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Tac tac tac
Habíamos quedado para
ver una peli, Daniel, yo y Máximo, un amigo de Daniel que yo no conocía pero
que sabía que también era gay. Estábamos en casa de Daniel y tras la cena
intentamos enchufar a la tele el disco duro que yo había llevado. Como la tele
no lo reconocía, Daniel y Máximo se fueron a la habitación a pasar dos de las
quinientas pelis a un pen y yo me quedé viendo la tele. Daniel me había
insinuado que si Máximo me gustaba podíamos hacer un trío. Pero no me van los
tríos. Creo que se lo dejé bastante claro. Máximo estaba buenísimo, eso sí, y no
me hubiera importado acabar la noche con él. Pero los dos a solas.
Llevaba unas semanas
de trempera fácil, no sé por qué. Andaba todo el día con la polla tiesa.
Supongo que era la primavera, que realmente la sangre altera. Mientras esperaba
a que mi amigo y su amigo eligieran las películas que íbamos a ver se me puso
otra vez tiesa y me estuve tocando un poco el bulto mientras en la tele ponían
ochocientos anuncios, cuatrocientos de los cuales eran promos de El
Príncipe. Qué coñazo las series españolas. Alguien
debería decirle a los actores españoles que no son nada creíbles. Algo no están
haciendo bien en las academias de artes escénicas en este país. Ninguna
película ni serie española ha logrado convencerme desde... coño. Desde Barrio
Sésamo. Qué desastre. Y alguien debería decirles también que, por favor,
adopten el formato norteamericano. Un capítulo de una serie de comedia de
veinte minutos y uno dramático de cuarenta y cinco. Aquí todo dura una hora y
media, da igual lo que estés viendo. Dos horas con anuncios. Es insoportable.
Bueno, a lo que voy,
que me disperso. Que aquellos dos tardaban una eternidad en regresar y que yo
seguía trempado y me estaba planteando si meterme en el baño a darme un magreo
rápido. Entonces regresaron y crucé las piernas para que no me vieran todo
palote. Daniel enchufó el pen a la tele y esta vez sí, habemus películem.
Entonces le llamaron al móvil. Su hermana, que es de las que cuando te atrapan
no te sueltan. Daniel desapareció en la cocina.
—Va para rato —avisé
a Máximo. —Casi nos podemos despedir de ver la peli hoy.
Máximo se había
sentado a mi lado. Me cogió el mando a distancia de las manos y cambió de
canal.
—No sé como puedes
ver TelaHinco.
—No la estoy viendo.
La sufro.
Máximo puso Historias
Corrientes. Estaba acabando. Después pusieron una
serie, también de dibujos, de tres osos que viven juntos. Uno tenía problemas
con un ratón de los que comen queso que le tecleaba cosas en el portátil y le
hacía perder seguidores en facebook, otro compraba un robot aspiradora que se
volvía loco y se lo comía todo y el tercero se quedaba atrapado en un árbol por
intentar caer bien a unos humanos. La serie era tremendamente divertida.
—Una serie de tres
osos, viviendo juntos. Ya podrían haber hecho este tipo de series cuando yo era
nano. Me habría evitado años de psicólogos y bullying —bromeó Máximo.
—Serán hermanos.
—¿Como van a ser
hermanos? ¿No los ves? No han nacido de la misma madre. Un panda, un pardo y un
polar. Los tres con p de puteros,
pajeros y pollones. Uno activo, otro pasivo y otro versátil. Es la definición
de una nueva y cachonda familia de tres hombres, tres bears leferos que se lo
montan en la casita del árbol cuando se apagan las cámaras.
—Tú estás mu mal.
Estuvimos viendo
capítulos de aquello con la conversación de Daniel con su hermana de fondo.
Máximo empezó a impacientarse al cabo de media hora.
—¡Daniiiii, dile que
te llame mañana! ¡Las hermanas tienen prohibido joder la marrana los viernes
por la noche!
Daniel salió de la
cocina, echó una mirada furibunda a Máximo, y se fue pasillo abajo a seguir
cascando a su habitación.
—Joder —dijo Máximo.
—¿Y si ponemos la
película?
—Luego la pondrá otra
vez desde el principio.
—Joder —dije yo.
Seguimos en el canal
de dibujos. Máximo empezó a darse golpecitos con el mando a distancia en la
pierna. Pasaron cinco minutos en que no dejó de darse golpecitos y cuando se
cansó de darse en su propia pierna comenzó con la mía (ya no las tenía
cruzadas). En la tele los osos puteros se habían ido a chuparse las pollas y
los habían reemplazado con Gambol.
En éstas empecé a
trempar otra vez. Y en na de tiempo tenía puesta una tienda de campaña
enooooorme. Máximo seguía con sus golpecitos con el mando en mi pierna y me di
cuenta de que ya no miraba la tele sino mi paquetón.
—Dani no vuelve
—comentó, haciendo tac tac con el mando en mi vaquero.
—Es un asco.
—Las hermanas son un
asco.
—Lo son.
Entonces empezó a dar
los golpecitos más cerca de mi polla. Siempre con el mando de la tele.
—Puto móvil. Debería
haberlo apagado —dijo.
—Para la próxima se
lo confiscamos.
Los golpecitos
llegaron a mi miembro y me repantingué en el sofá.
Tac tac tac. Sobre mi
verga bien dura. Tac tac tac.
Aquello me estaba
poniendo como una moto. Daniel seguía desaparecido en combate.
Tac tac tac.
—La tienes grande
—observó Máximo.
—Gracias.
Tac tac tac.
Era raro estar en el
sillón de Daniel con un chico al que casi ni conocía y más raro aún que me
diera en la polla con el mando.
—¿Sabes como acabará
esto, no? —Me preguntó en voz baja.
—No tengo ni idea.
—Te bajaré los
pantalones, —tac tac tac— te bajaré los calzoncillos, —tac tac tac, —meteré la
nariz entre tus huevos y tu pierna, —tac tac tac, —y me quedaré ahí un buen
rato, —tac tac tac— oliéndote los cojones.
Tac tac tac.
La polla me daba
sacudidas bestiales.
Tac tac tac.
—Y tú me sujetarás
bien fuerte la cabeza para que no pueda escapar, —tac tac tac, —y me impregne
de tu olor, —tac tac tac— porque nada me gusta más que el olor de unos buenos
cojones. —Tac tac tac. —Y no te la chuparé. Me quedaré ahí —tac tac tac— hasta
que el puto Dani le cuelgue a su hermana. Y cuando venga al salón y me
encuentre oliéndote los huevos y quiera participar,—tac tac tac— tú y yo nos
disculparemos y nos largaremos a mi casa a follar como animales toda la puta
noche.
Tac tac tac.
—¿Qué te parece el
plan?
—Cojonudo.
Le quité el mando de
la mano y me desabroché el pantalón. Me miró como si me hubiera vuelto loco. Me
bajé los vaqueros hasta los pies, arrastrando también el bóxer. El olor a rabo
caliente inundó el salón.
—¿Vamos a hacerlo?
—Es tu plan.
Y poniendo una mano
sobre su cabeza lo atraje hacia mi entrepierna. Separé bien las rodillas y le
hice meter la nariz entre mi pierna y los cojones, tal y como había pedido. Lo
mantuve ahí, sujetándolo bien fuerte, aunque Máximo no tenía intención de irse
a ninguna parte. El tío inspiraba profundamente. Parecía estar en la gloria.
Levanté la mirada al notar movimiento y descubrí a Daniel mirándonos con la
boca abierta.
—¿Tienes suficiente?
—Le pregunté a Máximo.
Negó con la cabeza,
con la cara bien enterrada entre mi muslo y mis cojones, respirando
huevos, y le mantuve ahí. Daniel hizo
amago de acercarse pero le hice detenerse con un gesto de espera un segundo,
alzando el dedo índice. Se quedó quieto mirándome con mala cara.
Un par de minutos
después volví a preguntarle a Máximo.
—¿Ya?
—Te la quiero mamar
—dijo Máximo. —Te lo quiero chupar todo. Todo el cuerpo. ¿Me dejas?
—Vamos a tu casa.
Dejé que sacara la
nariz de entre mis huevos y me subí los pantalones. Daniel nos miraba sin
creerse que lo fuéramos a dejar solo. Recogí mi disco duro y nos despedimos de
Daniel con besos y todo.
—La próxima vez apaga
el móvil y a lo mejor tú también podrás olerme los huevos.
Y nos fuimos a casa de Máximo a follar como
animales toda la puta noche, dejando al pobre Dani con un palmo de polla y de
narices.
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