralelo en particular aunque no eran muy claros a la hora de explicar por qué les apasionaba tanto. Así que yo, como erudito que soy, decidí documentar este viaje a este mundo tal y como documentaba mis otros viajes: desde la experiencia. Me gusta probar en mis propias carnes qué tienen para ofrecerme los paralelos. A veces la gastronomía de otros mundos me ha dado un disgusto. Esta vez me llevé un disgusto mayor que el tener que soportar una simple cagalera.



III

Encendí el traductor en cuanto llegué a la escuela. Me recibió el decano mayor.
—¿Qué tal el viaje? —Me preguntó el hombre, muy amable.
—Un poco movido. Cada vez que viajo me siento como si me trocearan en mil partes y luego volvieran a pegarme. A veces me pregunto si todo está en su sitio dentro de mí.
—Yo nunca he viajado a otros mundos. ¿De cual viene usted?
—De la Tierra.
—Mmm. Ustedes son los que perfeccionaron el viaje a alternos. Envidio su tecnología. Tenemos muchísimos visitantes de su mundo.
—Lo sé. Y me pregunto por qué.
—Venga. Comencemos la visita a la escuela. Quizá esto resuelva sus dudas.
Primero visitamos las habitaciones de los estudiantes. No eran muy distintas a las de una residencia de un campus universitario de la Tierra normal y corriente.
—¿Qué edades tienen los alumnos?
—Veintiuno. Es la mayoría de edad aquí.
El traductor había convertido en años humanos la medida que había utilizado el decano para referirse a sus edades. En realidad no había dos mundos paralelos con los mismos sistemas de medición. Podían parecerse, ya que todos los mundos eran como la Tierra y giraban alrededor de un sol como el nuestro en el mismo exacto lugar. Algunas culturas habían llegado a los mismos avances tecnológicos basándose en lo que sus ciencias extrapolaban de la naturaleza. Otras habían inventado sofisticadas maneras de medir el tiempo que poco tenían que ver con la rotación de los planetas o con el día y la noche. Y otras ni siquiera se preocupaban por medir el tiempo de ninguna de las maneras.
—¿Y qué les enseñan en esta escuela a sus jóvenes?
—A comportarse, a obedecer y a servir adecuadamente a los peludos.
Le di un golpecito al traductor a ver si funcionaba bien.
—Perdón. ¿Ha dicho a los peludos?
—Sí. ¿Por qué? ¿No hay peludos en su tierra?
—Pero, ¿a qué se refiere con peludos? Nosotros tenemos perros, que son peludos. Pero no los obedecemos. Es más bien al contrario.
—Nosotros también tenemos perros. Pero no me refería a esos animales. Los peludos que le menciono son hombres, como usted y como yo. Cuando los muchachos llegan a la edad adulta se les divide en amos y siervos según su vello corporal. Los peludos son amos y tienen derecho a todos los privilegios que pueda imaginar. Los lampiños son siervos. Aquí, en la escuela, les enseñamos a servir bien a sus amos. Es nuestra cultura. Por algún motivo esto atrae a muchos turistas de su Tierra —indicó el decano.
—Usted está bien afeitado.
—Yo nací lampiño. Soy un siervo. La mayoría de los nacidos aquí lo somos. Nacen menos peludos que lampiños.
—¿Qué hay de las mujeres?
Esta vez fue el decano el que dio unos golpecitos a su traductor.
—¿Puede repetir?
—Mujeres. Las madres de los estudiantes. O de cualquier crío, peludo o lampiño.
—Mi traductor no encuentra equivalente para lo que intenta decirme.
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—¿Hembra? ¿Esposa? ¿Hermana? ¿Abuela?
El decano negó con la cabeza.
—¿No hay dos sexos en este planeta?
—¿Dos sexos? No. Sólo hay uno. El de los hombres. ¿No es así en su mundo? Porque solo he visto visitantes como usted provenientes de su Tierra.
—Nosotros tenemos dos sexos. El varón y la hembra. ¿Cómo... cómo se engendran los niños aquí?
—A través del acto sexual, claro.
—¿Entre hombres?
—Claro. ¿No es así en su planeta?
—¿Se engendran mediante sexo anal?
—Ajá.
—¿Y por donde nacen los niños?
—¡Qué preguntas más raras me hace! ¡Por el culo, claro! ¿Por dónde van a nacer?
Llegamos a una de las primeras aulas. Los estudiantes lampiños estaban sirviendo bandejas con fruta a peludos de cartón. Avanzaban arrastrándose por el suelo sin levantar nunca la mirada hacia sus amos y estaban todos desnudos. Aquello era muy turbador.
—En este aula les enseñamos a preparar y a servir los alimentos para los peludos. Pero imagino que querrá ver la siguiente. Es la preferida por todos sus compatriotas de la Tierra.
Me llevó a otro aula en la que esta vez sí entramos. El decano saludó al profesor y le dijo que continuara como si no estuviéramos.
—Aquí practican el hermoso arte de la felación. De momento practican con sus compañeros. Ningún peludo se rebaja a venir y servirnos de modelo.
Los alumnos se estaban comiendo las pollas unos a otros, en todas las posiciones imaginables. No quedaba boca libre ni polla a la vista.
El profesor inspeccionaba cómo la mamaban y de vez en cuando pegaba a alguno con una regla en el culo y le decía:
—¡Así no se come!
El decano me arrastró a la siguiente clase. Yo no quería dejar aún aquella.
—En ésta les preparamos para el sexo anal y les enseñamos técnicas anticonceptivas.
Un montón de alumnos apoyados en sus mesas recibían por el culo consoladores de todos los tamaños de las manos de sus compañeros. Supuse que luego se turnaban.
—¿Aquí sólo usan consoladores? ¿No se dan entre ellos?
—No. Los peludos son muy estrictos con esto. El culo de los lampiños es sólo para ellos. Cuando están bien preparados con consoladores viene un peludo de la capital para probar el material.
—Vamos, que se los folla a todos.
—Básicamente.
—No lo hará con todos el mismo día.
—Suele pasar aquí una semana. Es una ceremonia muy esperada por los nuevos siervos.
—No me cabe la menor duda.
Salí de la escuela con un montón de preguntas y mucho que digerir.



IV

En el hotel, al salir del ascensor, un señor me metió una hostia.
—¡Siervo! ¡No puedes mirarme a los ojos!
Instintivamente le metí un puñetazo que lo tiré de espaldas. El tío se puso a sangrar profusamente por la nariz. Me dio pena, así que lo ayudé a levantarse y lo invité a pasar a mi habitación para que se limpiara y se pusiera un poco de hielo.
—¡Jamás me había pegado un siervo! ¿Cómo cojones te han educado a ti?
—Ha habido una confusión. Soy un viajero. Vengo de un alterno. Me afeito la cara y por eso me has confundido con uno de vuestros lampiños. Pero, en realidad, si fuera de tu mundo pertenecería a los peludos.
Le enseñé los cojones para que viera que no le estaba mintiendo. Los tengo muy peludos.
—Ah... Vaya. Había oído de viajeros como tú pero nunca había conocido a ninguno.
Estuvimos un rato de cháchara y finalmente el peludo se puso cachondo ante la perspectiva de follarse a alguien de fuera.
—A mí no me gusta que me dominen —le advertí.
—No hay problema. Los peludos también nos lo montamos entre nosotros en relaciones de igual a igual.
Aunque se lo montaban de igual a igual el peludo me hizo comerle el pollón de muy malas maneras y luego me dio por culo. Se lo perdoné porque estaba realmente bien servido y porque era muy muy peludo. Y porque, qué coño, lo habían educado así. Pobrecito.
A las veinticuatro horas exactas de mi llegada el chip de retorno me llevó de vuelta a mi Tierra con una curiosa experiencia que contar a mis amigos y mucho sobre lo que escribir.



V

Empecé a sentirme mal algunas semanas después. Fui al médico con una extraña sensación en el estómago. Un mal presentimiento. El médico me confirmó lo imposible.

Estoy embarazado. En febrero del año que viene seguramente daré a luz un varón… por el culo.
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