La casta de los peludos
I
Los permisos para ir
a otros mundos costaban una pasta así que había que decidir muy bien donde
querías ir de visita. Tampoco te permitían estar más de veinticuatro horas en
un mundo alternativo. Lo tenían todo muy bien controlado para que los
criminales no pudieran esconderse en un paralelo.
Aún no habíamos
descubierto el viaje en el tiempo (yo dudo mucho que algún día lo consigamos
sin cargarnos el universo entero y su funcionamiento) pero el control del viaje
entre mundos paralelos a la Tierra nos había permitido echar un vistazo a como
debió ser nuestro pasado y a como podrá ser nuestro futuro. Hay tantas Tierras
ahí afuera (en realidad aquí mismo) cada una con su propia historia y nombre,
que cualquier posibilidad a la que podamos dirigirnos como especie ya ha sido
probada en alternativos por personas como nosotros.
Pensarás que una
herramienta así dejará poco a la imaginación. Yo te digo que jamás dejará de
sorprenderme lo que veo y aprendo en mis viajes.
II
Suelo elegir mis
destinos según sus posibilidades culturales pero esta vez admito que éste lo
elegí en base a mis preferencias sexuales. Mis amigos gais ricos me
recomendaban un mundo paralelo en particular aunque no eran muy claros a la
hora de explicar por qué les apasionaba tanto. Así que yo, como erudito que
soy, decidí documentar este viaje a este mundo tal y como documentaba mis otros
viajes: desde la experiencia. Me gusta probar en mis propias carnes qué tienen
para ofrecerme los paralelos. A veces la gastronomía de otros mundos me ha dado
un disgusto. Esta vez me llevé un disgusto mayor que el tener que soportar una
simple cagalera.
III
Encendí el traductor
en cuanto llegué a la escuela. Me recibió el decano mayor.
—¿Qué tal el viaje?
—Me preguntó el hombre, muy amable.
—Un poco movido. Cada
vez que viajo me siento como si me trocearan en mil partes y luego volvieran a
pegarme. A veces me pregunto si todo está en su sitio dentro de mí.
—Yo nunca he viajado
a otros mundos. ¿De cual viene usted?
—De la Tierra.
—Mmm. Ustedes son los
que perfeccionaron el viaje a alternos. Envidio su tecnología. Tenemos
muchísimos visitantes de su mundo.
—Lo sé. Y me pregunto
por qué.
—Venga. Comencemos la
visita a la escuela. Quizá esto resuelva sus dudas.
Primero visitamos las
habitaciones de los estudiantes. No eran muy distintas a las de una residencia
de un campus universitario de la Tierra normal y corriente.
—¿Qué edades tienen
los alumnos?
—Veintiuno. Es la
mayoría de edad aquí.
El traductor había
convertido en años humanos la medida que había utilizado el decano para
referirse a sus edades. En realidad no había dos mundos paralelos con los
mismos sistemas de medición. Podían parecerse, ya que todos los mundos eran
como la Tierra y giraban alrededor de un sol como el nuestro en el mismo exacto
lugar. Algunas culturas habían llegado a los mismos avances tecnológicos
basándose en lo que sus ciencias extrapolaban de la naturaleza. Otras habían
inventado sofisticadas maneras de medir el tiempo que poco tenían que ver con
la rotación de los planetas o con el día y la noche. Y otras ni siquiera se
preocupaban por medir el tiempo de ninguna de las maneras.
—¿Y qué les enseñan
en esta escuela a sus jóvenes?
—A comportarse, a
obedecer y a servir adecuadamente a los peludos.
Le di un golpecito al
traductor a ver si funcionaba bien.
—Perdón. ¿Ha dicho a
los peludos?
—Sí. ¿Por qué? ¿No
hay peludos en su tierra?
—Pero, ¿a qué se
refiere con peludos? Nosotros tenemos perros, que son peludos. Pero no los
obedecemos. Es más bien al contrario.
—Nosotros también
tenemos perros. Pero no me refería a esos animales. Los peludos que le menciono
son hombres, como usted y como yo. Cuando los muchachos llegan a la edad adulta
se les divide en amos y siervos según su vello corporal. Los peludos son amos y
tienen derecho a todos los privilegios que pueda imaginar. Los lampiños son
siervos. Aquí, en la escuela, les enseñamos a servir bien a sus amos. Es
nuestra cultura. Por algún motivo esto atrae a muchos turistas de su Tierra
—indicó el decano.
—Usted está bien
afeitado.
—Yo nací lampiño. Soy
un siervo. La mayoría de los nacidos aquí lo somos. Nacen menos peludos que
lampiños.
—¿Qué hay de las
mujeres?
Esta vez fue el
decano el que dio unos golpecitos a su traductor.
—¿Puede repetir?
—Mujeres. Las madres
de los estudiantes. O de cualquier crío, peludo o lampiño.
—Mi traductor no
encuentra equivalente para lo que intenta decirme.
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—¿Hembra? ¿Esposa?
¿Hermana? ¿Abuela?
El decano negó con la
cabeza.
—¿No hay dos sexos en
este planeta?
—¿Dos sexos? No. Sólo
hay uno. El de los hombres. ¿No es así en su mundo? Porque solo he visto
visitantes como usted provenientes de su Tierra.
—Nosotros tenemos dos
sexos. El varón y la hembra. ¿Cómo... cómo se engendran los niños aquí?
—A través del acto
sexual, claro.
—¿Entre hombres?
—Claro. ¿No es así en
su planeta?
—¿Se engendran
mediante sexo anal?
—Ajá.
—¿Y por donde nacen
los niños?
—¡Qué preguntas más
raras me hace! ¡Por el culo, claro! ¿Por dónde van a nacer?
Llegamos a una de las
primeras aulas. Los estudiantes lampiños estaban sirviendo bandejas con fruta a
peludos de cartón. Avanzaban arrastrándose por el suelo sin levantar nunca la
mirada hacia sus amos y estaban todos desnudos. Aquello era muy turbador.
—En este aula les
enseñamos a preparar y a servir los alimentos para los peludos. Pero imagino
que querrá ver la siguiente. Es la preferida por todos sus compatriotas de la
Tierra.
Me llevó a otro aula
en la que esta vez sí entramos. El decano saludó al profesor y le dijo que
continuara como si no estuviéramos.
—Aquí practican el
hermoso arte de la felación. De momento practican con sus compañeros. Ningún
peludo se rebaja a venir y servirnos de modelo.
Los alumnos se
estaban comiendo las pollas unos a otros, en todas las posiciones imaginables.
No quedaba boca libre ni polla a la vista.
El profesor
inspeccionaba cómo la mamaban y de vez en cuando pegaba a alguno con una regla
en el culo y le decía:
—¡Así no se come!
El decano me arrastró
a la siguiente clase. Yo no quería dejar aún aquella.
—En ésta les
preparamos para el sexo anal y les enseñamos técnicas anticonceptivas.
Un montón de alumnos
apoyados en sus mesas recibían por el culo consoladores de todos los tamaños de
las manos de sus compañeros. Supuse que luego se turnaban.
—¿Aquí sólo usan
consoladores? ¿No se dan entre ellos?
—No. Los peludos son
muy estrictos con esto. El culo de los lampiños es sólo para ellos. Cuando
están bien preparados con consoladores viene un peludo de la capital para
probar el material.
—Vamos, que se los
folla a todos.
—Básicamente.
—No lo hará con todos
el mismo día.
—Suele pasar aquí una
semana. Es una ceremonia muy esperada por los nuevos siervos.
—No me cabe la menor
duda.
Salí de la escuela
con un montón de preguntas y mucho que digerir.
IV
En el hotel, al salir
del ascensor, un señor me metió una hostia.
—¡Siervo! ¡No puedes
mirarme a los ojos!
Instintivamente le
metí un puñetazo que lo tiré de espaldas. El tío se puso a sangrar profusamente
por la nariz. Me dio pena, así que lo ayudé a levantarse y lo invité a pasar a
mi habitación para que se limpiara y se pusiera un poco de hielo.
—¡Jamás me había
pegado un siervo! ¿Cómo cojones te han educado a ti?
—Ha habido una
confusión. Soy un viajero. Vengo de un alterno. Me afeito la cara y por eso me
has confundido con uno de vuestros lampiños. Pero, en realidad, si fuera de tu
mundo pertenecería a los peludos.
Le enseñé los cojones
para que viera que no le estaba mintiendo. Los tengo muy peludos.
—Ah... Vaya. Había
oído de viajeros como tú pero nunca había conocido a ninguno.
Estuvimos un rato de
cháchara y finalmente el peludo se puso cachondo ante la perspectiva de
follarse a alguien de fuera.
—A mí no me gusta que
me dominen —le advertí.
—No hay problema. Los
peludos también nos lo montamos entre nosotros en relaciones de igual a igual.
Aunque se lo montaban
de igual a igual el peludo me hizo comerle el pollón de muy malas maneras y
luego me dio por culo. Se lo perdoné porque estaba realmente bien servido y
porque era muy muy peludo. Y porque, qué coño, lo habían educado así.
Pobrecito.
A las veinticuatro
horas exactas de mi llegada el chip de retorno me llevó de vuelta a mi Tierra
con una curiosa experiencia que contar a mis amigos y mucho sobre lo que
escribir.
V
Empecé a sentirme mal
algunas semanas después. Fui al médico con una extraña sensación en el
estómago. Un mal presentimiento. El médico me confirmó lo imposible.
Estoy embarazado. En febrero del
año que viene seguramente daré a luz un varón… por el culo.
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