miércoles, 18 de mayo de 2016

Tac tac tac, relato gay erótico

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Tac tac tac



Habíamos quedado para ver una peli, Daniel, yo y Máximo, un amigo de Daniel que yo no conocía pero que sabía que también era gay. Estábamos en casa de Daniel y tras la cena intentamos enchufar a la tele el disco duro que yo había llevado. Como la tele no lo reconocía, Daniel y Máximo se fueron a la habitación a pasar dos de las quinientas pelis a un pen y yo me quedé viendo la tele. Daniel me había insinuado que si Máximo me gustaba podíamos hacer un trío. Pero no me van los tríos. Creo que se lo dejé bastante claro. Máximo estaba buenísimo, eso sí, y no me hubiera importado acabar la noche con él. Pero los dos a solas.
Llevaba unas semanas de trempera fácil, no sé por qué. Andaba todo el día con la polla tiesa. Supongo que era la primavera, que realmente la sangre altera. Mientras esperaba a que mi amigo y su amigo eligieran las películas que íbamos a ver se me puso otra vez tiesa y me estuve tocando un poco el bulto mientras en la tele ponían ochocientos anuncios, cuatrocientos de los cuales eran promos de El Príncipe. Qué coñazo las series españolas. Alguien debería decirle a los actores españoles que no son nada creíbles. Algo no están haciendo bien en las academias de artes escénicas en este país. Ninguna película ni serie española ha logrado convencerme desde... coño. Desde Barrio Sésamo. Qué desastre. Y alguien debería decirles también que, por favor, adopten el formato norteamericano. Un capítulo de una serie de comedia de veinte minutos y uno dramático de cuarenta y cinco. Aquí todo dura una hora y media, da igual lo que estés viendo. Dos horas con anuncios. Es insoportable.
Bueno, a lo que voy, que me disperso. Que aquellos dos tardaban una eternidad en regresar y que yo seguía trempado y me estaba planteando si meterme en el baño a darme un magreo rápido. Entonces regresaron y crucé las piernas para que no me vieran todo palote. Daniel enchufó el pen a la tele y esta vez sí, habemus películem. Entonces le llamaron al móvil. Su hermana, que es de las que cuando te atrapan no te sueltan. Daniel desapareció en la cocina.
—Va para rato —avisé a Máximo. —Casi nos podemos despedir de ver la peli hoy.
Máximo se había sentado a mi lado. Me cogió el mando a distancia de las manos y cambió de canal.
—No sé como puedes ver TelaHinco.
—No la estoy viendo. La sufro.
Máximo puso Historias Corrientes. Estaba acabando. Después pusieron una serie, también de dibujos, de tres osos que viven juntos. Uno tenía problemas con un ratón de los que comen queso que le tecleaba cosas en el portátil y le hacía perder seguidores en facebook, otro compraba un robot aspiradora que se volvía loco y se lo comía todo y el tercero se quedaba atrapado en un árbol por intentar caer bien a unos humanos. La serie era tremendamente divertida.
—Una serie de tres osos, viviendo juntos. Ya podrían haber hecho este tipo de series cuando yo era nano. Me habría evitado años de psicólogos y bullying —bromeó Máximo.
—Serán hermanos.
—¿Como van a ser hermanos? ¿No los ves? No han nacido de la misma madre. Un panda, un pardo y un polar.  Los tres con p de puteros, pajeros y pollones. Uno activo, otro pasivo y otro versátil. Es la definición de una nueva y cachonda familia de tres hombres, tres bears leferos que se lo montan en la casita del árbol cuando se apagan las cámaras.
—Tú estás mu mal.
Estuvimos viendo capítulos de aquello con la conversación de Daniel con su hermana de fondo. Máximo empezó a impacientarse al cabo de media hora.
—¡Daniiiii, dile que te llame mañana! ¡Las hermanas tienen prohibido joder la marrana los viernes por la noche!
Daniel salió de la cocina, echó una mirada furibunda a Máximo, y se fue pasillo abajo a seguir cascando a su habitación.
—Joder —dijo Máximo.
—¿Y si ponemos la película?
—Luego la pondrá otra vez desde el principio.
—Joder —dije yo.
Seguimos en el canal de dibujos. Máximo empezó a darse golpecitos con el mando a distancia en la pierna. Pasaron cinco minutos en que no dejó de darse golpecitos y cuando se cansó de darse en su propia pierna comenzó con la mía (ya no las tenía cruzadas). En la tele los osos puteros se habían ido a chuparse las pollas y los habían reemplazado con Gambol.
En éstas empecé a trempar otra vez. Y en na de tiempo tenía puesta una tienda de campaña enooooorme. Máximo seguía con sus golpecitos con el mando en mi pierna y me di cuenta de que ya no miraba la tele sino mi paquetón.
—Dani no vuelve —comentó, haciendo tac tac con el mando en mi vaquero.
—Es un asco.
—Las hermanas son un asco.
—Lo son.
Entonces empezó a dar los golpecitos más cerca de mi polla. Siempre con el mando de la tele.
—Puto móvil. Debería haberlo apagado —dijo.
—Para la próxima se lo confiscamos.
Los golpecitos llegaron a mi miembro y me repantingué en el sofá.
Tac tac tac. Sobre mi verga bien dura. Tac tac tac.
Aquello me estaba poniendo como una moto. Daniel seguía desaparecido en combate.
Tac tac tac.
—La tienes grande —observó Máximo.
—Gracias.
Tac tac tac.
Era raro estar en el sillón de Daniel con un chico al que casi ni conocía y más raro aún que me diera en la polla con el mando.
—¿Sabes como acabará esto, no? —Me preguntó en voz baja.
—No tengo ni idea.
—Te bajaré los pantalones, —tac tac tac— te bajaré los calzoncillos, —tac tac tac, —meteré la nariz entre tus huevos y tu pierna, —tac tac tac, —y me quedaré ahí un buen rato, —tac tac tac— oliéndote los cojones.
Tac tac tac.
La polla me daba sacudidas bestiales.
Tac tac tac.
—Y tú me sujetarás bien fuerte la cabeza para que no pueda escapar, —tac tac tac, —y me impregne de tu olor, —tac tac tac— porque nada me gusta más que el olor de unos buenos cojones. —Tac tac tac. —Y no te la chuparé. Me quedaré ahí —tac tac tac— hasta que el puto Dani le cuelgue a su hermana. Y cuando venga al salón y me encuentre oliéndote los huevos y quiera participar,—tac tac tac— tú y yo nos disculparemos y nos largaremos a mi casa a follar como animales toda la puta noche.
Tac tac tac.
—¿Qué te parece el plan?
—Cojonudo.
Le quité el mando de la mano y me desabroché el pantalón. Me miró como si me hubiera vuelto loco. Me bajé los vaqueros hasta los pies, arrastrando también el bóxer. El olor a rabo caliente inundó el salón.
—¿Vamos a hacerlo?
—Es tu plan.
Y poniendo una mano sobre su cabeza lo atraje hacia mi entrepierna. Separé bien las rodillas y le hice meter la nariz entre mi pierna y los cojones, tal y como había pedido. Lo mantuve ahí, sujetándolo bien fuerte, aunque Máximo no tenía intención de irse a ninguna parte. El tío inspiraba profundamente. Parecía estar en la gloria. Levanté la mirada al notar movimiento y descubrí a Daniel mirándonos con la boca abierta.
—¿Tienes suficiente? —Le pregunté a Máximo.
Negó con la cabeza, con la cara bien enterrada entre mi muslo y mis cojones, respirando huevos,  y le mantuve ahí. Daniel hizo amago de acercarse pero le hice detenerse con un gesto de espera un segundo, alzando el dedo índice. Se quedó quieto mirándome con mala cara.
Un par de minutos después volví a preguntarle a Máximo.
—¿Ya?
—Te la quiero mamar —dijo Máximo. —Te lo quiero chupar todo. Todo el cuerpo. ¿Me dejas?
—Vamos a tu casa.
Dejé que sacara la nariz de entre mis huevos y me subí los pantalones. Daniel nos miraba sin creerse que lo fuéramos a dejar solo. Recogí mi disco duro y nos despedimos de Daniel con besos y todo.
—La próxima vez apaga el móvil y a lo mejor tú también podrás olerme los huevos.
Y nos fuimos a casa de Máximo a follar como animales toda la puta noche, dejando al pobre Dani con un palmo de polla y de narices.

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