Yo sólo soy un hombre que te desea
Nuestra historia de
amor profe alumno fue un poco distinta a como suelen darse estas cosas. Por lo
general el joven universitario, a cuya casta pertenezco, mucho más impresionable e impulsivo dada su
corta edad y sus muchas ganas, se cuela del profesor maduro al que hace
insinuaciones hasta que todo termina o muy mal o muy bien, sin términos medios.
En nuestro caso fue Armando, mi profe de Ciencias Sociales, quien se coló por
mí como un puto adolescente. Y tampoco llegamos a entender muy bien cómo acabamos
juntos si ni a él ni a mí nos gustaban los hombres. Pero pasó. Misterios de la
vida.
Todo empezó cuando
Armando tuvo que ausentarse dos semanas y buscó a alguien que pudiera cubrirle
las clases. Y como yo era su alumno más aventajado me convenció para que las
diera yo. Se tomó el trabajazo de prepararme los powers de las seis clases que
tendría que dar y de dejarlo todo extra súper planificado. Me ahorró un montón
de quebraderos de cabeza previendo hasta al
más mínimo detalle cualquier imprevisto que se pudiera dar.
—Si te formulan
preguntas que no sabes o no te atreves a contestar reformula la misma pregunta
para que sea otro alumno el que intente encontrar la respuesta —me aconsejó.
—¿Es lo que tú haces?
—Lo que hacía.
Después de veinte años en esto ya no quedan preguntas que no sepa cómo
contestar. Además, los alumnos cada vez se cuestionan menos las cosas. Y cada
vez es más difícil encontrar a alguien que se salga del tiesto. Tú eres el
único que lo ha hecho este año. Es algo preocupante.
Me dijo que durante
las ponencias en el congreso llevaría el móvil en silencio pero que me
contestaría en cuanto pudiera a cualquier duda que le enviara por wasap. Ese
fue nuestro medio de comunicación durante casi dos semanas, si exceptuamos la
noche de la gran pelea. Y no os imagináis lo que llega a dar de sí el wasap.
Pero qué digo. Seguro que lo sabéis perfectamente.
Los primeros días nos
mantuvimos fieles al guión. Yo le mandaba algún mensaje para que supiera que
todo iba bien y que no tenía problemas para dar sus clases y él contestaba con
cortos mensajes de agradecimiento. Pero un día, sin saber muy bien cómo o por
qué, se produjo un cambio y la conversación pasó al plano personal. Ah, ya me
acuerdo. Me envió una foto del desayuno que le habían puesto en el hotel. Y yo
le mandé una foto del bollo con cacao que me estaba zampando. Y empezamos a
hablar de comida, creo. Y a mandarnos fotos de cualquier cosa que nos hiciera
gracia. O que no nos hiciera gracia. Una vez que abrió la puerta a las fotos
fue imposible volver al plano educativo. Sobre todo porque se hizo como
cuarenta fotos con diferentes combinaciones de chaqueta, camisa y corbata para
que le dijera cual le quedaba mejor para una cena con gente importante que
tenía.
—¿Pero cuánta ropa te
has llevado, loco?
—Toda la que me ha
metido mi mujer.
Al final de aquel día
éramos amigos. Ya no parecía mi profe. Parecía un colega igual de tarado que
yo. Tampoco parecía llevarme veinticinco años. Las cosas que nos interesaban a
ambos parecían estar en un mismo nivel. Pese a que él fuera padre y yo aún
viviera con los míos teníamos muchísimo en común. Sobre todo... éramos unos
cafres.
A las tres de la
mañana me despertaron como siete wasaps a intervalos de un minuto. Eran de él.
"Ha terminado la
cena. Estoy muy borracho. Me vuelvo al hotel."
"No me acuerdo
de cómo se llega al hotel. Creo que cogeré un taxi."
"No hay ni un
puto taxi a estas horas en esta maldita ciudad."
"Hotel
localizado. Estaba a la vuelta de la esquina. Se ve que me despisté".
"He meado en las
plantas de la entrada y el recepcionista me ha visto el pito. Qué
vergüenza".
Una foto del interior
del ascensor.
Una foto del interior
de la habitación.
"Estoy cachondo.
Creo que me haré una paja antes de dormir. Buenas noches".
Hablo de memoria pero
fue más o menos así.
Al día siguiente me
mandó como otros siete wasaps pidiéndome perdón muy abochornado. Yo le mandé un
hahaha y le deseé que hubiera disfrutado de su paja solitaria en el hotel. Me
mandó una foto de su oreja.
"¿Y eso?"
—Le pregunté.
"Me has hecho
ruborizarme. Cuando me ruborizo las orejas se me ponen muy colorás".
A partir de entonces
intentaba ruborizarle soltando todo el día burradas por el wasap y él me
enviaba fotos de los diferentes estados del rubor de sus orejas. Fue muy
divertido.
La noche de la gran
pelea me envió un mensaje a las once de la noche.
"Estás muy
callado. Te echo de menos. ¿Ha pasado algo? "
"Lo siento. No
quería fastidiarte la noche. "
"¿Qué te pasa?
¿Qué ha pasado? "
"Me he peleado
con mi novia."
"Lo siento.
¿Tiene solución? "
"No lo sé. Nos
hemos dicho cosas horribles. Me siento fatal."
"Llámala."
"Lo tiene
apagado."
"Seguro que lo
arreglaréis. Mañana verás las cosas con más perspectiva. Intenta dormir."
"No creo que
pueda".
A las dos de la
madrugada aún no había conseguido pegar ojo. Me llegó un mensaje de Armando.
"Me dijiste que
vivías por detrás del Outlet Park, ¿no?".
"Sí, más o
menos. ¿Por?"
"¿En qué
calle?"
"¿Por qué?"
Volví a preguntar sin entender nada.
"Porque he
venido a verte. Traigo porquerías de la gasolinera. Espero que te gusten los
doritos esos que unos pican y otros non, como los pimientos de padrón."
El cabrón había hecho
un viaje de casi tres horas sólo para darme un poco de compañía y apoyo moral.
Cuando bajé a la calle y me subí a su coche se me saltaban las lágrimas.
—Tío. Jamás nadie
había hecho algo así por mí.
—Pues eso es que
todavía no has tenido amigos de verdad.
Nos pasamos la noche
entera cascando, bebiendo cerveza y comiendo porquerías varias. Al amanecer ni
me acordaba de que me había peleado con mi novia. Sólo sabía que había pasado
una noche de puta madre con un profesor que de pronto se había convertido en mi
mejor amigo.
—Bueno, ha sido
fantástico pero es hora de volver a la realidad. Hoy se supone que tengo que
dar una charla yo. Y tú tienes que dar una de mis clases.
—Siento el viaje que
te has pegao.
—Yo no. Para nada.
Era algo que teníamos que hacer.
—¿Por qué? —Le
pregunté, extrañado.
Se me quedó mirando
sin saber qué contestar. Más adelante me dijo que una buena respuesta a esa
pregunta que le vino, como no, a posteriori, hubiera sido que nuestra escalada
de wasaps hacia lo personal era lógico que desembocara en un encuentro cara a
cara. Pero entonces no se le ocurrió aquello. O no supo poner aún palabras a lo
que sentía. Y acabó diciendo:
—Teníamos que
comprobar de qué color se ponen mis orejas cuando me como un dorito de los que
pican.
Ese día estuve de muy
buen humor, pese a la gran pelea con mi novia, y ni siquiera acusé el cansancio
de haber pasado la noche en vela. La charla de Armando (que no era charla sino
un seminario en toda regla) también fue un éxito. La noche que habíamos
compartido nos había sentado muy bien a los dos y nos pasamos gran parte del
día siguiente completando por wasap muchas de las conversaciones que habíamos
empezado y dejado a medias al cambiar súbitamente de tema, algo a lo que somos
propensos los dos.
Sé por lo que hablamos
cuando ya pasó lo que pasó (aunque en su momento lo intuí por su extraño
comportamiento posterior), el momento exacto en que Armando se dio cuenta de
que se estaba enamorando de mí. Fue durante el wasapeo de la siguiente noche.
Le volví a dar las gracias por lo que había hecho, lo de volverse del congreso
para estar conmigo y encima teniendo que dar un seminario al día siguiente.
"Me encantaría
tenerte aquí para poder agradecértelo en persona", le escribí.
"¿Cómo lo
harías?", contestó.
Para mí la respuesta
era obvia y natural.
"Con un abrazo.
Un abrazo largo y reconfortante que debería haberte dado anoche y que nos
dejará a ambos bien relajaditos".
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Para mí el texto que
le escribí no contenía mensajes subliminales, no había componente sexual, aunque
sí afectivo. En mi familia los abrazos son la muestra principal de afecto. Mi
hermana y yo hemos tenido la suerte de tener unos padres conscientes de la
importancia del abrazo en la época de mayor desapego de la historia. Mi forma
natural de decirle a Armando cuánto había significado su gesto para mí era un
buen abrazo.
Pero para él ese
mismo mensaje significó algo más profundo. Tanto que no volvió a escribirme en
dos días.
Como mis mensajes no
obtenían respuesta ni me cogía el móvil si lo llamaba, empezó a preocuparme que
le hubiera pasado algo y acabé llamando al hotel donde se hospedaba. Le pedí a
la chica que me atendió que por favor le hiciera llegar un mensaje. Accedió.
—¿Qué le digo?
—Que conteste a mis
putos mensajes. Pero dígaselo así, por favor.
Mi novia seguía sin
hablarme y mi nuevo mejor amigo estaba siguiendo sus mismos pasos. Empezaba a
sentirme traicionado.
Esa noche por fin me
escribió.
"La
recepcionista de día me ha pasado tu mensaje. Siento que hayas tenido que
llamar al hotel. He estado muy ocupado con el congreso. Lo siento mucho".
"¿No has tenido
tiempo para decirme eso en dos putos días? Te digo que tengo ganas de abrazarte
y desapareces sin más. No me parece normal".
A ese mensaje me
contestó al día siguiente. Era desesperante.
"No estuve
pendiente del móvil. Lo siento. No es para tanto".
El mismo tío que se
había venido a mi casa en un viaje de tres horas cuando vio que estaba mal
ahora era incapaz de hablar conmigo. Ahora que estaba mal por su culpa.
"Pareces
bipolar, tío", le escribí, muy cabreado. Añadí una carita triste para que
supiera que me estaba haciendo daño.
A este mensaje me
contestó como cinco horas más tarde.
"¿Ya has hecho
las paces con tu novia?"
"No."
"Pues inténtalo
con más ganas".
"Ahora mismo
prefiero mucho más hacer las paces contigo", le dije honestamente.
"No,
joder".
¿No, joder? ¿Qué tipo
de respuesta era esa? ¿Qué coño le pasaba a este tío?
Tú que estás leyendo
esto quizá lo veas súper claro porque te he dicho desde el principio de qué iba
la cosa, pero te juro que para mí era un auténtico misterio. No sabía qué
cojones había hecho para cabrear a Armando y de veras que empezaba a pensar que
este tío no estaba muy bien de la azotea.
Los días seguían
pasando y cada vez sus mensajes eran más vagos. Mi hermana me dijo que a lo
mejor el profe se pensaba que me gustaba, por lo que le había dicho del abrazo,
y había reaccionado poniendo distancia. Aquello era lo primero que escuchaba
que le daba sentido a lo que había pasado. Le escribí enseguida un mensaje a
Armando.
"No soy gay.
Joder. Malinterpretaste lo que te dije del abrazo. No me estaba insinuando. No
me gustas. De verdad. Quiero ser tu amigo, no acostarme contigo. Sabes que
tengo novia. No soy gay. "
Quizá lo remarqué
demasiado pero quería que le quedara bien claro, si era eso lo que lo había
alejado.
Me contestó casi
enseguida esta vez.
"Sé que no eres
gay. Eso no es lo que pasa."
Eso no es lo que
pasa. Por fin admitía que estaba pasando algo.
"Entonces, ¿qué
es? Me tienes todo el puto día comiéndome la cabeza, cabrón. ¿Dije algo que te
sentara mal? "
El siguiente mensaje
tardó un poco más y por fin le dio sentido a toda la historia:
"Al contrario.
Dijiste algo que me hizo sentir MUY BIEN".
Podría haberlo
interpretado como un mensaje irónico. Pensar que lo que quería decir en
realidad es que le dije algo que lo hirió un montón. Pero esta vez por fin lo
entendí correctamente. Mi profe estaba por mí. Por eso se había vuelto tan
distante conmigo. Se había acojonado. No me extrañaba. Estaba casado. Tenía
tres hijos y parecía un hombre heterosexual muy satisfecho con su vida afectiva
y sexual por lo que habíamos hablado. Había empezado a sentir algo por mí y
aquello lo había trastocado.
"Creo que ahora
te he entendido por fin", le escribí.
No contestó. Tampoco
esperaba que lo hiciera.
Esperé al jueves que
no tenía que dar ninguna de sus clases, me pillé un autobús y me planté en su
hotel a la hora de comer. Cuatro putas horas tardó el bus. Yo no sé la de
podcasts que me escuché.
Armando estaba en el
congreso. Quise esperarlo en su habitación pero no me dejaron, claro, por lo
que tuve que quedarme en un sillón en la recepción.
Cuando apareció ni me
vio. Se fue directo a los ascensores. Conseguí colarme en el mismo que él de
milagro.
—¿Qué haces aquí?
No habría estado más
sorprendido si se le hubiera presentado Michael Jackson recién salido de su
tumba.
—Devolverte el gesto.
Viniste a verme cuando estaba mal así que vengo a verte cuando tú lo estás.
—No deberías haberte
molestado.
—Es lo que hacen los
amigos.
—Pero no somos
amigos. No podemos ser amigos.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Porque no.
—Dame una razón
razonada.
—Porque te quiero.
El ascensor se abrió
y Armando salió pitando hacia su habitación. Lo seguí intentando hacerme a la
idea. La distancia que él mismo se impuesto conmigo le había hecho convencerse
con los días de que me quería. Pero, ¿cómo iba a quererme? Casi no me conocía.
Por muchos wasaps, fotos y demás tonterías que nos hubiésemos dicho en aquellos
pocos días aún éramos básicamente dos desconocidos. Nadie podía enamorarse de
mí tan rápidamente. Soy muy poca cosa.
—¿Qué significa que
me quieres? Porque eso son palabras mayores.
—Significa lo que
significa. No puedo ser tu amigo porque te quiero. Si te tengo cerca desearé
más que una amistad. Mucho más. Aguantaré un tiempo pero al final se volverá
completamente insoportable y te diré o te haré algo inaceptable. Entonces
vendrá tu padre y me partirá la cara. Y mi mujer se enterará que voy por ahí
intentando propasarme con mis alumnos varones y me abandonará.
—Joder. Te has ido al
final más apocalíptico.
—No veo ningún otro
final.
—Podríamos sentarnos
a tomar un café y hablar del tema.
Armando se iba
desvistiendo mientras hablábamos. Me di cuenta cuando ya lo tenía en
calzoncillos.
—¿Tienes calor o qué?
—Le pregunté, nervioso.
—No, joder. Perdona.
No te lo he dicho. Tengo que volver al congreso. He venido sólo a cambiarme.
Abrió el armario y
empezó a sacar camisas y corbatas.
—Ayúdame a elegir.
Demostraste tener muy buen ojo con esto.
Le señalé una camisa
azul y una corbata naranja.
—¿Seguro?
—Póntelo, a ver qué
tal.
Mientras se vestía me
senté en la cama y me descubrí un par de veces mirándole el paquete. El
calzoncillo, tipo slip, le venía un poco pequeño y se le veían los cojones por
los lados. Me pilló mirándole y traté de sonar natural.
—Tío, se te ven los
huevos.
—Creo que me están
creciendo.
—¿Crecen con la edad?
—No tengo ni idea.
Pero antes no se me veían. O el slip ha encogido o los huevos me han crecido.
¿Qué tal?
—¿Los huevos?
—No. La camisa con la
corbata.
—Ah. Bien. Creo. Con
unos pantalones podré concentrarme. Perdón. No sé por qué he dicho eso. Quería
decir que con unos pantalones sabré si la camisa y la corbata pegan.
—Porque mis cojones
no interferirán. No te preocupes. No hay que ser marica para que la desnudez
ajena te desconcentre. Nos han educado para que la desnudez nos turbe.
Pese a que el
comentario parecía destinado a quitarle hierro al asunto, Armando puso un
énfasis especial cuando pronunció la palabra cojones, como si se le llenara la
boca. Me pregunté si eso era que me intentaba seducir instintivamente. Me dije
que si yo estuviera en una habitación con una chica que me gustara también le
echaría los tiestos. Era algo natural. Si se me ocurría cortar a Armando por
eso lo estaría incomodando sin motivo.
Se puso un pantalón
que no le pegaba con los colores de la camisa y la corbata. Le pedí que se
probara otro. El tío se quitó los que llevaba y se puso otros prácticamente
delante de mi cara. Aquello no era seducción instintiva. Era seducción
consciente. O inconsciente, porque a mí no me iba a seducir con un paquete.
Se probó un tercer
pantalón, más despacio e increíblemente más cerca de mi cara.
—Armando.
—¿Sí?
—Como te sigas
acercando más, me sacarás un ojo al subirte la cremallera.
Esperaba que mi
comentario lo trajera de vuelta a la Tierra pero en lugar de eso se señaló el
paquete con los dedos índice de ambas manos y me dijo:
—¿Seguro que no te
apetece enterrar ahí la nariz?
Me puse en pie como
un resorte, recogí mi bolsa y salí corriendo de la habitación. Armando me
siguió, arrepentido.
—¡Lo siento! ¡Vuelve!
Me portaré bien. Lo juro.
Lo miré, a mitad de
camino del ascensor, no muy convencido.
—Vístete. Te espero
aquí fuera.
—No. Entra.
Solucionemos esto ahora. Si no, crecerá hasta no dejarnos respirar.
Ese comentario me
trajo la imagen de una polla atravesando mi garganta y cerrándome de carne las
vías respiratorias.
—Está bien. Pero nada
de proposiciones indecentes.
—No te preocupes. Ni
una más.
Armando se acabó de
vestir sin hacer más alusiones sexuales y a una distancia prudente de mi cara.
Cuando ya me había medio relajado dijo:
—¿Ves? A eso me
refería cuando decía que tu cercanía me haría decirte o hacerte algo inapropiado.
—Pues tienes que
controlarlo. Debería resultar sencillo si sabes que como vuelvas a hacerlo me
largaré.
—Ya. El problema es
que es difícil que piense con claridad teniéndote delante.
—¿Por qué? —Ya sé.
Qué pregunta más ingenua por mi parte. Quizá estaba deseando escuchar la
respuesta.
—Porque me hace muy
feliz que estés aquí. Y esa alegría me hace sacar al Armando cachondo que no le
teme a un futuro apocalíptico de puñetazos de padres cabreados o divorcios y
que lo único que desea es poseerte. Un Armando que cree que eso es posible y
que busca alguna señal inequívoca de que no lo sea en ti pero no la encuentra.
—¡Que me voy,
Armando!
—Si te fueras a ir no
avisarías. Te irías.
—Antes me fui.
—Pero no te vas
ahora.
—¡No soy maricón!
—Yo tampoco. Eso no
son más que etiquetas. Ahora mismo sólo soy un hombre que te desea.
Armando dejó caer los
pantalones. El bulto le había crecido una barbaridad. Los cojones ya no era lo
único que se veía por los lados del slip.
Acercó su paquete a
mi cara, como antes. Pero ahora mucho más seguro de sí mismo. Se señaló de
nuevo el paquete con los dedos índice de ambas manos y dijo:
—No te daré más
oportunidad que ésta. ¿Seguro que no quieres enterrar ahí la nariz?
Sí, joder. Sí que
quiero.
Enterré, como me
pedía, la nariz en sus cojones y aspiré profundamente su olor pensando que,
curiosamente, no se me ocurría cosa más erótica que olerle los cojones a mi
profe. Cojones pronunciado así, como si te llenaran toda la boca.
Quién me lo iba a decir a mí. Si te ha gustado el relato, considera comprar el ebook donde viene publicado (junto con otros relatos eróticos gay del mismo autor) en una de las siguientes tiendas:
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