viernes, 22 de julio de 2016

Cuando mi vista se adaptó a la oscuridad percibí el movimiento de su mano. Mi vecino se estaba haciendo un pajote. Me masturbé yo también en silencio mientras pensaba que aquel rabo olía de putísima madre

Cuando mi vista se adaptó a la oscuridad percibí el movimiento de su mano. Mi vecino se estaba haciendo un pajote. Me masturbé yo también en silencio mientras pensaba que aquel rabo olía de putísima madre relato erótico gay

A saco


I


Nunca hay que darse por vencido. El amor puede aparecer en los lugares más insospechados. Es mi máxima y os explico por qué ahora estoy tan convencido.
Estaba de viaje aunque nunca he sido muy mochilero. No me quedaba mucho dinero pero quería seguir visitando la ciudad en la que había acabado, así que opté por ir a un albergue. No estoy acostumbrado a dormir en sitios así y la verdad es que estaba bastante acojonao. Pensaba que alguien vendría a robarme durante la noche y que al ver que no tenía nada de valor (hasta mi móvil es una puta mierda) me daría una paliza o me cosería a navajazos.
Pero el albergue resultó ser un sitio tranquilo y la primera noche dormí de un tirón y solo, aunque en la habitación hubiera seis camastros.
La segunda noche ya tuve compañía. Un tío de unos cincuenta, muy peludo, barba cerrada, piel morena de estar mucho bajo el sol y un poco barrigón se tumbó en la cama contigua.
Le dije hola pero ni me miró, así que me di la vuelta e intenté dormir.
Me despertó un ruido ya muy entrada la noche. No se veía nada. Pero noté un olor extraño que al principio no reconocí.
Agucé el oído a ver si se repetía el sonido que me había despertado. Se repitió. Había sido un eructo. Mi compañero, el hombre peludo, había estado bebiendo cerveza. Sin embargo no era el olor a cerveza el que intentaba identificar.
Curiosamente, mi nabo sí lo había identificado y se había puesto to tieso. Por fin la información me llegó al cerebro. Allí olía a polla sucia. Un increíble pestazo a rabote sin lavar.
Cuando mi vista se adaptó a la oscuridad percibí el movimiento de su mano. Mi vecino se estaba haciendo un pajote. Me masturbé yo también en silencio mientras pensaba que aquel rabo olía de putísima madre.
II


Por la mañana, al salir del albergue, vi que mi compañero de pajas caminaba hacia una casa derruida. Como aún no había decidido qué hacer con mi día me puse a seguirle hasta que se presentara un plan mejor.
Él no pareció darse cuenta de que lo seguía. Se coló por una abertura que en su día había sido la puerta de una habitación y desapareció de mi vista. Me apresuré a hacer el mismo recorrido para no perderle y me lo encontré de frente, meando. Estuvo a punto de mojarme las zapatillas.
—Vaya. Mira a quien tenemos aquí —dijo, con la polla en la mano y miccionando un chorro muy amarillo. —Un mirón.
—No soy un mirón —me defendí.
—Pues entonces serás un mamón.
Con un rápido movimiento me cogió por la nuca y me obligó a ponerme de rodillas frente a su rabo. Me meó toda la cara con lo que le quedaba por echar.
—Abre la boca, puta.
Obedecí y me coló los últimos chorros de meo. La polla comenzaba a ponérsele dura ante las perspectiva de violarme la boca. El olor a polla sucia inundó mis fosas nasales y me desconectó el cerebro.
—Te gusta cómo huele, ¿eh?
Afirmé con la cabeza.
Me pegó el glande al bigote. Tan cerca de mi nariz el pestazo era insoportable. Qué rico.
—Abre bien la boca. Vas a darme una ducha. Mi polla la necesita.
Abrí bien los morros y dejé que introdujera todo el vergajo, que ya estaba monstruoso. Sabía realmente mal. Cogí un empalme brutal.
—Venga, a limpiar.
Como si hiciera falta que me lo pidiera.
III


Aquella noche Pablo, que así se llamaba este hombretón, me despertó bajándome el bóxer y metiéndome la boca directamente entre las cachas, al agujero. Era bien goloso el cabrón. Me dio una comida de orto que me puso cardiaco en cuestión de segundos. Comía como un cerdo. Hasta hacía casi el mismo ruido que uno. Me abría el culo a dos manos y me daba lengua a toda castaña. Era generoso en salivazos. Un comeculos entregado. No paró ni siquiera cuando de tanto retorcerme me corrí sobre las sábanas. Me dormí otra vez con su lengua incansable aún sacándome placer en oleadas del ojal.


IV


Pasé una semana con él en el albergue, haciendo todo tipo de guarradas, hasta que me quedé sin dinero. No tenía ya ni para comer. Era hora de volver a casa. Pablo se ofreció a acompañarme parte del camino. Me pagó el billete del primer autobús y me dio dinero para el segundo. Pero cuando nos íbamos a despedir, al bajarnos del primero, me preguntó si quería pasar una temporada en su casa.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de sexo, claro. Me harás todo lo que te pida y cuando te lo pida. Sin excusas. Siempre disponible. ¿Te parece bien?
—Me parece cojonudo.
En el siguiente autobús ya pusimos en práctica nuestro nuevo acuerdo. Nos sentamos en la parte de atrás pero no en una esquina. En todo el centro, para que cualquiera que mirara para atrás viera lo que estábamos haciendo. Pablo se sacó el pollote maloliente y me obligó a llenarme la boca de carne en barra.
—Mmm, chupa ahí, cabrón. Toma polla —me decía,  pero no en susurros.
Me ponía muy cerdo que no le importara una mierda lo que pudiera pensar la gente. Yo tragaba rabo a dos carrillos.
—Venga, chupa. Así. Aplícate y tendrás un premio espeso.
Vaya si me aplicaba. Quería toda su puta leche en la boca.
—El conductor nos está mirando por el retrovisor. Creo que le gustaría que se la comieras.
Tragaba, tragaba, tragaba. Qué bueno.
—Nos quedaremos hasta final de trayecto para que se la puedas comer también a él.
Me pareció de puta madre.
Tragué, tragué, tragué y pronto una ingente cantidad de trallazos leferos salieron disparados llenándome bien los morros de mi premio espeso.
Un par de horas más tarde, en la estación de autobuses, el conductor vino hasta nosotros tocándose el paquete. Ya no quedaba nadie más. Pablo me hizo ponerme de rodillas.
—¿Puedo? —Le preguntó el conductor a mi compañero, bajándose la cremallera.
—Claro. Es mío —le contestó Pablo. —Te lo presto. Pero tápale la nariz. Traga mejor cuando no respira.
El conductor tenía un rabo impresionante. Mientras me tapaba la nariz y me incaba polla hasta la tráquea Pablo me empujaba la cabeza contra su pelvis.
Otro premio espeso me llenó pronto la boquita. Dejé escapar parte de la lefa para que se deleitaran con el cuadro. Pero el conductor no había tenido suficiente.
—Fóllatelo. —Le pidió a Pablo. —Quiero ver como le atraviesas el ojete con esa polla gorda que he visto antes.
Pablo me hizo desnudarme, me llenó el ojete de salivazos y me clavó el pollote mientras el conductor acercaba la nariz todo lo que podía.
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—Sí. Así... Fóllatelo. Métele bien la polla. Mmm. Mira cómo le gusta. Cómo se te pega.
Fue fantástico. Pero también... sólo el principio.


V


Al llegar a su piso me hizo comerle su gorda polla en el rellano. Tragué como un buen esclavo, tan concentrado que no me di cuenta de que al poco de empezar a mamar ya teníamos compañía.
—Estos son mis vecinos. Manolo y Sebas.
Los miré de reojo sin dejar de mamar. Uno tendría la edad de Pablo y el otro la mía. Se parecían un montón el uno al otro.
—Les he avisado de que volvía para que te den también polla.
El más joven me había hecho poner las rodillas rectas y me estaba bajando los pantalones. Yo seguía enchufado al cipote de Pablo.
—Son padre e hijo, aunque ya te habrás dado cuenta. Son clavaos. Y a los dos les gusta clavar —rio Pablo, muy contento con su juego de palabras.
La pareja no abría la boca. El hijo ya me había dejado el culo el aire y me estaba plantando saliva en el ojete. El padre se estaba sacando la polla sin dejar de mirar cómo se la mamaba yo a Pablo.
Yo estaba pensando que nunca me habían follado en un rellano. Siempre hay una primera vez para todo.
Sentí el cipote del hijo a las puertas y me giré para ver si llevaba condón. Lo llevaba. El chaval me saludó con la mano. Le sonreí y volví a ocuparme de la babosa polla de Pablo. El chico comenzó a apretar el trabuco contra mi ojal y justo entró cuando su padre metió la polla en mi boca por un lado, empujando contra la de Pablo. Creo que nunca había estado tan ensartado de polla. Los tres decidieron que era el momento de violar mis agujeros sin compasión y empecé a recibir estoques a toda hostia muy agradecido. Me encantaba cómo me follaba el hijo. Me daba una caña que no veas. Y su padre tenía una polla bien sabrosa. Entre él y Pablo me iban repartiendo diligentemente chorrazos de precum que le daban un sabor riquísimo a mi doble mamada.
—Joder, como traga la puta —dijo el padre. —Menuda boca.
—Puedes bajar cuando quieras a darle de mamar. Lo voy a tener a régimen de esperma.
Yo no sé el tiempo que estuve recibiendo polla en el rellano pero en algún momento los pollazos que me metía el hijo por el culo me llevaron al orgasmo más rico de mi vida. Me derramé en el suelo sin dejar de recibir golpes de las tres pollas y poco después me llevé las dos riquísimas corridas de los mayores en los morros.


VI


Durante el siguiente mes, viví desnudo. Pablo no me permitía vestirme. De todas formas mejor así porque me tenía todo el día meao y lefao. Cuando lo escuchaba entrar me iba a la bañera para que me meara la cerveza. Después me tiraba un par de pedos en la cara y me hacía comerle el orto o me follaba la boca hasta darme toda la leche. Sus cojones eran una fantástica fábrica de lefa.
Muchos días Manolo y Sebas bajaban y me daban polla, juntos o separados y estuviera Pablo o no. Me encantaba que Sebas, el hijo, me petara el culo. Tenía una forma exquisita de follarme que me sacaba la leche sin que me tuviera que tocar.
Un día escuché la puerta de la calle y me fui a la bañera para recibir mi meada en la boca. Esperé diez minutos pero Pablo no entró en el baño, lo cual me extrañó. Quizá estuviera muy borracho, pero eso nunca le había impedido mearme. Salí del baño un poco preocupado y me encontré con un policía.
El tío me miró de arriba a abajo y sonrió con una sonrisa peligrosa.
—Vaya. Pablo tiene nueva puta.
El poli me agarró, se llenó los dedos de saliva y me los metió entre las cachas del culo. Luego me llevó así, con los dedos mojados en mi orto, hasta el balcón.
—Esto no me lo esperaba. Vengo cargadito de leche. Me vas a venir de puta madre.
El poli se sentó en uno de los sillones de plástico y me metió un dedo hasta el fondo.
—Mmm. Qué culo más tragón.
Me pegué todo lo que pude a su mano.
—¿Quieres otro?
—Sí, por favor.
Un segundo dedo se abrió paso hasta lo más profundo de mi ser.
—Mmm. Joder. Qué culo más rico.
Me folló con dos dedos y mucha saliva mientras varias personas nos observaban desde los balcones cercanos. Luego me abrió bien el culo, me escupió en el agujero y me dio lengüetazos. Lo comía muy bien, el cabrón.
—Uff. Te voy a follar. Tengo mucha leche acumulada.
Se sacó una polla tremenda y me la metió de golpe, a pelo. Aquello era una señora polla. El doble de grande que la de Sebas. Me llenaba todo el puto culo de carne. Yo estaba en la gloria.
Es verdad que el tío venía cargadito. Me folló sólo unos minutos. Después me la sacó, me hizo ponerme de rodillas y me descargó una increíble cantidad de lefazos bien espesos por toda la cara.
—Joder. Qué corridote. Me lo voy a comer —dijo.
Me hizo levantarme y me fue lamiendo la cara hasta recoger hasta la última gota de su propia leche. Después me miró muy serio, como si estuviera tomando una importante decisión.
—Vístete. Te vienes conmigo. Necesito una puta como tú. Seguro que estarás contento con el cambio. Pablo está todo el día borracho. Seguro que ni empalma.
Me encantaba la polla de Pablo y claro que empalmaba. Estaba todo el santo día empalmado el tío. Pero cuando un agente de la ley te dice que te vistas y te vayas con él tú cierras la boca y te vas con él.


VII


Me costó poco acostumbrarme al nuevo tamaño. Carlos, el poli, cuando venía de trabajar me pedía que le ayudara a desvestirse, se sentaba ya desnudo en una silla dura (decía que así me metía más polla) y me hacía sentarme sobre su falo de cara a él. Lo cabalgaba durante unos veinte minutos mientras nos comíamos la boca. Entonces se corría y yo me quedaba allí, con la polla bien clavada. Al cabrón no se la bajaba pero necesitaba unos diez minutos de descanso en que seguíamos con el morreo. Después me hacía sacármela y soltar la lefa de mi culo a su vergota. Y volvía a clavármela mojada de su propio semen calentito. La segunda follada se prolongaba horas.
El poli no me compartía con nadie. Tampoco quería que fuera desnudo por la casa. De hecho me dio una llave de su piso para que hiciera vida normal.
Un par de meses más tarde lo acompañé al cine y fue entonces, cuando me cogió de la mano en la oscuridad, que me di cuenta de que no había vuelto a tratarme de puta más allá de aquel primer día en casa de Pablo.
Aquella noche le pregunté en la cama si éramos novios.
—Mmm. No lo sé. ¿Quieres ser mi novio?
—Creo que sí.
Y hasta el día de hoy. Por eso yo siempre digo que nunca hay que darse por vencido. El amor puede aparecer en los lugares más insospechados.

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