Encuentro agridulce
Está bien. Te lo contaré.
Supongo que primero debería hablarte de Román, ya que fue el primero. Bueno, técnicamente el primero fue Marcel, durante el servicio militar, pero Román fue el primero de quien me enamoré. Nos conocimos jugando al billar. Yo había salido con Julián y su novia. Pero no me lo presentaron ellos. Simplemente apareció y se ofreció a ser mi pareja de billar. Ganamos casi todas las partidas y cada vez que ganábamos, Román me daba un apretón de manos que duraba un poco más de lo natural. Estuve toda la noche pendiente de sus apretones, y, por extensión, de cada uno de sus movimientos. Me gustaba cómo se movía, su voz, pero sobre todo me gustaba cómo me miraba, como si compartiéramos un secreto. Y a lo mejor lo hacíamos.
La velada tocaba a su fin. Julián y Adela se despidieron y yo me quedé a hacer la última cerveza con Román. Jugamos otra partida, esta vez como oponentes, y creo que la verdadera seducción comenzó ahí, aunque no podía estar seguro de no estar imaginándomelo todo. Pero la última partida se convirtió en otras diez, y el bar tenía que cerrar y nos echaron sin muchos miramientos, y lo acompañé a su coche con la esperanza de conseguir su teléfono y casi sin saber cómo conseguí mucho más que eso.
Condujo hasta la playa y aparcó en una zona alejada de farolas. La excusa era que queríamos acabar nuestra interesante conversación, la realidad, que nos atraíamos mutuamente con una intensidad abrumadora. Hablamos durante horas, desnudando el alma como sólo lo haríamos con un gran amigo de la infancia.
Román propuso, en cierto momento, que pasáramos atrás para estar más cómodos.
Al rato, mi cabeza descansaba en su pierna y sus manos acariciaban mi cabello.
Sorprendentemente, aquella primera noche no pasamos de ahí. No hubo besos, ni más contacto que sus manos jugando con mi pelo. Pero al despedirnos al amanecer, ambos sabíamos que volveríamos a vernos y que la próxima vez no seríamos capaces de soportar tan bien nuestra mutua cercanía.
La segunda cita con Román fue al día siguiente, después del trabajo. De aquella, yo trabajaba de ayudante de instalador de aire acondicionado. A las cuatro de la tarde ya estaba libre.
Román era dueño de una sucursal de una sonada fábrica de zapatos, y según me había dicho podía irse a la hora que le diera la gana. Habíamos quedado en el mismo bar en el que nos habíamos conocido horas antes.
Cuando me presenté, Román me esperaba en la puerta.
–¿No vamos a entrar? –pregunté, tímido de pronto, sin decidirme a darle ni un apretón de manos.
–Nos vamos a mi casa.
–Buena idea.
–A dormir.
–¿A dormir?
–Anoche no lo hicimos, y la gente se muere antes de sueño que de hambre.
–A dormir...
–Y no quiero morirme ahora que te he conocido.
Diciéndome cosas así, ¿cómo iba a negarme a que me llevara donde quisiera?
Montamos en su automóvil. Me pasé el trayecto poniendo y quitando sus cedés. No me gustaba nada de lo que llevaba en el coche. Seguro que si acabábamos liados tendríamos problemas con la música en los viajes.
Estaba histérico. Intentaba recuperar la confianza en mi mismo de la noche anterior y el vínculo que se había forjado entre nosotros tan aprisa y que me hacía sentir que conocía a Román desde hacía años, pero me dolía el estómago de puros nervios y conforme pasaban los minutos sin llegar a ningún destino me iba poniendo peor.
–¿Estás nervioso? –preguntó, poniéndome la mano libre en la rodilla. El contacto me hizo sentir un escalofrío.
–Quizá deberíamos dejarlo –dije, sorprendido de que aquello saliera de mi boca.
–¿Quieres que te lleve a tu casa?
–No lo sé.
Román apartó la vista de la carretera un momento para estudiarme. Después sonrió y me di cuenta de que era ciertamente hermoso. Eso me puso aún más nervioso.
–¿Sabes lo que te pasa? –dijo.
–¿Qué me pasa?
–Que estás muerto de sueño.
–No es cierto.
–Ya verás como se te pasa el mal rato después de unas horas en mi cama.
Quise decir que estaba tan excitado por haberlo conocido que no creía que pudiera dormir en una semana (ni que lo necesitara), pero la imagen que acababa de ofrecerme Román me había dejado sin palabras.
Unas horas en su cama... ¿De verdad pensaba que íbamos a dormir?
Román me enseñó el piso rápidamente y luego me empujó sobre su cama.
–Ahora viene el momento en que me violas sin compasión –dije, esperanzado.
–Ahora viene el momento en que te quitas los zapatos y te echas un par de horas. O unas siete –repuso.
–¿Tú que vas a hacer?
Por toda respuesta se quitó también los zapatos y se metió conmigo en la cama.
Dormimos vestidos pero abrazados y creo que tardé menos de un minuto en quedarme sobao.
Me desperté antes que él. Me levanté sin hacer ruido, cogí mi móvil de la mesita de noche y pasé al baño. Miré la hora. Eran las tres de la madrugada. Encontré su dentífrico y me lavé los dientes con un dedo. Después volví a la cama y empecé a besarle la barba y la comisura de los labios hasta que lo desperté.
–¿Qué haces? –preguntó.
–Adivina.
Mientras lo besaba le desabotoné la camisa. De pronto sus manos agarraron las mías, impidiéndome seguir. Intenté zafarme pero hasta que no me di por vencido no me soltó.
Nos quedamos los dos mirando al techo, con la única iluminación de la bombilla del baño, que yo había dejado encendida. La luz se colaba por la puerta entornada. Al cabo de un rato que se me hizo eterno, Román dijo:
–No puedes hacerlo.
No entendí a qué se refería. Era él quien me había parado los pies. Era él quien tenía un problema con aquello.
–No puedes hacerlo tú –contesté, molesto.
–No puedes quitarme la ropa –aclaró. Claro que aquello no aclaraba nada.
–¿Por qué no?
–Porque no.
Me quedé allí tirado, intentando imaginar un escenario que diera significado a aquello. ¿Acaso se había quemado el pecho de niño y no quería que viera la piel mal cicatrizada? No se me ocurría nada más. A no ser que se tratara de un juego sexual, cosa que había descartado por el tono de su voz.
Dado que mi avance había sido rechazado a la primera de cambio, comprenderás que no pensaba ser el que se arriesgara a hacer el siguiente movimiento.
Román tampoco lo hizo y al poco volvimos a quedarnos dormidos. O al menos yo lo hice.
No sé cuanto tiempo pasó pero me desperté con su falo en mi nariz. Román seguía con la ropa puesta pero se había sacado la polla por la cremallera abierta del pantalón y me la estaba paseando por la cara.
–Chúpamela –ordenó al ver que me había despertado. –Cómemela como un puto cerdo.
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Estaba de rodillas en la cama, de hecho me estaba aplastando el brazo derecho con la rodilla, pero en lugar de quejarme me metí su rabo en la boca contento de que hubiera cambiado de opinión.
Su polla tenía un sabor fuerte, como si no se hubiera duchado en cuatro días, pero con un nabo de ese calibre en mi boca no me pareció el momento de ponerme remilgado. Comencé a mamar como me había pedido, como un verdadero cerdo, atragantándome con un mástil que no había esperado tan grande. Román me miraba con verdadera lujuria. Se la comí con ansia, llenándome los morros de carne, metiéndomela y sacándomela continuamente de entre los labios, dejándosela completamente empapada, chupándole los huevos de vez en cuando, cuando veía que su respiración se aceleraba y temía que se corriese tan pronto. A veces Román me empujaba la cabeza contra su vara y me obligaba a tragarme su falo hasta el fondo. Entonces yo aspiraba profundamente y me deleitaba con el olor a macho y a guarro de sus genitales y la placentera sensación de saberme brutalmente empalado por ese hombre.
–Vamos, chupa, cabrón –dijo en determinado momento, y aquello pudo conmigo.
Así que me saqué la polla y empecé a hacerme un pajote brutal mientras seguía mamando a dos carrillos. Román, sorprendido de que aquello me hubiera excitado tanto, empezó a susurrar guarrerías mientras guiaba con las dos manos el movimiento de mi cabeza.
–Traga, traga polla. Ya veo que te gusta. Oh, sí, ya lo creo que te gusta. Eres un mamón de primera. Te voy a llenar esa puta boca de lefa. Uf. Qué bueno.
Me ensartaba la cabeza con su verga sin ningún tipo de escrúpulo. La saliva empezaba a derramarse por sus cojones.
–Te voy a romper la garganta a base de pollazos. No vas a poder hablar en una semana.
Y embestía, y yo me pajeaba fuera de mí y me atragantaba, muerto de placer.
–Me voy a correr. Te voy a ahogar con mi lefa. Y vas a tragártelo todo.
Asentí, recibiendo más polla y acercándome peligrosamente al orgasmo.
–Chupa, chupa. Oh, cómo tragas. Eres una verdadera puta. Dios, qué bueno. Qué boca.
Cada vez arremetía más duro, más rápido, más profundo. Estaba a punto de correrse. Yo disparé el primer trallazo de esperma sobre la cama, incapaz de controlarme más.
Mientras me corría escuchaba su voz, que subía de intensidad.
–Sí, síííí. Traga polla. Sigue. Sigue. Me voy a correr. ¿Quieres mi leche? Te voy a llenar la boca entera de lefa. Traga. Traga. Me corro. Me corro. Me corroooooo.
Tal y como había prometido empezó a descargarme una corrida monumental entre los labios. Su semen caliente salía a borbotones, y él seguía follándome la boca como un buen hijo de puta. Empecé a tragar lefa porque tenía la boca bien llena y aquel surtidor no tenía visos de parar.
–Oh, sí, Oh, síííííí. Qué grande. Qué grande. Uffff. Eres... Eres grande...
Román me sacó la polla de la boca cuando ya había perdido del todo la erección y se tumbó a mi lado, totalmente agotado.
Permanecimos en silencio algunos minutos. Yo estaba como en el cielo. Había sido un primer encuentro perfecto. Ya ni me acordaba de lo que había pasado antes de aquella espectacular lechada. Era, por un instante, alguien absoluta y absurdamente feliz.
Al rato me di cuenta de que Román estaba murmurando algo, como una letanía. Me pregunté si se habría quedado dormido y si acaso hablaba en sueños. Me incorporé sobre un codo y lo miré. Estaba despierto. Sus ojos permanecían abiertos y clavados en el techo. Su boca se movía.
Cuando al fin escuché lo que Román estaba diciendo quise morirme allí mismo. Porque lo que Román repetía incansablemente, como un mantra o una oración, era algo que no olvidaría en toda mi vida:
"Qué asco, qué asco, qué asco..."
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