miércoles, 3 de agosto de 2016

Cuando tuve suficiente material le pedí que colocara la cabeza sobre mi ombligo y me mirara la polla mientras me masturbaba. Con la mano izquierda sujeté su móvil y me puse a grabar un vídeo

Cuando tuve suficiente material le pedí que colocara la cabeza sobre mi ombligo y me mirara la polla mientras me masturbaba. Con la mano izquierda sujeté su móvil y me puse a grabar un vídeo

Venganza


I

—Entonces, ¿tus hermanos se enteraron?
Estábamos tumbados en la cama, ambos mirando al techo.
—Sí.
—¿Los tres?
—Mario me encontró las revistas y se las enseñó a Pedro y a Jaime. Esperaron a que nuestros padres se fueran de casa y...
—¿Qué hicieron? —Apreté la mano de mi novio. Sólo lo conocía desde hacía dos meses pero ya se había convertido en mi persona favorita de todo el planeta.
—Me insultaron. Me llamaron maricón. Me las tiraron a la cara. Despedazaron las revistas y me prometieron que me iban a encontrar novia y que se iban a asegurar de que me la follara delante de ellos. Querían... curarme. De todas formas eso no fue lo peor. Fue sólo el principio. Pasé toda mi adolescencia aterrorizado por los tres, y rezando para que ninguno se fuera de la lengua y se llegara a enterar mi padre. Me habría matado. Tuve un amigo especial. Me arriesgué a llevarlo a casa un día que no estaban mis padres ni mis hermanos. Pero Jaime volvió antes de tiempo y nos encontró jugando a las cartas en mi habitación. Y nos dio una paliza. No volví a ver a mi amigo.
—¿Cual era el peor?
—¿El peor?
—De tus hermanos.
—No lo sé. Los tres eran igual de hijos de puta conmigo.
—Pero Jaime te pegaba.
—Me pegaban los tres. ¿Por qué lo preguntas?
—Para saber a cual tengo que cargarme primero.
—No seas tonto. Hace muchísimos años de eso.
—¿Ahora os lleváis bien?
—¡Qué va! Es como si no tuviera familia. Los prefiero bien lejos.
—Entonces no te importará que me vengue por ti.



II

Pedro vivía en una bonita urbanización a las afueras. Los días que había partido se iba al bar y se emborrachaba. Tenía mucho aguante por lo que siempre era el último de sus amigotes en regresar a casa. Aquella noche le invité a tres cervezas mientras hacía ver que me interesaba el fútbol aunque no puede sudármela más. Cuando ya quedaba poco para que nos cerraran pasé al whisky (el tío se jincó cuatro, me iba a salir cara la broma) y cuando por fin el camarero nos dijo que tenía que cerrar, el pobre Pedro no se tenía en pie. Lo acompañé a mi coche y lo senté en el lado del conductor para que durmiera un poco la mona.
—Gracias, gracias —me decía. —No me puedo presentar así en casa. Mi mujer me mataría.
Cuando se quedó roque le cogí el móvil del bolsillo. Le dejé que durmiera los veinte minutos que me dediqué a meter en un grupo a todos sus contactos, de trabajo, familia y amigos. Una vez preparado el grupo le quité el sonido al móvil para que no se escuchara el ruido cuando hiciera las fotos. Me saqué la polla y me la sacudí hasta tenerla bien dura. No es por presumir pero mis padres me dieron muy buenos genes. Vamos, que la tengo bien hermosa. Después tumbé a Pedro sobre mi verga, metiéndosela en la boca que le babeaba constantemente. Ahora venía la parte delicada. Despertar al hetero. Esperaba no tener que arrearle si le daba por morderme. Le di golpecitos en la mejilla hasta que se despertó, más o menos. Al principio no sabía dónde estaba.
—¡Eh! —Le dije. —No puedes quedarte dormido. El trato es que me la comerías hasta que te lefara toda la puta boca.
—Perdona —dijo, aunque casi no se le entendía con la borrachera y mi polla en la boca.
El cabrón se puso a mamar. Joder. Y encima la comía bien. Así que al imbécil del hermano de mi novio, aquel que lo torturaba junto con los otros dos por ser maricón, le había acabado gustando comer pollas. La verdad es que no me sorprendió. Los jodidos homófobos son los peores y acaban mariconeando más que nadie desde sus putos armarios.
Cada vez que se quedaba sobao tragando rabo lo despertaba con suaves cachetes. Le fui echando fotos con su propio móvil. El tío ni se coscó. Yo había encendido la luz interior de mi coche para que se viera sin necesidad de poner el flash, eso sí que lo habría alertado, borracho o no. Las fotos saldrían oscuras pero Pedro tenía un móvil buenísimo. Se vería perfectamente que era él y que se estaba comiendo una polla bien grande.
Cuando tuve suficiente material le pedí que colocara la cabeza sobre mi ombligo y me mirara la polla mientras me masturbaba. Con la mano izquierda sujeté su móvil y me puse a grabar un vídeo. Con la derecha me hice un pajote pegao a sus morros.
—Te voy a llenar la cara de leche —le dije.
—Sí...
—¿Te gusta?
—Me gusta...
—¿La quieres?
—Sí. La quiero... Dámela toda.
—Vas a ver cuanta lefa te doy. Vengo cargadito.
—Mmm. Quiero tu leche.
—¿Hace mucho que no tragas lefa?
—Ayer mismo.
—No jodas. ¿A quien se la chupaste?
—A Esteban.
—¿Quién es?
—Mi cuñao.
—¿Tu cuñao?
—Sí. El marido de mi mujer.
—El marido de tu mujer eres tú.
—Perdón. El hermano de mi mujer. Jaja.
Ufff. La venganza iba a ser mucho mejor de lo esperado. No aguanté más y le solté el corridote por toda la cara, asegurándome de que quedara grabado hasta el último lefazo. Las últimas gotas se las solté en los labios y Pedro me limpió el pollón muy agradecido.
—Vale. Ahora descansa un poco, bonito. Te lo has ganado.
Lo recosté de vuelta al asiento del conductor y a los pocos segundos ya estaba sobando otra vez.
Elegí las mejores fotos y borré el resto. Recorté algunas partes del vídeo para que mi voz sólo se escuchara lo imprescindible para dar sentido a sus respuestas y cuando lo tuve editado lo envié todo al grupo que había creado y luego a su mujer (no me había costado localizarla porque la tenía en sus contactos como Mi churri). Después le devolví el móvil al bolsillo y lo desperté.
—Tienes que irte, Pedro.
—Vale... Tío... Muchas gracias por las copas. Otro día te invito yo. Ha sido estupendo.
—¿Te ha gustado también mamármela?
—Claro. Tienes un pollón.
—Bien. Pues ya repetiremos otro día. Sospecho que a partir de ahora irás mucho más a menudo a ese bar.
—Claro. Ahí te he conocido. Muchas gracias por todo, de verdad.
Salió del coche dando tumbos y con toda la cara llena de leche.



III

A Mario le preparé algo más elaborado. En un principio pensé en hacer que una amiga bollera se acostara con él en su coche. Entonces yo aparecería a mitad del polvo acusándolo de abusar de mi hermanita.
—Pero tengo treinta añazos. —Me dijo mi amiga. —Nadie se creerá que ha abusado de mí.
—Le diré que eres retrasada.
—Y una mierda. Además, no pienso tocar una polla. Me saldrán sarpullidos.
Como esa idea no fraguó al final opté por el numerito de la cartera robada. Como al otro hermano, también a éste le pirraba beber en los bares. Falsifiqué unos cuantos billetes de doscientos euros, llené mi cartera y me senté a beber en la barra junto a Mario. En cierto momento abrí la cartera y me aseguré de que viera su contenido.
—No tendrás cambio de doscientos —le dije al camarero.
—Joder. ¿No llevas nada más pequeño?
—Espera... —Rebusqué entre los billetes falsos y saqué uno de veinte de verdad. Pagué mis copas y bebí lo que me quedaba de la última. Finalmente esperé a que el camarero se fuera a limpiar mesas y me fui al baño dejando la cartera en la barra, a medio metro de la mano de Mario.
Más allá del baño estaba la cocina y le pregunté a la cocinera si podía salir por ahí.
—¿No intentas hacer un simpa, verdad?
—¡Qué va! Pretendo gastarle una broma a un amigo. Cree que estoy en el baño.
—Está bien. Puedes salir por aquí. Pero me quedo con tu cara, cariño. Por si las moscas.
Una vez en la calle me escondí cerca del coche de Mario y esperé a que picara el anzuelo. Menos de un minuto después Mario salía del bar a toda hostia con mi cartera en la mano. Se metió en su coche a toda prisa y antes de que pudiera ni arrancar abrí la puerta del acompañante y me senté a su lado, con una navaja en la mano.
—¿Ibas a algún sitio con mi dinero?
Mario se quedó blanco y balbuceó una disculpa. Seguro que estaba a punto de mearse en los pantalones.
—No tienes ni idea de dónde ha salido ese dinero. No deberías haber cogido mi cartera. Ahora estás en un buen lío.
—Por favor —dijo, casi llorando. —No me hagas daño. No me mates. El dinero está aquí. No he tocado nada. No he tenido tiempo.
—Conduce.
—¿Qué?
—Arranca el coche. Necesito que me lleves a un sitio y que hagas algo por mí. Si lo haces bien, no te pasará nada.
Le hice conducir hasta una fábrica abandonada y salir del coche mientras lo amenazaba con pincharle si se le ocurría desobedecer.
—¿Qué quieres que haga? —Me preguntó, mirando alrededor.
—Bájate los pantalones.
—¿Por qué?
—Porque hace siglos que no peto un buen culo y tú tienes pinta de tener un culito tragón. ¿Alguna vez te han dado por culo?
—Un par de veces —contestó.
Joder. Otro de los hermanos homófobos al que le iba la marcha.
—No te voy a obligar. ¿Ves? Guardo la navaja. Y te lubricaré bien. No quiero hacerte daño. Sólo me apetece follar un culo. Si me dejas que te lo pete te dejaré que te vayas y aquí no ha pasado nada. Olvidaré que has intentado robarme los ocho mil. Te aseguro que es un buen trato. Si no te llego a pillar me habrías condenado a muerte.
Mario se bajó los pantalones.
—Está bien. Termina rápido.
Apoyó las manos en el capó y sacó culito. Tenía un buen culo, el cabrón. Abrí un sobrecito de lubricante y le esparcí el líquido por el ojete. Mario me miró nervioso a ver qué tenía escondido en la bragueta. Se le abrieron los ojos desmesuradamente cuando me vio el pollón, ya duro. Sin darle tiempo a arrepentirse de la decisión se la clavé hasta el fondo sin condón ni nada.
Al principio puso cara de estar sufriendo lo indecible pero conforme le metía polla y le daba caña su expresión cambió y casi al final me estaba pidiendo que le diera más fuerte.
—Venga, venga, venga. Dame polla.
—Arf, arf.
—Ufff. Estás muy bien servido, cabrón. Nunca me habían follado así.
—Te mola, ¿eh? Te gusta que te den...
—Si son tan grandes como la tuya, sí. Venga. Dame fuerte.
Al poco le estaba soltando un corridote espectacular en las entrañas. Él se corrió también como un cabrón.
Le pedí que me volviera a dejar en el bar y esta vez no hizo falta que lo amenazara con la navaja.
Cuando nos despedimos Mario me dijo:
—¡Eh! ¡Te dejas la cartera!
—¡Hostia! ¡Muchas gracias, tío!
—Siento mucho haberla cogido, de verdad.
—Da igual. Pero te merecías un escarmiento y te lo he dado.
—Sí... —Dijo, contento. —No me importaría que me volvieras a dar otro así otro día.
—No lo captas. Te he dado un buen escarmiento. Algo que nunca podrás olvidar.
—Tampoco ha sido tan, tan bueno.
—Te lo he pegado. Será mejor que te hagas unos análisis y uses condones a partir de ahora, no se lo vayas pegando a todo el mundo como yo.
Salí corriendo cuando vi su cara de horror.
Evidentemente no le había pegado nada. Suelo practicar siempre sexo seguro. Pero al pobre Mario le esperaban unos meses de preocupación que no se los deseo a nadie. Excepto a los cabrones que torturaron a mi novio de crío.



IV

Con Jaime fue más complicado. Era el peor de los tres. Tenía que planearle una venganza en toda regla. Una señora venganza. Pero no se me ocurría cómo joderlo bien. Así que decidí improvisar.
Estuve vigilándolo una temporada hasta que me enteré de que se iba de crucero con su mujer y me pillé un billete en su mismo barco. Mi novio no sabía nada de lo que estaba haciendo. A él le dije que me iba a ausentar una semana por temas de trabajo.
El crucero era uno de esos de todo incluido y conseguí convencer al encargado del comedor que me asignara a la misma mesa que al matrimonio con la excusa de que era un amigo de Jaime, hacía años que no lo veía y quería darle una sorpresa. Durante los siete días que durara el crucero cenaríamos los tres a la misma mesa. Eso me daría tiempo para intimar con Jaime y su esposa y planear una venganza como Dios manda.
Hasta el momento siempre que había visto a Jaime el tío llevaba gafas de sol. Pero la primera noche de crucero se presentó a cenar sin gafas, claro,  y vi que tenía un pequeño parche negro que le cubría un ojo por completo.
Nos sentamos, nos presentamos y esperamos un poco cortados a que nos trajeran la cena y el alcohol que nos haría estar más desinhibidos.
—¿Y usted siempre va de crucero solo? —Me preguntó Estela, la esposa de Jaime.
—No me hables de usted. Y contestando a tu pregunta, mi novio no ha podido venir. Le ha surgido un imprevisto familiar.
—¿Novio? ¡Mira qué bien! —Dijo Estela, quizá con demasiado fervor.
Jaime me lanzó una extraña mirada con su ojo bueno. Aunque no me pareció una mirada desaprobatoria.
—¿Cómo...? —Empecé.
—¿Cómo perdí el ojo? —Completó Jaime. —Quizá te lo cuente luego, si bebo suficiente. A ver cuando traen la cena, estoy muerto de hambre.
Estela le tomó la mano y se sonrieron. Parecían muy enamorados.
Me di cuenta de que, de todos los hermanos, Jaime era el que más se parecía físicamente a mi novio. Parecía estar ante una versión de mi Juanito diez años mayor. Si no me andaba con ojo me daría pena vengarme de éste. Quizá había sido un error lo del crucero. Ahora estaba atrapado una semana con ellos.

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V

Al segundo día ya parecíamos familia. Salí con ellos a la primera excursión y me olvidé de planear mi venganza mientras intentaba no pasármelo bien en Roma.
Aquella noche tras la cena Estela se retiró a descansar y Jaime y yo nos fuimos a una de las discotecas del barco a emborracharnos. La discoteca resultó ser más un karaoke y durante unas tres horas nos dedicamos a destrozar canciones de José Luis Perales, OBK, Shakira y otros muchos cantantes de ayer y de hoy. Para nuestra sorpresa tenían el Duele el corazón de Enrique Iglesias y Jaime estuvo bromeando con lo de si me das yo también te doy un buen rato. En cierto momento Jaime se acercó para contarme una confidencia y se apoyó en mi pierna, poniendo su mano peligrosamente cerca de mi paquete. Me dije que ya estaba muy borracho y que quizá no se había dado cuenta pero mientras me hablaba al oído su mano se fue acercando más y más hacia el punto de no retorno.
No sabía si decirle algo porque mi cuerpo estaba empezando a reaccionar y no quería ponerme cachondo con este tío al que odiaba por maltratar a mi novio. Aún no sabía cómo iba a vengarme de él. Que me metiera mano no entraba de momento en mis planes.
Jaime me miró el paquete y sonrió al ver que me había puesto palote.
—Eres un chico malo —dijo.
—¿Yo? Eres tú el que me está tocando demasiado cerca del pollón.
—¿Tienes un pollón? ¿Qué bien te vendes, no?
—Tengo pollón. Pero también tengo novio. Y tu mujer está esperándote en vuestro camarote.
—No será la primera vez que me he comido un pollón mientras ella duerme. Y tú tampoco.
—Nunca hubiera sospechado que te molaran los rabos.
—¿Por qué?
—Por tu pinta de heterucho chapado a la antigua.
—¿Heterucho? Eso es despreciativo.
Me dieron ganas de decirle que no era yo el que le daba palizas a mi hermano por ser maricón. Eso sí era despreciable.
—¿Qué te pasa? —Dijo Jaime, quitándome la mano de la pierna y cogiendo su copa.
—Nada.
—Por un momento me has mirado con un odio visceral.
—No es cierto.
—Perdona si te he incomodado. Si no quieres hacer nada conmigo porque tienes novio lo entiendo. Pero no me odies. No podría soportarlo.
—¿No podrías soportarlo?
—Me caes muy bien. Quiero que sigamos divirtiéndonos juntos todo el crucero. Haya sexo o no de por medio. No me resulta sencillo hacer amigos —dijo, señalándose el parche —y tú y yo hemos conectado. No quiero que te enfades conmigo. No quiero perderte.
Joder. El cabrón tenía su corazoncito y como siguiera hablando iba a reblandecer el mío.
Seguimos cantando y emborrachándonos sin que volviera a intentar meterme mano pero cuando decidimos que era hora de retirarse me preguntó si podía venirse a mi camarote.
—¿Quieres jugar a las cartas?
—Quiero comerte el pollón.
—¿Para comprobar si realmente tengo un pollón?
—No, coño. Me fío de ti. Quiero comerte la polla porque me apetece. Porque me apeteces, en realidad.
—¿Te apetezco? No soy un aperitivo.
—Eso seguro. Eres un plato principal. Si no tuviera mi vida hecha te comería cada día.
No sé si hablaba el alcohol o con los años Jaime se había vuelto un tío cariñoso pero fui incapaz de decirle que no. Fuimos a mi camarote y nos tumbamos en mi cama. Durante unos minutos miramos el bajo techo sin hablar, demasiado borrachos para hacer mucho más. Pero después Jaime acercó más su cuerpo, me acarició el pecho y me besó. Y ahí caí en barrena.



VI

Uno de los días, Jaime convenció a Estela de que fuera a la excursión del día ella sola y la despedimos en el puerto con la mano mientras imaginábamos todo lo que íbamos a hacernos en su ausencia.
Antes de correr hacia mi camarote como dos críos impacientes fuimos a almorzar. El gazpacho que hacía el cocinero del chiringuito de la piscina estaba de muerte. Una vez saciado el apetito ya sí fuimos a saciar otros apetitos.
Jaime se fue desnudando antes de llegar a mi camarote. Ya en el interior acabó de quitarse todo y se puso a cuatro en la cama, enseñándome un culo grande y muy apetitoso.
—Hoy toca que me la claves.
Por un momento sentí remordimientos de conciencia por mi novio. No los había tenido al vengarme de sus dos primeros hermanos pero ahora estaba a punto de petar el culo del tercero y no por vengarme por él, sino porque me gustaba. Jaime me estaba empezando a gustar más que mi propio novio. Decidí no pensar más y limitarme a sentir. Estaba atrapado en aquel barco con él. Que pasara lo que tuviera que pasar. Más adelante ya afrontaría cómo vivir con ello.
—Venga. ¿A qué esperas? Méteme ese cipotón que Dios te ha dado en el agujero.
Busqué en mi bolsa los condones y el lubricante mientras Jaime me miraba sonriendo.
—No te irás a poner un condón, ¿no?
—Esa era la idea.
—¿Tienes miedo de dejarme embarazado?
—No...
—¿Te has hecho pruebas hace poco?
—Hace un par de meses.
—Pues dame a pelo, joder.
—Está bien.
Le llené el orto de lubricante y se lo esparcí con la punta de la polla hasta que se me puso bien dura. Jaime se pegaba a mi rabo complacido mientras lo hacía.
—Mmm. Qué polla tienes, cabrón. Qué envidia.
—¿Te da envidia mi rabo? Tú no puedes quejarte.
—Pues claro que me quejo. Ya me gustaría tener yo eso. Pero como no puedo me contentaré con tenerlo dentro. Venga. Clávame el pollón.
Le planté el cipote en el ojete que esperaba hambriento y empujé suavemente.
—Ufff. Esta es la parte que más me gusta. Cuando entra —dijo Jaime.
Apreté un poco más y su ano se abrió como un capullo de rosa en un vídeo acelerado. En un momento entré hasta el fondo y Jaime suspiró.
—Pedazo polla...
Empecé a follármelo lento y profundo. Mi cipote estaba de un tamaño formidable. Me encantaba verlo entrar hasta desaparecer por completo y sacarlo entero casi hasta la punta. Y vuelta a empezar. Jaime giró la cara para mirarme con su ojo bueno y sonrió.
—Te quedas absorto mirándote el rabo.
—Tengo un punto narcisista. Me gusta mucho mirarme la polla.
—Grábalo con el móvil, yo también quiero verlo—dijo, señalando sus pantalones en el suelo.  —Me haré un pajote viéndolo luego.
Le cogí el móvil y accedí a su petición, mientras recordaba que le había destrozado el matrimonio al primer hermano de aquella manera. Pero con Jaime no habría venganza. Ya era incapaz de hacerle daño a este hombre.



VII

El último día del crucero conseguimos dos horas para cerdear cuando Estela se mareó, se tomó una biodramina y se acostó a intentar hacer la siesta. Jaime se vino a mi camarote, nos acostamos desnudos y nos acariciamos mutuamente la pelambrera.
—Hoy te la como hasta que me duela la boca —me dijo.
—Vale. Traga.
Se amorró a mi cipote mientras yo le pellizcaba los pezones.
—Me puedes grabar también mamando —me pidió. —Me harán falta los vídeos cuando te eche de menos.
Me pasó su móvil y fui grabando cómo me la chupaba con la cámara delantera, desde todos los ángulos. Pensé que era peligroso grabar aquellos vídeos pero mi novio no se hablaba con ninguno de sus hermanos. Era complicado que alguna vez llegara a ver aquello.
—Mmm. Chupa. Así. Qué bueno... Qué bien lo haces, cabrón.
Sonrió. Me escupió en la polla con fuerza y luego tragó con avaricia.
—Esto te lo grabo para cuando estés solito en el water. Te pones los cascos y escuchas mi voz. Y ves la cara de gusto que me haces poner con tu mamada. Mira.
—La cara de gusto la pongo yo —dijo Jaime tirando de mis cojones hacia abajo. —Pedazo troncho.
Abrió bien la boca y se lo metió hasta el fondo. Le empujé la cabeza hacia abajo para que se atragantara pero Jaime tenía garganta profunda y sabía como usarla.
—Te gusta, ¿eh? Te gusta mi polla. Te gusta que te llene toda la boca. Te quedarías a vivir aquí. En mi rabo. Vivirías de chupármela, ¿a que sí? Te alimentarías sólo de mi leche. ¿Te gustaría eso?
Jaime asentía mientras tragaba polla. Era un tragoncete nato. Le metí una mano doblada entre las cachas del culo. Él se pajeaba muy despacio mientras se tragaba todo mi cipote, arriba y abajo, hasta lo más profundo. Mi otra mano sujetaba el móvil a unos centímetros de su boca llena de carne, grabando todo para su disfrute posterior.
—Ahí. Traga rabo. Qué bien lo haces. Qué bien la comes.
Le pasé el móvil para que siguiera grabando él y le guié yo la cabeza sobre mi tranca. Quería que grabara la polla desde fuera e ir metiéndola hasta el fondo, hasta que tocara mis cojones con sus labios, que se me viera bien todo el pollón como el día que me pilló mirándome atolondrado el rabo mientras le daba por culo. Que tuviera un buen recuerdo de todo mi tamaño. Le guié varias veces la cabeza sobre mi verga, bien despacio.
—Así. Suelta más saliva. Mójala bien. Mmm, qué gusto. Que bien la mamas, cabrón. Deberías comerme el rabo todos los putos días de tu vida. Venga. Traga. Así. Asiiiii.
Jaime tragaba como si le fuera la vida en ello. Creo que nadie me había dado tantísimo gusto con una mamada. Me ponía tan berraco que pronto estuve a las puertas del corridón. Le cogí el móvil de la mano otra vez.
—Joder. Qué buenoooooo. Estoy a punto, cabrón. Me tienes durooooo. Mmm. Chupa. Así. No pares. Traga rabo. Qué gusto. Te voy a dar lefa. Te voy a dar un montón de lefaaaa.
Alejé un poco el móvil para grabar bien la inminente corrida.
—Traga. Tragaaaa. Más deprisa. Ya me viene. Sí. Sí. Siiiiii.
Jaime separó la cabeza unos centímetros y me pajeó a toda hostia para que pudiera grabar el corridote saliendo disparado de mi polla y estrellándose en sus labios. La leche comenzó a salir en torrente. Un corridón en toda regla. La lefa se estrelló en sus labios, en la barba, en sus mejillas, en el cuello... Le pringué por todas partes. Él aceleró su paja y a los pocos segundos se corría como un cabrón sobre su barriga. El camarote olía a leche que daba gusto.
VIII

Estábamos tumbados en la cama mirando el techo, exactamente en la misma posición en que estábamos mi Juanito y yo cuando me contó que sus hermanos lo habían maltratado de niño. Jaime hablaba en voz baja.
—Siempre me gustaron los hombres. Pero no era algo de lo que pudieras hablar en aquella época. Sabía que mi padre odiaba a los maricones. No paraba de decir que había que matarlos a todos. Yo soy el mayor de mis hermanos y tenía que cuidar de todos ellos y protegerlos de mi padre, que era un hijo de puta como jamás se haya visto. Pero me colgué de mi mejor amigo. Un día que mi padre se suponía que no tenía que volver hasta tarde me metí en el garaje con mi amigo y le hice una mamada. Fue lo más excitante que había hecho nunca. Mi padre podría odiar a los maricones todo lo que quisiera pero yo había nacido para comer rabo. No había nada que hacer. La puerta que comunicaba por dentro con la casa se abrió de pronto y apareció él. Mi padre me pilló con toda la polla de mi amigo en la boca. A él lo echó a patadas. A mí me arrastró del pelo hasta la cocina, me dio puñetazos y patadas y cuando se cansó de golpearme dijo que se iba a asegurar de que me acordara de que no debía volver a hacer eso nunca más. Cogió un tenedor y... Bueno. No creo que quieras escuchar los detalles. Pero me dejó tuerto. A la guardia civil les contó que me había golpeado la cara con una rama yendo en bicicleta. No le creyeron pero las cosas no eran como ahora. Le pertenecíamos. Podía matarnos si quería que a nadie le iba a importar.
—¿Tus hermanos llegaron a saberlo?
—No. Nunca lo supo nadie. Solo se lo conté a Estela al poco tiempo de casarnos y tampoco le dije lo que lo provocó. Y ahora te lo estoy contando a ti.
—¿Y qué hiciste cuando... curó?
—¿A parte de llevar un parche y perder la profundidad? —Se rio.
Yo estaba tan horrorizado que no entendía de dónde sacaba el humor.
—¿Te quedaste en aquella casa? ¿Con un hombre que te había sacado un ojo?
—Tenía que proteger a mis hermanos. E hice bien en no largarme. No mucho tiempo después descubrí que el pequeño, Juan, seguía mis pasos. Mi hermano Mario le encontró unas revistas de tíos en bolas y entre los tres lo acojonamos lo suficiente para quitarle la idea durante una temporada. Pero lo estuve vigilando y cuando un día se quedó a solas con un amiguete en casa aparecí y les di una tunda de hostias a los dos. No estaban haciendo nada, sólo jugaban a las cartas, pero yo sabía que ese sería el principio y que si seguía con aquello y mi padre los pillaba... Bueno... Ya sabes de lo que era capaz ese hombre.
—Entonces estabas protegiendo a tu hermano pequeño.
—A un alto precio. Mi hermano me odia. Hace años que no sé nada de él. No me dirige la palabra.



IX

No volví a ver a Jaime pero conservo un cariñoso recuerdo de él y de aquel crucero. Años más tarde le conté a Juan que había estado haciendo averiguaciones y que su padre, ya fallecido, había dejado tuerto a su hermano tras encontrarlo con un chico en el garaje haciendo cosas. Juan siempre había creído que su hermano mayor se quedó tuerto en un accidente de bici. No se podía creer que a Jaime también le gustaran los hombres y saberlo después de tantos años, saber que lo trató tan mal para protegerlo de su padre, no bastó para que Juan quisiera recuperar el contacto. Sigue sin querer saber nada de su familia.
Una noche, tiempo después, estábamos tumbados en la cama mirando el techo y  Juan me dijo:
—¿Te he contado alguna vez que el equipo de baloncesto me torturaba cuando descubrieron que me iban los rabos?
Mi cabeza se puso rápidamente en marcha para planear una venganza. La última había traído algunas cosas buenas y yo soy un hombre de ideas fijas.
—No. Cuéntame más...

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