Arte vivo
Lo que voy a contaros me sucedió el verano pasado en un viaje que hice a Berlín, a casa de unos amigos. Tenía veintisiete años y ni idea de arte, aunque estos amigos son muy cultos. Cerca de su casa estaba el Lebende Kunstmuseum, algo así como un museo sólo dedicado a artistas que montan sus performances, básicamente arte vivo, donde lo que se expone es el propio individuo. Me dijeron que me iba a gustar y la verdad es que me gustó mucho. Especialmente el oso.
Había aquellos días una sala en el exterior del museo donde un hombre osuno, gordito, barbudo y bien peludo hacía vida normal en una casa de cristal. La gente podía verlo desayunar, ver la tele, ducharse, hacer sus necesidades... No iba a salir de allí en todo el mes por lo que no era difícil encontrarlo jugando con la tablet o escribiendo a su familia y amigos (supongo que eso hacía) con el teléfono. No sé hasta qué punto se puede hacer vida normal si te traen la comida cada día como en la cárcel, pero el punto era verlo exponer su privacidad a todas horas. Uno de mis amigos me dijo que por dentro el cristal estaba oscuro. Nosotros podíamos verlo a él pero él no nos veía.
El primer día ya me di cuenta de la cantidad de maricones que iban a ver al oso. Lo mejor de todo es que como era una sala en el exterior podías ir a ver a ese pedazo hombre a cualquier hora, incluso de madrugada. Aunque si no encendía la luz al levantarse para ir al baño no veías mucho a esas horas.
Yo cogí la costumbre de levantarme a las cinco de la mañana. Mis amigos se iban a correr y yo me iba a la casa de cristal a observar hasta que amanecía al oso en absoluta tranquilidad. Al cuarto día de hacer eso lo encontré despierto, leyendo en la cama. Sólo se veía su rostro iluminado por la suave luz de la tablet. Miré alrededor. No se veía por ninguna parte al tío de seguridad. Me acerqué a la pared de cristal del cuarto donde tenía la cama y di tres golpecitos en la pared. El oso levantó la cabeza y me miró directamente. Aunque según mi amigo él no me estaba viendo.
Me pregunté si además de una performance no sería un experimento y yo lo estaba jodiendo tocando al cristal. Pero volví a hacerlo.
El oso encendió la luz de la mesita y yo miré alrededor. Ni rastro del segurata. Nadie más en las inmediaciones del museo.
El oso volvió a recostarse y a leer de su tablet. Supuse que había creído que uno de sus observadores, un turista aburrido, había tocado al cristal para que encendiera la luz. Pero yo no era un turista aburrido. Bueno, sí. Lo era. Pero yo quería comunicarme con él, no simplemente verlo. Me dio rabia no saber morse. Luego pensé que aunque yo hubiera sabido morse él no tenía por qué saber. Y luego pensé que además no hablo alemán. Pero entonces me dije, coño, tienes conexión a Internet y él también. No sabes morse porque no quieres.
Busqué rápidamente el código y empecé a golpear el cristal cíclicamente, haciendo pausas largas para las rayas y muy cortas para los puntos. Primero la G. Raya, raya, punto. Después la A. Punto, raya. Después la Y. Raya, raya, punto, raya. Pausa mucho más larga de lo habitual y vuelta a empezar. Al principio me miraba como si estuviera loco pero a la tercera vez se le encendió la bombilla y buscó el código con su tablet. Y enseguida vio que le estaba escribiendo Gay una y otra vez, algo que entendería en cualquier idioma.
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Para mi sorpresa el oso me sonrió y sin más apartó las sábanas y la manta para enseñarme que dormía desnudo. Volví a mirar a mi alrededor. Ni rastro de intrusos. Busqué rápidamente cómo deletrear masturbación en alemán (paja significaría otra cosa). Me salió der Masturbation y der Onanie, más corto y mejor para pasarlo a morse.
Tardé cerca de tres minutos en conseguir pasarle el mensaje. Casi no hubiera hecho falta porque mientras buscaba las letras que le iba tocando en el cristal el tío se había empezado a tocar la polla y cuando por fin entendió el mensaje ya tenía el cipote bien duro.
Me enseñó un pulgar levantado para hacerme ver que ya me había entendido y se masturbó para mí. Miré para todas partes. Seguía más solo que la una en los jardines del museo, así que me saqué la polla y me hice un pajote mientras miraba al oso dándose caña.
Nos corrimos a la vez, él sobre su pecho peludo, yo en el cristal.
Después seguí con el morse hasta que entendió mi Bis morgen, hasta mañana.
Al día siguiente me presenté otra vez a la misma hora, cuando aún faltaban unas dos para que amaneciera. Él ya estaba despierto, leyendo con la tablet como el día anterior. Di unos golpecitos en el cristal y él encendió la luz. Después se levantó, acercó una silla a la pared desde la que yo lo observaba y se sentó desnudo bien cerca. Empezó a masturbarse mientras se apretaba por turnos los pezones y yo iba dando golpecitos para que supiera que seguía ahí. Esta vez sí que se presentó el de seguridad pero se mantuvo alejado. Nos veía perfectamente a los dos pero no debió parecerle mal. Pensé que esta vez sería mejor limpiar mi corrida del cristal. Había sido muy guarro por mi parte dejarla allí el día anterior y me convenía estar a buenas con el segurata.
El oso se fue poniendo cada vez más cerdo, la polla toda venosa llena de precum, hasta que no pudo más y... Pues no. No se corrió. Me hizo señas para que caminara hacia la derecha y ¡me abrió la puerta!
Entré en la casa de cristal y sin mediar palabra caí de rodillas a mamar rabo, saboreando todo el precum que había ido soltando durante la paja. El oso me acariciaba la cara mientras se la chupaba y no tardó nada en descargarme una lechada brutal en la boca. Se había puesto muy berraco y pasar de saberse observado a que le hiciera un mamadón pudo con él. Yo me derramé en el suelo al sentir salir disparados sus trallazos dentro de mis morros. Entonces escuchamos unos golpecitos en el cristal. Supuse que el segurata no se había perdido detalle y nos estaba agradeciendo el espectáculo.
El oso me ayudó a levantarme y me abrazó. Mi polla mojada de semen mojó la suya en el abrazo.
Después intenté hablar con él en inglés. Me preguntó de dónde era porque mi inglés es terrible y le dije que español. Se le iluminó la cara.
—Entonces podemos hablar en español —me dijo, con acento de Málaga.
Resulta que era hijo de malagueña y alemán y el castellano su primer idioma.
Estuvimos hablando en calzoncillos en la cocina hasta las doce del mediodía. Hablamos de un montón de cosas excepto de qué hacía él en aquella casa de cristal. Cuando me di cuenta de la hora que se había hecho le dije:
—El exterior debe estar lleno de gente sorprendida de que hoy seamos dos. Y que vayamos tan ligeros de ropa. ¿No me estoy cargando la experiencia del artista?
—Ah, ¿no te lo he dicho? El artista soy yo. ¿Pensabas que era un trabajo? ¿Que otro tío me pagaba por mostrar mis intimidades?
—No sé lo que pensaba. Todo esto es nuevo para mí.
—¿Qué te parecería quedarte conmigo hasta final de mes? Seguro que el museo se peta —se rio. —Nos ducharíamos juntos y follaríamos todas las noches.
Me faltó tiempo para escribir a mis amigos y pedirles que me trajeran mi cepillo de dientes.
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